| Asunto: | [redanahuak] Ivan Illich, la universidad y el misterio del mal / III y ultima | | Fecha: | Jueves, 21 de Febrero, 2008 20:30:46 (-0600) | | Autor: | Proyecto Interredes <lacasadelared @.....com>
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Ivan Illich, la universidad y el misterio del mal / III y ultima
Javier Sicilia
Actualmente, por el abandono de las disciplinas del espÃritu
e inoculada por los valores de la sociedad económica y por las
presiones de sus ideales sociales, la universidad ha comenzado a
sufrir una nueva mutación, tan tremenda como la que aconteció a lo
largo del siglo XII: no sólo ha renunciado a la filologÃa y al
libro, sino que el texto, ese instrumento que al transformar su
realidad acústica en una realidad óptica dio nacimiento a la
universidad; ese instrumento, que lentamente se concibió en los
escritores medievales y que la imprenta distribuyó por todas partes,
ha sufrido una nueva transformación. DespuÃ(c)s de que la página
acústica, sobre la cual se entretejÃan las lÃneas cantantes fue
silenciada y expulsada por un nuevo artefacto que ya no mira ni
contempla un orden, sino que lo visualiza, otro artefacto,
completamente nuevo “se (interpuso) entre el texto biblionómico y
el lector†: la pantalla electrónica y la página Web.
Mientras en el mundo de la universidad y su artefacto óptico: el
libro, las ilustraciones -las miniaturas arborescentes en el códex,
los grabados en madera, el aguafuerte e incluso la fotografÃa-
acompañaban como un accesorio el texto, en esta nueva Ã(c)poca, que
Iván Illich definió como la del show, el texto mismo ha sido
reducido al rango de accesorio de planos isomÃ(c)tricos de las cosas,
que ya no son facsÃmiles de la visión, como lo fueron las pinturas
que nacieron, despuÃ(c)s del libro, con la perspectiva central de los
pintores florentinos que trataban de ver las cosas como se ven, sino
estructuras que tratan de ver las cosas como son.
Me explico. Hasta hace 50 años, dice Illich, “sólo pioneros de la
banalización del conocimiento, como la revista Digest, se atrevÃan a
insertar en los artÃculos recuadros llenos de tablas, diagramas o
fórmulas, con la intención consciente de dar una aparente
legitimidad cientÃfica al texto. Hoy, en cambio, los libros de texto
constan ante todo, de encuadernados con imágenes, gráficas,
fórmulas o lemas que degradan el texto a rango de comentario, glosa o
leyenda†.
La prueba más clara de ello la tenemos en nuestra vida cotidiana:
lectores de revistas, de periódicos, televidentes, exploradores de
internet, tenemos que tragarnos todos los dÃas un montón de
fotografÃas tomadas con microscopios o telescopios, de gráficas, de
cuadros estadÃsticos, de mapas meteorológicos, comentados por un
texto, que pretenden no sólo hacernos “visualizar†lo invisible:
las molÃ(c)culas, el genoma, los átomos o los quarks, sino dar forma
a nociones abstractas como las prospectivas sobre el clima, el
crecimiento de la población, el producto interno bruto. Basta echarle
una mirada a las ocho columnas del periódico Reforma para darnos una
idea de aquello a lo que Illich se refiere.
Si con el paso de las páginas cantantes, o de las voces de las
páginas, al libro entramos en el pensamiento abstracto, con la
intromisión de la pantalla, de los planos isomÃ(c)tricos y de la
subordinación del texto a ellos, entramos en una desencarnación casi
completa de lo real. Entre el texto biblionómico y el lector, el
mundo de la pantalla, del diagrama y de la página web, nos va
haciendo perder progresivamente nuestra capacidad de mirar, de pensar
y de habitar la realidad. Ya no hay un terreno común entre el
diagrama, la página electrónica y el lector; sólo el espacio
abstracto, el cosmos cibernÃ(c)tico y el show; un universo que ya ni
siquiera puede mirarse como se mira una imagen; un hipertexto
multidimensional que ni siquiera está pensado para ser leÃdo en voz
alta y que pretende empujarnos a comprar el nuevo disco duro, el chip
más rápido o los nuevos y más sofisticados aparatos en los que lo
virtual, como la Matriz de los Wachowski, pretende simular la
realidad.
“Lo que caracteriza a esta nueva actitud -dice Illich- no es ya la
lucha por entender a un autor mediante la lectura crÃtica de sus
palabras†, que es el origen y la fuente de la universidad en los 800
años que lleva de vida, “sino la percepción relámpago de un
‘mensaje’ anónimo. La comunicación de contenidos, ya no el
entendimiento de una autorictas (...)†, el uso indiscriminado de
mensajes y de información al servicio de las ambiciones y los deseos
económicos; un mundo que al perder su relación con lo real, al
desencarnarse, al simular la realidad y corromper lo más preciado de
la creación y del hombre para ponerlo al servicio de una sociedad
económica sin sentido ni significado introduce el mal que, con el San
AgustÃn de las Confesiones, buscamos de donde venÃa, pero no salimos
de Ã(c)l.
Un pensamiento como el de Illich, que trata de mirar el presente en
el espejo del pasado, puede llevar a un profundo malentendido, que ha
sido acusación reiterada que, tanto izquierdistas como derechas, le
han hecho a Ã(c)l y a sus amigos: Iván Illich y sus amigos quieren
hacernos volver al pasado.
Nada más alejando de la realidad. Illich fue un pensador
profundamente moderno y a la vez profundamente tradicional. Al igual
que lo hizo con las grandes instituciones de la modernidad y sus
axiomas, al hablar de la universidad y hacer su historia y su
etologÃa, no pretendió jamás negar el presente, sino redescubrirlo
a la luz del pasado.
Al reflexionar sobre el proceder que llevó al nacimiento de las
universidades, lo que nos propone delante de las nuevas tecnologÃas
que invaden, es impedir el destino que el nacimiento del instrumento
óptico llamado libro le otorgó a la gran tradición de la lectio
divina confinándola, a travÃ(c)s de la decadencia a veces suntuosa de
los monasterios contemplativos, a diminutivos nichos.
Para pensar en la historia de la universidad, tal y como Illich nos
lo ha permitido, es conocer para evitar que el libreo y la critica con
la que nació, viva un destino semejante al que sufrieron la lectura
oral y las páginas cantantes que la antecedieron.
A lo largo de todos sus trabajos de historiador de las certidumbres
modernas, Illich no dejó de hacernos la misma pregunta: “¿Cómo
cuidar lo mejor de nuestra herencia occidente de tal forma que no se
transforme en un monstruo puesto al servicio de las formas de la
inhumanidad de cuya profundidad abisma nade saben las tradiciones no
occidentes?†. ¿Cómo, en el caso de la universidad en la era de los
sistemas, evadir el flujo virtual de los shows, la fascinación de los
ojos vacÃos y abisales de los Gorgona en lo que Illich veÃa el
sÃmbolo de las interfases modernas? En sÃntesis, ¿cómo evitar
seguir cayendo en el corrupción de los mejor en la que Illich, junto
con Hugo y San VÃctor y toda la tradición anterior a la
escolástica, veÃa mal, “porque -como lo revela el último terceto
del nonagÃ(c)simo cuarto soneto de Shakespeare, que Illich no dejó de
repetir- las frutas más dulces se vuelven amargas en sus frutos, las
azucenas que se pueden huelen pero quÃ(c) las malas yerbas?â€
Contra esta corrupción, no sólo respondió con su magnÃfica obra,
sino con la manera en que vivió su trabajo en el Cidoc, en las
universidades y en su casa de Ocotepec: alrededor de una mesa, junto a
una biblioteca, leyendo en voz alta y reflexionando con otros.
Un gran historiador de MÃ(c)xico, JosÃ(c) Fuentes Mares, decÃa que
sabor y saber eran hijos de la misma etimologÃa. Illich tambiÃ(c)n lo
sabÃa y aquella reforma que buscaba para la universidad, por la cual
quiso responder y a la cual hoy nos invita, es la de “la
conservación de una lectura sabrosa y gozosa†, una lectura que
requiere tambiÃ(c)n de las ascesis de los sentidos que la reducción
de las lecturas a un puro instrumento óptico confinó a ciertos
nichos monásticos y sin la cual nunca más podremos acceder a una
Ã(c)tica de la mirada de lo que el hexis o carácter total de la
persona en su manera de actuar depende. En sÃntesis, buscaba y vivió
“el cuidado de las sobria ebrietas†que supo trasmitir y mantener
viva en medio de la desencarnación del mundo y “del atiborramiento
de información seca y desecadora de todo sentido†que comienza a
corromper a la universidad.
Hoy, en que Valentina Borremans y sus amigos recibimos en su nombre
este doctorado que la Universidad Autónoma del Estado de Morelos le
otorga, quiero concluir que de honrar la memoria de Iván Illich,
invitando a cada universitario a redescubrir y a defender esa sobria
ebrietas sin la cual la universidad y la mirada humana habrán muerto
bajo el peso de la sociedad económica que corrompe todo.
Además opino que hay que respetar los Acuerdo de San AndrÃ(c)s,
derruir Costco-CM del Casino de la Selva y levantar las acusaciones a
los miembros del Frente CÃvico pro Defensa del Casino de la Selva.
Texto leido por el escritor en Cuernavaca el pasado 18 de marzo de
2004 durante la entrega por parte de la UAEM del Doctorado honoris
causa post mortem a Ivan Illich
Publicación: 30.03.2004
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