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Asunto:[redanahuak] En Bolivia se define el continente
Fecha:Martes, 16 de Septiembre, 2008  12:42:47 (-0500)
Autor:Ricardo Ocampo <lacasadelared @.....com>

From: alai-amlatina@alai.info <alai-amlatina@alai.info>
Date: 15-sep-2008 16:12
Subject: [alai-amlatina] En Bolivia se define el continente
To: alai-amlatina@listas.alainet.org


- - - Servicio Informativo "Alai-amlatina" - - -

Pasado, presente y futuro de las democracias latinoamericanas
En Bolivia se define el continente

Isabel Rauber

ALAI AMLATINA, 15/09/2008, Buenos Aires.- Mirando el mundo, pero
particularizando en nuestras tierras y deteniéndonos en la situación
de Bolivia, se hace evidente que –tal como están las democracias
resultan cuando menos insuficientes para contener, expresar y
proyectar la participación madura y creciente de la ciudadanía, en el
entendido supuestamente aceptado y vigente de que la condición
ciudadana es universal. Y es esta una de las definiciones/decisiones
con las que la democracia debe ponerse a tono en este siglo.

¿Democracia de quiénes y para quiénes? ¿Todos tienen realmente los
mismos derechos a ejercer la ciudadanía? ¿Pueden los pueblos realmente
decidir democráticamente sus destinos, mejorar sus condiciones de vida
y convivencia? ¿Hay un contrato social capaz de sustentar estas
aspiraciones?

Recorriendo los territorios políticos del continente, rápidamente se
detecta que los paradigmas democráticos, tal vez por ser escasamente
practicados, evidencian sus grandes flaquezas, algunas de ellas, por
su desembozada orientación de clase a favor de los poderosos, otras
–además de eso por su notable obsolescencia social y cultural. Esto
habla de la urgente necesidad de actualizar/cambiar el contrato social
(político, económico y cultural), que sustenta nuestras sociedades.

Si centramos las reflexiones en la realidad boliviana actual ello es
incuestionable, pero a la vez se instala fuertemente una interrogante:
¿Hay posibilidades?, ¿Existe un interés colectivo en construir un
mundo civilizado, que habla –mínimante- de compartir, de repartir y
reclama tolerancia, o los poderosos de siempre -quitándose la máscara-
adoptarán una vez más la violencia, la exclusión, la mordaza y la
muerte como basamento social de sus lujos y avaricias?

Se trata de una disyuntiva de vida y de modos de vida. Y está en
juego hoy en las calles y campos de Bolivia y con ellos , en todos
nuestros territorios. Es asunto de tiempos y acontecimientos. Bolivia
evidencia que la opción dictatorial travestida en los golpes "cívicos"
expresión concentrada del egoísmo y la intolerancia extremos de los
poderosos, busca re-instalarse como opción política (y económica) en
tierras latino-americanas, contando una vez más con la intervención
de la mano amiga ("agenda positiva") del poder de los "americanos".

La democracia representativa tiene entre sus fundamentos el voto de
las mayorías. Cuando esto funciona bien para los intereses de las
minorías en el poder (y del poder), estas no levantan ninguna
objeción. Cuando –rara vez por cierto- ocurre lo contrario, la máscara
y el discurso universalista desaparece y aflora sin tapujos el
contenido de clase de la democracia que soportan y sustentan. Para
ellos no hay principios democráticos generales, sino solo aquellos que
les permiten defender y extender sus intereses. Cuando no es así, no
dudan en boicotear la democracia, pisotearla, secuestrarla y matarla,
al tiempo que lo hacen también con la ciudadanía que la defiende. Esto
es lo que mostró hace 35 años el golpe a Allende, en Chile, y lo que
hoy muestra crudamente la realidad boliviana. No es de extrañar por
tanto que los grandes medios de comunicación –funcionales a los
poderosos- se empeñen en distorsionar los hechos y en vez de hablar
claramente de sedición contra las instituciones, de abierto irrespeto
a la democracia y la constitución por parte de los golpistas, hablen
de un conflicto entre "dos bandos".

Pero no hay "dos bandos". Existe un gobierno legítimo y un sector
social de inadaptados sediciosos antidemocráticos, incluyendo
gobiernos departamentales, que no quieren atenerse a las normas
democráticas, y que conscientes de que se les acabó la fiesta macabra
del saqueo, la explotación, el robo y la humillación , en inocultable
estado de desesperación, transforman su intolerancia en violencia y
destrucción desembozada. El detonante no ha sido ni el "bono dignidad"
para los ancianos, ni las falsas identidades regionales que clamarían
por un separatismo, sino una intoxicación impotente de racismo y
clasismo profundos que explotaron descontrolados luego del aplastante
resultado del referéndum revocatorio, al cual se opusieron
precisamente porque ni ellos mismos se creían las mentiras que
producían a través de sus medios cuando afirmaban que Evo no tenía
apoyo ni legitimidad. Su intolerancia, irrespeto a las instituciones y
a la democracia estallan tanto cuando pretender insultar al Presidente
Evo acusándolo de indio, como cuando desconocen los resultados
electorales por la pertenencia étnica de los votantes. Basta de
pretextos: el problema es el entrecruzamiento de intereses de clase y
prejuicios raciales. Para los blancones del poder el voto indígena y
pobre no vale, excepto cuando se les subordina, y tampoco vale la
democracia, salvo cuando es para ellos. De ahí también el rechazo a
aceptar el referéndum por la nueva constitución. Porque de aprobarse
–lo más probable-, tendrían que aceptar no solo la legitimidad del
voto indígena y pobre (mayoría) que la aprobará, sino el que estos
sectores y actores puedan estar directamente representados y
participando de la toma de decisiones. Y eso ya supera sus
"sentimientos" y declamaciones democráticos, y pone fin a toda finta
de tolerancia.

La exclusión tiene un origen y contenido clasista y racista, y
también se expresa y actúa en lo político. Intereses de clases,
racismo, modos de representación e institucionalidad están
estrechamente unidos. Es saludable tener presente que el
"descubrimiento", la conquista (exterminio) y colonización de América
se hizo en función de la acumulación originaria del capital, y luego
se afianzó para mantener y aumentar las ganancias, los privilegios y
el poderío de los conquistadores y sus herederos en el poder.

En Bolivia queda evidenciado que los poderosos han utilizado y
utilizan la democracia como sistema de dominación y no como derecho
humano ciudadano pleno, porque nunca incluyeron a los derechos
políticos ciudadanos como parte de los derechos humanos, ni a estos
como fundamento de la democracia, ni consideraron a los indígenas
seres humanos, menos entonces los reconocerán dentro de su pequeño
espectro de derechos civiles (civilizados).

Pero las limitaciones de la democracia no empiezan ni terminan en
Bolivia. La pugna de intereses, y su distorsión y castración en
función de los poderosos, hace aguas y perfora lo discursivo abstracto
en todas las latitudes. Y esto habla –mínimamente- de la necesidad de
abrir el debate acerca de la democracia a toda la ciudadanía.

Anquilosadas en su fidelidad a un mundo basado en la hegemonía de una
clase sobre el conjunto de la sociedad, las democracias se
desarrollaron para las élites y el mercado. En virtud de ello
legalizando, sustentando y profundizando la exclusión, la explotación
y todas las miserias que ello conlleva , las democracias abren
cíclicamente el camino a las discordias y enfrentamientos fratricidas
violentos, en los ámbitos nacionales, regionales y continentales. Es
obligación moral para con la supervivencia humana, apostar a cambios
sociales (económicos, políticos y culturales) profundos, incluyendo
–obviamente- los relacionados con la democracia. Y esto implica, entre
múltiples cuestiones, actualizar/cambiar las bases del contrato social
que la sustenta, es decir, el propio contrato social. Hay que
actualizar, renovar, cambiar los fundamentos jurídicos, económicos,
sociales, políticos y culturales para que efectivamente, todos los
ciudadanos sean iguales, no solo ante la ley, sino ante la vida y en
la vida (pública y privada).

Los actuales sucesos de Bolivia demuestran –por si hiciera falta-,
que no se puede seguir escondiendo la basura debajo de la alfombra,
haciendo como que. Urge debatir acerca del tipo de sociedad, el tipo
de país, de gobierno, de Estado y el tipo de democracia que
necesitamos para construir un modo de vida basado en la convivencia en
paz entre todos y todas. Y esto no puede limitarse a las agendas
sectoriales o a los vaivenes oportunistas de un partido u otro. Es
vital convocar/comprometer en ello a la ciudadanía toda, sin distingos
ni exclusiones de ninguna índole.

Un debate de esa magnitud, para ser efectivo y sostenible, reclama
desterrar la intolerancia, reconocer las diferencias activas, es
decir, el conflicto que suscitan, como fuente de dinamismo, de vida.
Pueden abrirse entonces tiempos en que la política, retomando su
vertiente aristotélica, se manifieste como capacidad y derecho
ciudadano pleno a expresar las opiniones y propuestas, haciendo del
conflicto el vehículo del debate, los diálogos y la búsqueda de
consensos. Volverá entonces la política, plenamente, al terreno de la
vida civil ciudadana, abriendo las puertas al florecimiento de la
inteligencia e imaginación colectivos, propios de los inagotables
anhelos humanos de perfeccionamiento y superación.

Un mundo de paz reclama sociedades que se constituyan y se asienten
sobre la base de la justicia y la equidad sociales (económicas,
culturales, políticas), el pluralismo, la tolerancia y el respeto a
los derechos humanos en todos los órdenes y ámbitos de la vida humana.
El egoísmo, la exclusión, la unicidad, la violencia y la búsqueda de
ganancia sobre la base de la explotación humana como sustrato del
orden social son valores propios de una civilización agotada junto con
el siglo XX. Sostenerlos y pretender justificar su supervivencia en el
siglo XXI, resulta culturalmente tan retrógrado como el medioevo lo
fue para la república.

Hacernos cargo de la experiencia y la cultura de la humanidad,
implica apostar a la paz social en los ámbitos local, regional,
continental y mundial. Esto reclama hoy imperiosamente hacer efectivo
el respeto a las diferencias, a la existencia de diversas culturas,
identidades, miradas y modos de vida, conjugándolos en un nuevo
contrato social sobre cuya base se construya una sociedad (Estado)
plural, multi e intercultural, que haga de los principios democráticos
del derecho a ser y vivir diferente, la base para la construcción de
una democracia plural con significación efectiva para todos y todas.
Es lo que reclama -por disímiles vías- la humanidad conciente en el
siglo XXI. Y es lo que está en juego y se dirime hoy en Bolivia.

- Isabel Rauber es doctora en Filosofía. Estudiosa de los movimientos
sociales latinoamericanos.

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