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Asunto:[RedLuz] El Teatro del Bien y el Mal / Eduardo Galeano
Fecha:Miercoles, 17 de Octubre, 2001  01:29:33 (-0700)
Autor:Ricardo Ocampo-Anahuak Networks <anahuak @.............mx>

 
---------- 
From: "Marta Vincent" <mvincent@...> 
Date: Mon, 15 Oct 2001 11:23:19 -0300 
To: "Ocampo, Ricardo (adm)" <redluz-admin@...> 
 
EL TEATRO DEL BIEN Y EL MAL 
Por Eduardo Galeano 
 
En la lucha del Bien contra el Mal, siempre es el pueblo quien pone los 
muertos.  
 
Los terroristas han matado a trabajadores de cincuenta países, en Nueva York 
y en Washington, en nombre del Bien contra el Mal. Y en nombre del Bien 
contra el Mal el presidente Bush jura venganza: "Vamos a eliminar el Mal de 
este mundo", anuncia. 
 
¿Eliminar el Mal? ¿Qué sería del Bien sin el Mal? No sólo los fanáticos 
religiosos necesitan enemigos para justificar su locura. También necesitan 
enemigos, para justificar su existencia, la industria de armamentos y el 
gigantesco aparato militar de Estados Unidos. 
 
Buenos y malos, malos y buenos: los actores cambian de máscaras, los héroes 
pasan a ser monstruos y los monstruos héroes, según exigen los que escriben 
el drama. Eso no tiene nada de nuevo. El científico alemán Werner von Braun 
fue malo cuando inventó los cohetes V-2, que Hitler descargó sobre Londres, 
pero se convirtió en bueno el día en que puso su talento al servicio de 
Estados Unidos. Stalin fue bueno durante la Segunda Guerra Mundial y malo 
después, cuando pasó a dirigir el Imperio del Mal. En los años de la guerra 
fría escribió John Steinbeck: "Quizá todo el mundo necesita rusos. Apuesto a 
que también en Rusia necesitan rusos. Quizá ellos los llaman americanos." 
 
Después, los rusos se abuenaron. Ahora, también Putin dice: "El Mal debe ser 
castigado." Saddam Hussein era bueno, y buenas eran las armas químicas que 
empleó contra los iraníes y los kurdos, después, se amaló. Ya se llamaba 
Satán Hussein cuando los Estados Unidos, que venían de invadir Panamá, 
invadieron Irak porque Irak había invadido Kuwait. Bush Padre tuvo a su 
cargo esta guerra contra el Mal. Con el espíritu humanitario y compasivo que 
caracteriza a su familia, mató a más de cien mil iraquíes, civiles en su 
gran mayoría Satán Hussein sigue estando donde estaba, pero este enemigo 
número uno de la humanidad ha caído a la categoría de enemigo número dos. El 
flagelo del mundo se llama ahora Osama Bin Laden. 
 
La Agencia Central de Inteligencia (CIA) le había enseñado todo lo que sabe 
en materia de terrorismo: Bin Laden, amado y armado por el gobierno de 
Estados Unidos, era uno de los principales "guerreros de la libertad" contra 
el comunismo en Afganistán. 
 
Bush Padre ocupaba la vicepresidencia cuando el presidente Reagan dijo que 
estos héroes eran "el equivalente moral de los Padres Fundadores de 
América". Hollywood estaba de acuerdo con la Casa Blanca. En estos tiempos, 
se filmó Rambo 3: los afganos musulmanes eran los buenos. Ahora son malos 
malísimos, en tiempos de Bush Hijo, trece años después. 
 
Henry Kissinger fue de los primeros en reaccionar ante la reciente tragedia. 
"Tan culpable como los terroristas son quienes les brindan apoyo, 
financiación e inspiración", sentenció, con palabras que el presidente Bush 
repitió horas después. Si eso es así, habría que empezar por bombardear a 
Kissinger. El resultaría culpable de muchos más crímenes que los cometidos 
por Bin Laden y por todos los terroristas que en el mundo son. Y en muchos 
más países: actuando al servicio de varios gobiernos estadounidenses, brindó 
"apoyo, financiación e inspiración" al terror de Estado en Indonesia 
Camboya, Chipre, Irán, África del Sur, Bangladesh y en los países 
sudamericanos que sufrieron la guerra sucia del Plan Cóndor. 
 
El 11 de septiembre de 1973, exactamente 28 años antes de los fuegos de 
ahora, había ardido el palacio presidencial en Chile. Kissinger había 
anticipado el epitafio de Salvador Allende y de la democracia chilena, al 
comentar el resultado de las elecciones: "No tenemos porque aceptar que un 
país se haga marxista por la irresponsabilidad de su pueblo." El desprecio 
por la voluntad popular es una de las muchas coincidencias entre el 
terrorismo de Estado y el terror privado. 
 
Por poner un ejemplo, la ETA, que mata gente en nombre de la independencia 
del País Vasco, dice a través de uno de sus voceros: "Los derechos no tienen 
nada que ver con mayorías y minorías." Mucho se parecen entre sí el 
terrorismo artesanal y el de alto nivel tecnológico, el de los 
fundamentalistas religiosos y el de los fundamentalistas del mercado, el de 
los desesperados y el de los poderosos, el de los locos sueltos y el de los 
profesionales de uniforme. Todos comparten el mismo desprecio por la vida 
humana: los asesinos de los cinco mil quinientos ciudadanos triturados bajo 
los escombros de las Torres Gemelas, que se desplomaron como castillos de 
arena seca, y los asesinos de los doscientos mil guatemaltecos, en su 
mayoría indígenas que han sido exterminados sin que jamás la tele ni los 
diarios del mundo les prestaran la menor atención. 
 
Ellos, los guatemaltecos, no fueron sacrificados por ningún fanático 
musulmán sino por los militares terroristas que recibieron apoyo, 
financiación e inspiración de los sucesivos gobiernos de Estados Unidos. 
 
Todos los enamorados de la muerte coinciden también en su obsesión por 
reducir a términos militares las contradicciones sociales, culturales y 
nacionales. En nombre del Bien contra el Mal, en nombre de la Única Verdad, 
todos resuelven todo matando primero y preguntando después. Y por ese 
camino, terminan alimentando al enemigo que combaten. 
 
Fueron las atrocidades de Sendero Luminoso las que en gran medida incubaron 
al presidente Fujimori, que con considerable apoyo popular implantó un 
régimen de terror y vendió el Perú a precio de banana. Fueron las 
atrocidades de Estados Unidos en Medio Oriente las que en gran medida 
incubaron la guerra santa del terrorismo de Alá. Aunque ahora el líder de la 
Civilización esté exhortando a una nueva Cruzada, Alá es inocente de los 
crímenes que se cometen en su nombre. Al fin y al cabo, Dios no ordenó el 
holocausto nazi contra los fieles de Jehová, y no fue Jehová quien dictó la 
matanza de Sabra y Chatila ni quien mandó expulsar a los palestinos de su 
tierra ¿Acaso Jehová, Alá y Dios a secas no son tres nombres de una misma 
divinidad? Una tragedia de equívocos: ya no se sabe quién es quién. El humo 
de las explosiones forma parte de una mucho más enorme cortina de humo que 
nos impide ver. De venganza en venganza, los terrorismos nos obligan a 
caminar a los tumbos. 
 
Veo una foto, publicada recientemente: en una pared de Nueva York alguna 
mano escribió: ³Ojo por ojo deja al mundo ciego². La espiral de la violencia 
engendra violencia y también confusión: dolor, miedo, intolerancia, odio, 
locura. En Porto Alegre, a comienzos de este año, el argelino Ahmed Ben 
Bella advirtió: «Este sistema que ya enloqueció a las vacas, está 
enloqueciendo a la gente.» Y los locos, locos de odio, actúan igual que el 
poder que los genera. Un niño de tres años, llamado Luca, comentó en estos 
días: ³El mundo no sabe dónde está su casa.² El estaba mirando un mapa. 
Podía haber estado mirando un noticiero. 
 
21 de setiembre del 2001 
 
Eduardo Galeano 
Tomado de "Le Monde Diplomatique" 
  
 
 
 
 
 
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