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Asunto:[RedLuz] El engaño del libre comercio en la agricultura / Isabel Bermejo
Fecha:Viernes, 12 de Septiembre, 2003  13:53:10 (-0500)
Autor:RedLUZ/LUXWeb <redluz @...............mx>

E C O L O G Í A  
 
10 de septiembre del 2003 
 
EL ENGAÑO DEL LIBRE COMERCIO EN LA AGRICULTURA 
 
Isabel Bermejo 
Ecologistas en Acción 
http://www.rebelion.org/ecologia/030910bermejo.htm 
 
La introducción de la agricultura en los tratados de libre comercio en 1994 
ha conducido a una feroz reconversión del campo, arruinando a millones de 
agricultores en todo el mundo y trasladando el control de la alimentación 
mundial a las grandes transnacionales agroquímicas y de alimentación, 
algunas de ellas con un notorio historial de agresiones al medio ambiente y 
falta de respeto por la salud humana. Las negociaciones de la OMC en Cancún, 
si es que se consigue conciliar las posturas aparentemente contrapuestas de 
los distintos bloques de países, amenazan la subsistencia de más de 2.500 
millones de personas que viven de la agricultura en todo el mundo, así como 
la seguridad de los alimentos y la conservación de los suelos y de las aguas 
y de una biodiversidad que es la base del equilibrio ecológico del planeta. 
 
En línea con el proceso globalizador de otros sectores, y a pesar de que en 
la actualidad solamente el 10% de la producción agraria se vende en los 
mercados mundiales (el restante 90% se destina al consumo interno), en los 
años 90 el objetivo de la política agraria cambió radicalmente en casi todo 
el mundo. Si antes primaba el abastecimiento de las necesidades regionales 
de alimentos, la prioridad es ahora competir en los mercados mundiales. 
 
La obsesiva preocupación por la exportación -en el caso de EEUU y de la 
Unión Europea supuestamente para colocar excedentes; en casi todo el mundo 
empobrecido para poder pagar la carga injusta de la deuda externa- ha 
llevado a una trágica caída de los precios agrarios mundiales. Si en las 
décadas anteriores los precios del cacao, del café y de otras exportaciones 
tradicionales del Tercer Mundo habían sufrido tremendos recortes, a partir 
de 1994 el precio de alimentos básicos para la humanidad como el maíz, el 
trigo y el arroz se ha desplomado. En Estados Unidos los precios agrícolas 
han bajado en más del 40% desde 1995, marcando una tendencia mundial 
secundada por la Unión Europea y que ha tenido consecuencias desastrosas. 
 
Porque no son los consumidores, ni la población necesitada de alimentos, ni 
las regiones con carencias, quienes se benefician de esta bajada de los 
precios mundiales. Por el contrario, la reducción de los precios de estos 
alimentos beneficia fundamentalmente a las explotaciones ganaderas más 
grandes e intensivas -más dañinas para el medio ambiente- y a una industria 
agroalimentaria que en los últimos años ha experimentado un vertiginoso 
proceso de crecimiento, de concentración y de fusión con los grandes grupos 
agroquímicos y de distribución, expulsando del campo a los pequeños 
agricultores y contribuyendo a una crisis social y ecológica mundial de 
dimensiones enormemente preocupantes. 
 
Por citar un ejemplo de a dónde nos lleva esta política, Cargill, compañía 
que controla el 45% del mercado mundial de cereales y se ha asociado 
recientemente al gigante de la agroquímica y biotecnología Monsanto, a la 
vez que mantiene acuerdos estratégicos con algunas de las grandes cadenas de 
supermercados, es propietaria de explotaciones de más de 10.000 cabezas de 
vacuno de carne en EE UU (no por casualidad cerca de la frontera mejicana), 
sacando un enorme partido de la crisis de precios agrícolas y del abandono 
de pequeñas y medianas explotaciones en todo el mundo. Ni qué decir tiene 
que el impacto ambiental de este tipo de explotaciones, que destruyen los 
paisajes rurales, derrochan cantidades considerables de energía y generan 
montañas de residuos orgánicos contaminados por los antibióticos, hormonas y 
otros productos químicos utilizados en la producción, es tremendo. 
 
En otro orden de cosas, la importación de maíz procedente de EE UU a precios 
hasta un 30% por debajo de los costes de producción ha provocado una caída 
del 50% del precio de este alimento básico en México, arruinando a millones 
de productores locales y provocando el éxodo rural y la expansión de este 
cultivo a laderas con suelos muy erosionables, en un desesperado intento de 
los que han quedado por producir más, que no mejor. Curiosamente, al mismo 
tiempo los precios de las tortillas de maíz en México D.F. se duplicaban. 
 
Ejemplos similares del hundimiento de la producción local por la importación 
de alimentos a precios hasta un 50% por debajo de los costes de producción 
se dan en todo el mundo: Indonesia pasó de la autosuficiencia en 1984 a 
convertirse en uno de los mayores importadores de arroz en el mundo; lo 
mismo ha ocurrido en Haití; y las exportaciones de leche de la Unión Europea 
a precios subvencionados han hundido a multitud de pequeños productores 
locales en la India que aprovechaban los residuos de la agricultura para una 
producción láctea que podría decirse ecológica. 
 
Sin embargo, el debate simplista que parece acaparar actualmente la atención 
de las negociaciones agrícolas en Cancún, enfrentando al bloque EE UU-UE y 
al Tercer Mundo en el tema de las subvenciones, es una cortina de humo tras 
la que se esconde un problema de fondo más grave. Es indudable que en la 
carrera por rebajar precios EE UU y la Unión Europea han hecho siempre 
trampa, destinando presupuestos millonarios a subvencionar indirectamente la 
agricultura y exportando a precios muy por debajo de los costes de 
producción.  
 
Indudable también, y bochornoso, que el bloque EE UU-UE tenga el cinismo de 
exigir la eliminación de barreras proteccionistas, mientras inventa todo 
tipo de triquiñuelas (caja verde, caja azul...) para seguir protegiendo a 
determinados sectores agrícolas de sus propios países. 
 
Pero el problema es más complejo, y más profundo. Se trata, simple y 
llanamente, de que la agricultura no puede someterse a la reconversión 
liberalizadora que se pretende, sin acabar con el modelo de producción que 
ha suministrado alimentos a la población mundial durante milenios y que 
además en muchos casos ha sabido adaptarse y mantener admirablemente 
recursos naturales y ecosistemas. El desmantelamiento de las protecciones y 
la bajada de precios impuesta por la globalización y la lógica del "libre 
mercado" están llevando a la desaparición de la agricultura campesina y de 
las explotaciones familiares en todo el mundo. 
 
En EE UU, a pesar de los más de 20.000 millones de dólares de subvenciones 
directas a la renta, en los últimos años han desaparecido más de 33.000 
agricultores de una población agraria ya marginal, mientras que en la Unión 
Europea el abultado presupuesto de la PAC no ha evitado (más bien ha 
potenciado) la ruina de miles de pequeñas explotaciones. Y si en los países 
industrializados el colchón de las subvenciones no ha evitado la 
desaparición de miles, ¿qué ocurrirá con esa mitad de la población del 
llamado Mundo en Desarrollo que depende de la agricultura como fuente única 
de subsistencia?  
 
La seguridad alimentaria del mundo depende del mantenimiento de una 
agricultura "campesina" y diversa, respetuosa con el medio, y es 
incompatible con el "libre mercado" y la producción industrializada de 
alimentos que promueve la OMC. Por ello, en Cancún es preciso "sacar" a la 
agricultura de la OMC, evitando el desmantelamiento de las protecciones 
locales y regionales a la producción agraria y promoviendo la soberanía 
alimentaria de todos los pueblos del mundo. 
 
 
 
 
 
 
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