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Asunto:[RedLuz] La Persona y lo Sagrado / Simona Weil
Fecha:Lunes, 22 de Septiembre, 2003  05:43:36 (-0500)
Autor:RedLUZ/LUXWeb <redluz @...............mx>

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LA PERSONA Y LO SAGRADO* 
Simone Weil 
 
Traducción al español de Sylvia María Valls 
mamadoc77@... 
 
Hay en cada hombre algo que es sagrado. No es su persona ni tampoco es la 
persona humana. Es él, este hombre, simplemente. 
 
En el fondo del corazón del ser humano, desde la más remota infancia hasta 
la tumba, existe algo que a pesar de toda la experiencia de crímenes 
cometidos, sufridos y observados, espera invenciblemente que se le haga bien 
y no mal. Es eso ante todo lo que es sagrado en cada ser humano. 
 
El bien es la única fuente de lo sagrado. Lo único sagrado es el bien y lo 
que es relativo al bien. 
 
*     *     * 
 
Cada vez que surge del fondo del corazón humano la queja infantil que el 
mismo Cristo no pudo retener: ³¿Por qué me hacen daño?², hay ciertamente 
injusticia. Puesto que si, como a menudo sucede, se trata solamente de un 
error, la injusticia consiste entonces en la insuficiencia de la 
explicación. 
 
     Los que infligen los golpes que provocan este grito ceden a móviles 
diferentes según los caracteres y el momento. Algunos encuentran en ciertos 
momentos una voluptuosidad en ese grito. Muchos lo ignoran. Es que se trata 
de un grito silencioso que no resuena sino en el secreto del corazón. 
 
     Estos dos estados mentales están más cerca de lo que parece. El segundo 
no es sino un modo atenuado del primero. Esta ignorancia es 
complacientemente entretenida, porque resulta lisonjera y contiene también 
una voluptuosidad. No existen otros límites a nuestros deseos aparte de las 
necesidades de la materia y de la existencia de otros seres humanos a 
nuestro alrededor. Toda ampliación imaginaria de estos límites es 
voluptuosa, y así pues hay voluptuosidad en todo lo que hace olvidar la 
realidad de los obstáculos. Es por esto que los cataclismos, como las 
guerras, que vacían a las existencias humanas de su realidad y parecen 
convertirlas en marionetas son tan embriagadoras. Es también por esto por lo 
que la esclavitud es tan agradable para los dueños de los esclavos. 
 
*     *     * 
 
Con la excepción de la inteligencia, la única facultad humana verdaderamente 
interesada en la libertad pública de expresión es aquella parte del corazón 
que grita contra el mal. Pero como no sabe expresarse, la libertad es poca 
cosa para ella. Es necesario que la educación pública sea tal que provea, lo 
más posible, modos de expresión. Luego, se necesita un régimen para la 
expresión pública de las opiniones que esté definido menos por la libertad 
que por una atmósfera de silencio y de atención en la que ese grito débil y 
torpe pueda dejarse escuchar. Hace falta, en fin, un sistema de 
instituciones que pongan en las funciones de mando, todo lo más posible, a 
seres capaces y deseosos de escucharlo y de comprenderlo. 
 
     Es claro que un partido ocupado por la conquista o por la conservación 
del poder gubernamental no puede discernir en esos gritos sino ruido. 
Reaccionará de modo diferente si el ruido perjudica al de su propia 
propaganda o si, por el contrario, lo hace más fuerte. Pero en ningún caso 
será capaz de una atención tierna y adivinadora para discernir su 
significado. 
 
     Igualmente sucede, aunque menos, en relación a las organizaciones que 
por contagio imitan a los partidos; es decir, cuando la vida pública está 
dominada por el juego de los partidos sucede lo mismo con todas las 
organizaciones, incluyendo, por ejemplo, los sindicatos e incluso las 
iglesias.         
 
     Por supuesto que los partidos y similares organizaciones son 
parejamente extrañas a los escrúpulos de la inteligencia. 
 
      Cuando la libertad de expresión se reduce de hecho a la libertad de 
propaganda para las organizaciones de este tipo, las únicas partes del alma 
humana que merecen expresarse no están libres de hacerlo. O lo están en un 
grado mínimo, apenas más de lo que lo están en un sistema totalitario. 
 
     Ahora bien, es el caso de una democracia en la cual el juego de los 
partidos regla la distribución del poder, es decir en eso que nosotros, los 
franceses, hemos hasta ahora llamado democracia. Puesto que no conocemos 
nada más. Se hace necesario, pues, inventar otra cosa. 
 
*     *     * 
 
Lo que es sagrado, bien lejos de que sea la persona, es lo que en un ser 
humano es impersonal. 
 
     Todo lo que es impersonal en el ser humano es sagrado, y solamente eso. 
 
     En nuestra época, en la cual los escritores y los hombres de ciencia 
han usurpado, de forma tan extraña, el lugar de los curas, el público 
reconoce con una complacencia que no está de ninguna forma fundada en la 
razón, que las facultades artísticas y científicas son sagradas. Esto 
generalmente es algo que se considera como evidente aunque esté bien lejos 
de serlo. Cuando se piensa deber dar un motivo, se alega que el juego de 
esas facultades está entre las formas más altas del florecimiento de la 
persona humana.  
 
     A menudo, en efecto, no es más que eso. En ese caso, es fácil darse 
cuenta de lo que esto mismo vale y de lo que de ello resulta. 
 
     De ello resultan actitudes hacia la vida tales como ésta, tan común en 
nuestro siglo, expresada por la horrible frase de Blake: ³Es mejor ahogar a 
un niño en su cuna que guardar dentro de sí un deseo insatisfecho². O tales 
como la que ha hecho concebir la idea del acto gratuito. El resultado es una 
ciencia en la que se ven reconocidas todas las especies posibles de normas, 
de criterios y de valores con excepción hecha de la verdad. 
 
     El canto gregoriano, las iglesias romanas, la Ilíada, la invención de 
la geometría, no fueron, entre los seres a través de los cuales tales cosas 
han pasado hasta nosotros, ocasiones de florecimiento. 
 
     La ciencia, el arte, la literatura, la filosofía que no son sino formas 
del florecimiento de la persona, constituyen un ámbito en el cual se logran 
deslumbrantes éxitos, gloriosos, que hacen vivir nombres durante miles de 
años. Pero por encima de este ámbito, muy por encima, separado de él por un 
abismo, existe otro en el cual están situadas las cosas del más primerísimo 
orden. Estas son esencialmente anónimas. 
 
     Es por puro azar si el nombre de aquellos que han penetrado en ese 
ámbito se ha conservado o perdido; pero si ha sido conservado ha entrado en 
el anonimato. Su persona ha desaparecido. 
 
     La verdad y la belleza habitan este ámbito de las cosas impersonales y 
anónimas. Es ese ámbito lo que es sagrado. El otro no lo es o, en caso de 
serlo, esto lo es solamente como lo sería una mancha de color que, en un 
cuadro, representara una ostia. 
 
     Lo que es sagrado en la ciencia, es la verdad. Lo que es sagrado en el 
arte, es la belleza. La verdad y la belleza son impersonales. Todo esto es 
demasiado evidente. 
 
     Si un niño hace una suma, y se equivoca, el error lleva en sí el viso 
de su persona. Si procede de una forma perfectamente correcta, su persona 
está ausente de toda la operación. 
 
     La perfección es impersonal. La persona, en nosotros, es la parte en 
nosotros del error y del pecado. Todo el esfuerzo de los místicos siempre ha 
tenido por objeto que no quede en su alma ninguna parte que diga ³yo². 
 
     Pero la parte del alma que dice ³nosotros² es todavía infinitamente más 
peligrosa. 
 
El pasaje hacia lo impersonal no se opera sino mediante una atención de rara 
calidad que no es posible sino en la soledad. No solamente la soledad de 
hecho, sino la soledad moral. Jamás se opera en aquél que se piensa a sí 
mismo como miembro de una colectividad, como parte de un ³nosotros². 
 
     Los hombres en colectividad no tienen acceso a lo impersonal, aun en 
las formas inferiores. Un grupo de seres humanos no puede tan siquiera hacer 
una suma. Una suma se opera en la mente que olvida momentáneamente que 
existe alguna otra mente. 
 
     Lo personal se contrapone  a lo impersonal, pero hay pasaje de lo uno a 
lo otro. Mientras que no hay pasaje de lo colectivo a lo impersonal. Es 
necesario primero que una colectividad se disuelva en personas separadas 
para que la entrada en lo impersonal sea posible. 
 
     En este sentido solamente, la persona participa más en lo sagrado que 
la colectividad. 
 
      No solamente la colectividad es ajena a lo sagrado, sino que confunde 
al proveer una falsa imitación de lo sagrado. 
 
     El error que atribuye a la colectividad un carácter sagrado es la 
idolatría; es en todos los tiempos, en cada país, el crimen más común. Aquél 
en cuyos ojos sólo cuenta el florecimiento de la persona ha perdido por 
completo el sentido mismo de lo sagrado. Es difícil saber cuál de los dos 
errores es peor. A menudo se combinan en la misma mente en tal o tal grado. 
Pero el segundo error tiene mucho menos energía y durabilidad que el 
primero. 
 
     Desde el punto de vista espiritual, la lucha entre la Alemania de 1940 
y la Francia de 1940 era principalmente una lucha no entre la barbarie y la 
civilización, no entre el bien y el mal, sino entre el primer error y el 
segundo. La victoria del primero no es sorprendente; el primero es por si 
solo el más fuerte. 
 
     La subordinación de la persona a la colectividad no es un escándalo; es 
un hecho del orden de los hechos mecánicos, como el del gramo y el kilogramo 
sobre una balanza. La persona está de hecho siempre sujeta a la 
colectividad, aún e incluso en lo que se llama su florecimiento.  
 
     Por ejemplo, son precisamente los artistas y escritores más dispuestos 
a considerar su arte como el florecimiento de su persona los que más 
fácilmente se someten al gusto del público. Hugo no encontraba ninguna 
dificultad en conciliar el culto de sí y el papel de ³eco sonoro².  Ejemplos 
como Wilde, Gide o los surrealistas son aún más claros (1).     
 
      Los estudiosos situados al mismo nivel se hacen también ellos esclavos 
de la moda, más poderosa todavía sobre la ciencia que sobre el aspecto de 
los sombreros. La opinión colectiva de los especialistas es casi soberana 
sobre cada uno de ellos  
 
      Al estar la persona sumisa de hecho, y por la naturaleza misma de las 
cosas, a lo colectivo, no existe derecho natural en relación con ella. 
 
     Se tiene razón cuando se dice que la antigüedad no tenía noción del 
respeto debido a la persona. Pensaba demasiado claramente para entretener 
una noción tan confusa. 
 
     El ser humano no escapa a lo colectivo sino elevándose por encima de lo 
personal para penetrar en lo impersonal. En ese momento hay algo en él, una 
parcela de su alma, sobre la cual nada de lo colectivo puede tener control. 
Si puede arraigarse en el bien impersonal, es decir, hacerse capaz de tomar 
de él un grado de energía, se pone en posición, cada vez que piense tener la 
obligación de ello, de dirigir contra no importa cuál colectividad, sin 
apoyarse sobre ninguna otra, una fuerza pequeña, sin lugar a duda, pero 
real.   
 
     Hay ocasiones cuando una fuerza casi infinitamente pequeña es decisiva. 
Una colectividad es mucho más fuerte que un hombre solo; pero toda 
colectividad necesita, para existir, operaciones de las cuales la suma es el 
ejemplo elemental, que no se cumplen sino en una mente en estado de 
aislamiento.  
 
     Esta necesidad ofrece la posibilidad de una toma de conciencia de lo 
impersonal sobre lo colectivo, si acaso se supiera estudiar un método que 
permita usarlo.  
 
     Cada ser que ha penetrado en el ámbito de lo impersonal encuentra en él 
una responsabilidad hacia todos los seres humanos. Aquélla de proteger en 
ellos, no a la persona, sino todo lo que la persona recubre de frágiles 
posibilidades de pasaje a lo impersonal. 
 
     Es a ésos en primer lugar a quienes se debe dirigir el llamado de 
respeto hacia el carácter sagrado de los seres humanos, puesto que para que 
tal llamado tenga existencia, es necesario que sea dirigido a seres 
susceptibles de escucharlo.    
 
     Es inútil explicarle a una colectividad que en cada una de las unidades 
que la componen hay algo que ella no debe violar. En primer lugar una 
colectividad no es alguien sino por ficción; no tiene existencia sino de 
forma abstracta; hablarle es una operación ficticia. Además, si fuera 
alguien, sería alguien incapaz de respetar a nadie más que a sí. 
 
     Además, el peligro mayor no es la tendencia de lo colectivo a comprimir 
a la persona, sino la tendencia de la persona a precipitarse, a ahogarse en 
lo colectivo. O quizá el primero peligro no sea sino el aspecto aparente y 
engañoso del segundo. 
 
     Si es inútil decirle a la colectividad que la persona es sagrada, 
también resulta inútil decirle a la persona que ella misma es sagrada. No 
puede creerlo. No se siente sagrada. Lo que le impide a la persona sentirse 
sagrada es que de hecho no lo es. 
 
     Si hay seres cuya conciencia da testimonio de algo distinto, a quienes 
su propia persona otorga cierto sentimiento de algo sagrado que piensan 
poder, mediante la generalización, atribuirle a cada persona, se encuentran 
bajo una doble ilusión. 
 
     Lo que experimentan no es el sentimiento de lo sagrado auténtico sino 
la falsa imitación que de ello produce lo colectivo. Si lo experimentan con 
relación a su propia persona, es porque ésta comparte el prestigio colectivo 
que resulta de la consideración social de la cual su propia persona es 
depositaria. 
 
     Así pues, es por error que piensan poder generalizar. Aunque esta 
generalización errónea proceda de un movimiento general, no puede tener 
suficiente virtud como para que a sus ojos la materia humana anónima cese 
realmente de ser la materia humana anónima. Pero es difícil que tengan la 
ocasión de darse cuenta, ya que no tienen contacto con ella. 
 
     En el ser humano, la persona es una cosa en peligro, que tiene frío, 
que corre a buscar un refugio y un calor. 
 
     Esto es algo que ignoran aquellos en quienes ella se encuentra, no sea 
más que en espera, calurosamente envuelta en consideración social. 
 
     Es por lo cual la filosofía personalista nació y se esparció, no en los 
medios populares, sino en los medios de escritores quienes, por profesión, 
poseen o esperan adquirir un nombre y una reputación. 
 
      Las relaciones entre la colectividad y la persona deben ser 
establecidas con el único objeto de echar a un lado lo que es susceptible de 
impedir el crecimiento y la germinación misteriosa de la parte impersonal 
del alma. Por ello es necesario que haya alrededor de cada persona 
suficiente espacio, un grado de libre disposición del tiempo, posibilidades 
para el paso hacia grados de atención cada vez más elevados, soledad, 
silencio. Es necesario además que ésta se encuentre rodeada de calor humano 
para que la angustia no la obligue a ahogarse en lo colectivo. 
 
     Si el bien es así, parecería difícil ir más lejos en la dirección del 
mal de lo que lo ha hecho la sociedad moderna, aun la democrática. 
Notablemente una fábrica moderna quizá no esté muy lejos del límite extremo 
del horror. Ahí cada ser humano se encuentra hostigado, picado por la 
intervención de voluntades ajenas, y al mismo tiempo el alma está en la 
frialdad, la miseria y el abandono. El ser humano necesita silencio cálido, 
reconfortante: en lugar de ese silencio, se le ofrece un tumulto gélido. 
 
     El trabajo físico, aunque sea doloroso, no es en sí una degradación. No 
es el arte, no es la ciencia, pero es otra cosa que tiene un valor 
absolutamente igual al del arte y al de la ciencia. Puesto que procura una 
posibilidad similar para ganar acceso a una forma impersonal de la atención. 
 
 *     *     * 
 
Red Iberoamericana de Luz 
redluz-alta@... 
 
*      *     * 
 
Exactamente en la misma medida en que el arte y la ciencia, el trabajo 
físico, aunque de forma distinta, provee cierto contacto con la realidad, 
con la verdad, con la belleza de este universo y con la eterna sabiduría que 
constituye su ordenamiento. 
 
     Es por esto que envilecer el trabajo es un sacrilegio en el mismo 
sentido en el que pisotear una ostia es un sacrilegio. 
 
     Si los que trabajan lo sintieran, si sintieran que por el hecho de ser 
víctimas de tal envilecimiento, de cierta forma, también son cómplices, su 
resistencia tendría un matiz muy distinto al que le puede otorgar el 
pensamiento sobre su persona y su derecho. No se trataría entonces de una 
reivindicación; se trataría de una sublevación del ser entero, feroz y 
desesperada como la de una jovencita a la cual se quiere meter a fuerzas en 
un lupanar; y también sería un grito de esperanza que brota del fondo del 
corazón. 
 
     Este sentimiento ciertamente habita en ellos, pero tan inarticulado que 
ni para ellos mismos resulta discernible. Los profesionales de la palabra 
permanecen incapacitados para darle expresión. 
 
     Cuando se les habla de su propia suerte se escoge generalmente 
hablarles de salarios. Ellos, con el cansancio que les agota y que hace que 
todo esfuerzo por prestar atención signifique dolor, reciben con alivio la 
fácil claridad de las cifras. 
 
     Olvidan así que el objeto en relación con el cual hay comercioŠno es 
sino su alma. 
 
     Supongamos que el diablo está efectuando la negociación de compra-venta 
del alma de un desventurado, y que alguien, sintiendo pena por el infeliz, 
interviene en el debate y le dice al diablo: ³Es una vergüenza de su parte 
no ofrecer por encima de tal precio; el objeto vale por lo menos el doble². 
 
     Esta farsa siniestra es la que ha jugado el movimiento obrero, con sus 
sindicatos, sus partidos, sus intelectuales de izquierda. 
 
     Este espíritu de comercio quedaba ya implícito en la noción de derecho 
que las gentes de 1789 tuvieron la imprudencia de poner en el centro mismo 
del llamado que quisieron gritarle a la cara al mundo. Significó destruir 
por adelantado su virtud. 
 
      La noción de derecho está ligada a la de repartición, intercambio, 
cantidad. Conlleva algo de comercial. Evoca hasta el proceso, el alegato. El 
derecho no se sostiene sino sobre el tono de reivindicación; y cuando es 
adoptado, es porque la fuerza no está lejos, detrás de él, para confirmarlo, 
o -de otra forma-  resulta ridículo. 
 
     Hay gran cantidad de nociones situadas en la misma categoría que 
resultan enteramente extrañas por sí mismas, a lo sobrenatural, y que están 
sin embargo un poco por encima de la fuerza bruta. Estas se relacionan todas 
con las costumbres de la bestia colectiva, para emplear el lenguaje de 
Platón, cuando guarda algunas trazas de un entrenamiento impuesto por la 
operación divina de la gracia. Cuando [tales nociones] no guardan 
continuamente una renovación de su existencia a partir de una renovación de 
dicha operación, cuando no son sino rezagos del pasado, entonces se 
encuentran por necesidad sujetas a los caprichos de la bestia. 
 
     Las nociones de derecho, de persona, de democracia, pertenecen a esta 
categoría. Bernanos tuvo el valor de observar que la democracia no le opone 
ninguna defensa a los dictadores. La persona se encuentra por naturaleza 
sujeta a la colectividad. El derecho por naturaleza pertenece a la fuerza. 
Las mentiras y los errores que encubren estas verdades son en extremo 
peligrosas porque impiden acceder a lo único que se encuentra sustraído a la 
fuerza; es decir, a otra fuerza, que es la irradiación del espíritu. La 
materia pensante no es capaz de vencer la pesantez sino en las plantas, 
gracias a la energía solar que el verde de las hojas ha capturado y que 
opera en su savia. La pesantez y la muerte retomarán progresivamente, pero 
inexorablemente, la planta privada de luz. 
 
     Entre estas mentiras se encuentra la del derecho natural, lanzada en el 
siglo XVlll materialista. No por Rousseau, que era un espíritu lúcido, 
poderoso y de inspiración verdaderamente cristiana, sino por Diderot y los 
medios de la Enciclopedia. 
 
Continuará en RedLuz... 
 
* Fragmentos escogidos de los Écrits de Londres et dernières lettres, 
Gallimard, 1957, pp.11-44. 
 
Tomado de: 
SIMONE WEIL:  PROFESIÓN DE FE, antología de textos escogidos y traducidos 
por Sylvia María Valls, UAM, Molinos de Viento, 1990, no. 73, México. 
(edición agotada, buscamos nuevo editor) 
 
Comentarios y preguntas: 
Sylvia Maria Valls 
smvalls@... 
mamadoc77@... 
 
1 Nota crítica: A pesar del desagrado que causara en Simone Weil el 
espectáculo del sensacionalismo y voluntarismo exhibido en su época por el 
movimiento surrealista, la idea de Breton sobre el automatismo artístico 
tiende hacia una visión impersonal de la creación poética; tanto Simone Weil 
como los surrealistas compartieron, cada cual por su lado, una noción de la 
poesía como instrumento de conocimiento trascendente, de gnosis. 
 
 
 
 
 
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