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Asunto:[RedLuz] La Reencarnacion / Rene Guenon
Fecha:Jueves, 8 de Diciembre, 2005  06:26:01 (-0600)
Autor:Ricardo Ocampo <redanahuak @...............mx>

From: Santiago Merino <vozdeestrellas@...> 
Date: Thu, 08 Dec 2005 11:14:57 +0000 
 
 
  
No se puede entender el Sentido de nuestra Vida sin aceptar la Reencarnación 
 
  
  
René Guénon 
LA REENCARNACIÓN  
 
Cap. VI de la 2ª parte de "L'Erreur Spirite". 
 
No intentaremos acometer aquí un estudio absolutamente completo del tema de 
la reencarnación, ya que 
 
se precisaría todo un volumen para examinarlo en todos sus aspectos. Quizá 
lo retomemos algún día; el 
 
asunto es interesante, y no en sí mismo, pues se trata de un absurdo puro y 
simple, sino en razón de la 
 
extraña difusión de esta idea, que en nuestra época es una de las que más 
contribuyen a la confusión de 
 
gran número de personas. Sin embargo, no podemos eximirnos de tratarlo, y al 
menos diremos lo que 
 
nos parece más esencial; nuestra argumentación no sólo irá dirigida contra 
el espiritismo kardecista, sino 
 
también contra todas las restantes escuelas "neo-espiritualistas" que, tras 
él, han adoptado la idea, apenas 
 
modificándola en detalles más o menos importantes. Por el contrario, esta 
refutación no se dirige, como 
 
la anterior (1), al espiritismo considerado en general, pues la 
reencarnación no es un elemento 
 
absolutamente esencial, y se puede ser espiritista sin admitirla, mientras 
que ello no es posible sin 
 
admitir la manifestación de los muertos mediante fenómenos sensibles. De 
hecho, se sabe que los 
 
espiritistas americanos e ingleses, es decir, los representantes de la más 
antigua forma del espiritismo, 
 
fueron en un principio unánimes en oponerse a la teoría reencarnacionista, 
criticada violentamente, en 
 
particular, por Douglas Home (2); ha sido necesario, para que algunos de 
ellos se decidieran más tarde 
 
ha aceptarla, que esta teoría haya penetrado en los medios anglosajones a 
través de vías extrañas al 
 
espiritismo. En la misma Francia, algunos de los primeros espiritistas, como 
Piérart y Anatole Barthe, se 
 
separaron de Allan Kardec en este punto; pero, en la actualidad, se puede 
decir que el espiritismo francés 
 
al completo ha hecho de la reencarnación un verdadero "dogma"; el propio 
Allan Kardec, por lo demás, 
 
no dudó en recurrir a este término (3). Recordemos que esta teoría fue 
adoptada del espiritismo francés 
 
en primer lugar por el teosofismo, y luego por el ocultismo papusiano y 
otras diversas escuelas, que 
 
igualmente han hecho de ella uno de sus artículos de fe; por mucho que estas 
escuelas hayan reprochado 
 
a los espiritistas el concebir a la reencarnación de un modo poco 
"filosófico", las modificaciones y las 
 
diversas complicaciones que éstas han aportado no podrían disimular ese 
préstamo inicial.  
 
Ya hemos indicado algunas de las divergencias que existen, a propósito de la 
reencarnación, sea entre 
 
los espiritistas, sea entre éstos y las demás escuelas; en ello como en todo 
lo demás, las enseñanzas de 
 
los "espíritus" son regularmente fluctuantes y contradictorias, y las 
pretendidas constataciones de los 
 
"clarividen-tes" no lo son menos. Así, hemos visto que, para unos, un ser 
humano se reencarna 
 
constantemente en el mismo sexo; para otros, se reencarna indiferente-mente 
en uno u otro, sin que a 
 
este respecto pueda fijarse ninguna ley; incluso hay para quienes existe una 
alternancia más o menos 
 
regular entre las encarnacio-nes masculinas y femeninas. Del mismo modo, 
unos dicen que el hombre se 
 
reencarna siempre sobre la tierra; otros pretenden que también puede 
reencarnarse en algún planeta del 
 
sistema solar, o incluso sobre un astro cualquiera; algunos admiten que 
existen generalmente numerosas 
 
encarnaciones terrestres consecutivas antes de pasar a otra morada, y ésta 
es la opinión del propio Allan 
 
Kardec; para los teosofistas, no hay sino encarnaciones terrestres durante 
todo el período de un ciclo 
 
extremadamente amplio, tras lo cual toda una raza humana comienza una nueva 
serie de encarnaciones 
 
en otra esfera, y así sucesivamente. Otro punto no menos discutido es la 
duración del intervalo que debe 
 
transcurrir entre dos encarnaciones consecutivas: unos piensan que es 
posible una reencarnación 
 
inmediata, o al menos tras un corto espacio de tiempo, mientras que, para 
otros, las vidas terrestres 
 
deben quedar separadas por grandes intervalos; en otro lugar hemos indicado 
que los teosofistas, tras 
 
haber supuesto en un principio que estos intervalos eran de mil doscientos o 
mil quinientos años como 
 
mínimo, han llegado a reducirlos considerablemente, estableciendo a este 
respecto distinciones según los 
 
"grados de evolución" de los individuos (4). Entre los ocultistas franceses 
se ha producido igualmente 
 
una variación bastante curiosa: en sus primeras obras, Papus, atacando a los 
teosofistas, de quienes 
 
acababa de separarse, repite con ellos que "según la ciencia esotérica, un 
alma no puede reencarnarse 
 
sino después de unos mil quinientos años, salvo en algunas excepciones muy 
determinadas (muerte 
 
infantil, muerte violenta, adeptado)" (5), e incluso llega a afirmar, 
siguiendo fielmente a Mme. 
 
Blavatsky y a Sinnett, que "estas cifras están sacadas de cálculos 
astronómicos del esoterismo 
 
hindú" (6), cuando lo cierto es que ninguna doctrina tradicional auténtica 
ha hablado jamás de la 
 
reencarnación, y ésta no es más que una invención moderna y occidental. Más 
tarde, Papus rechazó 
 
totalmente la pretendida ley establecida por los teosofistas y declaró que 
no se puede ofrecer ninguna, 
 
diciendo (y respetamos cuidadosamente su estilo) que "sería tan absurdo 
fijar un término exacto de mil 
 
doscientos o de diez años al tiempo que separa una encarnación de un retorno 
a la tierra como fijar para 
 
la vida humana un período igualmente exacto" (7). Todo esto apenas inspira 
confianza en quienes 
 
examinan las cosas con imparcialidad, y, si la reencarnación no ha sido 
"revelada" por los espíritus por 
 
la buena razón de que éstos jamás han hablado realmente a través de mesas o 
de médiums, las pocas 
 
observaciones que acabamos de apuntar bastarían ya para demostrar que no 
puede tratarse de un 
 
verdadero conocimiento esotérico enseñado por iniciados que, por definición, 
sabrían a qué atenerse. Ni 
 
siquiera hay necesidad de llegar al fondo de la cuestión para descartar las 
pretensiones de ocultistas y 
 
teosofistas; queda por ver si la reencarnación es el equivalente de una 
simple concepción filosófica; 
 
efectivamente, de eso se trata, y se encuentra incluso en el nivel de las 
peores de ellas, puesto que es 
 
absurda en el sentido propio de la palabra. Hay también muchas ideas 
absurdas en los filósofos, pero al 
 
menos no son presentadas generalmente más que como hipótesis; los 
"neo-espiritualistas" se engañan 
 
totalmente (admitimos aquí su buena fe, que para la masa es indudable, pero 
que no siempre lo es para 
 
los dirigentes), y la misma seguridad con la cual formulan sus afirmaciones 
es una de las causas que las 
 
hacen más peligrosas que las de los filósofos. 
 
Acabamos de emplear el término "concepción filosófica"; el de "concepción 
social" sería quizá más 
 
justo en estas circunstancias, si se considera cuál fue el origen real de la 
idea de la reencarnación. En 
 
efecto, para los socialistas franceses de la primera mitad del siglo XIX, 
que la inculcaron en Allan 
 
Kardec, esta idea estaba esencialmente destinada a ofrecer una explicación 
de la desigualdad de las 
 
condiciones sociales, que a sus ojos revestía un carácter particularmente 
chocante. Los espiritistas han 
 
conservado este mismo motivo entre aquellos de los que más gustosamente 
invocan para justificar su 
 
creencia en la reencarnación, e incluso han pretendido extender esta 
explicación a todas las 
 
desigualdades, tanto intelectuales como físicas; he aquí lo que dice Allan 
Kardec: "O las almas en su 
 
nacimiento son iguales, o no lo son; ello no ofrece dudas. Si son iguales, 
¿por qué esas aptitudes tan 
 
diversas?... Si son desiguales, es porque Dios las ha creado así, pero 
entonces, ¿por qué esa superioridad 
 
innata acordada a algunos? ¿Es esta parcialidad adecuada a su justicia y al 
idéntico amor que profesa 
 
hacia todas sus criaturas? Admitamos, por el contrario, una sucesión de 
existencias anteriores 
 
progresivas, y todo queda explicado. Los hombres traen al nacer la intuición 
de lo que han adquirido; 
 
están más o menos avanzados, según el número de existencias que han 
recorrido, según estén más o 
 
menos alejados del punto de partida, del mismo modo que como en una reunión 
de individuos de todas 
 
las edades cada uno tendrá un desarrollo proporcionado al número de años que 
haya vivido; las  
 
existencias sucesivas serían, para la vida del alma, lo que los años son 
para la vida del cuerpo... Dios, en 
 
su justicia, no ha podido crear almas más o menos perfectas; pero, con la 
pluralidad de las existencias, la 
 
desigualdad que observamos ya no es contraria a la equidad más rigurosa" 
(8). Léon Denis afirma de 
 
modo semejante: "la pluralidad de las existencias es lo único que puede 
explicar la diversidad de 
 
caracteres, la variedad de aptitudes, la desproporción de las cualidades 
morales, en una palabra, todas las 
 
desigualdades que saltan a la vista. Fuera de esta ley, en vano nos 
preguntaríamos por qué ciertos 
 
hombres poseen talento, nobles sentimientos, aspiraciones elevadas, mientras 
que tantos otros no 
 
comparten sino necedad, pasiones viles e instintos groseros. ¿Qué pensar de 
un Dios que, otorgándonos 
 
una sola vida corporal, nos hubiera hecho tan desiguales y, desde el salvaje 
al civilizado, hubiera 
 
reservado a los hombres dones tan distintos y un nivel moral tan diferente? 
Sin la ley de las  
 
reencarnaciones, la iniquidad gobierna el mundo... Todas estas oscuridades 
se disipan ante la doctrina de 
 
las existencias múltiples. Los seres que se distinguen por su potencia 
intelectual o sus virtudes han 
 
vivido más, trabajado más, adquirido una experiencia y aptitudes mayores" 
(9). Similares razones son 
 
mantenidas incluso por escuelas cuyas teorías son menos "primarias" que las 
del espiritismo, pues la 
 
concepción reencarnacionista jamás ha podido perder enteramente el estigma 
de su origen; los  
 
teosofistas, por ejemplo, también esgrimen, al menos secundaria-mente, la 
desigualdad de las  
 
condiciones sociales. Por su parte, Papus hace exactamente lo mismo: "Los 
hombres recomienzan un 
 
nuevo trayecto en el mundo material, ricos o pobres, socialmente dichosos o 
desgraciados, según los 
 
resultados adquiridos en los tránsitos anteriores, en las encarnaciones 
preceden-tes" (10). En otra parte 
 
se expresa aún más claramente a este respecto: "Sin la idea de la 
reencarnación, la vida social es una 
 
iniquidad. ¿Por qué existen seres ignorantes que están atiborrados de plata 
y colmados de honores, 
 
mientras que hay seres de valor que se debaten en la miseria y en la lucha 
cotidiana por los alimentos 
 
físicos, morales y espirituales?... Se puede decir, en general, que la 
actual vida social está determinada 
 
por el estado anterior del espíritu y determina, a su vez, el estado social 
futuro" (11).  
 
Una tal explicación es perfectamente ilusoria, y he aquí por qué: en primer 
lugar, si el punto de partida 
 
no es el mismo para todos, si hay hombres que están más o menos alejados de 
él al no haber recorrido el 
 
mismo número de existencias (según dice Allan Kardec), hay aquí una 
desigualdad de la cual ellos no 
 
podrían ser responsables, y, por consiguiente, los reencarnacionistas deben 
considerarla una "injusticia" 
 
incapaz de ser explicada por su teoría. A continuación, incluso admitiendo 
que no existan diferencias 
 
entre los hombres, ha sido preciso que hubiera, en su evolución (y hablamos 
según la manera de ver de 
 
los espiritistas), un momento en el que las desigualdades han comenzado, y 
es además necesario que 
 
éstas tengan una causa; si se dice que esta causa consiste en los actos que 
los hombres habían cumplido 
 
anteriormente, deberá explicarse cómo han podido estos hombres comportarse 
de forma diferente antes 
 
de que las desigualdades se hayan producido entre ellos. Esto es 
inexplicable, simplemente porque hay 
 
aquí una contradicción: si los hombres hubieran sido perfectamente iguales, 
se asemejarían en todos los 
 
aspectos, y, admitiendo que esto fuera posible, jamás habrían podido dejar 
de serlo, a menos que se 
 
niegue la validez del principio de razón suficiente (y, en tal caso, no 
cabría buscar ni ley ni explicación 
 
alguna); si han podido hacerse distintos, es evidentemente porque la 
posibilidad de desigualdad estaba 
 
en ellos, y esta posibilidad previa bastaría para constituirlos desiguales 
desde el origen, al menos 
 
potencialmente. De este modo, se ha alejado la dificultad creyéndola 
resolver, y, finalmente, subsiste por 
 
completo; pero, a decir verdad, no existe dificultad, y el mismo problema no 
es menos ilusorio que su 
 
pretendida solución. Se puede decir de esta cuestión lo mismo que de muchas 
cuestiones filosóficas, que 
 
no existe sino porque está mal planteada; y, si se plantea mal, es sobre 
todo, en el fondo, porque se 
 
hacen intervenir consideraciones morales y sentimentales allí donde éstas no 
tienen cabida: esta actitud 
 
es tan necia como lo sería la de un hombre que se preguntara, por ejemplo, 
por qué determinada especie 
 
animal no es igual a otra, lo cual está manifiestamente desprovisto de 
sentido. Que existan en la 
 
naturaleza diferencias que se nos aparecen como desigualdades, mientras que 
hay otras que no presentan 
 
este aspecto, depende de un punto de vista puramente humano; y, si se deja 
de lado este punto de vista 
 
eminentemente relativo, ya no puede hablarse de justicia o de injusticia en 
este orden de cosas. En suma, 
 
preguntarse por qué un ser no es igual a otro es preguntarse por qué es 
diferente de otro; pero, si no fuera 
 
en modo alguno diferente, sería ese otro en lugar de ser él mismo. Desde el 
momento en que hay una 
 
multiplicidad de seres, es preciso que existan diferencias entre ellos; dos 
cosas idénticas son 
 
inconcebibles, porque, si son verdaderamente idénticas, no son dos cosas, 
sino una sola; Leibnitz tiene 
 
toda la razón en este punto. Cada ser se distingue de los demás, desde el 
principio, porque posee en sí 
 
mismo ciertas posibilidades esencialmente inherentes a su naturaleza, que no 
son las posibilidades de 
 
ningún otro ser; la pregunta a la que los reencarnacionistas pretenden 
responder se reduce simplemente a 
 
la cuestión de por qué un ser es él mismo y no otro. Poco importa si se 
quiere ver aquí una injusticia, 
 
pues, en todo caso, es una necesidad; y, por otra parte, en el fondo, seria 
más bien lo contrario de una 
 
injusticia: en efecto, la idea de justicia, desprovista de su carácter 
sentimental y específicamente 
 
humano, se reduce a la de equilibrio o armonía; ahora bien, para que haya en 
el Universo una total 
 
armonía, es necesario y basta con que cada ser esté en el lugar que debe 
ocupar, como elemento de ese 
 
Universo, en conformi-dad con su propia naturaleza. Esto significa 
precisamente que las diferencias y 
 
las desigualdades, a las que se tiende a denunciar como injusticias reales o 
aparentes, concurren efectiva 
 
y necesariamente, por el contrario, a esa armonía total; y ésta no puede no 
ser, pues ello supondría que 
 
las cosas no son lo que son, ya que sería absurdo pretender que pueda 
ocurrirle algo a un ser que no sea 
 
una consecuencia de su naturaleza; de modo que los partidarios de la 
justicia pueden por añadidura 
 
sentirse satisfechos, sin verse obligados a ir al encuentro de la verdad. 
 
Allan Kardec declara que "el dogma de la reencarnación está fundado en la 
justicia de Dios y en la 
 
revelación" (12); acabamos de demostrar que, de ambas razones, la primera no 
podría ser válidamente 
 
invocada; en cuanto a la segunda, ya que él quiere hablar evidentemente de 
la revelación de los 
 
"espíritus", y como anteriormente hemos establecido que ésta es inexistente, 
no tenemos necesidad de 
 
volver sobre ella. No obstante, éstas no son aún sino observaciones 
preliminares, pues del hecho de que 
 
no se vea ninguna razón para admitir algo no se sigue forzosamente que este 
algo sea falso; al menos, se 
 
podría permanecer a este respecto en una actitud de pura y simple duda. 
Debemos decir, por otra parte, 
 
que las objeciones formuladas normalmente contra la teoría reencarnacionista 
apenas son más  
 
determinantes que las razones invocadas para apoyarla; ello se debe, en gran 
medida, a que los  
 
adversarios y los partidarios de la reencarnación se sitúan igualmente, a 
menudo, sobre un terreno moral 
 
y sentimental, y las consideraciones de este orden nada podrían probar. 
Podemos volver a presentar aquí 
 
la misma observación que en lo concerniente al tema de la comunicación con 
los muertos: en lugar de 
 
preguntarse si ésta es verdadera o falsa, lo único que importa, se discute 
para saber si es o no 
 
"consoladora", y así puede discutirse indefinidamente sin avanzar un ápice, 
puesto que se trata de un 
 
criterio puramente "subjetivo", como diría un filósofo. Lamentablemente, hay 
mucho más que decir 
 
contra la reencarnación, ya que se puede establecer su absoluta 
imposibilidad; pero, antes de llegar a 
 
ello, debemos tratar aún otra cuestión y precisar ciertas distinciones, no 
sólo porque son en sí más 
 
importantes, sino también porque, de lo contrario, algunos podrían 
extrañarse al vernos afirmar que la 
 
reencarnación es una idea exclusivamente moderna. Demasiadas confusiones e 
ideas falsas han  
 
prevalecido desde hace un siglo como para que mucha gente, incluso fuera de 
los medios "neoespiritualistas", 
 
no se encuentre gravemente influida; esta deformación ha llegado a tal punto 
que los  
 
orientalistas oficiales, por ejemplo, interpretan corrientemente en un 
sentido reencarnacionista textos en 
 
los cuales no hay nada semejante, y se han hecho completamente incapaces de 
comprenderlos de otro 
 
modo, lo que significa que no entienden absolutamente nada. 
 
El término "reencarnación" debe ser distinguido de al menos otros dos 
términos, que tienen un 
 
significado totalmente diferente, y que son los de "metempsicosis" y 
"transmigración"; se trata de cosas 
 
que eran muy bien conocidas de los antiguos, como aún lo son de los 
orientales, pero que los 
 
occidentales modernos, inventores de la reencarnación, ignoran absolutamente 
(13). Está claro que, 
 
cuando se habla de reencarnación, esto significa que el ser que ya ha estado 
encarnado retoma un nuevo 
 
cuerpo, es decir, vuelve al estado por el cual ya ha pasado; por otra parte, 
se admite que ello concierne al 
 
ser real y completo, y no simplemente a los elementos más o menos 
importantes que han podido entrar 
 
en su constitución a un título cualquiera. Aparte de estas dos condiciones, 
no puede en absoluto tratarse 
 
de reencarnación; ahora bien, la primera la distingue esencialmente de la 
transmigración, tal como es 
 
considerada en las doctrinas orientales, y la segunda no la diferencia menos 
profundamente de la 
 
metempsicosis, en el sentido en que era especialmente entendida por los 
órficos y los pitagóricos. Los 
 
espiritistas, al afirmar erróneamente la antigüedad de la teoría 
reencarnacionista, dicen que no es 
 
idéntica a la metempsicosis; según ellos, no sólo se distingue de ésta en 
que las existencias sucesivas son 
 
siempre "progresivas", sino que además se debe considerar exclusivamente a 
los seres humanos: "Hay, 
 
dice Allan Kardec, entre la metempsicosis de los antiguos y la doctrina 
moderna de la reencarnación, 
 
una gran diferencia: los espíritus niegan de forma absoluta la 
transmigración del hombre en los 
 
animales, y a la inversa" (14). Los antiguos, en realidad, jamás han 
considerado tal transmigración, 
 
como tampoco la del hombre en otros hombres, como podría definirse la 
reencarnación; sin duda, 
 
existen expresiones más o menos simbólicas que pueden dar lugar a 
malentendidos, pero solamente 
 
cuando no se sabe lo que verdadera-mente quieren decir, que es lo siguiente: 
hay en el hombre  
 
elementos psíquicos que se disocian tras la muerte, y que pueden pasar 
entonces a otros seres vivos, 
 
hombres o animales, sin que ello tenga más importancia, en el fondo, que el 
hecho de que, tras la 
 
disolución del cuerpo de ese mismo hombre, los elementos que lo componían 
puedan servir para formar 
 
otros cuerpos; en ambos casos, se trata de elementos mortales del hombre, y 
no de la parte imperecedera 
 
que es su ser real, y que en absoluto es afectada por estas mutaciones 
póstumas. A propósito de esto, 
 
Papus ha cometido un error de otro género, al hablar de "confusiones entre 
la reencarnación o retorno 
 
del espíritu a un cuerpo material, tras un período astral, y la 
metempsicosis o travesía del cuerpo material 
 
por cuerpos de animales y plantas, antes de volver a un nuevo cuerpo 
material" (15); sin necesidad de 
 
mencionar algunas rarezas de expresión que pueden deberse a descuidos (los 
cuerpos de animales y 
 
plantas no son menos "materiales" que el cuerpo humano, y no son 
"atravesados" por éste, sino por los 
 
elementos que de él provienen), esto no podría en modo alguno ser denominado 
"metempsicosis", pues 
 
la formación de dicha palabra implica que se trata de elementos psíquicos, y 
no corporales. Papus acierta 
 
al pensar que la metempsicosis no concierne al ser real del hombre, pero se 
engaña completamente con 
 
respecto a su naturaleza; y, por otra parte, cuando dice que la 
reencarnación "ha sido enseñada como un 
 
misterio esotérico en todas las iniciaciones de la antigíiedad" (16), 
confunde a ésta pura y simplemente 
 
con la verdadera transmigración. 
 
La disociación que sigue a la muerte no afecta solamente a los elementos 
corporales, sino también a 
 
ciertos elementos a los que se puede llamar psíquicos; ya hemos mencionado 
esto al explicar que tales 
 
elementos pueden a veces intervenir en los fenómenos del espiritismo, y 
contribuir así a la apariencia de 
 
una acción real de los muertos; de forma análoga, también pueden, en ciertos 
casos, presentarse como 
 
una reencarnación. Lo importante, en este último punto, es que dichos 
elementos (que durante la vida 
 
pueden haber sido propiamente conscientes o sólo "subconscientes") 
comprenden especialmente todas 
 
las imágenes mentales que, resultantes de la experiencia sensible, han 
formado parte de lo que se 
 
denomina memoria e imaginación: estas facultades, o más bien estos conjuntos 
de facultades, son  
 
perecederos, es decir, están sujetos a disolución, puesto que, siendo de 
orden sensible, dependen 
 
literalmente del estado corporal; por otra parte, fuera de la condición 
temporal, que es una de las que 
 
definen el mencionado estado, la memoria no tendría evidentemente ninguna 
razón para subsistir. Lo 
 
dicho se aleja con seguridad de las teorías de la psicología clásica acerca 
del "yo" y su unidad; tales 
 
teorías presentan el defecto de estar casi tan vacías de fundamento, en su 
género, como las concepciones 
 
de los "neo-espiritualistas". Otra observación no menos importante es que 
puede existir transmisión de 
 
elementos psíquicos de un ser a otro sin que ello suponga la muerte del 
primero: en efecto, hay tanto una 
 
herencia psíquica como una herencia fisiológica. Esto no es dudoso, e 
incluso es un hecho de 
 
observación vulgar; pero probablemente muchos no se percatan de que ello 
supone al menos que los 
 
padres suministran un germen psíquico, al mismo título que un germen 
corporal; y este germen puede 
 
implicar potencialmente un conjunto muy complejo de elementos pertenecientes 
al dominio de la  
 
"subconsciencia", además de tendencias o predisposiciones propiamente dichas 
que, desarrollándose, 
 
aparecerán de forma más manifiesta; esos elementos "subconscientes", por el 
contrario, podrán no 
 
hacerse aparentes más que en casos excepcionales. Es precisamente la doble 
herencia psíquica y 
 
corporal lo que expresa esta fórmula china: "Tú revivirás en tus miles de 
descendientes", que con toda 
 
seguridad difícilmente podría ser interpretada en un sentido 
reencarnacionista, aunque los ocultistas e 
 
incluso los orientalistas hayan realizado otras proezas semejantes. Las 
doctrinas extremo-orientales 
 
consideran incluso preferentemente el aspecto psíquico de la herencia, y ven 
en ella una verdadera 
 
prolongación de la individualidad humana; a ello se debe que, bajo el nombre 
de "posteridad" (que por 
 
otra parte es susceptible además de un sentido superior y puramente 
espiritual), estas doctrinas asocien 
 
el mencionado aspecto a la "longevidad", llamada inmortalidad por los 
occidentales.  
 
Como veremos a continuación, algunos de los hechos que los 
reencarnacio-nistas creen poder invocar en 
 
apoyo de su hipótesis se explican perfectamente por uno u otro de los dos 
casos que acabamos de 
 
considerar, es decir, por un lado, la transmisión hereditaria de ciertos 
elementos psíquicos, y, por otro, la 
 
asimilación por una individualidad humana de otros elementos psíquicos 
derivados de la desintegración 
 
de individualidades humanas anteriores, que no por ello tienen la menor 
relación espiritual con aquella. 
 
Hay, en todo esto, corresponden-cia y analogía entre el orden psíquico y el 
orden corporal; y ello se 
 
comprende sin dificultad, puesto que ambos, repitámoslo, se refieren 
exclusivamente a lo que puede ser 
 
llamado elementos mortales del ser humano. Todavía debemos añadir que, en el 
orden psíquico, puede 
 
ocurrir, más o menos excepcionalmente, que un considerable conjunto de 
elementos se conserve sin 
 
disociarse y sea transferido tal cual a una nueva individualidad; los hechos 
de este género son, 
 
naturalmente, los que presentan el carácter más llamativo ante los ojos de 
los partidarios de la reencarn 
 
ación, y sin embargo no son menos engañosos que todos los demás (17). Todo 
esto, ya lo hemos dicho, 
 
no concierne ni afecta en modo alguno al ser real; ciertamente, nos 
podríamos preguntar por qué, si es 
 
así, los antiguos parecen haber otorgado gran importancia a la suerte 
póstuma de los elementos en 
 
cuestión. Se podría responder simplemente señalando que también hay gente 
que se preocupa por el 
 
tratamiento que su cuerpo puede sufrir después de la muerte, sin por ello 
pensar que su espíritu deba 
 
experimentar consecuencia alguna; pero añadiremos que, efectivamente, por 
regla general, estas cosas 
 
no son absoluta-mente indiferentes; silo fueran, los ritos funerarios no 
tendrían ninguna razón de ser, 
 
mientras que, por el contrario, tienen una muy profunda. Sin poder insistir 
demasiado, diremos que la 
 
acción de estos ritos se ejerce precisamente sobre los elementos psíquicos 
del difunto; ya hemos 
 
mencionado lo que pensaban los antiguos acerca de la relación existente 
entre su incumplimiento y 
 
ciertos fenómenos de "obsesión", y dicha opinión estaba perfectamente 
fundada. Con seguridad, si no se 
 
considerara más que el ser en tanto que ha pasado a otro estado de 
existencia, no cabría tener en cuenta 
 
lo que puede ocurrir con tales elementos (salvo quizá para asegurar la 
tranquilidad de los vivos); pero es 
 
muy distinto si se considera lo que hemos denominado las prolongaciones de 
la individualidad humana. 
 
Este tema podría dar lugar a consideraciones cuya complejidad y extrañeza 
nos impide abordarlas aquí; 
 
por lo demás, opinamos que es de aquellos que no seria ni útil ni ventajoso 
tratar públicamente de 
 
manera detallada.  
 
Tras haber dicho en qué consiste verdaderamente la metempsicosis, diremos 
ahora lo que es  
 
propiamente la transmigración: esta vez, se trata efectivamente del ser 
real, aunque no es para él un 
 
retorno al mismo estado de existencia, retorno que, si pudiera tener lugar, 
sería quizá una "migración", si 
 
se quiere, pero no una "transmigración". De lo que se trata es, por el 
contrario, del paso del ser a otros 
 
estados de existencia, definidos, tal como hemos dicho, por condicio-nes 
completamente distintas de 
 
aquellas a las cuales está sometida la individuali- dad humana (con la 
restricción de que, en tanto se trate 
 
de estados individuales, el ser está siempre revestido de una forma, aunque 
no podría dar lugar a ninguna 
 
representación espacial más o menos modelada sobre la de la forma corporal); 
quien dice transmigración 
 
dice esencialmente cambio de estado. Esto es lo que enseñan todas las 
doctrinas tradicionales de oriente, 
 
y tenemos múltiples razones para pensar que esta enseñanza era también la de 
los "misterios" de la 
 
antigüedad; incluso en doctrinas heterodoxas tales como el Budismo no se 
trata de otra cosa, a pesar de 
 
la interpretación reencarnacionista que hoy en día tiene curso entre los 
europeos. Precisamente la 
 
verdadera doctrina de la transmigración, entendida según el sentido ofrecido 
por la metafísica pura, es lo 
 
que permite rechazar de forma absoluta y definitiva la idea de la 
reencarnación; es más: tal refutación 
 
sólo es posible en este terreno. Hemos demostrado que la reencarnación es 
una pura y simple  
 
imposibilidad; debe quedar claro que un mismo ser no puede tener dos 
existencias en el mundo corporal, 
 
considerando este mundo en toda su extensión: poco importa que sea sobre la 
tierra o sobre cualquier 
 
otro astro (18); poco importa además que sea en tanto que ser humano o, 
según las falsas concepciones 
 
de la metempsicosis, bajo cualquier otra forma, animal, vegetal o incluso 
mineral. Añadiremos todavía 
 
esto: poco importa que se trate de existencias sucesivas o simultáneas, pues 
algunos han supuesto la 
 
estrafalaria idea de una pluralidad de vidas desarrollándose al mismo 
tiempo, para un mismo ser, en 
 
diversos lugares, posiblemente en planetas diferentes; esto nos remite de 
nuevo a los socialistas de 1848, 
 
pues parece haber sido Blanqui el primero en imaginar una repetición 
simultánea e indefinida, en el 
 
espacio, de individuos supuestamente idénticos (19). Algunos ocultistas 
pretenden que el individuo 
 
humano puede tener numerosos "cuerpos físicos", como ellos dicen, viviendo 
al mismo tiempo en  
 
diferentes planetas; y llegan incluso a afirmar que, si alguien sueña con su 
muerte, ello significa que, en 
 
muchos casos, en ese mismo instante, efectivamente ha muerto en otro 
planeta. Esto podría parecer 
 
increíble si no lo hubiéramos oído personal-mente; pero en el siguiente 
capítulo se verán otras historias 
 
tan extrañas como ésta. Debemos agregar que la demostración válida contra 
todas las teorías  
 
reencarnacionistas, sea cual sea la forma que adopten, se aplica igualmente 
y al mismo titulo a ciertas 
 
concepciones de aspecto más propiamente filosófico, como la idea del "eterno 
retorno" de Nietzsche, y, 
 
en definitiva, a todo lo que suponga en el Universo una repetición 
cualquiera.  
 
No podemos intentar exponer aquí, con todos los desarrollos que implica, la 
teoría metafísica de los 
 
estados múltiples del ser; no obstante, tenemos intención de dedicarle, 
cuando sea posible, uno o varios 
 
estudios especiales. Pero al menos podemos indicar el fundamento de dicha 
teoría, que es al mismo 
 
tiempo el principio de la demostración de que aquí se trata, y que es el 
siguiente: la Posibilidad universal 
 
y total es necesariamente infinita y no puede ser concebida de otro modo, 
pues, comprendiéndolo todo y 
 
no dejando nada fuera de sí, no puede ser limitada absolutamente por nada; 
una limitación de la 
 
Posibilidad universal, debiendo serle exterior, es propia y literalmente una 
imposibilidad, es decir, una 
 
pura nada. Ahora bien, suponer una repetición en el seno de la Posibilidad 
universal, como se hace al 
 
admitir que existen dos posibilidades particulares idénticas, es suponer una 
limitación, ya que lo infinito 
 
excluye toda repetición: sólo en el interior de un conjunto finito es 
posible regresar dos veces a un 
 
mismo elemento, y aún este elemento no sería rigurosamente el mismo más que 
a condición de que este 
 
conjunto forme un sistema cerrado, condición que jamás se realiza 
efectivamente. Desde el momento en 
 
que el Universo es verdaderamente un todo, o mejor dicho el Todo absoluto, 
no puede existir en parte 
 
alguna un ciclo cerrado: dos posibilidades idénticas no serían sino una sola 
y misma posibilidad; para 
 
que verdaderamente sean dos, es necesario que difieran al menos en una 
condición, y en tal caso no son 
 
idénticas. Jamás puede nada volver al mismo punto, y ello incluso en un 
conjunto que es solamente 
 
indefinido (y no ya infinito), como el mundo corporal: mientras se traza un 
círculo se efectúa un 
 
desplazamiento, de modo que el círculo no se cierra sino de forma ilusoria. 
Esto es una simple analogía, 
 
pero puede servir para ayudar a comprender que, "a fortiori", en la 
existencia universal, el retorno a un 
 
mismo estado es una imposibilidad: en la Posibilidad total, esas 
posibilidades particulares que son los 
 
estados de existencia condicionados son necesariamente en multiplicidad 
indefinida; negar esto es 
 
pretender limitar la Posibilidad; es preciso entonces admitirlo, so pena de 
contradicción, y ello basta para 
 
que ningún ser pueda pasar dos veces por el mismo estado. Como se ve, esta 
demostración es  
 
extremadamen-te simple en si misma, y, si a algunos les cuesta comprenderla, 
ello es debido a su 
 
carencia de los más elementales conocimientos metafísicos; para éstos, una 
exposición más detallada 
 
sería quizá necesaria, pero les rogamos sepan esperar a que encontremos la 
ocasión de exponer  
 
integralmente la teoría de los estados múltiples; pueden estar seguros, en 
todo caso, de que esta 
 
demostración, tal como acabamos de formularla en lo que tiene de esencial, 
no deja nada que desear bajo 
 
el aspecto del rigor. En cuanto a quienes imaginan que, rechazando la 
reencarna-ción, corremos el riesgo 
 
de limitar de otra forma la Posibilidad universal, simplemente les 
responderemos que lo que rechazamos 
 
es una imposibilidad, que no es nada, y que no aumentaría la suma de 
posibilidades más que de un modo 
 
absolutamente ilusorio, al no ser sino un puro cero; no se limita la 
Posibilidad negando un absurdo 
 
cualquiera, por ejemplo, diciendo que no puede existir un cuadrado redondo, 
o que, de entre todos los 
 
mundos posibles, no puede haber ninguno en el que dos más dos sumen cinco; 
el caso es exactamente el 
 
mismo. Hay personas que se crean, en este orden de ideas, extraños 
escrúpulos: por ejemplo, Descartes, 
 
que atribuye a Dios la "libertad de indiferencia", por temor a limitar la 
omnipotencia divina (expresión 
 
teológica de la Posibilidad universal), sin percatarse de que esta "libertad 
de indiferencia", o la elección 
 
en ausencia de toda razón, implica condiciones contradictorias; diremos, 
empleando su lenguaje, que un 
 
absurdo no es tal porque Dios lo haya querido arbitrariamente, sino que, por 
el contrario, porque es un 
 
absurdo, Dios no puede hacer cualquier cosa, sin que no obstante ello 
implique la menor ofensa a su 
 
omnipotencia, al ser sinónimos absurdo e imposibilidad. 
 
Volviendo a los estados múltiples del ser, señalaremos, pues ello es 
esencial, que tales estados pueden 
 
ser concebidos como simultáneos o como sucesivos, e incluso, en términos 
generales, no se puede 
 
admitir la sucesión más que a titulo de representación simbólica, puesto que 
el tiempo no es sino una 
 
condición propia de uno de esos estados, y la duración, bajo un modo 
cualquiera, no puede ser atribuida 
 
más que a algunos de ellos; si se quiere hablar de sucesión, hay que tener 
cuidado en precisar que no 
 
puede ser sino en sentido lógico, y no cronológico. Por esta sucesión lógica 
entendemos que existe un 
 
encadenamiento causal entre los diversos estados; pero la relación misma de 
causalidad, tomada en su 
 
verdadero significado (y no según la acepción "empirista" de algunos lógicos 
modernos), implica  
 
precisamente la simultaneidad o la coexistencia de sus términos. Además, es 
oportuno precisar que 
 
incluso el estado individual humano, que está sometido a la condición 
temporal, puede no obstante 
 
presentar una multiplicidad simultánea de estados secundarios: el ser humano 
no puede tener numerosos 
 
cuerpos, pero, aparte de la modalidad corporal y al mismo tiempo que ésta, 
puede poseer otras  
 
modalidades en las cuales se desarrollen algunas de las posibilidades que 
lleva implicadas. Esto nos 
 
conduce a señalar una concepción muy estrechamente vinculada a la de la 
reencarnación, y que cuenta 
 
también con numerosos partidarios entre los "neo-espiritualistas": según 
esta concepción, cada ser 
 
debería, en el curso de su evolución (pues quienes sostienen tales ideas son 
siempre, de una forma u otra, 
 
evolucionistas), pasar sucesivamente por todas las formas de vida, 
terrestres y no terrestres. Tal teoría no 
 
expresa más que una imposibilidad manifiesta, por la simple razón de que 
existen indefinidas formas 
 
vivas por las cuales jamás podrá pasar un ser cualquiera, siendo éstas todas 
aquellas que están ocupadas 
 
por los demás seres. Por otra parte, incluso aunque un ser haya recorrido 
sucesivamente indefinidas 
 
posibilidades particulares, y en un dominio mucho más extenso que el de las 
"formas de vida", no estaría 
 
por ello más avanzado con respecto al término final, que no podría ser de 
este modo alcanzado; 
 
volveremos sobre ello cuando hablemos más especialmente del evolucionismo 
espiritista. Por el 
 
momento, señalaremos únicamente esto: el mundo corporal al completo, en el 
despliegue integral de 
 
todas las posibilidades que contiene, no representa más que una parte del 
dominio de manifestación de 
 
un sólo estado; tal estado implica entonces, "a fortiori", la potencialidad 
correspondiente a todas las 
 
modalidades de la vida terrestre, que es una porción muy restringida del 
mundo corporal. Esto hace 
 
perfectamente inútil (incluso aunque su imposibilidad no pudiera probarse de 
otro modo) la suposición 
 
de una multiplicidad de existencias a través de las cuales el ser se 
elevaría progresiva-mente de la 
 
modalidad más inferior, el mineral, hasta la modalidad humana, considerada 
como la superior, pasando 
 
sucesivamente por el vegetal y el animal, con toda la multiplicidad de 
grados comprendidos en cada uno 
 
de estos reinos; en efecto, hay quienes afirman tales hipótesis, y solamente 
rechazan la posibilidad de 
 
una vuelta hacia atrás. En realidad, el individuo, en su extensión integral, 
contiene simultáneamente las 
 
posibilidades que corresponden a todos los grados de que se trata (y quede 
claro que no decimos que los 
 
contiene corporalmente); esta simultaneidad no se traduce en sucesión 
temporal más que en el desarrollo 
 
de su única modalidad corporal, en el curso de la cual, como demuestra la 
embriología, pasa  
 
efectivamente por todos los estadios correspondientes, desde la forma 
unicelular de los seres 
 
organizados más rudimentarios, e incluso, remontándonos aún más, desde el 
cristal, hasta la forma 
 
humana terrestre. Aprovecharemos para decir, desde ahora, que este 
desarrollo embriológico, 
 
contrariamente a la opinión común, no es en absoluto una prueba de la teoría 
"transformista"; ésta no es 
 
menos falsa que todas las restantes formas del evolucionismo, e incluso es 
la más grosera de todas; pero 
 
tendremos ocasión de volver sobre este punto. Lo que ante todo es preciso 
recordar es que el punto de 
 
vista de la sucesión es esencialmente relativo, y, por lo demás, incluso en 
la medida restringida en que es 
 
legítimamente aplicable, pierde casi todo su interés por la simple 
observación de que el germen, antes de 
 
todo desarrollo, contiene ya en potencia al ser completo (enseguida veremos 
la importancia de esto); en 
 
todo caso, este punto de vista debe siempre quedar subordinado al de la 
simultaneidad, tal como exige el 
 
carácter puramente metafísico, luego extra-temporal (aunque no 
extra-espacial, al no suponer la 
 
coexistencia necesariamente el espacio), de la teoría de los estados 
múltiples del ser (20). 
 
Añadiremos todavía que, a pesar de las pretensiones de los espiritistas y 
sobre todo de los ocultistas, no 
 
hay en la naturaleza ninguna analogía en favor de la reencarnación, mientras 
que, en cambio, se  
 
encuentran numerosas en sentido contrario. Este punto hay sido puesto en 
evidencia en las enseñanzas 
 
de la H. B. of L., tal como hemos señalado anteriormente, que era 
formalmente anti-reencarnacionista; 
 
creemos que puede ser interesante citar aquí algunos pasajes de estas 
enseñanzas, que demuestran que 
 
dicha escuela poseía al menos algún conocimiento de la verdadera 
transmigración, así como de ciertas 
 
leyes cíclicas: "Es una verdad absoluta la que expresa el adepto autor de 
Ghostland, cuando dice que, en 
 
tanto que ser impersonal, el hombre vive en una indefinidad de mundos antes 
de llegar a éste... Cuando 
 
el gran estado de conciencia, cumbre de la serie de las manifestaciones 
materiales, es alcanzado, jamás 
 
volverá el alma a entrar en la matriz de la materia, no sufrirá la 
encarnación material; desde entonces, 
 
sus renacimientos se darán en el reino del espíritu. Es seguro que quienes 
sostienen la teoría 
 
extrañamente ilógica de la multiplicidad de los nacimientos humanos jamás 
han desarrollado en si 
 
mismos el estado lúcido de conciencia espiritual; de otro modo, la teoría de 
la reencarnación, afirmada y 
 
sostenida hoy en día por muchos hombres y mujeres versados en la "sabiduría 
mundana", no tendría el 
 
menor crédito. Una educación exterior es relativamente ineficaz como medio 
para obtener el verdadero 
 
conocimiento... la bellota se hace roble, la nuez de coco, palmera; pero por 
muchas minadas de frutos 
 
que dé el roble, jamás se volverá bellota él mismo, ni tampoco la palmera 
volverá a ser nuez. Al igual 
 
para el hombre; desde el instante en que el alma se ha manifestado en el 
plano humano, y ha alcanzado 
 
así la conciencia de la vida exterior, nunca volverá a pasar por ninguno de 
sus estados rudimentarios... 
 
Todos los pretendidos "despertares de recuerdos" latentes, por los cuales 
algunas personas aseguran 
 
recordar sus existencias pasadas, pueden explicarse, e incluso sólo pueden 
explicarse por las simples 
 
leyes de la afinidad y de la forma. Cada raza humana, considerada en sí 
misma, es inmortal; lo mismo 
 
ocurre con cada ciclo: jamás el primer ciclo se convierte en el segundo, 
pero los seres del primer ciclo 
 
son (espiritualmente) los padres, o los generadores (21), de los del segundo 
ciclo. De esta forma, cada 
 
ciclo comprende una gran familia constituida por la reunión de diversas 
agrupaciones de almas humanas, 
 
y cada condición está determinada por las leyes de su actividad, de su forma 
y de su afinidad: una 
 
trinidad de leyes... Es del modo siguiente como el hombre puede ser 
comparado a la bellota y a la nuez: 
 
el alma embrionaria, no individualizada, se hace hombre al igual que la 
bellota se hace roble, y 
 
exactamente a como el roble da nacimiento a una innumerable cantidad de 
bellotas, el hombre ofrece a 
 
su vez a una indefinidad de almas los medios para nacer en el mundo 
espiritual. Existe una completa 
 
correspondencia entre los dos, y debido a ello los antiguos druidas rendían 
tan grandes honores a este 
 
árbol, que era honrado por encima de todos los demás por los poderosos 
hierofantes". He aquí una 
 
indicación de lo que significa la "posteridad" entendida en sentido 
puramente espiritual; no es éste el 
 
lugar de decir más acerca de tal punto, así como tampoco de las leyes 
cíclicas con las cuales se vincula; 
 
quizá tratemos algún día estas cuestiones, si encontramos el medio de 
hacerlo en términos suficientemente 
 
inteligibles, pues existen aquí dificultades especialmente inherentes a la 
imperfección de las 
 
lenguas occidentales. 
 
Lamentablemente, la H. B. of L. admitía la posibilidad de la reencarnación 
en ciertos casos  
 
excepcionales, como el de los niños mortinatos o muertos con poca edad, y el 
de los idiotas de  
 
nacimiento (22); en otro lugar hemos señalado que Mme. Blavatsky había 
admitido este punto de vista 
 
en la época en que escribió Isis Dévoilée (23). En realidad, desde el 
momento en que se trata de una 
 
imposibili-dad metafísica, no podría haber la menor excepción: basta con que 
un ser haya pasado por 
 
cierto estado, aunque no sea más que bajo una forma embrionaria, o incluso 
bajo la forma de un simple 
 
germen, para que en ningún caso pueda volver a ese estado, del cual ha 
efectuado así las posibilidades 
 
según la medida implícita en su propia naturaleza; si el desarrollo de estas 
posibilidades parece para él 
 
haber sido detenido en un cierto punto, es que no necesitaba llegar muy 
lejos en cuanto a su modalidad 
 
corporal, y el hecho de considerar exclusivamente ese estado es aquí la 
causa del error, pues no se tienen 
 
en cuenta todas las posibilidades que, para ese mismo ser, pueden 
desarrollarse en otras modalidades del 
 
mismo estado; si pudieran tenerse en cuenta, se vería que la reencarnación, 
incluso en casos como los 
 
mencionados, es absolutamente inútil, lo cual por otra parte puede admitirse 
cuando se sabe que es 
 
imposible, y que todo lo que hay concurre, sean cuales sean las apariencias, 
a la armonía total del 
 
Universo. Este tema es análogo al de las comunicaciones espiritistas: en 
ambos casos se trata de 
 
imposibilidades; decir que pueden haber excepciones sería tan ilógico como 
decir, por ejemplo, que 
 
puede existir un número limitado de casos en los que, en el espacio 
euclidiano, la suma de tres ángulos 
 
de un triángulo no equivalga a dos ángulos rectos; lo que es absurdo lo es 
de un modo absoluto, y no 
 
solamente "en general". Por lo demás, si se comienzan a admitir excepciones, 
no vemos muy bien cómo 
 
podría asignárseles un límite preciso: ¿cómo podría determinarse la edad a 
partir de la cual un niño, si 
 
acaba de morir, ya no tendrá necesidad de reencarnarse, o el grado que debe 
alcanzar la debilidad mental 
 
para exigir una reencarnación? Evidentemente, nada podría ser más 
arbitrario, y podemos dar la razón a 
 
Papus cuando dice que "si se rechaza esta teoría, no deben admitirse 
excepciones, pues de lo contrario se 
 
abre una brecha a través de la cual todo puede pasar" (24). 
 
Esta observación, en el pensamiento de su autor, se dirige sobre todo a 
algunos escritores que han creído 
 
que la reencarnación, en ciertos casos particulares, era conciliable con la 
doctrina católica: el conde de 
 
Larmandie, especialmente, ha pretendido que ésta podía ser admitida para los 
niños muertos sin bautizar 
 
(25). Es muy cierto que algunos textos, como los del cuarto concilio de 
Constantinopla, a los que a veces 
 
se ha creído poder invocar contra la reencarnación, en realidad no se 
adaptan bien para ello; pero esto no 
 
significa un triunfo para los ocultistas, pues simplemente se debe a que en 
esa época la reencarnación ni 
 
siquiera había sido aún imaginada. Se trata aquí de una opinión de Orígenes, 
según la cual la vida 
 
corporal sería un castigo para las almas que, "preexistiendo en tanto que 
potencias celestiales, se habrían 
 
saciado de contempla-ción divina"; como se ve, no es cuestión aquí de otra 
vida corporal anterior, sino 
 
de una existencia en el mundo inteligible en sentido platónico, lo que no 
tiene relación alguna con la 
 
reencarnación. Apenas se entiende que Papus haya podido escribir que "la 
opinión del concilio indica 
 
que la reencarnación formaba parte de la enseñanza, y si había quienes 
voluntariamente volvían a 
 
reencarnar, no por hastío del Cielo, sino por amor al prójimo, el anatema no 
podía  
 
afectarles" (imaginaba entonces que el anatema iba dirigido contra "aquel 
que proclamara haber vuelto a 
 
la tierra por hastio del Cielo"); y sobre esto se apoya para afirmar que "la 
idea de la reencarnación 
 
formaba parte de las enseñanzas secretas de la Iglesia" (26). A propósito de 
la doctrina católica, 
 
debemos mencionar una aserción verdaderamente extraordinaria de los 
espiritistas: Allan Kardec afirma 
 
que "el dogma de la resurrección de la carne es la consagración del de la 
reencarnación enseñada por los 
 
espíritus", y que "así, la Iglesia, con el dogma de la resurrección de la 
carne, enseña la doctrina de la 
 
reencarnación"; o si no presenta estas proposiciones en forma interrogativa, 
y es el "espíritu" de San 
 
Luis quien le responde que "ello es evidente", añadiendo que "dentro de poco 
se reconocerá que el 
 
espiritismo surge a cada paso del texto de las sagradas Escrituras" (27). 
Aún mas asombroso es que un 
 
sacerdote católico, aunque más o menos sospechoso de heterodoxia, pueda 
aceptar y sostener semejante 
 
opinión: se trata del padre J. A. Petit, de la diócesis de Beauvais, 
emparentado con la duquesa de Pomar, 
 
quien ha escrito las siguientes líneas: "La reencarnación ha sido admitida 
en la mayoría de los pueblos 
 
antiguos... Cristo también la admitía. Si no se la encuentra expresamente 
enseñada por los apóstoles es 
 
porque los fieles debían antes poseer las cualidades morales que les 
permitieran su comprensión... Más 
 
tarde, cuando los grandes jefes y sus discípulos hubieron desaparecido, y la 
enseñanza cristiana, 
 
presionada por los intereses humanos, quedó petrificada en un árido símbolo, 
no quedó, como vestigio 
 
del pasado, más que la resurrección de la carne, o en la carne, que, tomada 
en el sentido estrecho de la 
 
palabra, hizo creer en el gigantesco error de la resurrección de los cuerpos 
muertos" (28). No queremos 
 
hacer ningún comentario al respecto, pues tales interpretaciones son de 
aquellas que no pueden ser 
 
tomadas en serio por ningún espíritu no predispuesto; pero la transformación 
de la "resurrección de la 
 
carne" en "resurrección en la carne" es una de esas pequeñas habilidades que 
ponen en duda la buena fe 
 
de su autor.  
 
Antes de abandonar el tema, diremos todavía algunas palabras acerca de los 
textos evangélicos  
 
invocados por espiritistas y ocultistas en favor de la reencarna-ción; Allan 
Kardec indica dos (29), de los 
 
cuales el primero es el siguiente, que sigue al relato de la 
transfiguración: "Cuando bajaban del monte, 
 
Jesús les ordenó: No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo 
del hombre haya resucitado de 
 
entre los muertos. Sus discípulos le preguntaron entonces: ¿Por qué, pues, 
dicen los escribas que Elías 
 
debe venir primero? Pero Jesús les respondió: Ciertamente, Elías ha de venir 
a restaurarlo todo. Pero yo 
 
os digo, sin embargo, que Elías ya vino, aunque no le reconocieron, sino que 
le hicieron sufrir cuanto 
 
quisieron. Así también ellos el Hijo del hombre tenrá que padecer de parte 
de ellos. Entonces los 
 
discípulos comprendieron que se refería a Juan el Bautista" (30). Y Allan 
Kardec añade: "Puesto que 
 
Juan el Bautista era Elías, hubo entonces reencarnación del espíritu o del 
alma de Elías en el cuerpo de 
 
Juan el Bautista". Papus, a su vez, dice igualmente: "En principio, los 
Evangelios afirman sin ambages 
 
que Juan el Bautista es Elías reencarnado. Esto era un misterio. Interrogado 
sobre ello, Juan el Bautista 
 
calla, pero los demás lo saben. También está la parábola del ciego de 
nacimiento castigado por sus 
 
pecados anteriores, la cual invita a la refiexión" (31). En primer lugar, 
nada se dice en el texto acerca de 
 
manera en que "Elías ya vino"; y, si se piensa que Elías no murió en el 
sentido ordinario de la palabra, 
 
parece al menos difícil que sea mediante la reencarnación; además, ¿por qué 
Elías, en la transfiguración, 
 
no se manifestó con los rasgos de Juan el Bautista? (32) Después, 
interrogado Juan el Bautista, no calla 
 
en absoluto, como pretende Papus. Por el contrario, él niega formalmente: "Y 
le preguntaron: ¿Qué, 
 
pues? ¿Eres tú Elías? El dijo: No lo soy" (33). Si se afirma que ello 
solamente prueba que no recodaba 
 
su existencia anterior, responderemos que hay otro texto mucho más explícito 
aún; es aquél en el que el 
 
ángel Gabriel, anunciando a Zacarías el nacimiento de su hijo, declara: "irá 
delante del Señor con el 
 
espíritu y la virtud de Elías, para hacer volver los corazones de los padres 
a los hijos, y a los rebeldes a 
 
la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien 
dispuesto"(34). Más claramente no 
 
podría indicarse que Juan el Bautista no era Elías en persona, sino que sólo 
pertenecía, si puede así ser 
 
expresado, a su "familia espiritual"; es de esta forma, y no literalmente, 
como debe entenderse la 
 
"llegada de Elias" En cuanto a la historia del ciego de nacimiento, Allan 
Kardec no la menciona, y Papus 
 
apenas parece conocerla, puesto que toma por una parábola lo que es el 
relato de una curación 
 
milagrosa; he aquí el texto exacto: "Cuando pasó Jesús, vio a un hombre 
ciego de nacimiento; y le 
 
preguntaron sus discípulos: Maestro, ¿quién pecó, él o sus padres, para que 
haya nacido ciego?  
 
Respondió Jesús: Ni él pecó ni sus padres; es a fin de que las obras de la 
potencia de Dios se manifiesten 
 
en él" (35). Ese hombre no había sido "castigado por sus pecados", aunque 
hubiera podido serlo, a 
 
condición de modificar el texto añadiéndole una palabra que no se halla en 
él: "por sus pecados 
 
anteriores"; si no fuera por la ignorancia que demuestra Papus, se podría 
estar tentado de acusarle de 
 
mala fe. Es posible que la ceguera de aquél le hubiera sido infligida como 
sanción anticipada por los 
 
pecados que posterior-mente cometería; esta interpretación no puede ser 
desechada sino por quienes 
 
llevan a tal punto su antropomorfismo que llegan a querer someter a Dios a 
la condición temporal. Por 
 
último, el segundo texto citado por Allan Kardec no es otro que la 
conversación entre Jesús y Nicodemo; 
 
para descartar las pretensiones de los reencarnacionistas a este respecto, 
podemos reproducir el pasaje 
 
esencial: "Si un hombre no nace de nuevo, no puede ver el Reino de Dios 
(...) En verdad te digo: el que 
 
no renazca de agua y de Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios. Lo 
nacido de la carne es carne; lo 
 
nacido del Espíritu, es espíritu. No te asombres de que te haya dicho: 
tenéis que nacer de nuevo" (36). Se 
 
precisa una ignorancia tan prodigiosa como la de los espiritistas para creer 
que puede tratarse aquí de la 
 
reencarnación, cuando en realidad se trata del "segundo nacimiento", 
entendido en un sentido puramente 
 
espiritual, e incluso claramente opuesto al nacimiento corporal; esta 
concepción del "segundo 
 
nacimiento", sobre la cual no insistiremos por ahora, es común a todas las 
doctrinas tradicionales, entre 
 
las cuales ninguna hay, a pesar de las afirmaciones de los 
"neo-espiritualistas", que haya enseñado nunca 
 
nada que se parezca en lo más mínimo a la reencarnación. 
 
NOTAS  
 
1. Esta salvedad se refiere al cap. anterior: la comunicación con los 
muertos (n. del t.). 
 
2. Les Lumieres et les Ombres du Spiritualisme, pp. 118-141. 
 
3. Le Livre des Esprits, pp. 75 y 96. 
 
4. Le Théosophisme, Pp. 88-90. 
 
5. Traité méthodique de Science occulte, pp. 296-297. 
 
6. Ibid., p. 341.  
 
7. La Réincarnation, pp. 42-43. 
 
8. Le Livre des Esprits, Pp. 102-103. 
 
9. Aprés la mort, pp. 164-166. 
 
10. Traité méthodique de Science occulte, p. 167. 
 
11. La Réincarnation, pp. 113 y 118. 
 
12. Le Livre des Esprits, p. 75. 
 
13. Cabría mencionar también las concepciones de algunos cabalistas, 
designadas con los nombres de 
 
"revolución de las almas" y de "embrionato"; pero no hablaremos aquí de 
ello, porque nos alejaríamos 
 
demasiado de la cuestión; por otra parte, estas concepciones no tienen sino 
un alcance muy restringido, 
 
pues hacen intervenir condiciones que, por extraño que pueda parecer, son 
totalmente especiales del 
 
pueblo de Israel.  
 
 
 
 
 
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