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Asunto:[RedLuz] Que significa ser y sentirse tierra? / Leonardo Boff
Fecha:Miercoles, 10 de Mayo, 2006  15:07:51 (-0500)
Autor:Ricardo Ocampo <redluz @...............mx>

From: Miccael Sais <miccaelsais@...> 
Date: Tue, 9 May 2006 23:39:35 +0200 (CEST) 
 
 
 
¿QUÉ SIGNIFICA SER Y SENTIRSE TIERRA? 
 
Leonardo Boff 
http://www.leonardoboff.com 
 
 
La Tierra se ha transformado actualmente en el grande y oscuro objeto del 
amor humano. Nos damos cuenta de que podemos ser destruidos. No por algún 
meteoro rasante ni por algún cataclismo natural de proporciones fantásticas, 
sino por causa de una irresponsable actividad humana. Se han construido dos 
máquinas de muerte, que pueden destruir la biosfera: el peligro nuclear y la 
sistemática agresión ecológica al sistema Tierra. 
 
En razón de esta doble alarma, despertamos de un ancestral sopor. Somos 
responsables de la vida o de la muerte de nuestro planeta vivo. De nosotros 
depende el futuro común, nuestro y de nuestra querida casa común, la Tierra. 
Como medio de salvación de la Tierra invocamos hoy la ecología. No en el 
sentido palmario y técnico de gestionamiento de los recursos naturales, sino 
como una visión del mundo alternativa, como un nuevo paradigma de relación 
respetuosa y sinergética para con la Tierra y para con todo lo que ella 
contiene. 
 
Cada vez entendemos mejor que la ecología se ha convertido en el contexto de 
todos los problemas: de la educación, del proceso industrial, de la 
urbanización, del derecho y de la reflexión filosófica y religiosa. 
 
A partir de la ecología, se está elaborando e imponiendo un nuevo estado de 
conciencia en la humanidad que se caracteriza por más benevolencia, más 
compasión, más sensibilidad, más ternura, más solidaridad, más cooperación, 
más responsabilidad entre los seres humanos hacia la tierra y hacia la 
necesidad de su conservación. 
 
En esta perspectiva alimentamos una perspectiva optimista. La Tierra puede y 
debe ser salvada. Y será salvada. Ella ya pasó por más de 15 grandes 
devastaciones. Y siempre sobrevivió y puso a salvo el principio de vida. Y 
llegará a superar también el actual impasse, pero con una condición: que 
cambiemos de rumbo y de óptica. De esta nueva óptica surgirá una nueva ética 
de responsabilidad compartida y de sinergía para con la Tierra. 
 
Tratemos de fundamentar este nuestro optimismo. 
 
1. Somos Tierra que piensa, siente y ama 
 
El ser humano, en las diversas culturas y fases históricas, reveló una 
intuición segura: pertenecemos a la Tierra; somos hijos e hijas de la 
Tierra; somos Tierra. De ahí que hombre venga de humus. Venimos de la Tierra 
y volveremos a la Tierra. La Tierra no está frente a nosotros como algo 
distinto de nosotros mismos. Tenemos la Tierra dentro de nosotros. Somos la 
propia Tierra que en su evolución llegó al estadio de sentimiento, de 
comprensión, de voluntad, de responsabilidad y de veneración. En una 
palabra: somos la Tierra en su momento de auto-realización y de 
autoconsciencia. 
 
Inicialmente, pues, no hay distancia entre nosotros y la Tierra. Formamos 
una misma realidad compleja, diversa y única. 
 
Ha sido lo que han testimoniado los diversos astronautas, los primeros en 
contemplar la Tierra desde fuera de la Tierra. Dijeron enfáticamente: desde 
aquí, desde la Luna, a bordo de nuestras naves espaciales, no notamos 
diferencia entre la Tierra y la humanidad, entre negros y blancos, 
demócratas o socialistas, ricos y pobres. Humanidad y Tierra forman una 
única realidad espléndida, reluciente, frágil y llena de vigor. Esta 
percepción no es ilusoria, es radicalmente verdadera. 
 
Dicho en términos de moderna cosmología: estamos formados con las mismas 
energías, con los mismos elementos físico-químicos dentro de la misma red de 
relaciones de todo con todo, que actúan hace 15 billones de años, desde que 
el universo, dentro de una inconmensurable inestabilidad (big bang - 
inflación y explosión), emergió en la forma que hoy conocemos. Conociendo un 
poco esta historia del Universo y de la Tierra estamos conociéndonos a 
nosotros mismos y a nuestra ancestralidad. 
 
Cinco grandes actos estructuran el teatro universal del que somos 
co-actores: 
 
El primero es el cósmico: irrumpió el universo todavía en proceso de 
expansión; y en la medida en que se expande se auto-crea y se diversifica. 
Nosotros estábamos allí en las posibilidades contenidas de ese proceso. 
 
El segundo es el químico: en el seno de las grandes estrellas rojas (los 
primeros cuerpos que se densificaron se formaron hace por lo menos 10 
billones de años) se formaron todos los elementos pesados que hoy 
constituyen cada uno de los seres, como el oxígeno, el carbono, el silicio, 
el nitrógeno, etc. Con la explosión de las grandes estrellas (se volvieron 
super nuevas) tales elementos se desparramaron por todo el espacio: 
constituyeron las galaxias, las estrellas, la Tierra, los planetas y los 
satélites de la actual fase del universo. Aquellos elementos químicos 
circulan por todo nuestro cuerpo, sangre y cerebro. 
 
El tercer acto es el biológico: de la materia que se complejifica y se 
enrolla sobre sí misma, en un proceso llamado de autopoiese (autocreación y 
auto-organización), irrumpió, hace 3'8 billones de años, la vida en todas 
sus formas; atravesó profundas diezmaciones pero siempre subsistió y llegó 
hasta nosotros en su inconmensurable diversidad... 
 
El cuarto es lo humano, subcapítulo de la historia de la vida. El principio 
de complejidad y de auto- creación encuentra en los seres humanos inmensas 
posibilidades de expansión. La vida humana floreció, cerca de 10 millones de 
años atrás. Surgió en África. A partir de allí, se difundió por todos los 
continentes hasta conquistar los confines más remotos de la Tierra. Lo 
humano mostró gran flexibilidad; se adaptó a todos los ecosistemas, a los 
más gélidos de los polos, a los más tórridos de los trópicos, en el suelo, 
en el subsuelo, en el aire y fuera de nuestro planeta, en las naves 
espaciales y en la Luna. Sometió a las demás especies, menos a la mayoría de 
los virus y de las bacterias. Es el triunfo peligroso de la especie horno 
sapiens y demens. 
 
Por fin, el quinto acto, es planetario: la humanidad, que estaba dispersa, 
está volviendo a la casa común, al planeta Tierra. Se descubre como 
humanidad, con el mismo origen y el mismo destino de todos los demás seres 
de la Tierra. Siéntese como la meta consciente de la Tierra, un sujeto 
colectivo, por encima de las culturas singulares y de los estados-naciones. 
A través de los medios de comunicación globales, de interdependencia de 
todos con todos, está inaugurando una nueva fase de su evolución, la fase 
planetaria. A partir de ahora, la historia será la historia de la especie 
homo, de la humanidad unificada e interconectada con todo y con todos. 
 
Sólo podemos entender el ser humano-Tierra si lo conectamos con todo ese 
proceso universal; los elementos materiales y las energías sutiles 
conspiraron para que lentamente se fuese gestando y, finalmente, pudiese 
nacer. 
 
2. ¿Qué es la dimensión-Tierra en nosotros? 
 
¿Pero qué significa concretamente, más allá de nuestra ancestralidad, 
nuestra dimensión-Tierra? 
 
Significa, en primer lugar, que somos parte y parcela de la Tierra. Vivimos 
de ella. Somos producto de su actividad evolucionaría. Tenemos en el cuerpo, 
en la sangre, en el corazón, en la mente y en el espíritu elementos-Tierra. 
De esta constatación resulta la conciencia de profunda unidad e 
identificación con la Tierra y con su inmensa diversidad. No podemos caer en 
la ilusión racionalista y objetivista de que nos situamos ante la Tierra 
como delante de un objeto extraño. En el primer momento se impone una 
relación sin distancia, sin bis-a-bis, sin separación. Somos uno con ella. 
 
En un segundo momento, podemos pensar la Tierra. Y entonces, sí, nos 
distanciamos de ella para poder verla mejor. Ese distanciamiento no rompe 
nuestro cordón umbilical con ella. Por tanto, este segundo momento no 
invalida el primero. Tener olvidada nuestra unión con la Tierra fue el 
equívoco del racionalismo en todas sus formas de expresión. Él generó la 
ruptura con la Madre. Dio origen al antropocentrismo, en la ilusión de que, 
por el hecho de pensar la Tierra, podemos colocarnos sobre ella para 
dominarla y para disponer de ella con placer suyo incluido. 
 
Por sentirnos hijos e hijas de la Tierra, por ser la propia Tierra pensante 
y amante, la vivimos como Madre. Ella es un principio generativo. Representa 
a lo femenino que concibe, gesta y da a luz. Emerge así el arquetipo de la 
Tierra como Gran Madre, Pacha Mama y Nana. De la misma manera que todo 
genera y entrega la vida, ella también acoge todo y todo lo recoge en su 
seno. Al morir volvemos a la Madre Tierra, regresamos a su útero generoso y 
fecundo. El Feng-Shui, la filosofía ecológica china, representa un grandioso 
sentido de la muerte como unión con Tao y con los ritmos de la naturaleza, 
de donde todos los seres vienen y adonde todos vuelven. Conservar la 
naturaleza es condición también para que puedan nacer nuevos seres humanos y 
hagan su recorrido en el tiempo. 
 
Sentir que somos Tierra nos hace tener los pies en el suelo. Nos hace 
percibir todo de la Tierra, su frío y calor, su fuerza que amenaza tanto 
como su belleza que encanta. Sentir la lluvia en la piel, la brisa que 
refresca, el huracán que avasalla. Sentir la respiración que nos entra, los 
olores que nos embriagan o nos repelen. Sentir la Tierra es sentir sus 
nichos ecológicos, captar el espíritu de cada lugar, inserirse en un 
determinado lugar. Ser Tierra es sentirse habitante de cierta porción de 
tierra. Habitando, nos hacemos en cierta manera prisioneros de un lugar, de 
una geografía, de un tipo de clima, del régimen de lluvias y vientos, de una 
manera de morar y de trabajar y de hacer historia. Ser Tierra es ser 
concreto concretísimo. Configura nuestro límite. Pero también significa 
nuestra base firme, nuestro sitio de contemplación de todo, nuestra 
plataforma para poder alzar vuelo por encima de este paisaje y de este 
pedazo de Tierra, rumbo al Todo infinito. 
 
Por fin, sentirse Tierra es percibirse dentro de una compleja humanidad de 
otros hijos e hijas de la Tierra. La Tierra no nos produce tan sólo a 
nosotros, los seres humanos. Produce la miríada de microorganismos que 
componen 90 % de toda la red de la vida, los insectos que constituyen la 
biomasa más importante de la biodiversidad. Produce las aguas, la capa verde 
con la infinita diversidad de plantas, flores y frutos. Produce la 
diversidad incontable de seres vivos, animales, pájaros y peces, nuestros 
compañeros dentro de la unidad sagrada de la vida, porque en todos están 
presentes los 20 aminoácidos que entran en la composición de la vida. Para 
todos produce las condiciones de subsistencia, de evolución y de 
alimentación, en el suelo, en el subsuelo y en el aire. Tierra es sumergirse 
en la comunidad terrenal, en el mundo de los hermanos 6.000 años antes de 
nuestra era, cuando era todavía una tierra verde, rica y fértil pasando por 
toda la cuenca del Mediterráneo, por la India y por la China, donde 
predominaban las divinidades femeninas, la Gran Madre Negra y la 
Madre-Reina. La espiritualidad era de una profunda unión cósmica y de una 
conexión orgánica con todos los elementos como expresión del Todo. 
 
Al lado de una espiritualidad surgió, en segundo lugar, una política: las 
instituciones matriarcales. Las mujeres formaban los ejes organizadores de 
la sociedad y de la cultura. Surgieron sociedades sagradas, penetradas de 
reverencia, de ternura y de protección a la vida. Hasta hoy arrastramos la 
memoria de esta experiencia de la Tierra-Madre, en la forma de arquetipos y 
de una insaciable nostalgia por la integración, inscrita en nuestros propios 
genes. Los arquetipos continúan a irradiar en nuestra vida porque rememoran 
un pasado histórico real que quiere ser rescatado y obtener todavía vigencia 
en la vida actual. El ser humano precisa rehacer esta experiencia espiritual 
de fusión orgánica con la Tierra, a fin de recuperar sus raíces y 
experimentar su propia identidad radical. Precisa también resucitar la 
memoria política del feminismo para que la dimensión de anima entre en la 
elaboración de políticas con más equidad entre los sexos y con mayor 
capacidad de integración. 
 
Esta nueva óptica podrá producir una nueva ética, orientada la firmación y 
el cuidado por todo lo que vive. En el nuevo paradigma emergente la Tierra y 
los hijos y las hijas de la Tierra serán la gran centralidad, el nuevo sueño 
del siglo XXI.  
 
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Posted in redchilenadeluz@... bysMiccael Sais for Grupo 11 - 
Scout para el Primer Contacto at 5/09/2006 05:31:00 PM 
 
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