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Asunto:Sai Baba / Un Avatar del Milenio / Mensaje de Regeneracion Espiritual / Martha Robles
Fecha:Martes, 29 de Agosto, 2000  21:21:12 (-0600)
Autor:Ricardo Ocampo <anahuak @.............mx>

Sai Baba / Un Avatar del Milenio  / Mensaje de Regeneracion Espiritual / Martha Robles

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SAI BABA

Un Avatar del Milenio * Tradición de Riqueza y Sabiduría * Mensaje de
Regeneración Espiritual * Guía por el Sendero más Santo

Por Martha Robles
Martes 08 de Agosto del 2000
http://www.excelsior.com.mx/0008/000808/exe10.html
Red Iberoamericana de Luz
http://www.elistas.net/foro/redluz

En el distrito de Andhra Pradesh, al sureste de la India, en un profundo
valle rodeado de colinas rosáceas y a la vera de un río que se precipita en
la presa construida hace unos 600 años por un poderoso Pashá, se encuentra
una aldea legendaria, pobre en sus orígenes, y cuna ancestral de sabios y
eruditos. Putaparti es el nombre actual de este santo lugar, a cuyo ashram
acuden por cientos de miles los peregrinos en busca de bendición, consuelo y
lecciones de vida prodigadas por un misterioso hombre que, al decir de la
fe, es Dios encarnado, un avatar, guía y dador de prodigios: Sathyam Shivam
Sundaram, mejor conocido como Bhagavan Sri Sathya Sai Baba. Tan fascinante
como el personaje que la consagra y dota de esplendor, la fundación de
Putaparti comparte los signos míticos que enaltecen las refesancias
devocionales que abundan en la región. Antes hogar de pastores denominada
Golapalli, la leche de sus vacas era tan dulce como espesa y abundante,
hasta que una de las de mayor producción comenzó a regresar de los
pastizales con las ubres vacías. Al seguirla, el dueño descubrió que la vaca
abandonaba a su cría para dirigirse a un inmenso hormiguero alejado del
caserío y que ahí, parada en el centro, esperaba a una cobra que al punto,
golosamente, succionaba su leche. Enfurecido, el pastor arrojó una piedra a
la culebra para matarla; pero ésta, para su asombro, mientras se retorcía de
dolor, lo maldijo a él y a toda la aldea con el anuncio de que cuanto
estuviera a la vista se llenaría de hormigueros. Cumplida la profecía, el
ganado comenzó a declinar. Golapalli se denominó desde entonces Valmikipura,
que significa hormiguero en sánscrito, o Putaparti, en lengua popular. Lo
curioso de la historia, sin embargo, es que Valmiki coincidía con el nombre
de un santo inmortal, un avatar que mostró en el pasado la senda de
perfección y, mientras cantaba las glorias de Sri Rama, séptima encarnación
del dios Vishnu, a la par ensalzaba el imprescindible símbolo de las
hormigas en la mitología del hinduismo. Así que los pobladores conservaron
la piedra a modo de culto. Veneraban en ella una franja roja, asociada a la
sangre de la cobra. Tuvo su templo, aunque no prosperaron de nuevo las
legendarias vacas hasta que un día, en su juventud, Sai Baba congregó a su
alrededor a hombres y mujeres del pueblo. Ordenó entonces lavar la piedra y
ungir su hendidura con pasta de sándalo. Dicen algunos testigos que de
inmediato apareció con claridad en su superficie la sagrada imagen de Sri
Gopalaswami, Krishna encarnado en pastor, con una flauta en sus labios y
apoyado sobre una vaca. Realizado el conjuro, desapareció la maldición de la
cobra. El ganado resurgió en Putaparti y Sai Baba continuó, para las nuevas
generaciones, una sólida tradición de riqueza y sabiduría que quizá se
renovó en su moderna versión desde los días en que, hacia los años 30 de
nuestro siglo, dominaba el piadoso señorío del lugar, cuyo más memorable
representante, Kondama Raju, no sólo heredó de sus antecesores la costumbre
de tributar el templo de Sathyabama, la consorte de Krishna, sino que en su
vejez avanzada la vio en sueños y le rogó que le diera posada. Sathyabama
estaba sola, embarazada, afligida y a la espera del divino Krishna, quien se
había ido a los cielos para traerle las apreciadas flores de Parijata.
Aguardó durante horas y días de manera infructuosa hasta que se desató una
tormenta que la sumió en total desamparo. Por suerte, pasó frente a ella el
centenario Kondama Raju, distinguido a su vez como músico y sus dotes
histriónicas, y no sólo protegió a la sagrada amante, de quien todo sabía
gracias a que repetía de memoria el Ramayana completo, uno de los libros
sagrados del hinduismo, sino que ahí mismo determinó construirle un templo
de gran tamaño. Putaparti tiene, de este modo, los antecedentes míticos, las
más altas lecciones del arte teatral de la India, la devoción legendaria y
la costumbre de relatar a los niños las historias de los dioses, la de los
hombres divinizados y los prodigios realizados por santos y sabios. Sai
Baba, nacido Sathyanarayana en conmemoración de un famoso asceta que
enalteció el árbol familiar, fue uno de tantos niños que, desde sus primeros
años, escuchó en voz de Kodama Raju, su abuelo paterno, las más altas
lecciones sobre la compleja trama de creencias, religiosidad, curiosidad por
lo sagrado y cultivo de la piedad que sin duda contribuyeron a hacer de él
una de las figuras vivas más enigmáticas, misteriosas y controvertidas que
habitan en la India, un país de por sí señalado por su profusión de sabios,
ascetas y seguidores del culto a Shiva, Vishnu Brama que curiosamente, ante
el anuncio de la proximidad de una edad en la que habrá de florecer la
fórmula consignada en las palabras Sathyam Shivam Sundaram, inclusive en la
curiosidad de Occidente. Sathyam es la realidad esencial de la que todos
participamos. Es la verdad. Shyvam se refiere a la alegría, el contento, la
alegría, cuanto significa el contrapunto de savam: muerte, miseria,
debilidad. Sundaram, finalmente, equivale a belleza, armonía, melodía,
simetría, en tan y el Atma, que todo lo envuelve, es el espíritu que subyace
encerrado en el cuerpo, un aliento de vida y ola de Sathyam, Shivam y
Sundaram jugando en el océano de Sathyam, Shivam y Sundaram, que viene de
Dios. Portador de un mensaje para la regeneración espiritual de la
humanidad, Sai Baba ha afirmado que su misión consiste en otorgar valor,
gracia y alegría a sus devotos para ahuyentar la flaqueza y el temor de sus
vidas. Enemigo de condenar, rechaza la idea del pecado en cuanto tal, pues
son los "errores" los que nos hacen incurrir en conductas deleznables. De
ahí la importancia de mantener una conciencia en estado de alerta sobre la
propia conducción. "Yo no practico la austeridad -afirmó-; no hago
meditación, no estudio, no soy yogui ni santo ni aspirante espiritual; no
soy hombre ni mujer, no soy viejo ni joven. Soy todo eso". Y todo eso y más
recae en este hombre de aspecto aleonado, cobriza su piel, bajo de estatura
y envuelto en una melena tan rizada como oscura que parece destacar ese
rostro suyo, tan de la India y a la vez distinto, que sin duda entraña el
enigma que lo distingue. Su nacimiento estuvo anticipado de augurios que
agitaron el sereno curso de la vida familiar de Pedda Venkappa, su padre,
perteneciente a la dinastía de la Raju y conocedor, al igual que Kodama, de
las escrituras sagradas. Venka, así nombrado para que no olvidara que
portaba el signo de la piedad, la renuncia a las posesiones mundanas, casó
con una parienta lejana quien había nacido cuando su padre concluyó un
santuario dedicado a Shiva, por lo que la llamaron Eswaramma. La piedad
distinguió a la pareja. Heredero de la tradición musical y dramática de sus
antepasados, Venkappa interpretaba personajes épicos en el pueblo,
participaba en las ceremonias y cultivaba la música, la danza y las artes
escénicas. Procrearon un hijo y dos hijas: Seshama Raju, Vekamma y
Parvatamma. Sin embargo, pasados los años, Eswaramma sintió un deseo
desesperado de procrear otro niño, a pesar de que la familia parecía
completa, con los hijos en edad escolar. Rogó pues a los dioses y, una tras
otra, llevaba ofrendas a sus sagrarios; luego, se sometió a un riguroso plan
de vigilias, ayunos y votos, convencida de que su voz no sólo sería
escuchada sino también bendecida. Pasados los años, Eswaramma advirtió que
su vientre crecía y que, al anuncio de su preñez, siguió el sonar
inexplicable de una tambura con la que la familia acompañaba la
representación de los dramas. Por su gran tamaño, la tambura permanecía
durante las noches recargada en la pared y debajo de ella, en el suelo, un
maddala o tambor ritual. Noche a noche, mientras todos dormían, se hizo
costumbre escuchar en la aldea el rítmico sonido del tambor, acompañado del
tañido de la tambura, como si fueran tocados por manos expertas. Entonces
Pedda Venkappa viajó hasta Bukapatnam para consultar a un prestigioso sabio
y pedirle consejo. Tras interpretar el fenómeno como un augurio auspicioso,
el sabio lo bendijo y aseguró a la familia que estaban ante la presencia de
un Shakti, o poder benéfico, que redundaría en equilibrio armónico, orden,
elevación espiritual y alegría. Así, doblemente esperado, nació
Sathyanarayana al amanecer del 23 de noviembre de 1926. Despuntaba el Sol
cuando la madre dio a luz sin dificultad. Los aldeanos cantaban el nombre de
Shiva desde la noche anterior y no concluía aún el lunes sagrado cuando la
madre comenzó el trabajo de parto. La estrella Andra estaba en el ascendente
ese día del Kartika Somavara, un mes -el Kartika-, consagrado precisamente a
la devoción, al culto de Shiva. Aseguran los enterados que cuando ocurre
esta extraña coincidencia entre la situación de la estrella y el día santo
se realizan ceremonias especiales en los templos. El año era Akshaya en el
calendario local y su significado "el que no declina, el siempre pleno", lo
que completaba la magia. El pueblo se encontraba pues participando en las
ceremonias rituales mientras Eswaramma advirtió que comenzaba el trabajo de
parto. Envió mensajeros al templo a buscar a Lakshamma, su suegra, pero al
enterarse dijo la anciana que no interrumpiría su ritual. Tenía que concluir
sus prácticas y no sólo tenía fe en la gracia de Sathyanarayana, el célebre
santo local, sino que a su regreso le llevaría a su nuera las sagradas
ofrendas para asegurar el feliz advenimiento del niño. De este modo, como si
el dios lo dispusiera, resultó que, al volver a la casa, la suegra entregó
las flores y el agua sagrada a la parturienta y ella, apenas tocarlas,
sintió que el niño nacía sin dificultad, en instante en que el Sol se
levantaba en el horizonte y ella recibía los signos benditos. Uno tras otro,
a partir del alumbramiento, se sucedieron prodigios que confirmaban que se
trataba de una encarnación de Sathyanarayana y que elegía Putaparti, la
aldea llena de hormigueros, para realizar su misión anunciada de alivio y
elevación. Había una serpiente en la habitación y al corroborar que las
ropas donde colocaron al recién nacido se mecía de una manera extraña las
mujeres que ayudaban en el parto descubrieron, presas de pánico, que había
una cobra bajo la cuna. El mítico Patanjali, sabio fundador de la filosofía
del yoga, aseguró en sus escritos que los poderes milagrosos de los elegidos
vienen a la par con el nacimiento de la criatura. Y Sai Baba tenía un halo
de esplendor sobre su cabeza. Sonreía desde los primeros minutos y aun se
cree que él mismo inspiró a su madre para que lo llamaran Sathyanarayana,
porque no sólo lo relacionaban así con la devoción al santo divinizado,
también se lo asociaba con Sathya, "la Verdad", considerada el primer
requisito para el progreso espiritual. Sobre la simpatía que se ganaba el
niño en la aldea recaían sobre él otros indicios, como el olor a jazmín que
invadía los cuartos donde él se encontraba. Siempre sonriente, se convirtió
en el centro de los cuidados de toda la aldea. Todos querían acariciar sus
rizos oscuros. No había día en que la casa familiar se encontrara libre de
una fila de pastores y campesinos que venían a regalarle comida, flores o
cantos ya que se creía que el bebé alegraba sus vidas. Antes, mucho antes de
que él mismo reconociera su origen divino, adquirió la costumbre de trazar
unas líneas en su frente con la ceniza sagrada y el punto de kumkum en el
entrecejo como si ya se identificara con Shiva y Shakti, mediante el cultivo
de la ceniza o vibhuti y el kumkum o símbolo de sabiduría. Al crecer se
mantenía alejado de los lugares en que se maltrataba a los animales. Era
estrictamente vegetariano y cuidaba amorosamente a las aves y a los peces.
Los vecinos comenzaron a apodarlo Brahmajñani, poseedor de la sabiduría
divina, porque era asombrosa su capacidad de amar y ostensible su necesidad
de estar al lado de los brahamines, de quienes aprendía las más altas
lecciones. Compasivo, desde los tres años de edad, fueron inocultables sus
dotes, su capacidad de consuelo. "El niño brahamín", le decían, ya
convencidos de que era capaz de guiar a la multitud por el sendero más
santo.

***

El 23 de mayo de 1940, a los catorce años de edad, Sathyanarayana se paró
ante sus padres y declaró que debía restablecer el principio de rectitud,
mancillado de raíz. Reconocido en Putaparti por su bondad, a nadie extrañó
su lenguaje redentor. Desde su nacimiento hacía honor a su nombre por su
devoción a las cosas santas y a la verdad. Y no sólo por eso. También su
aspecto físico difería del común, al igual que su servicio desinteresado a
los pobres, los enfermos y los necesitados. Niño aún, era ya un sanador
admirable. Extraídos de la nada, ponía regalos sima licos en las palmas
extendidas. Con sólo girar una de sus manos causaba la ceniza sagrada y
también fue temprana su capacidad de enseñanza. Maestroannnato, obraba
prodigios con la palabra. A su alrededor se decía que su cuerpo no era su
cuerpo ni humana su personalidad superior. Los indicios parecían confirmar
que se trataba de un avatar, una divinidad encarnada. Impensable en
Occidente, la existencia de un fenómeno similar provocaría suspicacias
fundadas. La India, sin embargo, es tierra pródiga en líderes espirituales,
maestros, libros sagrados y sucesos que trascienden nuestra imaginación
cultural. El cultivo de la intuición es tan remoto como la búsqueda de
sabiduría primordial, la exaltación metafísica, el ascetismo y su fervor por
disciplinas, como el yoga, que tienden a explorar la naturaleza de la mente
desde distintos niveles de conciencia. Tal fascinación por los frutos del
saber más oculto, aunada a una filosofía cosmogónica colmada de ritos
litúrgicos, mantras y creencias relacionadas con la transmigración, no sólo
admite una firme y cotidiana fe en los milagros, sino que aun los escépticos
aceptan ahí, tarde o temprano, que tanto las manifestaciones como las
revelaciones divinas son tan posibles como la aparición anunciada de un ser
superior reencarnado. Para los vecinos de la humilde aldea de Putaparti, por
tanto, no se trató de una extravagancia juvenil el anuncio de que el
prodigioso Sathyanarayana era nada menos que el Sai Baba de Shardi, muerto
en 1918, ocho años antes del nacimiento del niño. Para confirmarlo, el
muchacho declaró que ésta era la segunda de tres encarnaciones destinadas a
probar que su vida era su mensaje de paz suprema, ecumenismo, respeto y
armonía en un mundo ávido de virtud y principios espirituales. Tras
obligadas referencias al maestro de quien obtuvo su nombre, Sathyanarayana
consagró los jueves para las oraciones colectivas y remató la ocasión
causando, con un giro de su mano, un trozo de la túnica que vestía Sai Baba
de Shardi. Era envolvente el olor del jazmín e imparable su capacidad de
repartir gemas, joyas, flores... Pasado el ceremonial, respondió toda clase
de preguntas proferidas por cientos de testigoad Posteriormente, cuando en
las afueras de Uravakonda participaba de las fiestas rituales en honor de
Shiva, dicen que quedó envuelto en un haz enceguecedor que lo unía a la
imagen, como si irradiaran mutuamente. Asombrados, sus compañeros comenzaron
a relacionar el suceso con las muestras de ubicuidad que este muchacho,
quien apenas comenzaba el segundo año de secundaria, practicaba para curar a
distancia -una de sus características- o transmutar en alguna divinidad a la
vista de todos. Multiplicados a la velocidad con que se afamaba su
sabiduría, los hechos extraordinarios definieron desde entonces tres
aspectos distintivos de su misión: una capacidad de educar que al tiempo lo
llevaría a crear escuelas, universidades y orfanatos completamente
gratuitos, además de otros centros de libre enseñanza que a la fecha se
cuentan entre los más notables, avanzados y completos de la India, incluso
en niveles de grado. De su reconocido don de curar proviene su interés no
sólo de hacer de su hospital -especializado en trasplantes de órganos- el
más moderno centro quirúrgico experimental y formativo, sino pionero entre
una sucesión de fundaciones científicas dedicadas a proteger a los niños. Su
principio de amor, finalmente, lo ha convertido en emblema de moralidad y fe
reverenciado en casi todas las naciones del mundo, pero sobre todo en su
India natal. Sai Baba cumple con todos los requisitos de un gurú o guía
espiritual, además de líder social: carisma indudable, misterio, sabiduría,
habilidad persuasiva, auto dprciplina, compasión e infatigable tarea
fundadora. Ni qué decir de su habilidad para transmitir a distancia el
saber. Incluso en la actualidad emprende un programa de saneamiento y
distribución de agua potable que beneficiará a 1.5 millones de habitantes
del Estado de Andra-Pradesh quienes, durante generaciones y siglos, sólo han
conocido los rigores de una extrema sequía. Su poderosa personalidad tampoco
ha sido indiferente en los ámbitos políticos. Hace décadas tomó por su
cuenta la tarea de presionar a los gobernantes a favor no sólo de la
condición femenina, siempre atroz y supeditada a la sicología de la dote,
sino de la igualdad humana en términos de justicia, lo que significa un
abierto rechazo al sistema de castas, como lo hiciera Gandhi. Pacifista por
excelencia, entre sus imperativos resalta su insistencia en el cultivo del
patriotismo, la obediencia a las leyes y un respeto irrestricto a las
autoridades civiles y religiosas. En realidad, bastaría observar sus dotes
de gran civilizador para apreciar a Sai Baba. Enemigo del proselitismo, son
contadas las entrevistas que ha otorgado en sus casi 75 años de vida. Su
única salida al extranjero fue al este de Africa para aliviar a las víctimas
de la hambruna. Sólo acepta donativos mediante un riguroso sistema
institucional controlado y dedicado a la administración de sus hospitales,
escuelas y centros de desarrollo social. Practica él mismo el desapego con
ascetismo y, de manera magnánima, realiza en todos los órdenes la promesa de
dedicarse al servicitrdesinteresado. Pedagogo esencial, descree de los
procedimientos habituales de enseñanza. Confirma, de acuerdo a los Vedas,
que el maestro verdadero subyace en la conciencia de cada quién, pues ésta
es un reflejo de nuestro espíritu eterno. "La espiritualidad -dice en sus
discursos- consiste en tener el coraje y la determinación de seguir la
propia conciencia en todas las cosas y en todo momento (...) Hay que dejar
florecer el saber esencial (...) Hay que cultivar la unidad de todos los
credos, países, culturas y razas (...) Hay que recobrar una doctrina de
amor, de fe en la propia divinidad". Por cientos de miles se cuentan los
peregrinos que acuden semanalmente a su Ashram. Un Ashram\poblado que ha
sido adaptado para recibir multitudes de todas las nacionalidades y clases
sociales. Miembros de la ONU, mandatarios, diplomáticos, empresarios,
intelectuales, sicoanalistas, científicos... Lo más disímil llega a
Putaparti a mezclarse con el ejército de pobres que, durante horas y horas,
a partir de las tres de la madrugada, esperan todos los días el recorrido
del guía con la esperanza de tocarle los pies, escucharlo, presenciar alguno
de sus prodigios o sólo mirar a distancia al hombre que, proclamado avatar,
suscita las más variadas emociones, empezando por la simple curiosidad de
participar en un fenómeno tan peculiar hasta las más conmovedoras escenas de
fe y devoción. Decir en India que la tarea fundamental de la educación es
formar carácter, capacidad de decisión, responsabilidad social, ecumenismo y
compromiso espiritual no es atrevimiento menor. Sobre todo si consideramos
que en su sistema de castas descansa la justificación milenaria de una
injusticia tan arraigada que la miseria extrema que allí se respira sólo
puede tolerarse cuanto se la explica con alegatos karmáticos. De otra manera
la bajeza de que es capaz nuestra condición humana resultaría insoportable,
igual que la ausencia de sensibilidad para rectificar errores en el orden de
la existencia individual. En India, además, conviven de manera conflictiva
prácticamente todas las religiones, doctrinas y credos de nuestro tiempo.
Así que insistir en la tolerancia es tanto como poner el dedo en la llaga de
las grandes diferencias territoriales, crediticias, ideológicas y políticas
que perturban al Subcontinente hasta límites sangrientos. Su lógica, por
fincarse en el sentido común y en la más declarada compasión, resulta
doblemente revolucionaria: "si hay rectitud en el corazón, habrá belleza en
el carácter. Si el carácter es bello, habrá armonía en el hogar. Si hay
armonía doméstica, habrá orden en la nacion. Si un país es ordenado reinará
la justicia. Con justicia habrá paz en el mundo..." Según él, la obligación
de los gobernantes es una y la misma en todo tiempo y lugar: asegurar que
las personas, sin distingo de origen ni condición, accedan a la totalidad de
requerimientos para sustentar la vida humana con dignidad y respeto. Si esto
se aplicara no existirían el subdesarrollo ni la criminalidad... The Times
de India publicó el 12 de marzo del año pasado una brevísima aunque
reveladora entrevista, de las pocas que Sai Baba suele otorgar: no confía en
la importancia ni en la función del periodismo contemporáneo. A la pregunta
de S. Balakrishnan de porqué no aprovechar la tremenda influencia que ejerce
sobre los políticos para inculcar valores en la vida pública, el Baba
respondió: "Los políticos tienen la elección de ejercer un gobierno bueno o
malo; ambicionan el poder con desesperación. La política sin principios, la
ciencia sin humanidad, la educación sin carácter y el comercio sin moralidad
son inútiles. Pueden resultar extremadamente peligrosos y dañar a mucha
gente de manera irremisible... Es al hombre hay que hay que cambiar. Cambiar
al hombre para transformar a la sociedad". En su lenguaje es notoria la
influencia de los textos sagrados estudiados por su familia, generación tras
generación. Modernizada, la raíz del hinduismo adquiere una nueva
connotación en sus enseñanzas. A la mujer atribuye, por ejemplo, el motor de
la transformación que demanda nuestra época. Es ella quien, al progresar y
modificar su estado de servidumbre y humillación, conseguirá abatir las
peores costumbres que envilecen al hombre, a los hijos y a la sociedad. En
la mujer descansa, también, la verdadera dirección del país que se atreve o
se niega a reconocer que así como la madre representa el eje reproductor de
la miseria, en todos sentidos, también actúa en sentido contrario. De ahí
que haya que desconfiar de los gobiernos que no incluyen programas de supel
ción femenina entre sus prioridades. Cree también Sai Baba, con los Vedas,
los Uppanishads y especialmente el Bhagavad Gita, que el hombre es bueno por
naturaleza, pero se arruina o deforma durante el camino adverso del medio
familiar y social. Enemigo de la mente creativa, sanadora y sabia que todos
compartimos, atribuye al miedo y a las malas compañías las causas inmediatas
de las deformaciones de la mente. Su sola presencia alivia la ansiedad de
los peregrinos. Sus devotos creen en él absolutamente,prl grado de que por
miles y cientos de miles se suman los testimonios de quienes han modificado
el rumbo de sus vidas por sus lecciones. Y ya se sabe que, del milenarismo,
lo más fascinante está en los fenómenos espirituales y religiosos, quizás el
renglón más sensible para absorber las características de temor y esperanza
dominantes en nuestro tiempo. Al respecto, hay que señalar que no hay en la
historia un solo capítulo de cambio crítico en las civilizaciones -por
ejemplo el del fin del helenismo y el ascenso del imperio romano, fechado
religiosamente por la venida del Mesías, Jesucristo-, sin la aparición
destacada de algún avatar, un reformador, un iluminado... que significa,
encarnándolo, "el fin y el principio": Zoroastro, Buda, Mahoma... Las
referencias son precisas e identificables las circunstancias que coinciden
con la aparición de estas figuras deslumbrantes a las que, invariablemente,
envuelve el misterio. Pese al folclor que sirve de escenario espiritual en
Putaparti y de la deliciosa expresión popular que hace tan rica la liturgia
en torno de Sai Baba, sería inútil negar su imponente personalidad. Algo muy
hondo debe alojarse en quien, como él, es capaz de agitar la conciencia no
digamos de los candidatos naturales de Oriente, siempre proclives a ponderar
e incluso adorar a sus sabios, sino de occidentales "puros" y tan escépticos
como pueden ser algunos sicoanalistas, intelectuales y científicos que
peregrinan anualmente en busca de asombro o respuestas espirituales. Propios
y extraños repiten a coro él que se trata de un avatar. De origen sánscrito,
esta voz, indivisible del hinduismo, se refiere al descenso redentor y
humanizado, particularmente de Vishnu, para combatir los influjos del mal y
restablecer el darma o camino espiritual. Divinidad encarnada de acuerdo a
estas creencias, a Sai Baba se le atribuyen dones metafísicos como la
capacidad de realizar acciones tan extraordinarias como sanar enfermos,
materializar objetos emblemáticos, resolver apuros y fortalecer, con hechos
concretos, la esperanza de los más desvalidos. Cierto o no, con fe o sin
ella, a las actuales generaciones ha tocado en suerte compartir este
fenomeno singular. Que no es necesario peregrinar al sur de la India para
conocerlo y gozar de sus beneficios directos porque Sai Baba, por el poder
de su gracia, puede manifestarse en sueños, materializarse de cuerpo entero,
causar a distancia cualesquiera de sus prodigios o responder al llamado de
sus devotos en el punto más alejado de la Tierra. En todo caso, es innegable
que él solo ha sido capaz de mover al elefante blanco que parecía echado
sobre uno de los países más atrasados y miserables del planeta. El milagro
está ahí, a la vista de todos: hospitales, escuelas, hospicios, una
educación revolucionaria, una provincia que se transforma de manera
inaudita, una esperanza vivificante y una política que, revestida de
espiritualidad, está logrando más transformaciones que todos los gobiernos
juntos. ¿Qué más podría desearse de una función y de un líder, en este caso
religioso?

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