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| Asunto: | [RedLuz] Entrevista a Javier Sicilia | | Fecha: | Sabado, 3 de Noviembre, 2007 22:23:34 (-0600) | | Autor: | Proyecto Interredes <lacasadelared @.....com>
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Entrevista a Javier Sicilia
Primera parte
Sección: Correo del Sur | Publicación: 21.10.2007

Mario Casasús
Javier Sicilia (1956) observa e interviene la ciudad desde su oficina
junto a la Catedral de Cuernavaca, no es gracias a su religiosa
vocación poética que lo llevó a ser vecino de la histórica diócesis de
don Sergio Méndez Arceo, sino porque el Centro Cultural Universitario
(CCU) tiene sus instalaciones en la antigua escuela de enfermería que
perteneció al convento franciscano del Siglo XVI.
Egresado de Letras francesas por la UNAM, ex profesor de literatura en
la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, hasta el instante que la
actual administración del doctor Fernando Bilbao lo promovió a dirigir
el CCU. Columnista del semanario Proceso y del suplemento La Jornada
Semanal; fundador de la revista Ixtus; autor, corrector y traductor del
Fondo de Cultura Económica, son algunos de sus cotidianos e
interminables trabajos
editoriales.
Debutó con el libro de ensayos: Cariátide a destiempo y otros escombros
(1980); en poesía publicó: Permanencia en los puertos (1982); La
presencia desierta (1985); Oro (1990); Trinidad (1992) y Las cuentas en
los dedos (inédito); autor de las novelas: El bautista (1991); La
revelación y los días (1987); El reflejo de lo oscuro (1997) y
Concepción de Armida. La amante de Cristo (2000). Son años de amistad
con Javier Sicilia, de compartir la paz, su fuerza espiritual y el gozo
por la palabra; el intelectual de mayor prestigio en la actualidad de
Cuernavaca accedió conversar con La Jornada Morelos en la víspera del
primer aniversario de nuestro Correo del Sur.
¿La literatura es una plegaria en el desierto de la posmodernidad?
Podría decir que sí, una plegaria al misterio que la posmodernidad ha
desmantelado; una plegaria que clama y encarna el sentido y su
trascendencia. Alguna vez, Dostoievski, ese profundo cristiano de la
tradición ortodoxa, escribió, pensando en el nihilismo que veía
aparecer en el horizonte de las ideas modernas: 'la belleza -la gran
literatura es ante todo belleza- los hará libres' una paráfrasis de las
palabras de Cristo: 'La verdad los hará libres'.
Me he preguntado muchas veces por qué, y no encuentro otra repuesta que
esta: la belleza, no es la verdad, esa verdad de las grandes ideologías
que, creyendo que poseían toda la interpretación del sentido de lo
real, nos llevó, como lo dice Adorno, a la Inquisición, a
Auschwitz y a los gulags soviéticos; pero tampoco es la debilidad
posmoderna que, temerosa de las grandes interpretaciones de la
modernidad, niega el sentido hasta diluirlo en nada y conducirnos a la
disolución y la ausencia de límites que viven nuestras actuales
sociedades. La belleza, en cambio, dice, como la modernidad, que hay
sentido, es decir, verdad, pero, que ese sentido, esa verdad, no puede
decirse absolutamente. La belleza simplemente lo insinúa, lo vela, a
través de una forma, para revelarlo en sus inmensas y profundas capas
de sentido. La belleza, por lo tanto, no es ni la verdad dura de la
modernidad, ni la debilidad inane y desértica de la posmodernidad, sino
el justo equilibrio, la plegaria que permite al sentido, al Verbo,
encarnarse, decirse a través de múltiples rostros. Una frase de Lanza
del Vasto, el gran discípulo católico de Gandhi, puede resumirlo mejor:
'La belleza es las muchas habitaciones en la casa del Padre', es decir,
las muchas habitaciones de la Verdad que, en su infinitud, sobrepasa la
verdad de las grandes ideologías y que sólo tocan y revelan los grandes
místicos. Hay que leer a los místicos para saberlo, y hay que leer a un
gran místico y a un gran poeta, como San Juan de la Cruz, para saberlo
mejor.
¿Influyó el Centro Intercultural de Documentación en su residencia definitiva y en el misterio de la palabra?
En realidad no. Mi llegada a Cuernavaca y mi residencia en ella tenía
otras razones que a la larga se empataron con el pensamiento de Illich,
no precisamente con CIDOC, que ya para entonces llevaba varios años de
haber desaparecido (desde 1975) yo llegué a Cuernavaca en 1987. Las
razones primeras tienen que ver más bien con Lanza del Vasto, que acabo
de citar y a quien leí gracias al poeta Tomás Calvillo. Lanza, como le
dije, fue el gran discípulo católico de Gandhi. Después de pasar una
larga temporada con él en el ashram de Warda, tuvo una revelación que
lo empujó a volver a Europa, a Francia, a fundar una comunidad, El Arca
-que aún pervive en el sur de Francia-. Esas comunidades son agrarias,
pobres y ecuménicas y, en ese sentido, como lo fue el ashram y la aldea
gandhiana -opuestas al maquinismo y al individualismo del mundo
moderno- un desafío espiritual y político o, si prefiere, una
alternativa encarnadamente espiritual a las desmesuras ideológicas de
Occidente. A Cuernavaca venía con la idea de fundar un Arca. Ya
instalado, partí, en 1989, a vivir junto con mi familia a una
experiencia en ella. Fue maravilloso. Lanza no me decepcionó: entre su
pensamiento y su encarnación en la vida comunitaria había una profunda
correspondencia. Al volver me entregué con más fuerza a fundarla en
Morelos. Junto con el filósofo Georges Voet, la teóloga Patricia
Gutiérrez-Otero, a quienes conocí en el Arca, y un grupo de jóvenes,
compramos hectárea y media de tierra en Oacalco, que sembramos de
limones, árboles frutales y hortalizas, abrimos una panadería
artesanal, donde los viernes por la noche estudiábamos a Gandhi, a
Lanza y a Mounier, y fundamos la revista Ixtus. El proyecto comunitario
se perdió, por desgracia. No así la revista que sobrevivió durante 15
años y que había sido pensada como la ventana intelectual de la vida
comunitaria. Fue en ese periodo que, gracias a Jean Robert y a
Valentina Borremans, conocí a Iván Illich y me eché a los ojos toda su
obra. Lo que me fascinó de él es que su pensamiento desarrolla con un
rigor intelectual superior lo que en Gandhi y Lanza había sido una
intuición genial, vivida con todo el peso de la carne en sus
comunidades.
¿Qué sintió y pensó cuando Valentina Borremans le dio la responsabilidad de editar y comentar las Obras Completas de Illich?
Un profundo agradecimiento; sobre todo porque antes que yo hay otros,
como Gustavo Esteva o el finado José María Sbert, que fueron discípulos
directos de Illich, que habitaron el CIDOC, que me preceden en méritos,
y que también podrían haber editado esa obra magnífica.
El segundo tomo de las Obras de Iván Illich ¿Coincidirá con el Coloquio
Internacional del Jardín Borda en noviembre? ¿Qué nos puede conversar
de las expectativas del Encuentro alrededor de la palabra de Illich?
Aunque el segundo tomo se encuentra ya en la última etapa antes de su
impresión, en lo que se llama la revisión de pruebas finas, el tomo
-confirmó recientemente el FCE- no saldrá durante el coloquio. Lo que
es una pena, porque el coloquio, además de ser un homenaje a Iván
Illich, en el que participarán muchos de sus mejores discípulos de
México y del extranjero, es una revisitación de su pensamiento y de las
líneas de investigación que
Illich abrió antes de su muerte y que de alguna forma se encuentran ya
en germen en algunos de los escritos que contiene el segundo tomo. Hay
que recordar que Illich se reveló al mundo en Cuernavaca con el CIDOC y
esos cuatro espléndidos libros que el propio Illich llamó sus panfletos
y que fueron una bomba para la Iglesia y las ideologías modernas:
Alternativas, La sociedad desescolarizada, Energía y Equidad y Némesis
médica. Ese pensamiento no ha sido rebasado. Por el contrario, su
crítica a la sociedad moderna, a sus instituciones y a sus
profesionales; sus análisis sobre el homo oeconomicus, son, en el
atolladero en el que el mundo se encuentra, de una vigencia
apabullante. A esto hay que agregar esas líneas de investigación que
abrió, cuando dejó de ser el personaje público que fue y se convirtió
en un filósofo itinerante, y que se refieren a los sistemas. Para el
último Illich la humanidad ha pasado de la era instrumental, que nació
en el siglo XII y que engendró la sociedad industrial y técnica del
mundo moderno, a la era de los sistemas, que ya no son herramientas y
que abren a la humanidad a una nueva era quizá más peligrosa y
destructiva que la anterior. De ahí el nombre del coloquio; La
convivencialidad (una referencia a uno de sus libros fundamentales, La
convivencialidad, es decir, el mundo de los límites, del común, de la
memoria preservada y de las herramientas autónomas) en la era de los
sistemas (el mundo de la desmesura, de la desterritorialización y la
especialidad; el mundo de la hybris y del pecado moderno). Hoy, con el
coloquio que preparamos, volvemos a poner a Illich en el centro del
mundo que intelectualmente lo vio nacer.
La revista Ixtus nos mostró una faceta interesantísima de usted, su
capacidad para entrevistar y acercar a los intelectuales al debate
sobre la Fe en Dios dentro del Estado laico ¿Renacerá Ixtus? ¿Reconoció
algún conflicto entre su interlocutor y Dios?
Ixtus fue más que eso. Fue un pensar el mundo de la modernidad y de la
posmodernidad desde lo que, junto con el grupo de Ixtus, me parece un
punto de referencia adecuado: la espiritualidad cristiana, la fe
profunda y la tradición gandhiana. A partir de ese punto de referencia
encontramos muchos otros pensadores que, desde esas mismas coordenadas,
nos ayudaron a pensar y a criticar el mundo de hoy con más
clarividencia. Pienso en el propio Illich, en el ya mencionado Lanza
del Vasto, en Emmanuel Mounier, Jacques Ellul y Karl Polanyi, por
nombrar sólo algunos. Seres de frontera, perfectamente tradicionales y
a la vez, perfectamente modernos. Por ello, Ixtus fue siempre una
revista incómoda tanto para la derecha como para la izquierda; una
revista que nunca hizo componendas y criticó la base fundamental del
malestar moderno: la economía entendida ya no como el cuidado de la
casa -que es su sentido etimológico y original, y que siempre
defendimos-, sino como la escasez, de la que Marx, en su crítica al
capitalismo, no pudo jamás liberarse -él creyó siempre en ella; fue un
hijo de los economistas burgueses y de las promesas del industrialismo-
y que derivó en el totalitarismo soviético. Moralizar, como lo
pretendió Marx, lo inmoralizable, la economía capitalista, cuya base es
la escasez y cuya fuerza es la técnica, es abrirle la puerta a los
totalitarismos duros, y digo duros, porque el capitalismo es algo peor:
un totalitarismo con rostro blando, un totalitarismo que se enmascara
bajo el rostro afable de la falsa libertad del mercado y de una
democracia corrompida por la propaganda y las técnicas del poder. No
creo que Ixtus vuelva a renacer, al menos no como
Ixtus. Ixtus cumplió su cometido. Fue una gran revista. Si un proyecto
de esta naturaleza vuelve a articularse será probablemente más amplio y
más incisivo.
¿La teología de la liberación reconcilió al marxismo con Dios?
Podría decirse que sí; pero también podría decirse lo contrario, que
reconcilió a Dios con uno de los puntos sustanciales del Evangelio que
gran parte de la Iglesia jerárquica olvidó y que Marx vino a recordarle
con su crítica: los pobres. Eso ha sido una bendición. Por vez primera,
gracias al Vaticano II y a la teología de la liberación que, entre
otras muchas otras cosas magníficas, salió de sus entrañas, esos dos
hermanos enemigos -Marx es impensable sin la tradición de occidente: el
judaísmo, el mundo griego y el cristianismo-pudieron caminar juntos. El
único problema que veo en la teología de la liberación es el mismo que
critico en el marxismo: su creencia en que se puede producir riqueza y
ésta puede distribuirse entre los hombres, es decir, su terrible
dependencia de la base fundamental del
capitalismo: el dogma de la escasez y del egoísmo de la naturaleza que
hay que someter al imperio de una producción y de un desarrollo para
todos. Tanto la teología de la liberación, como el marxismo, que le dio
a esa parte de la teología la herramienta necesaria para pensar al
mundo desde una perspectiva social, quieren acabar con el pobre, ese
testigo de Dios en la tierra. Un absurdo, porque es precisamente la
exaltación de la pobreza, cuyo contenido es, para usar el término
griego de los Evangelios, el ágape: el Dios que crea, retirándose de sí
y que redime encarnándose, volviéndose el más pobre de todos, enseñando
que el camino de la salvación es la pobreza. Gandhi lo dice con una
frase magnífica: 'Si quieres erradicar la miseria, cultiva la pobreza'.
Es lo que, al igual que Cristo, Gandhi no dejó de hacer en su accionar
político y de presentar como la única salida al malestar del mundo; es
también lo que Lanza del Vasto ha mostrado con su reflexión espiritual
y con sus comunidades; es una de las bases fundamentales del
pensamiento de Illich y de lo que fue la reflexión de Ixtus.
(Continuará)
http://lajornadamorelos.com/index.php?module=pagesetter&func=viewpub&tid=1&pid=30103
http://larevistaixtus.blogspot.com/
Entrevista a Javier Sicilia / Segunda y última parte
"La mayoría de los gobiernos de México han sido de traidores..."
Texto: MARIO CASASÚS
¿Cómo eran las homilías de Sergio Méndez Arceo en la Catedral de
Cuernavaca?
Magníficas. El Excelsior de entonces, el de Julio Scherer, las
reproducía cada lunes. Uno podía escuchar en ellas a la Iglesia de los
pobres. Esas homilías eran la voz de una Iglesia silenciada y activa,
una Iglesia que dio lo mejor de sí en sus Comunidades Eclesiales de
Base, ese gran núcleo de la vida evangélica que la imbecilidad de una
Iglesia paranoica y que entiende poco del espíritu de Cristo,
desmanteló después de la muerte de don Sergio.-Hablemos de los gajes
del oficio periodístico ¿En qué año se incorpora al equipo editorial de
Proceso? ¿Qué enseñanza dejó el dúo: Julio Scherer y Vicente Leñero en
su vida y en la del país?
Me incorporé en 1993 con una inmensa alegría, porque Proceso, desde su
fundación, ha sido para mí la gran revista política del país, la voz de
los silenciados de México, como lo fue la de Méndez Arceo para la
Iglesia de los pobres; la voz de la democracia traicionada. Ahí donde
la prensa estaba amordazada por la corrupción o el miedo, Proceso habló
claro y alto. Esto no hubiese sido posible sin don Julio, Vicente y el
equipo que se partió la madre junto con ellos por la libertad y la
dignidad de la palabra y que ahora está al frente de la dirección.
Todavía está por escribirse la importancia de Proceso en la conquista
de la libertad de prensa que ahora vivimos. Si algo nos han enseñado
Scherer y Leñero es la valentía, la honestidad y la dignidad frente a
cualquier poder. Sus reportajes, sus entrevistas, sus respectivos
olfatos periodísticos han sido una luz en medio de las tinieblas del
Estado. Al recordarlos me vienen a la mente unas palabras del poeta
Ezra Pound: 'Si un hombre no es capaz de jugarse la vida por sus ideas
o sus ideas no valen nada o ese hombre no vale nada'. Scherer y Leñero
nos enseñaron que tanto sus ideas como sus personas valen todo y que
eso se llama dignidad. Algo más me ha enseñado Vicente: la fidelidad a
lo que se es, al vínculo profundo que debe haber entre la palabra y el
acto. Leñero, en un mundo que veía con sospecha a la catolicidad y en
donde muchos católicos se encerraban en el closet para no ser
vituperados o mal vistos por el establishment político y literario de
la época, nunca renegó ni escondió su catolicidad. Por el contrario,
fue ella, desde el principio, la que le dio esa fidelidad a la palabra,
esa comprensión del Verbo encarnado, que lo ha hecho el gran
periodista, el gran escritor y el gran hombre que es: ese espíritu
libre que nos recuerda constantemente que por encima de cualquier
ideología está la conciencia y la fidelidad a la palabra y a la verdad.
Lo quiero mucho.
¿Cuándo decide insistir en firmar todas sus notas con: 'Además opino
que se deben respetar los Acuerdos de San Andrés, retirar al Ejército
de Chiapas y liberar a todos los zapatistas presos'? ¿Hubo otras
demandas en sus columnas antes de 1994?
No, nunca antes. Cuando en 1994 se levantó el movimiento zapatista, me
quedé fascinado. En su sustancia, ese movimiento daba cuerpo a un
montón de cosas en las que yo he creído. En sus reivindicaciones, en su
defensa de lo local y de la tradición, vi mucho de lo que Gandhi, Lanza
y el propio Illich me habían enseñado: una salida a la locura y a la
exclusión del mundo moderno; una recuperación de los límites y de la
diferencia. Por ello, cuando Ernesto Zedillo, en un acto digno de
Hitler, firmó y luego desconoció los Acuerdos de San Andrés, me sumí en
una profunda indignación. Sabía que en un mundo como éste, el del
alzheimer social que provocan los medios de comunicación y en el que,
por lo mismo, nada es más viejo que el periódico del día de ayer, esa
traición que comprometía al país se iba a olvidar, y nadie debía
olvidar esa afrenta, esa necesidad de respetar esos Acuerdos, porque,
mire, Mario, cuando Zedillo los firmó como presidente de la República
los firmó por toda la nación, y desde ese momento la nación entera, en
la que yo estoy incluido como ciudadano suyo, tiene una deuda con los
indios que debemos cumplir; ni yo, ni la nación somos traidores. Así es
que busqué una forma de perpetuar la memoria de esa deuda. Encontré en
la frase con la que Catón el Viejo concluía sus discursos: 'Además
opino que hay que destruir Cartago', una fórmula tan ancestral como los
siglos que nos separan de Catón, una fórmula que apela a la memoria.
Con el tiempo he ido agregando otras demandas que, desde mi punto de
vista, son deudas que también ha adquirido la nación, que no podemos
olvidar y que deben pagarse. Hay otras más -la mayoría de los gobiernos
de México han sido de traidores- que, si las incorporara, terminarían
por llenar todo el espacio de mis artículos.
El año pasado nos reencontramos en algún lugar de la hostil ciudad
junto al 'Delegado Zero' como adherentes de La otra campaña del EZLN
¿Qué análisis hace del desarrollo discursivo de Marcos?
Admiro a Marcos profundamente. Es un poeta y un hombre de acción, algo
difícil de encontrar en nuestro mundo; quizá por ello levanta tantas
envidias en el mundo intelectual, envidias que se manifiestan mediante
la denostación. Es también algo más, un genio mediático -después de
Marcos, el uso de los medios no será igual-, y una gran conciencia
moral. Estas características hicieron posible que el levantamiento
zapatista atrajera las miradas del mundo entero. Por vez primera una
guerrilla, un movimiento político se expresaba mediante la poesía y
rebasaba el espectro ideológico del marxismo clásico, de la ortodoxia
guerrillera y de las armas. Podía decir que el mejor Marcos es, en este
sentido, el que incorporó a su lenguaje poético el decir del mundo
maya, de la tradición caballeresca medieval y de la poesía moderna: el
Marcos de las historias del Viejo Antonio y de don Durito; el Marcos
moral, el de la carta '¿De que tenemos que pedir perdón?'; el Marcos
lúdico y chacotero, el de las posdatas, el de la irreverencia genial;
el que maneja los símbolos como sólo los grandes poetas saben hacerlo,
y nos muestra la verdad de la justicia no con el argumento ideológico,
que siempre es excluyente y sospechoso, sino
con el develamiento de la poesía, que siempre es inclusivo y luminoso.
Ahí, en ese decir de Marcos, está la fuerza política del zapatismo y su
enorme dignidad moral. En ese Marcos hay también una profunda intuición
de lo que Gandhi, Lanza e Illich pensaron y que se presenta, desde mi
punto de vista, como la única alternativa viable para volver a
recuperar el sentido de lo humano en política. Pero como mera
intuición, como esa ráfaga luminosa que repentinamente hace al poeta
ver lo que nadie veía, pero que por lo mismo permanece oscura, en ese
saber oscuro, en su luminosidad, de la poesía. Por ello, cuando fui a
la selva a buscarlo, le llevé como regalo las obras completas en
francés de Iván Illich. Recuerdo que le dije: 'Le traigo esto,
subcomandante, en ellas encontrará un sentido a las grandes intuiciones
del zapatismo'. Por desgracia, Mario, hay también otro Marcos, el de la
ideología marxista, el del epíteto duro y beligerante, el del discurso
de la izquierda radical, tan gastado y añejo como el de la Iglesia, que
repele, excluye y que es incapaz de mirar más allá de una retórica
beligerante y trasnochada. Toda ideología, que pierde la fuente
profunda de la que emanó, termina por empobrecerse y reducirse a
guetos. Esa doble condición de Marcos, lo hace ambiguo, porque uno no
sabe ya donde termina el poeta y el hombre moral y comienza el
ideólogo, y viceversa. Sin embargo, Marcos sigue siendo un gran hombre,
un hombre de una fidelidad y de una disciplina a toda prueba, en
síntesis, un hombre frente al cual uno vuelve a sentir el orgullo de
pertenecer a la raza humana.
Usted integró el Frente Cívico Pro Defensa del Casino de la Selva ¿Cómo
es posible que siendo Cuernavaca un efervescente semillero de ideas y
talento ahora la ciudad esté desgobernada por la derecha?
A 40 años de distancia ya pocos recuerdan a Illich y el CIDOC, a
Gregorio Lemercier y la gran renovación litúrgica de Emaús, a Erich
Fromm y a las Comunidades de base de Méndez Arceo. Ellos han quedado
sepultados por la desmemoria que provocan los medios de comunicación,
siempre al servicio del poder y del capital, y por la imbecilidad de
las autoridades políticas y religiosas que han hecho de Cuernavaca el
traspatio y el prostíbulo de la burguesía del DF. Lejos de cultivar,
como usted dice bien, el semillero de ideas y talento que desde
entonces existe en Cuernavaca, estos imbéciles -no hay otro nombre para
calificarlos- han tratado, como la parábola del trigo y la cizaña, de
ahogarlo entre la cizaña de la inversión acrítica, la barbarie, la
igualación de todo y la moralina burguesa a la que la derecha
'católica' quiere reducir la marea de fuego del Evangelio. Estos tipos
miden el progreso por kilómetro cuadrado de asfaltización, es decir, de
desertificación urbana. La destrucción del Casino de la Selva y la
erección de ese desierto asfáltico y comercial que es el Cosco (CM)
como el monumento más acabado de su imbecilidad. Pero no puede
esperarse otra cosa de unas autoridades que, desde la muerte de Sergio
Méndez Arceo, han despreciado lo mejor de Morelos y, con el pretexto
del desarrollo y la paranoia del comunismo, han puesto a Cuernavaca de
rodillas ante el capital y lo peor de la burguesía del DF.
Mario Benedetti escribió una serie que tituló Poemas de oficina (1956)
a usted le sucede lo inversamente proporcional, hasta ahora debuta como
alto burócrata ¿Le afecta en su inspiración? o ¿seguirá los pasos del
poeta uruguayo para escribir con ironía sobre sindicatos y tratos
cotidianos de la docencia?
La verdad, Mario, la mayor parte de mi vida he trabajado dentro de la
burocracia universitaria. Ha sido allí, entre 'memos', llamadas
telefónicas, bomberazos y toda suerte de procesos contraproductivos
donde he escrito la mayor parte de mi obra. La burocracia, esa cosa que
inspiró a Kafka las más horrendas y aterradoras metáforas para
describirla; que después desató la ironía de Benedetti y que hizo
posible que Illich, a través de su historia de las instituciones,
mostrara su génesis y su infernal contraproductividad, sobre todo la
burocracia mexicana -dicen que si Kafka hubiera nacido en México,
habría pasado desapercibido como un escritor obvio y costumbrista-, no
es el sitio más propicio para escribir nada. Pero allí, por una gracia
especial, que me ha permitido aislarme interiormente de todo ese
infierno laico, he podido crear. En ese sentido podría decir que soy un
bienaventurado: 'Bienaventurados los que han podido escribir en el
infierno burocrático porque ellos han visto a Dios'; de lo contrario,
dígame, Mario, como se podría crear algo allí. Recuerdo una frase
magnífica de Alfonso Reyes, ese otro bienaventurado que pudo escribir
en ese infierno: 'El trabajo burocrático hay que hacerlo rápido y mal'.
Esa es su condición, cualquier eficiencia, cualquier productividad real
la haría desaparecer. Reyes lo comprendió e hizo de esa comprensión el
espacio que le permitió ser el escritor que fue.
Finalmente, ha tenido la amabilidad de enseñarme la maqueta de su
próximo libro para el Fondo de Cultura Económica ¿Puede hablarles a
nuestros lectores de su futuro texto e iconografía?
Me encanta que se haya acordado de esa mañana en que conversamos. Sí,
es una biografía sobre Félix de Jesús Rougier; lleva por título, Félix
de Jesús Rougier, la seducción de la virgen. Lo inquietante de ese
hombre, poco conocido, francés, misionero de la Sociedad de María, es
el encuentro y el enamoramiento que vivió con la mayor de las místicas
mexicanas, Concepción Cabrera de Armida, en quien vio, como Dante con
Beatriz, una posfiguración de la Virgen, y que lo llevó no sólo a
abandonar la Sociedad de María, sino a fundar, en medio de la
Revolución Mexicana, es decir, en uno de los peores momentos para la
Iglesia mexicana, varias congregación religiosas, la de los Misioneros
del Espíritu Santo, la de las Hijas del Espíritu Santo, la de las
Misioneras Guadalupanas y la de las Oblatas de Jesús Sacramentado. Esta
biografía es un espejo de la de Concepción Cabrera de Armida, la amante
de Cristo (FCE, 2000). Usted sabe, Mario, la historia de la Iglesia
está llena de parejas fantásticas e incómodas para la misma Iglesia,
tan renuente a las relaciones heterosexuales; piense en la de Santa
Teresa y Juan de la Cruz o en la del padre de la Colombiére y Santa
Margarita Alacoque; hay muchas otras más: -poco conocidas, pero no por
ello menos magníficas e incómodas- la del padre Finet y Marta Robin; la
de el gran teólogo Urs von Baltasar y la doctora Adrienn von Spyer o la
de ese matrimonio casto hasta la exasperación, el del filósofo Jacques
Maritain con la mística y poeta Raïssa Omancoff, mejor conocida como
Raïsa Maritain, por nombrar sólo algunas. A esas parejas espirituales y
fecundas pertenece la de Félix y Concha, una relación fascinante y
misteriosa en más de un sentido.
-- LA CASA DE LA RED ES EL PLANETA www.casadelared.com RED IBEROAMERICANA DE LUZ
11 Aniversario / 1996-2007 www.elistas.net/lista/redluz
www.redluz-ci.org Cronicas VIII Encuentro RedLuz
http://aibandu.wordpress.com/ PROYECTO INTERREDES www.egrupos.net/grupo/interredes
www.interredes.org RED ANAHUAK
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