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Asunto:[RedLuz] La Hora del Tibet
Fecha:Miercoles, 9 de Abril, 2008  10:38:20 (-0500)
Autor:Ricardo Ocampo <lacasadelared @.....com>

From: Lia <narendra@adinet.com.uy>
Date: 08-abr-2008 21:21
Subject: Fw: La Hora del Tibet
To: RED <lacasadelared@gmail.com>

From: Gustavo Ramírez Amat


Hola amigos:
A continuación mi último artículo publicado en
el periòdico digital de opinión Desde Mi Trinchera. Si desean
revisarlo directamente en la página del periódico, lo encontrarán en
la dirección http://www.desdemitrinchera.com/2008/04/08/la-hora-del-tibet
Es probable que hayan recibido un e-mail de Desde Mi Trinchera, si
desean continuarlo recibirlo acepten la suscripción (sin costo) cuando
lo reciban, o entren a la página del periódico y solicítenla



LA HORA DEL TIBET



Cuando a fines de 1950 -el año del Tigre de Hierro- el adolescente
Dalai Lama, recientemente entronizado, decidió enviar delegaciones al
extranjero: Estados Unidos, Inglaterra y Nepal, la esperanza y la
angustia atenazaban su corazón, que ya había sido estremecido por
sueños, visiones y extrañas premoniciones. Las hordas de Mao, desde
hacía varios meses habían atravesado la frontera por el sudeste, en la
provincia tibetana de Kham y atacado al escuálido ejército tibetano.
Su hermano mayor Taktser Rimpoche, Tulku como él (encarnación
reconocida) y abad del tradicional monasterio de Kumbum, que por estar
en plena provincia de Amdo, al noreste del Tibet, había caído ya bajo
control chino, traía noticias espeluznantes. No sólo se trataba de las
pretensiones de los comunistas chinos de colocar al Tibet bajo la
influencia del gobierno de Beijing, sino de invadir al Tibet y
desaparecerlo como país independiente, anexionándolo y convirtiéndolo
en provincia china. Además algo quizá peor: arrasar con el budismo, el
principal sustento cultural del pueblo tibetano.



La propia presencia de su hermano en Lhasa era una prueba de la sombra
espantosa que proyectaba el monstruo que se avecinaba. Taktser
Rimpoche había escapado de los chinos con la misión impuesta por los
invasores de convencer al joven Dalai Lama que reconozca y acepte el
dominio chino, o en caso contrario asesinarlo en caso de negarse
aquel. Sin importar que fuese su propio hermano, su superior religioso
y líder espiritual de todos los tibetanos, encarnación del Buda de la
Compasión y protector del Tibet. Con el agravante que para todo
budista es impensable matar a cualquier ser viviente, menos a un ser
humano y mucho peor al propio Dalai Lama. Por supuesto, Taktser
Rimpoche ni lo pensó, y aprovechó la oportunidad para escapar y
advertir a su hermano acerca de lo que vendría.



A pesar de sus cortos quince años, el XIV Dalai Lama, Tenzin Gyatso,
entendió instantáneamente que la única posibilidad de salvar a su
patria solamente podía venir de fuera, de las grandes potencias y los
países limítrofes. Ya en el mes de noviembre, el flamante gobierno
indio con el apoyo de Gran Bretaña, había protestado ante la República
Popular China por la agresión, y el Kashag (parlamento tibetano) había
apelado ante la ONU, apelación que cayó en el vacío porque el Tibet, a
pesar de ser un país soberano, no era miembro de la ONU.



Las grandes potencias, los países vecinos no movieron un dedo, ni una
sola voz fue levantada, y el Tibet fue arrasado, los monumentales
monasterios demolidos hasta no dejar piedra sobre piedra, los monjes
asesinados, apresados y condenados a trabajos forzados durante décadas
(hemos conocido a algunos de ellos), tesoros artísticos destruidos,
bibliotecas de valor incalculable devastadas e incendiadas, y
alrededor de un millón y medio de tibetanos muertos -de una población
total de unos cinco millones-, por el asesinato sistemático, las
privaciones, la tortura y las más espantosas condiciones de vida.
Genocidio físico y genocidio cultural, limpieza étnica al más puro
estilo balcánico, cumplida por el trasplante masivo de chinos de la
etnia Han al Tibet, quienes ya son mayoría en tierra ajena. Todo esto
a la vista y paciencia de las barrigonas democracias occidentales y
cumplido día a día durante cinco décadas. Hasta la propia CIA
"embarcó" a algunos patriotas exaltados a comienzos de los 50 en una
guerra de guerrillas insulsa, y como en Bahía de Cochinos, los dejó
colgados y expuestos a las furiosas balas maoístas. Los que no
terminaron muertos en combate desigual, terminaron de morirse en las
mazmorras del Ejército Popular de Liberación chino.



Pero los tiempos están cambiando, como decía la canción de Bob Dylan.
Lo que no hicieron las grandes potencias, los organismos
internacionales, lo está logrando la internacional de la conciencia,
la misilística del poder moral instaurándose en el mundo. En pocos
días se reunieron varios millones de firmas en todo el mundo,
protestando los abusos del gobierno chino en Tibet y exigiendo un
diálogo del gobierno comunista con la autoridad legal y moral del
Tibet, Su Santidad el Dalai Lama. Por doquier ha pasado la llama
olímpica, han estallado protestas con miles de manifestantes
proclamando su rechazo: Londres, París, Atenas, y mañana será en San
Francisco y Buenos Aires.



Esta no es solamente la hora del Tibet, es también la hora de la
fuerza moral de la humanidad imponiéndose sobre los fusiles y los
cañones, sobre los organismos internacionales donde mucho se discute y
poco se hace, imprimiendo a los gobiernos y sus dirigentes el sello de
la verdad que como una ola gigantesca recorre el mundo. Es la hora de
los compromisos individuales con el sufrimiento de los pueblos
doquiera estos se den. Es la hora de la paz y de los líderes de la
paz, de aquellos que como Gandhi ayer y el Dalai Lama hoy, no sólo que
hablan de ella, sino que la encarnan en su propia vida, con humildad,
con silencio casi, que inspira a un mundo cansado de creer en los que
hablan y empieza a creer en los que son. Es también la hora de China,
porque si algún futuro en este siglo tiene esta gran y milenaria
nación, este pasa por la libertad, por el respeto a los seres humanos
y su libertad, por la tolerancia, y tal vez, por qué no, por la
democracia.



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