Los Vientos, desde el dulce
céfiro y la ligera brisa a los grandes huracanes, son siempre
“aire en movimiento”, estando determinadas su rapidez e intensidad por la
calidad y cantidad de las fuerzas dévicas que se hallan en su
base, es decir, de los Silfos del Aire. El aire que
respiramos es esencialmente éter, aunque modificado para que pueda convertirse
en substancia etérica, portadora de vida pránica para nuestro organismo
físico.
Deberemos volver aquí a
cuanto dijimos anteriormente acerca de las leyes de polaridad que gobiernan el
mundo y el Universo entero, en el sentido de considerar nuestros pulmones como
receptores de la energía positiva y negativa del aire que respiramos, siendo
los movimientos de inhalación y exhalación sus expresiones físicas o
sensibles, en tanto que las pausas o intervalos entre los períodos de
inhalación y exhalación constituyen el aspecto neutro o armonizador de la
actividad respiratorio. Como podremos observar, la polaridad se halla por
doquier, singularmente cuando examinamos el cuerpo físico del hombre, el cual
es un fiel exponente de dicho principio, siendo un verdadero acumulador de
fuerza eléctrica, mental y psíquica que desgraciadamente no siempre sabe
aprovechar.
Retornando al fenómeno del
viento como un resultado del movimiento del aire, deberemos insistir en que la
vida de la Naturaleza está regida por la actividad de los cuatro elementos
conocidos de tierra, agua, fuego y aire, más el elemento esencial o etérico
que los cualifica y unifica.
Tales elementos están
ocultamente integrados por una prodigiosa cantidad de pequeñísimos
devas, los cuales pueden ser observados clarividentemente en el
ejercicio de su labor en el interior del particular elemento etérico que
constituye su morada, o cuando trabajan conjuntamente con los
devas de los demás elementos para producir determinados
fenómenos geológicos o atmosféricos.

Foto del ojo de un huracán y pintura de visión
clarividente de un Silfo del
Aire muestran semejanzas
El viento, ocultamente
considerado, es creado por el desplazamiento de los silfos del
aire, y cuando se produce un gran vendaval, un
huracán o un tornado de gigantescas
proporciones pueden ser observadas incalculables concentraciones de
Silfos, pero también grandes y poderosos Devas del
Aire, Agentes de los Señores del Karma, que
“imprimen voluntad kármica” al proceso de liberación de energías que está
llevándose a cabo. Una tromba marina es un fenómeno
atmosférico realizado por los Devas del Océano,
esotéricamente denominados Neptunos, y Silfos del
Aire, y si un huracán o un tornado
vienen precedidos por grandes descargas eléctricas es indicación de que
intervienen también en aquella actividad los Agnis del
Fuego.
Lo mismo puede decirse con
respecto al fenómeno de una lluvia torrencial con descargas eléctricas y
viento huracanado, en el que es posible percibir ocultamente la acción
mancomunada de los Devas del Agua, del Aire y del
Fuego.
La presencia de
Grandes Devas en el desarrollo de un fenómeno de la
Naturaleza es siempre indicación de que a través del mismo se exterioriza
parte de un proceso kármico que fatalmente ha de cumplirse.
Así, y visto el proceso desde el ángulo esotérico, nos equivocamos cuando a
raíz de las dolorosas consecuencias de un fenómeno geológico o atmosférico
decimos: “...fue provocado por las fuerzas ciegas de la
Naturaleza”. No existen fuerzas ciegas dentro del orden natural
establecido por las sabias leyes de la Creación.
Sería mejor, en orden a
nuestro estudio, que en lo sucesivo reemplazásemos dicha locución por la de
“fuerzas desconocidas”. Además, ¿qué es lo que sabemos acerca del karma
planetario, afectando a veces la totalidad de una Raza, de un Reino, de una
definida especie o de un extensísimo continente? Sólo conocemos, y aún muy
imperfectamente, las incidencias que se relacionan con nuestro pequeño karma
personal; desconocemos todavía y casi por completo a “los agentes kármicos” de
la Naturaleza, es decir a las infinitas legiones de seres invisibles poblando
los inconmensurables espacios que son los agentes kármicos de la vida
planetaria.
Y tales agentes kármicos son
los Ángeles, los Devas, los Señores
del Éter y los grandes Amigos del hombre si éste
puede llegar a comprender un día la grandeza de la Ley y el amoroso destino
que a todos tiene reservado. Las líneas maestras de este Tratado
Esotérico sobre los Ángeles intentan demostrar
que la única y verdadera misión del ser humano en la vida es
establecer las bases de la Fraternidad aquí en la Tierra y que los
Ángeles en todas sus posibles huestes y jerarquías le ayudarán siempre en el
cumplimiento de este sagrado objetivo. Tal es la Ley y el Destino que ha de
cumplirse.
Fuente del artículo:
Asociación Vicente Beltrán Anglada. Páginas:
158-159