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Asunto:[RedLuz] Israel, lo judio y los dilemas de la historia / Ricardo Forster
Fecha:Domingo, 11 de Enero, 2009  18:57:47 (-0600)
Autor:Ricardo Ocampo <lacasadelared @.....com>

Foro Escritores Mexicanos <dem@egrupos.net>
www.egrupos.net/grupo/dem/alta

From: Dr. Antonio Marquet <amarquet@prodigy.net.mx>
Date: 11-ene-2009 18:35
Subject: Pra todos los labradores de palabras; para todos los que
pertenecen a la patria del libro



Domingo, 11 de Enero de 2009
Israel, lo judío y los dilemas de la historia
Por Ricardo Forster

1


En un ensayo medular, George Steiner despliega una honda y
perturbadora reflexión alrededor del equívoco inevitable que atraviesa
de lado a lado a esa extraña nación que llamamos Israel (digo extraña
porque suele medírsela con una vara muy distinta a la que se utiliza
con el resto de las naciones del mundo, una vara signada por lo
absoluto, por la pureza total de la que debería dar cuenta por su
origen o la del más brutal de los envilecimientos que acaba por
transformarla en la patria diabólica, en la nueva encarnación del mal;
nada, cuando se habla de Israel, es directo ni ingenuo). Cito,
entonces, a Steiner: "En el manifiesto fundacional y secular del
sionismo, el Judenstaat de Herzl, el lenguaje y la visión imitan
orgullosamente al nacionalismo de Bismarck. Israel es una nación en
grado máximo: vive armada hasta los dientes. Para sobrevivir día a
día, ha obligado a otros hombres a vivir sin hogar, los ha convertido
en seres serviles, desheredados (durante dos milenios, la dignidad del
judío consistía en ser demasiado débil para hacer que otro ser humano
viviese de forma tan inhóspita y difícil como él mismo). Las virtudes
de Israel son las de la sitiada Esparta. Su propaganda, su retórica
del autoengaño son tan desesperadas como las de cualquier nacionalismo
de la historia. Bajo una presión externa e interna, la lealtad se ha
atrofiado dando paso al patriotismo, y el patriotismo ha dado paso al
chovinismo. ¿Qué lugar, qué excusa cabe en esa plaza fuerte para la
'traición' del profeta, para el rechazo de Spinoza a la tribu? El
humanismo, dijo Rousseau, es 'un hurto cometido contra la patrie'.
Bien cierto". ("El texto, tierra de nuestro hogar").
Desde la lejanía de su historia, el pueblo de Israel ha sabido
atravesar diversas vicisitudes tanto espirituales y materiales como
políticas, culturales y sociales; ha conocido al dios de la guerra y
de la venganza del mismo modo que supo escuchar la voz clara y potente
de los profetas que clamaban contra las injusticias cometidas en su
nombre; conoció el reino davídico-salomónico, ese que sería convertido
en leyenda y en promesa restitutivo-mesiánica olvidando las penurias
de los "constructores de los palacios", esas masas anónimas que
siempre fueron explotadas a lo largo de la historia, para enaltecer la
majestuosidad de los poderosos amparados por el "brazo fuerte" de
Yahvé; pero también conoció el exilio, la dispersión de las tribus, el
sometimiento a los distintos imperios de la antigüedad; supo de la
resignación y de la rebeldía; conoció la palabra única y desafiante de
Amós y de Isaías que supieron desgarrar los velos de las mentiras y de
las injusticias fundando una tradición que se continúa hasta nuestros
días; desplegó los lenguajes de una nueva ética que supo hacer del
huérfano, de la viuda, del pobre y del extranjero el eje central de la
hospitalidad y del acogimiento del otro; supo construir la patria en
el Libro cuando perdió la tierra natal.
En su seno convivieron el deseo tribal, ese que recogía los mitos y
los símbolos de un pueblo único, fuerte, capaz de someter a otros
pueblos y de erigirse en una nación poderosa, junto con la
universalización de la promesa mesiánica, esa que se transformaría en
el humus de las siembras más significativas que se hicieron en nombre
de la libertad y la igualdad de todos los seres humanos. Pueblo girado
sobre sí mismo, enclaustrado en su autorreferencialidad; pueblo de la
escritura y de lo abierto, hijo de un nuevo cosmopolitismo asociado a
la interpretación interminable del libro; pueblo del desarraigo
convertido, por los poderosos de ayer a lo largo de dos milenios, en
extranjero eterno, en paria, en labrador de palabras en el viento
porque carecía de tierras para cultivar.

2

Un pueblo, como escribía Franz Rosenzweig en La estrella de la
redención, que al renunciar a dar la sangre en defensa de la tierra se
convirtió en el pueblo de la eternidad del tiempo (por esas paradojas
de la historia y de las pasiones, Rosenzweig pensaba que el destino
del judaísmo se había sellado con esa renuncia que le había permitido
sustraerse al olvido que la historia les tenía reservados a la mayoría
de los pueblos de la antigüedad que decidieron dar sus vidas, derramar
sus sangres, para defender un pedazo de tierra o un Estado, lo mismo
da, transformándose apenas en una nota a pie de página en los libros
de historia; renunciando a ese acto guerrero los judíos se
transformaron radical y absolutamente haciendo de la diáspora y de la
lectura el laberinto inconcluso de una patria sin dominios ni
violencias que se fue construyendo alrededor y en el interior de ese
libro quemado por los poderes cristianos a lo largo de siglos y siglos
y que lleva el nombre de Talmud –libro sin potestades definitivas ni
principios de autoridad demarcatorios y censores; libro de márgenes y
glosas, de interpretaciones inacabables, de discusiones que subvierten
la continuidad del tiempo–. A la sombra de ese libro inabarcable y de
las escrituras bíblicas se levantaría, en los años dominados por la
cristiandad medieval, la sabiduría de los cabalistas, maestros no sólo
del lenguaje y de sus misterios sino portadores de una interrogación
inagotable capaz de hurgar en los secretos del mundo mientras la
hostilidad y la violencia se cegaban con los cuerpos y los libros del
pueblo errante. De esa saga de lectores infatigables, de buceadores de
perlas en los fondos oceánicos de la vida y de las escrituras,
saldrían los heterodoxos y los herejes, los fieles cultores del ritual
y los forjadores de nuevas sendas. Allí se inscribirían los nombres de
Maimónides y de Spinoza, de Mendelsohn y de Marx, de Rosa Luxemburgo y
de Walter Benjamin, de Sigmund Freud y de Franz Kafka. Nombres para
recordar la rama dorada de un humanismo en vías de extinción,
amenazado desde adentro y desde afuera por una sociedad de la
depredación económica, cultural, militar y social. Hace tiempo que
Israel ya no responde a esas tradiciones sino a la reinante razón de
Estado, como la mayoría de las naciones del planeta. La vía
nacional-militar que viene emprendiendo con mayor intensidad desde la
Guerra de los Seis Días ha herido muy duramente a lo mejor que esa
sociedad guardaba dentro de sí. Lo que le queda ahora es la
mitificación y la sordera ante el dolor del otro, del despojado, del
expropiado, del nuevo paria. ¿Era esa la razón de ser de los sueños de
Buber y de Scholem, de Ahad Haam y de Leibowitz?
Para Rosenzweig, que escribió y vivió antes de la Shoá, la
alternativa planteada por el sionismo se desviaba de lo que él
consideraba las fuentes y las riquezas del judaísmo diaspórico, esa
extraordinaria cualidad de habitar la eternidad del tiempo sin
plegarse a las idolatrías nacionales. Discutió amargamente con Gershom
Scholem quien, en esos años previos al nazismo, eligió dirigir sus
pasos hacia Jerusalén para defender allí, junto a algunos otros entre
los que se encontrarían el fundador de la Universidad Hebrea y Martin
Buber, la idea de una nación para dos pueblos, la búsqueda de la
convivencia judeo-palestina. Los sueños de Scholem y de Buber, también
en parte los de Einstein, de aquello que se llamó el sionismo cultural
y que aspiraba a un hogar compartido, quedarían seriamente dañados por
el triunfo de la opción de un sionismo nacionalista y signatario de la
Realpolitik que se apresuró a aniquilar cualquier posibilidad de
diálogo y de entrelazamiento con las poblaciones árabes nativas, que
también guardaban en su seno sectores que se oponían a cualquier
acuerdo (vale la pena recordar las negociaciones con la Alemania
hitleriana del muftí de Jerusalén –máximo representante palestino–
para no pecar de ingenuidad histórica volcando la balanza y la
responsabilidad de un solo lado). Un corte trágico se iniciaba, un
corte que volvía a confrontar, en el interior de la experiencia judía,
su núcleo tribal-nacional con su otro núcleo
cosmopolita-universalista.

3

Hace un par de años, sacudido por la guerra del Líbano escribí en este
mismo diario las siguientes líneas que quisiera volver a citar: "Toda
guerra es miserable y dolorosa; nada justifica la muerte de civiles,
la destrucción de ciudades, el horror del bombardeo permanente. Matar
en nombre de cualquier fe, religiosa o secular, es, siempre, un
crimen. El ejército israelí mata, Hezbolá mata, Hamas mata, Siria
mata, Irán mata, Estados Unidos mata... y la lista es mucho más larga,
casi inacabable, y atraviesa la geografía entera del planeta. La
guerra, en sus múltiples versiones y justificaciones, nos deja
desamparados en tanto que seres humanos, nos comunica con la crueldad
que llevamos muy dentro de nosotros. Por supuesto que no todas las
guerras son iguales, ni todas las muertes representan lo mismo. Ha
habido guerras inevitables, guerras brutales, guerras en nombre de la
libertad que acabaron por expandir la opresión, guerras contra el
totalitarismo, guerras de liberación nacional que expulsaron al
opresor para imponer otro régimen de dominación tanto o más cruel y
represivo. Israel no es la excepción, ni es la cenicienta de las
naciones ni es el diablo, ese monstruo en el que lo quieren convertir
algunos de nuestros progresistas. Israel ha librado distintas guerras,
ha matado y ha sufrido, ha intentado tejer la paz y también la ha
boicoteado, ha tenido en su interior voces ejemplares que llamaron y
lo siguen haciendo insistentemente a la concordia entre los pueblos,
que reclaman el derecho a un Estado palestino, y voces reaccionarias
que sueñan con el Gran Israel proyectado desde las escrituras bíblicas
y transformados, esos sueños, en delirios de dominación y destrucción.
Israel es un país complejo, abigarrado, pleno de contradicciones, sus
calles han sido y siguen siendo escenarios de debates políticos, de
manifestaciones de distinto tipo, de exigencias en nombre de la paz y
de la guerra". Hoy, cuando escribo estas otras líneas mi pesimismo ha
crecido indignado y hondamente dolido ante lo que el ejército israelí,
como fuerza de opresión, está haciendo con el pueblo palestino y esto
más allá de la excusa que se llama "Hamas" (que no representa los
valores democrático-humanistas que ha sabido cultivar ese pueblo
sufrido, que, antes bien, ha sido y sigue siendo un factor de
violencia en nombre de otras formas del fanatismo). Se trata, ahora,
en este preciso momento, de la supervivencia moral del pueblo y de la
sociedad israelí, que ha optado en su mayoría por cerrar los ojos ante
el sufrimiento del otro para cebarse en su propia ira profundamente
atravesada por el prejuicio, la intolerancia y el olvido de su propia
historia. Sin paz, sin derecho palestino a su Estado, sin abrir
Jerusalén como ciudad de la hospitalidad, todos, tarde o temprano, y
en especial los judíos, volveremos a ser extranjeros.


http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-117998-2009-01-11.html

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