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Asunto:[RedLuz] =?ISO-8859-1?Q?100_A=F1os_Onetti_=2F_=5BAurora_M=2E_Ocampo=5D_Onetti=3A_La_muj?= =?ISO-8859-1?Q?er_en_El_infierno_tan_temido?=
Fecha:Lunes, 2 de Febrero, 2009  20:05:20 (-0600)
Autor:Ricardo Ocampo <lacasadelared @.....com>

Onetti es el favorito de mi madre..http://aurora-m-ocampo.blogspot.com/

Fecha: 30 de enero de 2009 12:07:22 PM GMT-06:00
Asunto: [Aurora M. Ocampo Alfaro] Onetti: La mujer en El infierno tan temido

Mi literatura es una literatura de bondad.
J. C. ONETTI

La mujer en El infierno tan temido
Aurora M. Ocampo

Interesado en los problemas ontológicos, en los problemas del ser,
Juan Carlos Onetti pertenece a la corriente existencialista de la
narrativa iberoamericana que se localiza en el cono sur de nuestra
América; estos países, Argentina, Uruguay, Chile –los que menos
tradición prehispánica tienen– son los más europeizados del
Continente, y por eso mismo el problema de la identidad, común a toda
América Latina, en ellos se ha agudizado.
En alguna ocasión Juan Carlos Onetti comentó que toda su obra
literaria aspiraba a narrar "la aventura del hombre"; nada es más
cierto, pero no la aventura en el sentido más conocido del término:
acción, hazañas, viajes, sino la aventura existencial del hombre, el
anhelo de comunión con los demás seres y con lo que nos rodea.
Nuestra existencia es, en todas sus dimensiones, una confrontación
perenne de dos elementos heterogéneos: el hombre y su antagonista, ese
"otro" –que no es él mismo y lo envuelve y lo aprisiona– llamado
sociedad, circunstancias (contextos según Carpentier), prójimo,
naturaleza, mundo, universo o Dios. Esa dualidad o contraposición es
siempre una lucha, magnífico combate, cualesquiera sean las formas y
carices que adopte: angustia o alborozo, tragedia o comedia. Esta
polémica, que constituye la sustancia misma de que está hecha nuestra
vida, radica en la necesidad de que el hombre y lo que lo rodea
–extraños y heterogéneos entre sí– se hagan homogéneos, es decir, se
identifiquen. Y esta lucha, como decíamos, es el gran tema de la
narrativa de Onetti.
La empresa vital del hombre consiste, lo quiera o no, en afanarse en
identificar, en fundir el universo y su persona. Todas las dimensiones
de nuestra actuación se ocupan esencial y exclusivamente en esto. Pero
hay una que por ser la principal es a quien compete el rango supremo
en el repertorio de las actividades humanas, el conocimiento. El
conocimiento como la aprehensión del ser, de lo real por el
pensamiento, y una forma, un método de conocimiento es la narrativa
misma. Forma híbrida, como diría Sábato, porque participa de la razón
y de la intuición, del sujeto y del objeto, del consciente y del
subconsciente como todo arte, pero aún más complejo porque su
instrumento es el lenguaje, el cual tiene a su alcance todo el
conocimiento humano. "Mientras se creyó que la realidad debía ser
aprehendida por la sola razón, la literatura parecía relegada a una
tarea inferior, heredera vergonzante de la mitología y la fábula,
actividad tan adecuada a la mentira como la filosofía y la ciencia a
la verdad". Pero cuando se comprendió, después de la revolución
iniciada por Nietzsche y Schopenhauer, y continuada por Freud y los
surrealistas, que no toda la realidad era la del mundo físico, ni
siquiera la de las especulaciones sobre la historia o las categorías;
cuando se advirtió que también formaban parte de la realidad los
sentimientos y emociones, lo que se sueña y lo que se imagina,
entonces se concluyó que las letras eran también un instrumento de
conocimiento, uno de los más capaces de penetrar en el misterioso
territorio del hombre. De ahí que la soledad, el absurdo, la angustia,
la esperanza, la búsqueda del absoluto, el amor y la muerte sean los
temas perennes de toda gran literatura.
Pero es evidente que se ha necesitado esta crisis mundial de la
civilización en que vivimos, este principio de apocalipsis que ya
sufrimos para que los problemas eternos del ser adquirieran su
universal, su terrible y desnuda vigencia, y es Onetti uno de los
escritores contemporáneos que más hondo los toca. Fue él también uno
de los primeros en mostrar la sutil trama que vincula lo más profundo
de la subjetividad de un ser humano con lo más externo de la
objetividad y en opinar que el narrador debe tratar de dar la
descripción total de esa interacción. Los personajes de Onetti nos van
a ser revelados en su más profunda interioridad a partir de sus actos
y modales, de su apariencia física y de su conducta. En suma, la
realidad en Onetti no sólo es la externa de la que nos habla la
ciencia y la razón, sino también es ese mundo oscuro, infinitamente
más importante para la narrativa del uruguayo que el otro. Ya
Linacero, el protagonista de su primera novela corta, El pozo,
aspiraba a contar "la historia de un alma, de ella sola, sin los
sucesos en que tuvo que mezclarse, queriendo o no".
Onetti busca en el hombre su esencial condición humana, su misteriosa
relación con el mundo, intentando encontrar un sentido a su existencia
en la exploración despiadada de sus contradicciones, de sus abismos y
límites y en el enfrentamiento crucial del hombre con su otra
realidad: el ser humano del otro sexo; de ahí que uno de sus temas
fundamentales sea la mujer. Como el ser humano es el centro de su
reflexión narrativa, Onetti gusta analizarlo en dos de los momentos
más críticos de su vida: la madurez y la adolescencia.
El hombre es una realidad esencialmente insatisfecha de sí misma que
en esta sociedad de consumo en que vivimos siempre está deseando ser
otra cosa de lo que es. Ya vimos que el meollo de toda vida humana es
una ontológica nostalgia de "lo otro", que se traduce en una
permanente tensión de lo que no se es o de lo que se pudo haber sido,
o de lo que se intuye que se puede ser. Tanto más "sí mismo" llega a
ser el hombre cuanto más fiel permanezca al deber de "ser otro", en el
sentido de enriquecimiento espíritual, pues lo que diferencia
específicamente al hombre del resto de los seres vivos es que su
voluntad de vivir no se traduce sólo en la conservación de la vida,
sino también en su evolución espiritual, y este deseo de perfección
ético sólo se logra, para Onetti, mediante la vivencia del amor. Sólo
se podrá ser "otro", es decir mejor de lo que se es, en la medida en
que permanezcamos abiertos al "otro" y nos entreguemos generosamente a
su servicio, lo cual supone colaborar con él en su propio
enriquecimiento personal (en nuestro propio enriquecimiento
espiritual), ayudar al otro a ser otro.
Cada cuento de Onetti, cada novela, es un intento de explicarse, de
introducirse de lleno y para siempre en la vida, y el dramatismo de
sus ficciones deriva precisamente de una reiterada comprobación de que
todo le es ajeno, de la forzosa incomunicación que padece el
protagonista, y por ende, el autor, el propio Onetti, "es el fracaso
esencial de todo vínculo, el malentendido global de la existencia, el
desencuentro del ser con su destino". El ser humano difícilmente logra
la unión con el mundo, por lo general nuestro problema es precisamente
ése. No podemos introducirnos en la vida. De esa carencia arranca,
paradójicamente, en los protagonistas de la narrativa de este
extraordinario escritor, otro camino, otra posibilidad muy bien
observada en los seres humanos, la de crear un ser imaginario, un otro
yo que se confunde con sus existencias. Un ejemplo es la creación de
Brausen: Díaz Grey, en La vida breve. En "Un sueño realizado", ya no
es la intrusión de la imaginación o del sueño en la vigilia, sino la
realidad forzada a seguir los pasos del sueño. La protagonista, una
rechazada que no pudo introducir su soledad en la vida de los otros,
ha sentido sólo en un sueño lo que es ternura, comunicación, de ahí
que quiera verlo representado, realizado, y morir después.
En la entraña de sus cuentos, sólo aparentemente duros y cínicos,
agresivos en muchos casos, como gritos desesperados en busca de amor,
encontramos en los personajes de Onetti una sensibilidad que se
resiste a aceptar que la vida sea sólo corrupción y sordidez, y
vuelven empecinados la cara hacia el recuerdo de una frescura, como la
protagonista del cuento antes citado, o el de "la cara de la
desgracia", para el que fue suficiente un momento pleno de realización
amorosa, para no importarle nada después, ni siquiera que lo acusen de
asesinato. El hombre, para el escritor uruguayo, debe cuidar de sí
mismo, debe buscar y salvar sus propias esencias; todo esto se
convierte en un rígido imperativo moral, puesto que tenemos la
obligación, el deber de conservar lo único que nos ha sido otorgado,
nuestro propio ser, "...cuando estamos a un paso de aceptar que, en
definitiva, sólo uno mismo es importante, porque es lo único que nos
ha sido indiscutiblemente confiado".
Decíamos que a Onetti le interesa el ser humano, sobre todo en esa
segunda crisis de su existencia, que se localiza alrededor de los
cuarenta años, edad en que el hombre común y corriente se encuentra
fatigado y lleno de desaliento porque no ha logrado realizarse. Es una
especial etapa en que los seres humanos, en medio de la sociedad
mercantilista de nuestra época, nos detenemos a reflexionar y nos
sentimos vacíos, deshabitados, convertidos en mecánicas formas de
vida, en donde lo cotidiano se ha transformado en implacable rutina.
Momento crucial en que se nos hace patente que estamos agotados de
representar papeles en la vida que, en cierta forma, nos obligan e
imponen los demás, cansados de colocarnos diversas máscaras que
creemos nos ayudan a ubicarnos en circunstancias diversas. En fin, la
época en que nos damos cuenta que ha llegado el momento de realizar un
rastreamiento profundo de nuestra realidad subjetiva, de llevar a cabo
una reflexión ontológica para vislumbrar nuestro destino, detenernos,
por fin, a pensar en cada uno de nosotros como en "un amigo al que no
se ha prestado nunca la debida atención y al que, tal vez, sea posible
ayudar".
Onetti piensa que el hombre a lo largo de toda su existencia puede
vivir muchas vidas, multiplicándose y transformándose en otro sujeto
con otras características que lo impulsen a seguir actuando dentro de
una realidad concreta, lo único latente e inmutable es su alma, su
espíritu. "Es otra cosa, nos dice, es que la gente cree estar
condenada a una vida, hasta la muerte. Y sólo está condenada a un
alma, a una manera de ser. Se puede vivir muchas veces, muchas vidas
más o menos largas".
Esta capacidad de pluralización de vidas es en cierto modo una
búsqueda de la salvación de sí mismo, se busca la salvación en cada
posibilidad de ser.
Es también de gran importancia, para entender la narrativa de Onetti,
ahondar un poco en el concepto que éste tiene de la soledad, o sea
cómo concibe el narrador este aislamiento existencial que el hombre
suele asumir, por lo general, con angustia y desesperanza. Para Onetti
la soledad es una circunstancia vital que cada ser humano debe aceptar
en sí misma para después superarla íntegramente. Lo mismo dice acerca
de la tristeza, es decir, el ser humano debe tener conciencia de ella,
reconocerla, amarla, comprenderla, merecerla, para quedar libre de la
amargura y la desilusión. Así pues, tanto la soledad como la tristeza
cumplen su función en tanto que nosotros nos entregamos a ellas con el
objeto de trascenderlas. La soledad es también una manera de
encontrarnos a nosotros mismos, de descubrir ciertos rostros ocultos
que permanecen silenciosos en nuestra realidad subjetiva. El hombre
que se encuentra solo tiene la posibilidad de desnudarse a sí mismo,
mirando y cuestionando cada una de las facetas que le proporciona su
ser esencial. La soledad es, por tanto, un momento de autoconfesión,
un encuentro con la verdad, un enfrentamiento con lo radicalmente
auténtico, como en el caso de Risso, del cuento "El infierno tan
temido", que veremos a continuación. A pesar de que todo lo que
venimos diciendo se puede aplicar a la mayoría de la obra narrativa de
Onetti, es el cuento de Risso y Gracia –uno de los más hermosos y
complejos de este increíble narrador– al que están referidos
especialmente los conceptos anteriores. Buscamos con ello entender
mejor el papel que juega la protagonista en dicho texto. En él son
visto, aún más nítida y profundamente, lo que intuye el escritor de la
mujer y del amor, del hombre maduro y de la incomunicación, de lo que
somos y de lo que nos obligan y nos obligamos a aparentar ser.
Analizar este cuento equivale a hundirse en la médula del estilo y de
las preocupaciones de Onetti, de sus obsesiones y de sus
deslumbramientos, en pocas palabras, del infierno de su subconsciente.
La anécdota del cuento es la historia de un periodista de cuarenta
años, Risso, viudo con una hija, que se enamora de una joven actriz de
teatro, llamada Gracia César, de sólo veinte años de edad. La relación
los complementa, se casan y son felices hasta... Pero lo que nos
importa de este relato no es resumir la trama, ya todos la conocen,
sino analizar la actuación de la mujer, su importancia, la enorme
distancia que existe entre ella y los demás personajes femeninos de la
narrativa de Onetti. Gracia escapa a la despersonalización que
convierte en arquetipos o simplemente instrumentos del hombre a la
mayoría de las mujeres en la obra del uruguayo. Risso, que no deja de
ser el característico personaje onettiano, busca convertir a Gracia en
el objeto pasivo de su "enloquecida necesidad de absolutos" y por ello
"creyó que bastaba con seguir viviendo como siempre, pero dedicándole
a ella, sin pensarlo, sin pensar casi en ella, la furia de su
cuerpo..." (p.109). Pero Gracia, adoptando una actitud activa en la
relación amorosa, excepcional en una protagonista onettiana, "imaginó
en Risso un puente, una salida, un principio" (p. 109). Hizo planes y
los cumplió, porque estaba segura de la infinitud del universo del
amor, "segura de que cada noche les ofrecería un asombro distinto y
recién creado" (p. 112); "...ilusionada por la esperanza de convencer
y ser comprendida" (p. 109), decidida a descubrir "intensidades de la
curiosidad", porque "sólo se vive de veras cuando cada día rinde su
sorpresa" (p. 111). Esta diferencia de actitud entre Risso y Gracia va
a ser la causa de su separación. Risso "es un hombre hecho, es decir,
deshecho", un animal de costumbres, estático y repetitivo,
malconformado por la sociedad. Gracia, por el contrario, representa a
la mujer joven llena de inventiva y entusiasmada con la búsqueda
"resuelta y exclusiva de la dicha" (p. 109) y de su realización como
ser humano. Así, cuando ella por su trabajo se va de gira, Risso, en
su ausencia, trata de "copiar... la vida que había llevado con Gracia
César durante los seis meses del matrimonio". Ella, en cambio, busca
agregar algo, inventar una "nueva caricia" para Risso, hecho que
desmiente la afirmación de Aínsa, de que la mujer para Onetti es "un
ser naturalmente incapacitado para entender la fantasía".
El amor para Gracia es una forma de vida llena de asombro y eterna
sorpresa, en tanto que para Risso es una locura que carece de futuro y
de trascendencia. Desde el inicio de sus relaciones, Gracia vive
acorde con lo que siente y espera, vibrando al unísono con lo que la
rodea, deseosa de atenuar la tristeza del hombre viudo, del que
adivinó que estaba amargado pero no vencido. Risso, en cambio, se
limita a repetir fórmulas vacías. De nada vale que intente cambiar y
repita que todo puede suceder, ya sea que invente Dios o ellos mismos
y que seguirán queriéndose: "Nada de lo que ellos hicieran o pensaran
podría debilitar la locura, el amor sin salida ni alteraciones. Todas
las posibilidades humanas podían ser utilizadas y todo* estaba
condenado a servir de alimento" (p. 115). Cuando algo de ese todo
sucede él responde, siguiendo los esquemas tradicionales que su
sociedad le ha impuesto, rechazándola con "una sonrisa inteligente, un
comentario que la mezclaba a ella con todas las demás mujeres. Y sin
comprender; demostrando a pesar de noches y frases que no había
comprendido nunca" (p. 113).
Gracia sintetiza en un personaje de tres dimensiones los tres
arquetipos femeninos de Onetti: la muchacha, la mujer y la prostituta.
Es la virgen de veinte años cuando se casa con Risso, el clásico
cuarentón que le enseña todos los caminos de la sexualidad y la
convierte en mujer, término ambivalente para los personajes masculinos
onettianos, tan ambivalente, que por su misma incapacidad para aceptar
a una verdadera mujer, Risso, al haberla apartado para siempre con un
insulto desvaído, la convierte en prostituta. Sin embargo, es Risso
mismo, en su camino hacia la redención a que lo obliga su exmujer con
el envío de las fotografías, el que se da cuenta que "la mujer
desnuda, un poco más gruesa, con cierto aire de aplomo y de haber
sentado cabeza, que le hacía llegar fotografías desde Lima, Santiago y
Buenos Aires" (p. 118), era la misma "muchacha que había planeado,
muchos meses atrás, vestidos, conversaciones, maquillajes, caricias a
su hija para conquistar a un viudo aplicado al desconsuelo..." (p.
117). "Había empezado a creer que la muchacha que le había escrito
largas y exageradas cartas en las breves separaciones veraniegas del
noviazgo era la misma que procuraba su desesperación y aniquilamiento
enviándole las fotografías" (pp. 117-118).
Dejando a un lado las excelencias estilísticas y estructurales que tan
bien han advertido los críticos y que hacen que el cuento sea, me
interesa dejar aquí asentada una nueva interpretación de este texto
que ya he venido sugiriendo líneas arriba.
Es indudable que Risso, a medida que le van llegando los sobres va
evolucionando poco a poco y transformándose en "otro" ser humano, a
través del crisol del sufrimiento representado por el dolor de ver a
Gracia en las fotografías con un hombre diferente cada vez, en
posturas que aluden a momentos de amor pasados a su lado. Esto va a
permitirle, al final del relato, alcanzar una verdadera e integral
comprensión, al lograr la iluminación de la que nos hablan los
místicos y todas las filosofías esotéricas.
Risso, al principio de la historia, tiene todas las características
del personaje masculino de Onetti, un hombre en la edad crítica de los
cuarenta años, atrapado en la monótona existencia de un periodista
enajenado por prejuicios y costumbres repetidas durante años y que no
tiene otra vía de escape que la muy lejana de volverse a enamorar y la
de crear fantasías para aliviar una realidad muy pobre. Cuando sucede
el milagro y se encuentra a una verdadera muchacha-mujer como Gracia,
capaz de seguirlo en las más extravagantes fantasías eróticas y de
realizar, no soñar, todo lo que él está acostumbrado a hablar y no a
hacer, simplemente no la entiende. Su reacción, como ya vimos, es la
de cualquier hombre común y corriente de nuestra sociedad machista,
como la que hubiese tenido cualquiera de los habitantes masculinos de
Santa María.
La traición es de Risso, no de Gracia, tanto lo falso de sus
juramentos de amor: "todo puede suceder...", "todo sería para ellos",
"todo estaba condenado a servir de alimento" como "el haberla apartado
para siempre con un insulto desvaído": la sonrisa "inteligente" que no
le permitió a Gracia explicarle que "el suceso no estaba separado de
ellos y a la vez nada tenía que ver con ellos; porque había actuado
como un animal curioso y lúcido, con cierta lástima por el hombre, con
cierto desdén por la pobreza de lo que estaba agregando a su amor por
Risso" (pp. 115-116).
Una vez divorciado de Gracia, vuelve a manifestarse en Risso la doble
moralidad del hombre latinoamericano: sabe que necesita a Gracia,
ahora más que antes y que es necesaria la reconciliación, pero incapaz
de ser leal consigo mismo, estaba dispuesto a "pagar cualquier precio"
siempre y cuando "no interviniera su voluntad, siempre que fuera
posible volver a tenerla por las noches sin decir sí ni siquiera con
su silencio" (p. 116).
Risso necesita a Gracia pero su orgullo y la pesada tradición
judeo-cristiana le impiden ir a buscarla, entonces la cosifica, la
necesita sí, pero sólo por las noches, hacerla sólo el objeto de su
frenética lujuria, del desahogo de su enloquecida necesidad de
trascender, la quiere poseer, no amar, no se da cuenta que necesita
también comprenderla. Otra forma de escape, muy onettiana, recordemos
El pozo, es imaginar a Gracia como a una desconocida y tener con ella
un nuevo encuentro:

…comenzó a imaginarla como a una mujer desconocida, cuyos gestos y
reacciones debían ser adivinados o deducidos; como a una mujer
preservada y solitaria entre personas y lugares, que le estaba
predestinada y a la que tendría que querer, tal vez desde el primer
encuentro (p. 117).

El amor se transforma, como en casi todos los amantes onettianos, en
imaginación y recuerdo, en ficción que se evade ante la imposibilidad
de enfrentarse con la realidad:

...Risso volvía caminando del diario, del café, dándole nombres a la
lluvia, avivando su sufrimiento como si soplara una brasa, apartándolo
de sí para verlo mejor e increíble, imaginando actos de amor nunca
vividos para ponerse en seguida a recordarlos con desesperada codicia
(p. 117).

Y es a partir de este momento en que Risso ha vuelto a su vida
rutinaria, sin Gracia, un Risso reintegrado a la "familiar felicidad"
de producir frases periodísticas, cuando al recibir la primera
fotografía se inicia la transformación:

Vio por sorpresa, no terminó de comprender, supo que iba a ofrecer
cualquier cosa por olvidar lo que había visto (p. 108).

Risso reacciona ante lo que lo enfrenta a sí mismo, como todos los
humanos, evadiéndose, tratando de olvidar y, en su caso, de inmediato
pretende, otra vez, como una forma de defensa, mezclar a Gracia con el
común de las mujeres:

Es una mujer, también ella... todo va a ser más fácil si me convenzo
de que también ella es una mujer (p. 108).

Sin embargo, la segunda fotografía abate la primera defensa tras de la
que se agazapa Risso y se inicia el descenso al infierno tan temido,
el que llevamos en el fondo de nosotros mismos:

...temió, sobre todo, no ser capaz de soportar un sentimiento
desconocido que no era ni odio ni dolor, que moriría con él sin
nombre, que se emparentaba con la justicia y la fatalidad, con el
primer miedo del primer hombre sobre la tierra, con el nihilismo y el
principio de la fe (p. 110).

Al recibir esta segunda carta, Risso busca primero restarle
importancia, en un desesperado esfuerzo por evadir la realidad, para
luego admitir que está solo y que se está muriendo de frío "en una
pensión de la calle Piedras, en Santa María, en cualquier madrugada",
solo y arrepentido de su soledad, "como si la hubiera buscado,
orgulloso como si la hubiera merecido" (p. 110).
En esta fase de la evolución de Risso encontramos todavía el orgullo
que lo hace sentirse capaz de "comprender la totalidad de la infamia",
pero también la humildad con que acepta no ser digno de "tanto odio,
de tanto amor, de tanta volundad de hacer sufrir" (p. 111).
La tercera fotografía le llega cuando despierta de un sueño que le
aconseja, siguiendo sus viejos mecanismos de defensa, en contra "del
pavor y la demencia", conservar "toda futura fotografía en la cartera
y hacerla anecdótica, impersonal, inofensiva, mediante un centenar de
distraídas miradas diarias" (p. 112). Contrastando con el sueño, la
realidad, paradójicamente, parece verdadera pesadilla: "...estuvo
mirando [al sobre que le entrega la mucama] desde la cama como a un
insecto, como a un animal venenoso que se aplastara a la espera del
descuido, del error propicio" (p. 112). Risso no sigue el consejo
ofrecido por su sueño, sino que sigue la senda de su transformación y
trascendiendo su egoísmo, experimenta, por primera vez, un sentimiento
universal: "sólo tenía ahora, una lástima irremediable por ella, por
él, por todos los amantes que habían amado en el mundo, por la verdad
y error de sus creencias, por el simple absurdo del amor y por el
complejo absurdo del amor creado por los hombres" (pp. 112-113).
El dolor permite a Risso identificarse con los demás, con lo que da un
gran paso en su evolución espiritual y, al mismo tiempo, intuye su
propio destino: "...supo que le sería imposible mirar otra
[fotografía] y seguir viviendo" (p. 113). "Y llegó a pensar que,
siempre, el amante que ha logrado respirar en la obstinación sin
consuelo de la cama el olor sombrío de la muerte, está condenado a
perseguir –para él y para ella– la destrucción, la paz definitiva de
la nada" (p. 118).
Risso, en efecto, no vuelve a mirar otra foto, pero para su proceso de
cambio le basta con el asedio incansable a que lo somete Gracia con la
llegada de los sobres, a los que, con una imaginación e intuición
extraordinarias, sabiendo que Risso acabaría por romperlos sin mirar
las fotografías, hace llegar ahora a sus amigos. Esto lo va sumiendo
cada vez más hondo en el pozo de su propio infierno, hasta lograr
hacerlo sentir como un animal acorralado:

Se sentía... como una alimaña en su madriguera, como una bestia que
oyera rebotar los tiros de los cazadores en la puerta de su cueva.
Sólo podía salvarse de la muerte y de la idea de la muerte forzándose
a la quietud y a la ignorancia. Acurrucado, agitaba los bigotes y el
morro, las patas; sólo podía esperar el agotamiento de la furia ajena
(p. 117).

Risso tiene ahora sólo dos caminos, la nada de la muerte o la
salvación por medio del amor. Sólo así, despojado de la voluntad y la
razón, del orgullo y la soberbia del ser humano, humilde y entregado
al dolor en el silencio total de su quietud, "sin permitirse palabras
ni pensamientos", es cuando empieza a entender:

...por qué no aceptar que las fotografías, su trabajosa preparación,
su puntual envío, se originaban en el mismo amor, en la misma
capacidad de nostalgia, en la misma congénita lealtad (p. 118).

La próxima fotografía encuentra a Risso con la sensibilidad tan a flor
de piel, que antes de que Lanza se la entregase ya sabía que éste la
traía en el bolsillo, porque el viejo español "estaba impregnado de
Gracia, o del frenético aroma absurdo que destila el amor" (p. 118), y
aunque "sentía su largo cuerpo expuesto como un nervio al dolor del
aire, sin amparo, sin poderse inventar un alivio" (p. 119), aún tiene
que recibir una fotografía más para alcanzar la comprensión total, la
identificación con el mundo, pues todavía ante este sobre que Lanza le
pide romper sin enseñárselo, Risso cree que esta "segunda desgracia,
la venganza, era esencialmente menos grave que la primera, la
traición, pero también mucho menos soportable" (p. 119).
La fotografía mandada a la abuela de su hija lleva a Risso al fondo
del pozo del dolor y del sufrimiento –al percatarse que la traición es
de él y no de Gracia– y, simultáneamente, a la comprensión total:

Volteado en su cama, Risso creyó que empezaba a comprender, que como
una enfermedad, como un bienestar, la comprensión ocurría en él,
liberada de la voluntad y de la inteligencia. Sucedía, simplemente,
desde el contacto de los pies con los zapatos hasta las lágrimas que
le llegaban a las mejillas y al cuello. La comprensión sucedía en él,
y él no estaba interesado en saber qué era lo que comprendía, mientras
recordaba o estaba viendo su llanto y su quietud, la alargada
pasividad del cuerpo en la cama, la comba de las nubes en la ventana,
escenas antiguas y futuras. Veía la muerte y la amistad con la muerte,
el ensoberbecido desprecio por las reglas que todos los hombres habían
consentido acatar, el auténtico asombro de la libertad (p. 120).

Cuando el sufrimiento llega a su clímax, la paulatina transformación
de Risso da el salto cualitativo y el protagonista alcanza la
iluminación. Vemos cómo la comprensión es con todo su ser, con todo su
cuerpo y sin intervención de la inteligencia, razón o voluntad
consciente. Ese vacío y quietud que piden todas las filosofías
esotéricas como necesarias para llegar a la conciencia universal, a la
unión con el todo, se da en Risso como demuestra la cita anterior, y
logra, con ello, el acceso al conocimiento de sí mismo. Este
conocimiento trae como consecuencia, primero, un renacimiento: "Sintió
después el movimiento de un aire nuevo, acaso respirado en la
niñez...", "...actuó con torpezas de recién nacido, cumplió su cuota
de cuartilla con las distracciones y errores que es común perdonar a
un forastero" (p.120) y, segundo, la revelación del significado
profundo de la mayor enseñanza que haya recibido el ser humano a lo
largo de toda su historia, la única que puede salvarlo: el amar a su
prójimo como a sí mismo:

...lo invadió por primera vez un paternal cariño hacia los hombres y
hacia lo que los hombres habían hecho y construido. Había resuelto
averiguar la dirección de Gracia, llamarla o irse a vivir con ella (p.
120).

El desenlace final de la última página, que muchos han querido ver
como la clave para entender el suicidio de Risso, es sólo la opinión
de Lanza, que como todos los habitantes de Santa María no están libres
de los miedos, prejuicios y costumbres que enajenan aún a nuestra
sociedad contemporánea: ¿cómo era posible que Risso se hubiese
equivocado, "él, y no la maldita arrastrada que le mandó la fotografía
a la pequeña, al Colegio de Hermanas. Tal vez pensando que abriría el
sobre la hermana superiora, acaso deseando que el sobre llegara
intacto hasta las manos de la hija de Risso, segura esta vez de
acertar en lo que Risso tenía deveras vulnerable"?

Puede haber muchas explicaciones para tratar de entender la conducta
de Risso y su tremenda decisión final, tantas como lectores tenga el
cuento, de ahí su riqueza y complejidad. Mas notemos que Onetti ante
tan difícil situación decide establecer una distancia, abandona tanto
el punto de vista omnisciente como la segunda personal del plural, y
deja que un tercero nos informe de ella: "Porque ya me había dicho que
iba a matarse y ya me había convencido de que era inútil y también
grotesco y otra vez inútil argumentar para salvarlo". "El se había
equivocado, y no al casarse con ella sino en otro momento que no quiso
nombrar. La culpa era de él y nuestra entrevista fue increíble y
espantosa". ¿Por qué, nos volvemos a preguntar, por qué se suicidó
Risso? ¿Sentía su falta tan enorme que se autocastigó de esa espantosa
manera? ¿Consideró que era ya demasiado tarde intentar reunirse con
Gracia? ¿Que su ex esposa al no tener noticias suyas había llevado el
deseo de hacerle comprender, hasta aniquilarse moralmente?, ¿hecho que
se comprobaba al haberle mandado una fotografía a su hija? ¿O será,
como dice Lucien Mercier, que cada fotografía obscena mandada por
Gracia remitía a Risso a una imagen de su anterior existencia con
ella, de modo que esas fotografías eran las imágenes de su propio
pasado y con ellas surgía la evidencia de que la obscenidad es una
región escondida y peligrosamente arrojada a la luz de su propia
personalidad? El relato, así, se nos aparece como la evocación de esas
zonas oscuras y horribles del alma, del infierno de nuestra
subconciencia, de nuestro egoísmo y de nuestra lujuria, para cuya
visión no estamos preparados... Pero, Risso había ya alcanzado la
comprensión total, ¿entonces? Todavía podemos dar una vuelta de tuerca
más, podemos pensar también que Risso habíase dado cuenta de que esa
"obscenidad" había sido enseñada a una "joven pura", la Gracia de
veinte años. Su doble moral saltábale ahora a la vista y de hombres
como él estaba rodeada su hija... Pero, volvemos a insistir, Risso
habíase ya dado cuenta de todo esto ¿es posible entonces que la última
fotografía, la enviada a su hija, destruyera en un minuto su
transformación? "¿Un hombre que había estado seguro y a salvo y ya no
lo está, y no logra explicarse cómo pudo ser, qué error de cálculo
produjo el desmoronamiento"? (p. 121). Estoy segura de que si se lo
hubiese preguntado al autor tampoco lo habría sabido.

Fuente: http://aurora-m-ocampo.blogspot.com/

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Publicado por Ricardo Ocampo para Aurora M. Ocampo Alfaro el 1/30/2009
08:53:00 AM

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