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Asunto:[RedLuz] Nexus Institut
Fecha:Jueves, 26 de Noviembre, 2009  21:26:10 (-0600)
Autor:Red de Consciencia <lacasadelared @.....com>



LETRAS LIBRES /  (De click para agrandar)
ENERO DE 2009

Rob Riemen

por Ricardo Cayuela Gally

Pdf

El Nexus Institut de Tilburg, Holanda, es probablemente el think tank m√¡s serio y activo de Europa. Por sus aulas y salones de conferencias han pasado, entre otros, Mark Lilla, Roberto Calasso, Leszek Kolakowski, Avishai Margalit, Ian Buruma, J.M. Coetzee, George Steiner y Mario Vargas Llosa. El pasado mes de noviembre su director, el fil√≥sofo e intelectual holand√©s Rob Riemen, estuvo en M√©xico, invitado por la editorial El Equilibrista, para presentar su libro Nobleza de esp√≠ritu, un alegato, de la mano de Thomas Mann, a favor de la cultura humanista en Europa y contra sus enemigos, tanto abiertos como enmascarados. La presente conversaci√≥n tuvo lugar en su suite del hotel Four Seasons de Paseo de la Reforma, espejo ligeramente distorsionado de la realidad nacional.

 

‚óŹ

 

El siglo XX es el siglo de la ‚Äútraici√≥n de los intelectuales‚ÄĚ. Creo que tu libro es un alegato sobre el papel que los intelectuales deben tener en el mundo moderno. Querr√≠a empezar con una pregunta como de abogado del diablo. En tu libro dices que la esencia del trabajo intelectual es el amor al lenguaje, que equivale al amor a la verdad; ¬¿c√≥mo juzgar en ese sentido a C√©line y Drieu La Rochelle, por un lado, y por otro a Aragon y Neruda? ¬¿No hicieron grandes obras art√≠sticas independientemente de que traicionaran la verdad? ¬¿C√≥mo juzgas este legado?

Es una excelente pregunta. Creo que debemos tomar en cuenta lo siguiente: es cierto que hago la conexi√≥n entre lenguaje y verdad, y afirmo que el lenguaje po√©tico en su m√¡s alta forma ofrece o presenta cierta verdad, cierto significado. Este es un fen√≥meno quintaesencial, es decir: si el lenguaje ya no representa el significado, estamos perdidos. Si el lenguaje en su peor forma es s√≥lo caparaz√≥n, charla vac√≠a en torno a nada, entonces perdemos la comprensi√≥n profunda del significado de las palabras. Ahora bien, tu pregunta es qu√© hacer con esos escritores, esas personas con el don de la palabra, que usan el lenguaje para presentar un mundo determinado y cuya empresa resulta hasta cierto punto in√ļtil. Tienes toda la raz√≥n: C√©line escribi√≥ grandes novelas. Pero una de las cosas que descubri√≥ Thomas Mann, y esa fue su primera reacci√≥n ante la politizaci√≥n de la inteligencia, es que en el arte est√¡ presente el demonio de la mentira. Hablamos de C√©line pero tambi√©n podr√≠amos hablar de Dostoievski, cuyas opiniones pol√≠ticas eran, dig√¡moslo as√≠, horribles; no creo que a ninguno de nosotros le hubiera gustado vivir en el mundo pol√≠tico de Dostoievski, y sin embargo es uno de los grandes novelistas de la historia.

 

A caballo entre el nihilismo y la religión.

En efecto, pero debemos aceptar que hay una diferencia fundamental entre la creaci√≥n incesante de mentiras ‚Äďno mentiras en la acepci√≥n moral, sino mediante el uso de un lenguaje sin sentido, como hacen los medios masivos de comunicaci√≥n, que vac√≠an las palabras de significado‚Äď y esa franja del mundo del arte que nos presenta los rincones m√¡s oscuros del alma humana. C√©line dio un paso m√¡s all√¡, sac√≥ conclusiones pol√≠ticas de diversos asuntos, al igual que Drieu La Rochelle, pero ambos dir√≠an que deber√≠amos apreciarlos por indagar en el lado oscuro del hombre, y estar√≠an en todo su derecho. Thomas Mann tambi√©n lo se√Īal√≥: necesitamos el modo en que Tolst√≥i crey√≥ en las cosas m√¡s bellas y nobles, pero necesitamos tambi√©n al poeta enfermo que nos puede presentar el rostro demoniaco de nuestra naturaleza. Wagner es otro ejemplo perfecto. Mi tesis, as√≠, es que la verdad puede ser tambi√©n una verdad oscura, la verdad puede ayudarnos a aclarar la oscuridad de nuestra condici√≥n. En este aspecto, artistas como Dostoievski o Wagner tuvieron un papel central.

 

Es como si el mundo del arte tuviera una lógica propia, distinta a la de la razón.

Por supuesto: para eso existe el arte. Hay una famosa frase de Wittgenstein que me gusta citar: ‚ÄúSentimos que, aun cuando todas las posibles cuestiones cient√≠ficas hayan recibido respuesta, nuestros problemas vitales todav√≠a no se habr√¡n rozado en lo m√¡s m√≠nimo.‚ÄĚ Esa es la raz√≥n: lo sab√≠an Wittgenstein y Pascal, Thomas Mann y Joseph Brodsky. La raz√≥n es esencial, aunque es s√≥lo una parte de la vida. Pero nos refer√≠amos a los artistas con los que no coincidimos pol√≠ticamente porque se volvieron un instrumento de la ideolog√≠a: ese fil√≥n no tiene por qu√© hablar de la calidad del arte que produjeron.

 

Es como si el problema no radicara en la creaci√≥n del arte en s√≠ mismo, sino en el papel p√ļblico que el artista tiene en la sociedad. Quiero decir: C√©line escribi√≥ novelas que nos muestran el lado oscuro del alma humana y que tienen una gran importancia, pero el papel que adopt√≥ al apoyar al partido nazi es execrable.

Ese es uno de los motivos por los que, en una parte de mi libro, coincido por completo con Thomas Mann en t√©rminos del papel que representan los intelectuales. Mann descubri√≥ que los intelectuales s√≠ tenemos una responsabilidad con la sociedad, que debemos estar enterados e informados de lo que ocurre en el mundo de la pol√≠tica y de lo que publica la prensa. No podemos desatenderlo, no podemos decir: ‚ÄúEso es s√≥lo para pol√≠ticos, yo quiero seguir leyendo grandes novelas.‚ÄĚ Tenemos, insisto, una responsabilidad. Pero hay una diferencia fundamental entre aceptar que debemos atender lo que sucede a nuestro alrededor y volvernos sus cr√≠ticos en el sentido griego de la palabra. Debemos ser capaces de hacer distinciones y se√Īalar desde nuestra distancia: ‚ÄúDe acuerdo, el se√Īor presidente puede decir esto y lo otro, pero es una mentira; quiz√¡ no hay nada que hacer, pero est√¡ mintiendo‚ÄĚ, en lugar de volvernos parte del sistema pol√≠tico. No estoy criticando la pol√≠tica: el hecho de ser un pol√≠tico conlleva un gran honor pero es un papel distinto. Y cuando los intelectuales se convierten en ide√≥logos o pol√≠ticos, renuncian a su devoci√≥n por la verdad a favor del juego del poder.

 

Esa es la ense√Īanza central del siglo XX: los intelectuales cometieron un terrible error al convertirse en ide√≥logos. Aunque, claro, no todos: tenemos, por ejemplo, a Camus y a Orwell.

As√≠ es, aunque Camus tuvo su gran momento cuando abandon√≥ la pol√≠tica. Mi problema con buena parte del mundo de los intelectuales ‚Äďy por eso invent√© la figura del sacerdote fascista‚Äď es que algunos han creado sus propias capillas con un evangelio propio que predican constantemente, y si no eres parte de ese evangelio o no crees en √©l te conviertes en un hereje que debe ser fusilado o crucificado. Y esto ocurre en la derecha, en la izquierda, por doquier. Ahora bien, como Camus anota en El hombre rebelde, la esencia de toda sociedad civilizada es el arte de la conversaci√≥n, pero por desgracia nos hemos deslizado hacia una sociedad donde s√≥lo hay gritos e insultos: basta encender la televisi√≥n para constatarlo. Cada vez hay menos lugares en el √¡mbito intelectual donde la gente puede tener un desacuerdo profundo y a la vez respetuoso.

Los propios intelectuales han renunciado a la pol√©mica razonada sobre ideas dis√≠miles, al hecho de que la mejor idea es la que debe prevalecer, y para saber cu√¡l es la mejor hay que confrontar diversas ideas, una cuesti√≥n que ya hab√≠a planteado John Stuart Mill y que se relaciona con la traici√≥n de los intelectuales: nos sentimos tan relegados a una esquina que cultivamos una especie de resentimiento. Hay varios hechos obvios: para empezar, la √©poca de Alexis de Tocqueville y Chateaubriand ha terminado. En un escenario pol√≠tico diferente podr√≠amos tener ese tipo de intelectual consagrado √ļnicamente a generar ideas, pero en la democracia resulta mucho m√¡s dif√≠cil. Amigos como Michael Ignatieff, Mario Vargas Llosa, Jorge Sempr√ļn y Luc Ferry, entre otros, han ca√≠do en la tentaci√≥n de la pol√≠tica por diversos motivos. Pero, como ya dije, la pol√≠tica es un arte distinto: los intelectuales en general no poseen esa habilidad. El intelectual debe estar comprometido con el mundo de la pol√≠tica pero s√≥lo como intelectual: si desea representar el papel que le ata√Īe, si desea ser eficaz e incluso influyente, debe permanecer fuera de la pol√≠tica.

 

Quiero seguir como abogado del diablo. En tu libro hay una expl√≠cita y emocionante defensa de S√≥crates, pero hay que tomar en cuenta que la Atenas de Pericles estaba en guerra y en peligro. ¬¿No es justamente el papel que tuvieron ciertos intelectuales contempor√¡neos en el 11-S, cuando, pese al peligro que enfrentaba Estados Unidos, siguieron critic√¡ndolo?

No creo que haya conexi√≥n alguna entre S√≥crates y nuestros colegas intelectuales. En mi opini√≥n ‚Äďbueno, no s√≥lo es mi opini√≥n: la vimos tambi√©n en Le Monde, en London Review of Books, en todas partes‚Äď, era innecesario hallar una justificaci√≥n a la matanza de tres mil personas inocentes. Es decir: S√≥crates nunca justific√≥ un solo asesinato, su √ļnico compromiso era con la verdad y estuvo dispuesto a morir por ella. Esto es muy distinto al intelectual que est√¡ sentado c√≥modamente en su escritorio, sin ninguna responsabilidad y sin correr riesgo alguno, y se dedica a escribir cosas est√ļpidas como: ‚ÄúQuiz√¡ no es muy bonito matar a tres mil personas, pero uno debe comprender que bla, bla, bla.‚ÄĚ De modo que, insisto, no hay relaci√≥n alguna entre S√≥crates y los intelectuales contempor√¡neos. Al contrario: S√≥crates critic√≥ su propia sociedad porque esta perd√≠a terreno y ya no ten√≠a inter√©s en la verdad y pasaba el tiempo dedicada a asuntos triviales como ganar dinero; esto fue lo que dijo cuando tuvo que defenderse. Lo que nuestros colegas intelectuales argumentan hasta el cansancio es un error terrible; no se puede hacer una cr√≠tica leg√≠tima, absolutamente esencial y necesaria de lo que ocurre hoy en Occidente sin tomar en cuenta un factor de mucho mayor peso: la diferencia moral entre el bien y el mal.

Escrib√≠ el ‚ÄúPreludio‚ÄĚ de Nobleza de esp√≠ritu porque la Universidad de Yale acept√≥ mi libro, entonces quer√≠a narrar una historia muy personal, de mi estancia en Nueva York poco despu√©s del 11-S. Tu trabajo, el m√≠o, el de nuestros colegas, se basa en un principio de fe: la cultura es importante. Importa que la gente lea libros, oiga m√ļsica, piense, vaya a la √≥pera o al teatro: la cultura es fundamental. Ahora bien, ¬¿c√≥mo podemos seguir viviendo de acuerdo con este principio si varios de los m√¡s grandes intelectuales ‚ÄďSusan Sontag, Norman Mailer, Dario Fo‚Äď, que son extremadamente agudos y han le√≠do una cantidad de libros que ni t√ļ ni yo leeremos jam√¡s, y conocen a Bach y Schubert de memoria, son incapaces de hacer la m√¡s simple distinci√≥n entre el bien y el mal? Es eso por lo que la gente se pregunta: ¬¿por qu√© me debe importar la cultura? ¬¿Por qu√© debo escuchar a los intelectuales?

 

Digamos que los intelectuales afectan los cimientos de nuestra civilización en la medida en que no la defienden.

Sin duda. Lo que quiero decir es esto: Sócrates consagró toda su vida a defender cuestiones y verdades morales por excelencia.

 

¬¿Defenderlas de qui√©nes?

De los pol√≠ticos, por supuesto. Como expliqu√©, la pol√≠tica es siempre y por definici√≥n una reducci√≥n de la realidad, sea de derecha o izquierda. As√≠, ¬¿qu√© pasa cuando un intelectual se transforma en un ente pol√≠tico? Adquiere una visi√≥n maniquea de qui√©nes son los buenos y qui√©nes los malos ‚Äďlos buenos son por lo general de izquierda, los malos de derecha, etc√©tera‚Äď e intenta justificar algo que siempre ser√¡ injustificable. Aqu√≠ est√¡ el meollo de la democracia civilizada. Mi padre fue l√≠der sindical, as√≠ que s√© un poco de lo que hablo: esa gente luch√≥ su vida entera por cambiar nuestra sociedad, por los derechos humanos, sin recurrir a la violencia. Digan lo que digan, hoy vivimos en una democracia libre... Pero volvamos al punto: el intelectual convertido en pol√≠tico corre el riesgo de no cumplir con la funci√≥n que le ata√Īe, intenta justificar lo injustificable y ‚Äďlo peor de todo‚Äď est√¡ minando la quintaesencia de nuestra labor: tratar de dar a la gente los instrumentos del mundo de la cultura para enriquecer sus vidas.

 

Para redondear el retrato de esta traici√≥n, yo dir√≠a que estos intelectuales viven adem√¡s disfrutando de las libertades que no defienden y con todas las comodidades, con un p√ļblico que les festeja sus tonter√≠as. Gabriel Zaid tiene un apotegma que dice: ‚ÄúM√©xico es un pa√≠s donde el radicalismo aumenta con los ingresos.‚ÄĚ

Eso sucede en todas partes, y quiz√¡ esa fue la raz√≥n principal que me llev√≥ a escribir Nobleza de esp√≠ritu. Luego del 11-S, pens√© que tal vez hab√≠amos llegado al fin de la llamada vida intelectual: no creo que sea dif√≠cil entender que matar a tres mil personas inocentes es un acto de maldad absoluta. Al cabo de leer varios libros est√ļpidos que no pod√≠an asumir algo tan sencillo, me dije: no quiero vivir una mentira, no quiero estar en la posici√≥n de decir a la gente que se suscriba a tal revista o recomendarle determinada lectura; ¬¿para qu√©? As√≠ que pens√©: si esta es la verdadera situaci√≥n, mejor busco otro trabajo. Aprendo a cocinar y pongo un restaurante, o bien me vuelvo m√©dico o banquero. Ten√≠a que hallar una respuesta, como hizo Thomas Mann en determinado momento. Cuando estall√≥ la Primera Guerra Mundial, √©l era el escritor e intelectual conservador por excelencia, alguien que podr√≠a haber dicho: ‚ÄúMientras pueda seguir gozando a Bach y Wagner, lo dem√¡s no me importa.‚ÄĚ La lectura de Goethe logr√≥ ponerlo en el camino correcto: Mann tuvo que escribir tanto Consideraciones de un apol√≠tico como una versi√≥n totalmente nueva de La monta√Īa m√¡gica. Esta obra hab√≠a sido planeada originalmente como una novela breve en tono humor√≠stico, para satirizar a los humanistas, pero Mann comenz√≥ a preguntarse cu√¡l era la legitimaci√≥n de su propia existencia: primero, los seres humanos son la √ļnica especie capaz de reflexionar sobre el prop√≥sito de su vida; segundo, los intelectuales, esa gente sumamente privilegiada que no tiene que levantarse a las cinco de la ma√Īana para trabajar en el campo, puede vivir la vida de los libros y su mayor responsabilidad es proyectar el mundo tal como es. De ah√≠ que hablemos de una traici√≥n de los intelectuales, que buscan legitimarse en la derecha o la izquierda: ser independiente no es una posici√≥n f√¡cil. Eso lo padecimos en el Nexus Instituut, donde durante muchos a√Īos nos fue imposible conseguir financiamiento porque quer√≠amos mantener nuestra independencia. El intelectual debe ser independiente.

 

En una parte de tu libro dices que el papel de los intelectuales es conservar el legado de la tradici√≥n, conectar el presente con las grandes obras del pasado. En cierto sentido es lo que haces en Nobleza de esp√≠ritu al acudir a S√≥crates, Spinoza, Thomas Mann, etc√©tera. Pero est√¡n asimismo los intelectuales o artistas cuyo trabajo consiste m√¡s bien destruir el mundo que conocemos para dar un paso adelante hacia nuevas visiones, nuevas lecturas. Pienso, por ejemplo, en Mal√©vich y la pintura abstracta, Mallarm√© y la destrucci√≥n de la p√¡gina en blanco...

Picasso, Schönberg...

 

¬¿Qu√© piensas de este tipo de contradicciones?

Desde mi perspectiva no hay tal contradicci√≥n. Mi visi√≥n del mundo est√¡ determinada por el pensamiento de Thomas Mann, que no era alguien como Joyce, Kafka o Beckett, sino una mente mucho m√¡s conservadora. Era plenamente consciente de lo que estaba yendo mal, de modo que regres√≥ al ideal del mito, sobre todo en Jos√© y sus hermanos y Doctor Fausto. Por razones de peso, tuvo que tratar con Sch√∂nberg en un momento en que se cre√≠a que la tradici√≥n no pod√≠a continuar porque se generar√≠a un vac√≠o: ser√≠a una traici√≥n que un compositor del siglo¬†XX escribiera m√ļsica como Beethoven. Mann siempre recel√≥ de esta clase de oscurantismo, as√≠ que se empez√≥ a preguntar c√≥mo lidiar con las nuevas realidades...

 

O cómo desafiarlas.

Por supuesto. Esa era justo la idea de Mann, pero la vi confirmada en Picasso, Breton, Joyce, etc√©tera: pudieron hacer lo que hicieron s√≥lo gracias a la tradici√≥n. Ah√≠ est√¡n tambi√©n Mondrian y Boulez, y sobre todo Sch√∂nberg, que estudi√≥ intensamente a Bach. El caso es que la idea de Mann, tomada de nuevo de Goethe, era la siguiente: la √ļnica direcci√≥n que hay que seguir es hacia adelante. Ahora bien, cada artista debe encontrar su propio lenguaje, para poder avanzar y presentar algo nuevo. Sin embargo, estoy seguro de que en todo lenguaje que busca atender los problemas de nuestro tiempo de forma significativa, en toda creaci√≥n que quiere ser importante, est√¡ presente la tradici√≥n. No creo para nada que las cosas que hoy vemos en los museos de arte contempor√¡neo, obras que la gente admira y por las que puede pagar miles de d√≥lares, vayan a perdurar: no pasaron primero por la tradici√≥n. Pensemos otra vez en Mondrian o en Joyce, que escribi√≥ el Ulises con todo el peso de la tradici√≥n.

 

O en el Picasso anterior al Guernica...

Efectivamente. La clave, y hasta Primo Levi escribió al respecto, es muy sencilla: la tradición es parte intrínseca de nuestra identidad. Uno no puede desarrollarse como artista y crear algo nuevo así como así, de la nada.

 

Es también una idea de Octavio Paz: la ruptura sólo es posible desde la tradición. Esto nos lleva a otro asunto: el canon. Creo que tu libro es un intento por establecer un canon intelectual, rescatando a figuras como Manès Sperber, George Orwell y Arthur Koestler frente al canon que pondría a Sartre o los ideólogos. Es decir que el canon, la tradición, no es algo establecido sino algo vivo, cambiante, por lo que hay que pelear.

La historia m√¡s maravillosa que conozco al respecto tiene que ver con La Pasi√≥n seg√ļn San Mateo de Bach, que cay√≥ en el olvido durante m√¡s de cien a√Īos hasta que Mendelssohn la rescat√≥.

 

Algo similar sucedió con Góngora, que estuvo olvidado durante dos siglos y medio.

¬¿Qu√© significa entonces ser parte del canon? Todo lo que juzgamos importante o trascendente est√¡ condenado al olvido. Hay una pregunta que me planteo desde hace tiempo: ¬¿por qu√© tantos talentos magn√≠ficos, tantos artistas grandiosos, no han sido reconocidos en su propia √©poca? Eso fue lo que ocurri√≥ con Bach, Mozart, Kafka y muchos m√¡s; Goethe y Thomas Mann fueron verdaderas excepciones. As√≠, una de las mayores obligaciones intelectuales es mantener viva la herencia cultural, resguardar los or√≠genes y tesoros de la tradici√≥n ‚Äďporque eso es justo lo que son: tesoros‚Äď y rescatarlos en el instante adecuado. Baltasar Graci√¡n, Camus, Chiaromonte: todos ellos tienen algo que decirnos, de modo que hay que tratar de volverlos parte del canon. Creo que el canon es algo que se debe ampliar todo el tiempo.

 

¬¿Por qu√© no nos hablas un poco acerca de la transformaci√≥n de Thomas Mann, que abordas en tu libro, y que va del personaje apol√≠tico al comprometido con la causa antinazi, del pangermanista que piensa que el coraz√≥n de la cultura europea se manifiesta en Alemania al defensor de los valores universales? ¬¿Cu√¡les son las causas de esta metamorfosis y cu√¡l es tu lectura personal al respecto?

Fue una transformaci√≥n fundamental, ya que logr√≥ hacer de Thomas Mann una figura cre√≠ble; sin este proceso, √©l jam√¡s habr√≠a sido el hombre que conocemos. Es un buen ejemplo de lo que significa la integridad intelectual: si uno no tiene la capacidad de transformarse, carece de esta cualidad. Lo que le ocurri√≥ a Mann fue lo siguiente: naci√≥ en 1875 y creci√≥ en un c√≠rculo social orientado hacia Wagner, que fue su gran ejemplo; en un inicio Goethe no le atra√≠a demasiado: Wagner, Schopenhauer y Nietzsche conformaban su pensamiento. Otro aspecto esencial es que era protestante y, como tal, se interesaba m√¡s por los principios de su propia existencia, si estaba o no justificada. En 1911, sin embargo, ya estaba lidiando con el dilema del arte y el esp√≠ritu: sab√≠a que no era un artista a la manera de Tolst√≥i, capaz de concebir grandes epopeyas y construir escenarios fastuosos, sino una mente m√¡s cr√≠tica. Pero ser una mente cr√≠tica en aquella √©poca lo convert√≠a en un intelectual, una persona conservadora, y no en un aut√©ntico poeta, as√≠ que empez√≥ a escribir para resolver la duda de si en realidad era un artista. Porque no se consideraba como tal: se inclinaba m√¡s hacia el lado intelectual, el lado cr√≠tico. Y entonces descubri√≥ a Goethe. Ese mismo a√Īo escribi√≥ a un amigo una carta donde dec√≠a: ‚ÄúEn t√©rminos de poes√≠a, futuro e integridad deber√≠amos elegir a Goethe, pero presiento que a final de cuentas todos los alemanes acabar√¡n escogiendo a Wagner.‚ÄĚ Recordemos que esto suced√≠a en 1911.

Luego vino la Primera Guerra Mundial y la tremenda disputa con Heinrich, su hermano mayor, con quien cort√≥ toda comunicaci√≥n durante siete a√Īos; la controversia se centr√≥ en un tema: ser cien por ciento apol√≠tico en esta √©poca equivale a ser amoral. Ese es un punto se√Īalado tambi√©n por Octavio Paz: toda crisis pol√≠tica es esencialmente una crisis moral. Thomas Mann no lo entendi√≥ en ese momento y se sinti√≥ profundamente herido, pero s√≥lo nos podemos sentir as√≠ cuando sabemos que hay algo de verdad en aquello que nos hiri√≥. A√Īos despu√©s, en 1918, public√≥ sus Consideraciones de un apol√≠tico, donde queda claro que cre√≠a que la √ļnica forma de proteger la verdad, la libertad, la belleza y la cultura era interviniendo en el orbe de la pol√≠tica, las mentes politizadas y la democracia: quer√≠a proteger ese mundo. Ahora bien, el error que cometi√≥ y del que se dio cuenta en cuanto se lanz√≥ el libro fue que su concepto de cultura se conectaba con un conservadurismo pol√≠tico. ¬¿Qu√© pasa entonces? Sale el libro, lo lee, le gusta, pero al llegar a la segunda parte empieza a sentirse inc√≥modo: descubre que sus ideas pueden tener serias repercusiones. Y luego, en 1922, viene el asesinato de Walther Rathenau, ministro de Asuntos Exteriores de la Rep√ļblica de Weimar. La incomodidad de Mann aumenta: cree que su libro puede ser utilizado para legitimar la violencia.

Hace poco, no obstante, descubr√≠ algo muy hermoso. Cuando Mann ten√≠a dieciocho a√Īos muri√≥ su padre, un suceso que obviamente lo afect√≥ y que acabar√≠a por abordar en Los Buddenbrook, donde est√¡ presente la noci√≥n rom√¡ntica de que hay m√¡s belleza en la muerte que en la vida: una noci√≥n que proviene del mito de Trist√¡n e Isolda y llega hasta Schopenhauer y Wagner. En esa √©poca, Mann lee un poema de Goethe escrito con motivo de la muerte de Schiller [‚ÄúEp√≠logo a la ‚ÄėCampana‚Äô de Schiller‚ÄĚ], donde hay un verso que lo sacude y cuya idea es la siguiente: s√≥lo el valor de la vida puede vencer a la muerte. Mann era muy joven y no pod√≠a comprender el significado de esa l√≠nea; en ese momento, adem√¡s, sus ideales eran Wagner, Nietzsche, Novalis, etc√©tera. Pasaron los a√Īos y alrededor de 1921, poco despu√©s de la creaci√≥n de la Rep√ļblica de Weimar, record√≥ de golpe ese verso que terminar√≠a incorporando a La monta√Īa m√¡gica, durante una de las discusiones finales entre Hans Castorp y Settembrini. En alguna parte Castorp se√Īala: ‚ÄúToda esta gente en el restaurante es tan ordinaria que ni siquiera merece morir‚ÄĚ, y Settembrini responde: ‚ÄúMira, peque√Īo est√ļpido, debes entender que no se trata de la muerte sino de la vida y la muerte‚ÄĚ, y entonces cita el verso de Goethe. ¬¿No es una an√©cdota maravillosa? Mann lee ese verso en su juventud, no cree en lo que dice, lo recuerda en 1921 y lo usa en su novela en un instante revelador para Hans Castorp. A partir de La monta√Īa m√¡gica, Thomas Mann se vuelve el escritor y el hombre que hoy conocemos.

 

Otro aspecto que me interesa de tu libro es que hay una cr√≠tica impl√≠cita a la academia y la universidad: como si la actuaci√≥n que reclamas a los intelectuales debieran tenerla los acad√©micos, y no lo est√¡n haciendo. ¬¿Cu√¡l es la esencia de tu cr√≠tica al discurso acad√©mico?

Hay un acad√©mico que admiro profundamente, Harry Austryn Wolfson, que fue profesor de filosof√≠a de la religi√≥n en Harvard durante casi cincuenta a√Īos. A principios del siglo¬†XX se traslad√≥ a Europa y copi√≥ el manuscrito de un erudito jud√≠o medieval, que luego tradujo a√Īadiendo sus propios comentarios; fue tal el empe√Īo que puso en este trabajo que acab√≥ convirti√©ndolo en su tesis. Wolfson lo sab√≠a todo, y creo que no podr√≠a haber vida intelectual sin este tipo de acad√©micos. Para m√≠ ‚Äďy no s√≥lo para m√≠: esta cr√≠tica se remonta a Goethe y Schopenhauer‚Äď, el problema comienza con la institucionalizaci√≥n de la vida acad√©mica, porque quienes se han rendido a ella no tienen nada que ofrecer. Primero, su lenguaje es incomprensible, no pueden escribir, y en esto coincido justo con Schopenhauer: aquellos que no pueden escribir tampoco pueden pensar, al menos con claridad. Segundo, empezaron a creer en un concepto completamente cient√≠fico de verdad y significado. No hay nada malo con los cient√≠ficos, que son tremendamente importantes, pero cuando los acad√©micos del mundo de las humanidades buscan imitar esa clase de pensamiento no llegan a buen puerto. Sabemos que ese fue el debate principal entre Vico y Descartes, y que este √ļltimo lo gan√≥, pero Vico dijo despu√©s que el precio que pagar√≠amos ser√≠a la p√©rdida de la sabidur√≠a: ya no habr√¡ ideas, ya no habr√¡ entendimiento. As√≠ que soy muy esc√©ptico en cuanto a lo que las universidades en general pueden ofrecer en nuestros d√≠as: no tienen nada que ver con el ideal de universidad, se han vuelto instituciones huecas y utilitarias donde impera el desorden.

Hay que atesorar a los acad√©micos que lo saben todo, como Wolfson: son ya una especie en extinci√≥n. Pero cuando se trata simple y sencillamente de elaborar una teor√≠a literaria, ¬¿qu√© tiene eso que ver con la idea original de Plat√≥n, que fund√≥ la primera academia bajo el principio de la educaci√≥n liberal? Las universidades deber√≠an ser el lugar id√≥neo para impartir este tipo de educaci√≥n; ellas eran nuestro pilar, y su desaparici√≥n es una de las razones por las que ya no hay una identidad europea. Nietzsche escribi√≥ y se quej√≥ de que las universidades existan s√≥lo para preparar para cierta profesi√≥n que debe ser pr√¡ctica, orientada hacia los negocios. El mundo acad√©mico es una broma absoluta.

 

Entiendo dos ejes centrales de tu cr√≠tica: la p√©rdida de la esencia de la universidad, que es la educaci√≥n liberal, y el intento de transformar el lenguaje humanista en lenguaje cient√≠fico, con el oscurecimiento o empobrecimiento que resulta de ello. Pero hay un tercer eje, siguiendo las ideas de Gabriel Zaid, que me gustar√≠a abordar para redondear este tema: el conocimiento para un grupo cerrado que reparte privilegios, que es tambi√©n una forma del ascenso en la pir√¡mide social. Es decir, si se tienen ciertos atributos acad√©micos se puede ir subiendo en la escalera, lo que conduce a algo a√ļn m√¡s triste: el conocimiento no es para todos sino para un grupo que lo usufruct√ļa en su propio beneficio.

Cuando yo era estudiante tuve la enorme fortuna de contar con dos excelentes maestros que me dieron toda la libertad: durante diez a√Īos me dediqu√© √ļnicamente a leer libros en mi casa. Si quieres volverte un cient√≠fico experto, tienes que consagrarte en cuerpo y alma a ello. Lo interesante de la ciencia es que de inmediato queda claro si eres est√ļpido y cometes errores: tu teor√≠a simplemente no funciona; lo mismo ocurre cuando eres arquitecto y tu edificio se viene abajo. El problema es si eres un acad√©mico que quiere transmitir conocimiento y sucumbes a la tentaci√≥n, o mejor, a la perversi√≥n de ser un pol√≠tico. Hace poco tuve que tratar con un acad√©mico muy reputado que pertenece al mundo de las humanidades y que empez√≥ a argumentar que los grandes libros no sirven para nada. ¬¡Por supuesto!, pero lo que deber√≠a entender es que estamos en el camino incorrecto si pensamos que la literatura debe ser √ļtil o pr√¡ctica. Los autos y muchas otras m√¡quinas son √ļtiles, pero no as√≠ el arte o la belleza. Esta politizaci√≥n de la esfera acad√©mica, aunada a la pretensi√≥n de que quienes est√¡n dentro de ella son acad√©micos aut√©nticos porque piensan en t√©rminos de objetividad y teor√≠a, obliga a decir: ‚ÄúHay que leer libros para encontrar y formular nuevas preguntas.‚ÄĚ Esa es la verdadera esencia de la vida intelectual y filos√≥fica: tratar de entender. La culpa es de los acad√©micos pragm√¡ticos, pero tambi√©n de la sociedad, que reclama con ridiculez que no hay tiempo suficiente: todo se reduce a puntos y horarios, de modo que si para tu tesis tienes que leer Madame Bovary s√≥lo te pueden exigir las primeras setenta y cinco p√¡ginas o el resumen de la novela. Quienquiera que entre en el mundo universitario actual debe salir adelante por s√≠ mismo.

 

De Nobleza de esp√≠ritu me interes√≥ mucho el rescate que haces del editor Sammi Fischer y su apuesta por el primer Thomas Mann, ejemplo del legado de la cultura jud√≠a europea, barrida por el nazismo. ¬¿Crees que Europa se recuperar√¡ alguna vez de la p√©rdida de esa cultura? ¬¿C√≥mo acercarse a esa amputaci√≥n, cu√¡l es nuestra responsabilidad frente a ella?

George Steiner dijo alguna vez que Europa se suicid√≥ al matar a los jud√≠os, y creo que tiene toda la raz√≥n. Hay otra idea con la que coincido y que viene de Joseph Roth, que en una de sus Cr√≥nicas berlinesas dice: ‚ÄúMiren cu√¡les son los libros que est√¡n quemando los nazis: todos son libros jud√≠os. Vean la lista de los grandes libros europeos: la mayor√≠a han sido escritos por autores jud√≠os.‚ÄĚ Roth est√¡ en lo cierto, y para constatarlo basta repasar la n√≥mina de los autores de la Viena fin de si√®cle; aunque no todos admit√≠an su condici√≥n jud√≠a, esa era su ascendencia: Herzl, Kraus, Von Hofmannsthal, Wittgenstein, etc√©tera. Ahora bien, inici√© la revista Nexus con mi amigo Johan Polak, un viejo editor jud√≠o que sobrevivi√≥ a la guerra con la convicci√≥n de que su responsabilidad era transmitir el mundo de la cultura europea que Hitler hab√≠a querido destruir, as√≠ que fund√≥ una editorial donde public√≥ a Canetti, Nabokov, Yourcenar y muchos otros; era un hombre chapado a la antigua y vio en Nexus otro canal para lograr su cometido. En cuanto al futuro de Europa, soy pesimista ante la situaci√≥n que se nos presenta actualmente aunque mantengo el optimismo porque creo que podemos modificarla: me niego a creer que este panorama prevalecer√¡ para siempre.

Una de las posibilidades que veo antes de que esto empeore y atestig√ľemos cosas terribles es que haya m√¡s personas como nosotros, que empiezan a asumir que tienen cierto compromiso. Jan Patońćka, el fil√≥sofo checo, escribi√≥ una gran frase que dice que la esencia de la grandeza humana radica en que podemos crear un lugar en que imperen la justicia y la verdad; esta l√≠nea resume el sentido de la vida intelectual. Pero volvamos al tema de la tradici√≥n y la identidad europeas, que no podr√≠an existir sin el legado intelectual jud√≠o. Una de las mayores tragedias ‚Äďde hecho es algo peor que una tragedia‚Äď es que Europa se volvi√≥ un sitio donde los jud√≠os ya no se sent√≠an bienvenidos, y por ello tuvieron que buscar un lugar donde refugiarse si las cosas empeoraban. Ese lugar se llam√≥ Israel, que es la herencia de Europa. Por fortuna hay mucha gente como t√ļ o como yo que intenta crear peque√Īos refugios fuera del sistema; es una met√¡fora de mi amigo Johan Polak, el editor jud√≠o del que hablaba antes, que me dijo que Nexus deb√≠a ser un peque√Īo monasterio secular, un sitio que cumpliera la funci√≥n de los monasterios medievales: reunir textos para transmitirlos y darlos a conocer. Por eso quise editar la revista no s√≥lo en internet sino en papel: para que dentro de cien o doscientos a√Īos haya un registro fiel de este empe√Īo por preservar la cultura.

 

Quiz√¡ la forma en que hoy d√≠a se sigue traicionando el legado de la cultura jud√≠a es que el viejo antisemitismo se esconde en la cr√≠tica total al Estado de Israel, aunque sea criticable por muchas cosas. Decir que Israel est√¡ siempre mal es una manera de que sobreviva ese proverbial antisemitismo europeo. ¬¿Estar√≠as de acuerdo en que muchas de las cr√≠ticas que se hacen al estado de Israel son en realidad prejuicios ideol√≥gicos? Porque siempre se le mide con una vara m√¡s dura...

En Europa sigue habiendo un fuerte antisemitismo, s√≠, pero tambi√©n hay un fuerte antiamericanismo: existe un hondo resentimiento, que tiene que ver con varias cosas. Lo parad√≥jico de la situaci√≥n es que el pa√≠s donde hay menos antisemitismo es Alemania; en los Pa√≠ses Bajos, por ejemplo, uno ten√≠a que acudir a la televisi√≥n germana para enterarse de lo que realmente ocurr√≠a en Israel, ya que la televisi√≥n holandesa s√≥lo transmit√≠a lo que pasaba con los ‚Äúluchadores por la libertad‚ÄĚ de Hezbol√¡. Lo que vimos alrededor del 11-S fue vergonzoso. El antisemitismo, pues, sigue enraizado en el organismo de la gente. Eso se debe a varios factores, entre otros la incapacidad de lidiar con la culpa y el rencor por el √©xito del Estado de Israel. Es un fen√≥meno muy profundo.

 

¬¿No crees que la fragilidad democr√¡tica de ciertas zonas, por ejemplo Am√©rica Latina, tiene que ver con que la democracia exige una conciencia individual que es abolida por los reg√≠menes totalitarios, lo que facilita la obediencia y quita responsabilidad a la persona? ¬¿Estar√≠as de acuerdo en que las sociedades que carecen de individuos que defiendan sus valores no pueden ser democracias fuertes? Porque, hay que insistir, la democracia exige participaci√≥n individual en la defensa de sus valores.

Es verdad. Pero, para ser franco, conozco m√¡s acerca de la situaci√≥n democr√¡tica en la regi√≥n donde vivo; con todo, sea donde sea, la democracia puede existir s√≥lo si hay libertad y se respetan nuestros derechos. Ya vimos lo que pas√≥ en Italia. O en Estados Unidos: Bush fue electo presidente no una sino dos veces, un hecho ins√≥lito. Ah√≠ est√¡ tambi√©n la implosi√≥n de los partidos socialdem√≥cratas en Europa: Francia, Holanda, etc√©tera. Creo que si queremos argumentar a favor de la democracia global, debemos empezar por hacerlo con la de nuestros propios pa√≠ses. Tenemos que librarnos del impacto tremendo y peligroso de los medios masivos de comunicaci√≥n. Tambi√©n hay que pensar en el bajo nivel del mundo pol√≠tico y en que hay una gran hipocres√≠a que no dejar√¡ de tener consecuencias. Estados Unidos al menos sabe c√≥mo lidiar con el multiculturalismo porque es un pa√≠s basado en la inmigraci√≥n, el famoso melting pot; los europeos no tenemos la m√¡s remota idea de c√≥mo manejar este asunto, y me aterra recordar que la de Europa es una historia llena de masacres y guerras religiosas y pol√≠ticas. Est√¡ adem√¡s nuestro esp√≠ritu imperialista y colonialista: garantizamos nuestra riqueza regando la pobreza por doquier. Despu√©s vienen las dos guerras mundiales, al cabo de las cuales se abre una magn√≠fica ventana de oportunidad gracias a una idea de la que el propio Thomas Mann se vuelve adepto: ahora debemos tener una Europa unida. Nuestra gran tragedia es que estamos perdiendo esa ventana de oportunidad a un paso acelerado. Se puede salir a la calle en cualquier lugar de Europa occidental u oriental y preguntar a diez personas si se consideran europeas: se te quedar√¡n viendo sin saber de qu√© hablas. Dejamos pasar ese momento de nuestra historia en que podr√≠amos haber tenido por fin una identidad que nos hubiera permitido decir: ‚ÄúSoy cat√≥lico o protestante, holand√©s o franc√©s, pero tambi√©n europeo.‚ÄĚ Las identidades se est√¡n reduciendo cada vez m√¡s. En los Pa√≠ses Bajos, una regi√≥n tan peque√Īa, se ha generado una discusi√≥n sobre el reconocimiento oficial de otros dos idiomas que se hablan en las provincias, bajo el argumento ‚Äúdebes respetar mi identidad‚ÄĚ.

 

En época de crisis el mejor refugio es la propia tribu.

En efecto. No hay ninguna ley natural que diga que no habr√¡ m√¡s guerras tribales en Europa. Y si la situaci√≥n actual contin√ļa, si no hay un cambio radical en t√©rminos no de econom√≠a o pol√≠tica sino de pensamiento ‚Äďpor ejemplo: qu√© significa ser europeo, por qu√© es importante la cultura‚Äď, si vemos que la respuesta no es el multiculturalismo sino el cosmopolitismo, por supuesto que habr√¡ guerras tribales. Ya hay, de hecho, peque√Īos brotes: en Italia, el sur no se puede comunicar con el norte.

Pese a todo, no quiero ser etiquetado como un pesimista cultural, porque no creo en las moralejas de la historia. Lo que sí creo es que mientras tengamos nuestra libertad, podemos aceptar una responsabilidad social, incorporar cambios, marcar la diferencia.

 

Me gustaría saber tu opinión sobre la batalla de Ayaan Hirsi Ali y cómo la trataron en Holanda.

Ayaan Hirsi Ali es una mujer sumamente valiente con una misi√≥n que no estoy seguro que siempre formule de manera heroica. Pero su importancia es indudable: aclara situaciones y se√Īala lo que est√¡ en juego. Desde mi perspectiva, creo que habr√≠a sido m√¡s eficaz como activista si hubiera estado fuera y no dentro de la pol√≠tica; me parece que esa fue justo una de las razones por las que abandon√≥ finalmente el orbe pol√≠tico. Al ver a gente como ella o Martin Luther King pienso que el activismo no deber√≠a mezclarse con la pol√≠tica: lo mismo pasa con los intelectuales. El modo en que Ayaan fue tratada es uno de los momentos m√¡s vergonzosos de la historia reciente, la conducta de los holandeses result√≥ imperdonable; lo que empeor√≥ las cosas, sin embargo, fue que una integrante de su propio partido ‚Äďque buscaba el liderazgo de este‚Äď expuso a Ayaan por un par de peque√Īos errores burocr√¡ticos, y adem√¡s los vecinos del barrio donde ella viv√≠a empezaron a quejarse porque se sent√≠an amenazados. Pero la mayor tragedia es la siguiente: en 2007 coincid√≠ con Ayaan y asist√≠ a una entrevista p√ļblica con ella, y para mi sorpresa pude advertir que su modo de pensar es enteramente holand√©s. Es una holandesa de cabo a rabo: piensa en holand√©s, habla holand√©s, ¬¿qu√© m√¡s se puede pedir? Holanda, desafortunadamente, ha dejado de ser la patria de la democracia liberal, el refugio de los exiliados: gente como Ayaan, con todas sus complejidades, no puede hallar un sitio seguro en nuestro pa√≠s.

Pero vamos a contextualizar: hace tiempo, aunque tampoco tanto, hubo un pintor llamado Vincent van Gogh que tambi√©n tuvo que salir de Holanda; se estableci√≥ en Francia, como sabemos, y durante toda su vida no pudo mostrar a los holandeses ninguno de sus cuadros. Hoy, por supuesto, tenemos el Museo van Gogh y toda la parafernalia en torno del artista: es la t√≠pica actitud de un pa√≠s peque√Īo. Los holandeses no podemos lidiar con la excelencia, una idea que siempre nos ha horrorizado.

 

Y Ayaan Hirsi Ali tiene que ver justo con la excelencia. Su autobiograf√≠a es uno de los libros m√¡s conmovedores de los √ļltimos a√Īos.

Es incre√≠ble lo que ha tenido que sobrevivir y soportar. Insisto: es una mujer extremadamente valiente que sabe que su vida est√¡ en riesgo. Es muy deprimente la situaci√≥n en los Pa√≠ses Bajos, aunque tambi√©n en el resto de Europa occidental.

 

Octavio Paz siempre pidi√≥, dado el fracaso de la pol√≠tica del siglo XX, que se intentara reconciliar las dos grandes tradiciones occidentales: el liberalismo y el socialismo democr√¡tico. Es decir, el futuro s√≥lo era posible si converg√≠an ambas tradiciones. ¬¿Quieres especular sobre una posible respuesta a este dilema?

Me gustar√≠a hablar de otras dos ideas que vienen del propio Paz. La primera: quienes vivimos en la modernidad ‚Äďdice‚Äď somos parte s√≥lo de tal tradici√≥n, y esta no se emparienta con un nombre determinado; los jud√≠os, el islam, etc√©tera: todas las tradiciones tienen un nombre salvo la nuestra; el t√©rmino ‚Äúmodernidad‚ÄĚ carece de sentido. Segunda idea: por definici√≥n, la democracia intenta contestar las preguntas de S√≥crates, que no obstante siguen y seguir√¡n ah√≠ al igual que la b√ļsqueda de nuestra identidad; por tanto, el enfoque final de este asunto debe ir m√¡s all√¡ de la pol√≠tica. A este respecto regreso a Thomas Mann, que descubri√≥ el humanismo europeo y juzg√≥ que su esencia era la siguiente: el arte, la moral y la pol√≠tica conforman la totalidad de la vida humana. Creo que no avanzaremos mucho si esas dos grandes √¡reas, la est√©tica y la √©tica, no forman parte de nuestro pensamiento. Si queremos tener un futuro como civilizaci√≥n, debemos apelar al mundo del humanismo europeo: no a la religi√≥n, ni a la pol√≠tica, ni a las ideolog√≠as, ni a la tecnolog√≠a, ni a la econom√≠a. El humanismo europeo, que incluye a Paz y Borges y tantas otras mentes brillantes, es nuestra respuesta. ~

Traducción de Mauricio Montiel Figueiras

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