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El ser humano, es naturalmente creador,
del mismo modo que lo es en grado sumo la Vida de la cual él es una elevada
expresión. La creatividad, pues, no la hemos de ver exclusivamente en
aquellos grandes artistas cuyas obras admira la humanidad a través de los
siglos, ni tampoco en esos hombres geniales en el terreno de los descubrimientos
científicos, de las realizaciones tecnológicas o de las innovaciones
comerciales.
La capacidad creadora se manifiesta
en toda acción que el hombre ejecuta con la plenitud de todo su ser, con la
sinceridad, espontaneidad y totalidad de un alma despierta y sencilla. La
creación se produce entonces de un modo tan natural como la salida y la puesta
del sol, de un modo espontáneo como el movimiento de las ramas a impulsos del
viento. Las acciones todas de quien es capaz de actuar así y todas sus palabras
respiran una especial grandeza, un frescor y una fuerza, exponentes del proceso
de constante renovación de energías vivas que se está produciendo en cada
instante en su interior. ¿Cuál es, si no, el secreto que encierra la sonrisa de
un niño o la ilusión de una adolescente enamorada? ¿No es, acaso, el hecho de
que ambos viven más cerca de la fuente viva de su ser y expresan de un modo
directo, espontáneo, natural, sin interferencias, desviaciones ni bloqueos de
clase alguna las fuerzas creadoras que están impulsando su
personalidad?
De la misma manera, toda persona que
pueda vivir conscientemente sintonizada, armonizada e integrada con las energías
primordiales que animan su personalidad, manifestará, lo mismo en los actos más
sencillos de su vida diaria que en la solución de los problemas de toda clase
que se presenten en su existir, la misma grandeza, la misma fuerza avasalladora,
la misma delicadeza y la misma inteligencia creadora de la propia Vida que le
hace vivir.
Antonio Blay - La personalidad
creadora
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