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Asunto:[RedLuz] Boletín 123 : ¿Confiar o Desconfiar? ...Fácil.
Fecha: 23 de Junio, 2010  05:12:08 (+0200)
Autor:dedoshazuno <dedoshazuno @.....com>

22 de junio de 2010 - Nº 123
"No hay un mundo que ven tus ojos, hay ojos que ven un mundo."

Anónimo

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Hola!


Unidad, unidad, unidad... ¿qué más se puede decir? Es lo que vinimos todos a aprender a través de la experiencia.

Hay mucha gente que piensa que la vida antes era más segura. De hecho, mi propia vida parece confirmármelo; yo recuerdo que cuando niño jugaba en la calle sin vigilancia con mis amigos teniendo tan solo unos seis o siete años, y ahora a mi propia hija yo no la dejo hacer esto, o lo permito solo si yo mismo o algún otro adulto responsable está cerca "echándole un ojo".

Pero esta aparente pérdida de confianza en verdad sí corresponde con una realidad diferente a la que me tocó a mí. Y en consecuencia, educamos a nuestros hijos para desconfiar. Les hemos traspasado nuestro miedo.

Sin embargo, como no existen errores, incluso esta tara educativa que les hemos impuesto cumple su función: generar un ambiente propicio para aprender a confiar. Irónico, pero efectivo: crear desconfianza, para que así puedas trascenderla.

En servicio,
Santiago
www.SantiagoMarino.com



EL SENTIDO DE SENTIR, por María Antonieta Solórzano




¿CONFIAR O DESCONFIAR? ...FÁCIL.

Es natural y normal que todos aspiremos a ser tratados con cariño y respeto, que anhelemos que nuestras debilidades y fragilidades despierten consideración y solidaridad en los demás. Sabemos que lo más valioso de la vida social surge cuando podemos construir la confianza gracias a que las experiencias de los otros nos comprometen y, a su vez, que las nuestras tocan el alma de los demás.

Más aún, para nadie es un secreto que la abundancia y prosperidad de un país tiene que ver con la confianza en las instituciones económicas; que el compromiso de los trabajadores con su empresa se relaciona con la confianza en las bondades de la organización; que la estabilidad de una relación afectiva es, también, directamente proporcional a la confianza.

Lo extraño es que podríamos continuar enumerando casos hasta el infinito y aún así, hemos creado un sistema cultural y social donde la desconfianza ha terminado por volverse cotidiana.

Por ejemplo, podemos ver cómo en los hospitales se trata a los enfermos con dureza, sin la compasión que su fragilidad necesita; que en cada esquina de las ciudades, las víctimas de la violencia esperan la solidaridad de los demás; que los niños rechazados no quieren cambiarse de colegio, pues saben que el solo hecho de ser nuevos los va a convertir, otra vez, en chivos expiatorios de la agresividad de los demás; o que un trabajador no se siente seguro de contarle sus sentimientos a un compañero, pues piensa que su vida personal no le importa a nadie.

En general, estamos convencidos que si alguien descubre nuestra debilidad, sacará ventaja. Y claro, nadie quiere ser Caperucita Roja y estar frente al lobo disfrazado de abuelita. La pregunta es: ¿Cómo salvar la confianza y, al mismo tiempo, no quedar entre las fauces del lobo?

Estamos, en realidad, en un círculo vicioso: confiar se convirtió en una experiencia escasa porque nos hemos acostumbrado a presumir la traición y la agresión; y al mismo tiempo, como en el mundo competitivo se aprueban las dinámicas del poder, la agresión y la traición, entonces desconfiamos.

De esta forma, no es extraño que una familia consciente y responsable advierta a sus hijos que no le hablen a los extraños, como si se creyera que no queda otro remedio distinto a enseñar la desconfianza. El dicho popular -piensa mal y acertarás- hace carrera.

En la consulta, un niño de escasos ocho años me dijo: “mira, es que uno no puede sentirse seguro ni siquiera en su propia casa, porque en cualquier parte puede pasar cualquier cosa”. Al oírlo, su hermana agregó: “eso es muy raro pues en realidad no pasa siempre, a nosotros nunca nos ha pasado nada malo en verdad, a muchos de los niños que conocemos tampoco. Pero, es que como a otros sí les ha pasado, es como si también nos hubiera ocurrido. Uno se imagina lo que siente y entonces no se puede pensar en otra cosa”.

Qué frase tan diciente y reveladora. Y es que, aunque pretendamos ignorar lo que le pasa a alguien, en realidad nos pasa a todos. A pesar de que intentemos imaginar que lo que le sucede a mi vecino no tiene que ver conmigo, que frente al hambre de los demás yo no tengo ninguna responsabilidad, o que los enfrentamientos militares ocurren solo en los sitios lejanos, al enterarnos del dolor de otro ello nos conmueve.

Pero al creer que no podemos hacer nada, nos defendemos, nos anestesiamos y, finalmente, al parecer indolentes, promovemos en el otro la desconfianza.

Si el miedo y la impotencia nos han llevado a delegar en los poderosos -el estado, los ricos o los líderes- la responsabilidad que tenemos frente a los demás y, con ello, apenas nos queda la desconfianza como forma de vida, aún estamos a tiempo para reaccionar.

Podemos reconocer con valor y con amor que no estamos aislados; que al contrario, estamos conectados en un destino común; que lo que le sucede a cualquier ser humano tiene consecuencias en toda la humanidad; que ninguna bondad es trivial y que, más aún, cualquier acción, por sencilla que sea, que teja la confianza entre las personas, queda inscrita en la historia de la especie.


(María Antonieta atiende consulta individual y realiza otras actividades relacionadas con su práctica profesional según se le solicite. Para mayor información, por favor escribe a: mariaantonieta.solorzano@...<)

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Publicado originalmente en El Espectador.

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