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Asunto:[RedLuz] Carta del Jefe Seattle / NO a la propiedad privada y que reine la Edad de Oro y que reine el Aquarius
Fecha:Miercoles, 11 de Julio, 2001  20:06:31 (-0700)
Autor:Ricardo Ocampo-Anahuak Networks <chicanos @...........mx>

* * * * * * * * * * 
 
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* * * * * * * * * * 
 
 
Amig@s: 
Nuevamente, vaya esta pieza epistolar clasica de la sabiduria indigena 
americana. Disfruten! 
Ricardo 
 
---------- 
From: "Ashram de las flores del Tequendama, Bogotá."<pgomez@...> 
Subject: NO a la propiedad privada y que reine la Edad de Oro y que reine el 
Aquarius 
 
 
Carta del Jefe Seatlle (Lago Washington, Junio de 1854) al Presidente 
Norteamericano. 
 
El Gran Jefe Blanco de Washington nos envía el mensaje de que quiere comprar 
nuestras tierras. Pero, ¿cómo es posible comprar o vender el cielo o el 
calor de la tierra? Nosotros no comprendemos esta idea. Si no somos dueños 
de la frescura del aire, ni del reflejo del agua, ¿cómo podréis comprarlos? 
 
El Gran Jefe Blanco de Washington nos envía también palabras de amistad y de 
buena voluntad. Esto es muy amable por su parte, pues sabemos que él no 
necesita de nuestra amistad. Sin embargo nosotros meditaremos su oferta, 
pues sabemos que si no vendemos vendrán seguramente hombres blancos armados 
y nos quitarán nuestras tierras. Nosotros tomaremos una decisión. El Gran 
Jefe Blanco de Washington podrá confiar en lo que diga el Jefe Seatlle, con 
tanta seguridad como en el transcurrir de las estaciones del año. Mis 
palabras son como las estrellas, que nunca tienen ocaso. Cada partícula de 
esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada brillante aguja de pino, cada 
grano de arena de las playas, cada gota de rocío de los sombríos bosques, 
cada calvero, el zumbido de cada insecto... son sagrados en memoria y 
experiencia de mi pueblo. La savia que asciende por los árboles lleva 
consigo el recuerdo de los pieles rojas. Los muertos de los hombres blancos 
olvidan la tierra donde nacieron cuando parten para vagar entre las 
estrellas. En cambio, nuestros muertos no olvidan jamás esta tierra 
maravillosa, pues ella es nuestra Madre. Somos parte de la tierra y ella es 
parte de nosotros. Las flores perfumadas, el venado, el caballo, el gran 
águila, son nuestros hermanos. Las cumbres rocosas, los prados húmedos, el 
calor del cuerpo de los potros y de los hombres, todos somos de la misma 
familia. Por todo ello, cuando el Gran Jefe Blanco de Washington nos 
comunica que piensa comprar nuestras tierras exige mucho de nosotros. Dice 
que nos reservará un lugar donde podamos vivir agradablemente y que él será 
nuestro padre y nosotros nos convertiremos en sus hijos. Pero, ¿es eso 
posible? El Gran Espíritu ama a vuestro pueblo y ha abandonado a sus hijos 
rojos. El envía máquinas para ayudar al hombre blanco en su trabajo y 
construye para él grandes poblados. Hace más fuertes a vuestro pueblo de día 
en día. Pronto inundaréis el país como ríos que se despeñan por precipicios 
tras una tormenta inesperada. Mi pueblo es como una época en regresión pero 
sin retorno. Somos razas distintas. Nuestros niños no juegan juntos y 
nuestros ancianos cuentan historias diferentes. El Gran Espíritu os es 
propicio y en cambio, nosotros estamos huérfanos. Nosotros gozamos de 
alegría al sentir estos bosques. El agua cristalina que discurre por los 
ríos y arroyos no es solamente agua, sino también la sangre de nuestros 
antepasados. Si os vendemos nuestras tierras debéis saber que son sagradas y 
que cada reflejo fugaz en el agua clara de las lagunas narra vivencias y 
sucesos de mi pueblo. El murmullo del agua es la voz de mis antepasados. Los 
ríos son nuestros hermanos que sacian nuestra sed. Ellos llevan nuestras 
canoas y alimentan a nuestros hijos. Si os vendemos nuestras tierras debéis 
recordar esto y enseñad a vuestros hijos que los ríos son nuestros hermanos 
y que, por tanto, hay que tratarlos con dulzura, como se trata a un hermano. 
 
El piel roja retrocedió siempre ante el hombre blanco invasor, como la 
niebla temprana se repliega en las montañas ante el sol de la mañana. Pero 
las cenizas de nuestros padres son sagradas, sus tumbas son suelo sagrado, y 
por ello estas colinas, estos árboles, esta parte del mundo es sagrada para 
nosotros. Sabemos que el hombre blanco no nos comprende. El no sabe 
distinguir una parte del país de otra, ya que es un extraño que llega en la 
noche y despoja a la tierra de lo que desea. La tierra no es su hermana sino 
su enemiga, y cuando la ha dominado sigue avanzando. Deja atrás las tumbas 
de sus padres sin preocuparse. Olvida tanto las tumbas de sus padres como 
los derechos de sus hijos. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el 
aire, como cosas para comprar y devastar, para venderlas como si fueran 
ovejas o cuentas de colores. Su voracidad acabará por devorar la tierra, no 
dejando atrás más que un desierto. Yo no sé, pero nuestra raza es diferente 
de la vuestra. La sola visión de vuestras ciudades tortura los ojos del piel 
roja. Quizá sea porque somos unos salvajes y no comprendemos. No hay 
silencio en las ciudades de los blancos. No hay ningún lugar donde escuchar 
cómo se abren las hojas de los árboles en primavera o el zumbido de los 
insectos. Quizá sea sólo porque soy un salvaje y no entiendo, pero el ruido 
de las ciudades únicamente ofende a nuestros oídos. ¿De qué sirve la vida si 
no podemos escuchar el grito solitario del ave chotacabras, ni las querellas 
nocturnas de las ranas al borde de la charca? Soy un piel roja y nada 
entiendo, pero nosotros amamos el suave rumor del viento, que acaricia la 
superficie del arroyo, y el olor de la brisa, purificada por la lluvia del 
medio día o densa por el aroma de los pinos. El aire es precioso para el 
piel roja, pues todos los seres comparten el mismo aliento: el animal, el 
árbol, el hombre..., todos respiramos el mismo aire. 
 
El hombre blanco parece no notar el aire que respira. Como un moribundo que 
agoniza desde hace muchos días, es insensible a la pestilencia. Pero si 
nosotros os vendemos nuestras tierras no debéis olvidar que el aire es 
precioso, que el aire comparte su espíritu con toda la vida que mantiene. El 
aire dio a nuestros padres su primer aliento y recibió su última expiración. 
Y el aire también debe dar a nuestros hijos el espíritu de la vida. Y si 
nosotros os vendemos nuestras tierras, debéis apreciarlas como algo 
excepcional y sagrado, como un lugar donde también el hombre blanco sienta 
que el viento tiene el dulce aroma de las flores de las praderas. 
 
Meditaremos la idea de vender nuestras tierras, y si decidimos aceptar será 
sólo con una condición: el hombre blanco deberá tratar a los animales del 
país como a sus hermanos. Yo soy un salvaje y no lo entiendo de otra forma. 
Yo he visto miles de bisontes pudriéndose, abandonados por el hombre blanco 
tras matarlos a tiros desde un tren que pasaba. Yo soy un salvaje y no puedo 
comprender que una máquina humeante sea más importante que los bisontes, a 
los que nosotros cazamos tan sólo para seguir viviendo. ¿Qué sería del 
hombre sin los animales? Si los animales desaparecieran el hombre también 
moriría de gran soledad espiritual. Porque lo que suceda a los animales, 
también pronto ocurrirá al hombre. Todas las cosas están relacionadas entre 
sí. Lo que afecte a la Madre Tierra, afectará también a todos sus los hijos. 
 
Enseñad a vuestros hijos lo que nosotros hemos enseñado a nuestros hijos: la 
tierra es nuestra madre. Lo que afecte a la tierra, afectará también a los 
hijos de la tierra. Si los hombres blancos escupen a la tierra, se escupen a 
sí mismos. Porque nosotros sabemos esto: la tierra no pertenece al hombre, 
sino el hombre a la tierra. Todo está relacionado como la sangre que une a 
una familia. El hombre blanco no creó el tejido de la vida, sino que 
simplemente es una fibra de él. Lo que hagáis a ese tejido, os lo hacéis a 
vosotros mismos. El día y la noche no pueden convivir. Nuestros muertos 
viven en los dulces ríos de la tierra, regresan con el paso silencioso de la 
primavera y su espíritu perdura en el viento que riza la superficie del 
lago. Meditamos la idea del hombre blanco de comprar nuestras tierras. Pero, 
¿puede acaso un hombre ser dueño de su madre?. Mi pueblo pregunta: ¿qué 
quiere comprar el hombre blanco? ¿se puede comprar el aire o el calor de la 
tierra, o la agilidad del venado? ¿cómo podemos nosotros venderos esas 
cosas, y vosotros cómo podríais comprarlas? ¿podéis acaso hacer con la 
tierra lo que os plazca, simplemente porque un piel roja firme un pedazo de 
papel y se lo entregue a un hombre blanco?. Si nosotros no poseemos la 
frescura del aire, ni el reflejo del agua, ¿cómo podréis comprarlos? ¿acaso 
podréis volver a comprar los bisontes, cuando hayáis matado hasta el último? 
 
Cuando todos los últimos bisontes hayan sido sacrificados, los caballos 
salvajes domados, los misteriosos rincones del bosque profanados por el 
aliento agobiante de muchos hombres blancos y se atiborren de cables 
parlantes la espléndida visión de las colinas...¿dónde estará el bosque? 
Habrá sido destruido. ¿Dónde estará el águila? Habrá desaparecido. Y esto 
significará el fin de la vida y el comienzo de la lucha por la 
supervivencia. Pero vosotros hombres blancos caminaréis hacia el desastre 
brillando gloriosamente, iluminados con la fuerza del Gran Espíritu que os 
trajo a este país y os destinó para dominar esta tierra y también al hombre 
piel roja. El Gran Espíritu os dio poder sobre los animales, los bosques y 
los pieles rojas por algún motivo especial que no comprendemos. Ese motivo 
es también para nosotros un enigma. Quizás lo comprendiéramos si supiésemos 
con qué sueña el hombre blanco, qué esperanza trasmite a sus hijos en las 
largas noches del invierno y qué ilusiones bullen en su imaginación que les 
haga anhelar el mañana. Pero nosotros somos salvajes y los sueños del hombre 
blanco nos permanecen ocultos. Y por ello seguiremos distintos caminos, 
porque por encima de todo valoramos el derecho de cada hombre a vivir como 
quiera, por muy diferente que sea a sus hermanos. No es mucho realmente lo 
que nos une. El día y la noche no pueden convivir y nosotros meditaremos 
vuestra oferta de comprar nuestro país y enviarnos a una reserva. Allí 
viviremos aparte y en paz. No tiene importancia dónde pasemos el resto de 
nuestros días. Nuestros hijos vieron a sus padres denigrados y vencidos. 
 
Nuestros guerreros han sido humillados y tras la derrota pasan sus días 
hastiados, envenenando sus cuerpos con comidas dulces y fuertes bebidas. 
Carece de importancia dónde pasemos el resto de nuestros días. Ya no serán 
muchos. Pocas horas más, quizás un par de inviernos, y ningún hijo de las 
grandes tribus que antaño vivían en este país y que ahora vagan en pequeños 
grupos por los bosques, sobrevivirán para lamentarse ante la tumba de un 
pueblo, que era tan fuerte y tan lleno de esperanzas como el nuestro. Pero 
cuando el último hombre piel roja haya desaparecido de esta tierra y sus 
recuerdos sólo sean como la sombra de una nube sobre la pradera, todavía 
estará vivo el espíritu de mis antepasados en estas riberas y en estos 
bosques. Porque ellos amaban esta tierra como el recién nacido ama el latir 
del corazón de su madre. Pero, ¿por qué he de lamentarme por el ocaso de mi 
pueblo? Los pueblos están formados por hombres, no por otra cosa. Y los 
hombres nacen y mueren como las olas del mar. Incluso el hombre blanco, cuyo 
Dios camina y habla con él de amigo a amigo, no puede eludir ese destino 
común. Quizás seamos realmente hermanos. Una cosa sí sabemos, que quizás el 
hombre blanco descubra algún día que vuestro Dios y el nuestro son el mismo 
Gran Espíritu. Vosotros quizás pensáis que le poseéis, al igual que 
pretendéis poseer nuestro país, pero eso no podéis lograrlo. El es el Dios 
de todos los hombres, tanto de los pieles rojas como de los blancos. Esta 
tierra les es preciosa, y dañar la tierra significa despreciar a su Creador. 
 
Os digo que también los blancos desapareceréis, quizás antes que las demás 
razas. Continuad ensuciando vuestro lecho y una noche moriréis asfixiados 
por vuestros propios excrementos. Nosotros meditaremos vuestra oferta de 
comprar nuestra tierra, pues sabemos que si no aceptamos vendrá seguramente 
el hombre blanco con armas y nos expulsará. Porque el hombre blanco, que 
detenta momentáneamente el poder, cree que ya es Dios, a quien pertenece el 
mundo. Si os cedemos nuestra tierra amadla tanto como nosotros la amábamos, 
preocupaos por ella tanto como nosotros nos preocupábamos, mantened su 
recuerdo tal como es cuando vosotros los toméis. Y con todas vuestras 
fuerzas, vuestro espíritu y vuestro corazón conservarla para vuestros hijos 
y amadla como El Gran espíritu nos ama a todos nosotros. Pues aunque somos 
salvajes sabemos una cosa: nuestro Dios es vuestro Dios. Esta tierra le es 
sagrada. Incluso el hombre blanco no puede eludir este destino común. Quizás 
incluso seamos hermanos. ¡Quién sabe! 
 
 
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