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Asunto:[rpe] # 0030-lecciones doctrina fundamental-el evangelio
Fecha:Miercoles, 30 de Enero, 2002  15:35:18 (-0300)
Autor:Juanma <juanmquaglino @.....com>

La Santa Biblia, la Palabra de Dios
2 Timoteo 4.2: "que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina".
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Hoy comenzamos, con la ayuda de Dios, la difusión periódica de lecciones de doctrina fundamental. Para inaugurarlas, nada mejor comenzar compartiendo unos artículos muy inteligentes escritos por Emilio Antonio Núñez C. para Apuntes Pastorales entre 1992 y 1994 sobre la naturaleza del evangelio.
 
Evangelio viene del griego euangelion que significa buenas noticias. El uso del vocablo "evangelios" con otro significado, para designar los primeros cuatro libros del NT se remonta al siglo II d.C.
 
Recordemos, según lo estudiado en las lecciones de homilética, que un predicador evangélico debe ser testigo del evangelio y no espectador, no es suficiente que lo estudie, debe vivirlo en carne propia y más si es que quiere predicarlo.
 
También me parece oportuno citar la Palabra de Dios en Gálatas 1:6-9 donde el apóstol Pablo dice a los gálatas:
"Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente.  No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo.  Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema.  Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema." 
(Anatema=maldito, bajo maldición). Por eso, insistimos en recalcar que un predicador evangélico no puede predicar otro evangelio que no sea el mismo que está escrito en la Biblia, la Palabra de Dios.
 

 
Mi credo.
El evangelio que escuché y oí hace cincuenta años.
 
En mayo de 1941 decidí confiar solamente en la persona y obra del Señor Jesucristo para mi salvación. Estaba pronto para cumplir mis dieciocho años de edad y conocimiento religioso no me faltaba. En la iglesia de mis padres había memorizado el catecismo y estudiado un poco de "historia sagrada". Como la gran mayoría de latinoamericanos sabía algo de la vida, pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo. Cumplí fielmente con mis deberes religiosos hasta la edad de once años, cuando por la lectura de un libro que ponía al descubierto algunos problemas relacionados con los sacramentos renuncié a participar en los ritos o ceremonias de la iglesia.
 
Así en mi en la adolescencia, alejado del sistema eclesiástico; pero creyendo aún en la existencia de Dios, y en lo que se me había enseñado tocante a su santidad y justicia. No podía liberarme del sentido de culpa por mis pecados, como tampoco del temor a las consecuencias eternas del mal. Había aprendido algo en cuanto a Cristo, sin llegar a conocerlo como podría haberlo hecho desde mi infancia, si me lo hubieran presentado con estricto apego a la Palabra Escrita de Dios. En esas circunstancias, ¿cuál fue el Evangelio que entendí y creí hace medio siglo, en aquella Primera iglesia Bautista de la ciudad de Santa Ana, en la República de El Salvador?
 
No me es fácil concretarme a lo poco -aunque maravilloso- que comprendí del Evangelio neotestamentario en 1941. Para ser veraz en mi relato deseo hacer a un lado, siquiera por un momento, el otro poco que he aprendido a lo largo de cinco décadas de peregrinaje evangélico. Indudablemente, en su providencia el Señor guió a la señorita profesora (ahora mi esposa) que me regaló una Biblia y me invitó a su iglesia, así como también guió al pastor Tomás Dixon, quien por medio de sus sermones de evangelización y de sus clases dominicales me comunicó en forma sencilla pero básica el significado salvífico del Evangelio.
 
Por la gracia de Dios entendí y creí que las Sagradas Escrituras judeo-cristianas tienen la autoridad suprema para enseñar lo concerniente a la salvación. De algún modo comprendí que de allí en adelante tenía que buscar y preferir la enseñanza de la Biblia en cuanto a mi credo y conducta. Pocos años después me di cuenta que esto de exaltar la revelación bíblica por encima de toda autoridad humana -así sea la de más elevada posición jerárquica en la cristiandad- es uno de los distintivos fundamentales del cristianismo evangélico. Lo mismo puede decirse con respecto a la autoridad de la razón, de la experiencia y de los sentimientos humanos (Dt 6.1-9; Is. 8.20; Jn. 17.17: 2 Ti. 3.14-17: 2 Pe. 1.20, 21; Ap. 1.3).
 
Entendí y creí que el Cristo auténtico es el que la Biblia revela, no el de la tradición religiosa, ni mucho menos el de la imaginería popular en nuestros pueblos.
 
Entendí y creí que la muerte de Cristo es del todo suficiente para el perdón de los pecados y la justificación del pecador delante de Dios (Ro. 3.21-26; 5.1). Entendí y creí que El ofreció "una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados" (He. 10.12), y que, por lo tanto, era desde todo punto de vista innecesario el intento de continuar sacrificando al Hijo de Dios en un acto litúrgico que debiera ser tan sólo expresión de gratitud a El por su perfecto y eterno sacrificio en el Calvario.
 
Entendí y creí que el Cristo revelado en la Biblia no es ya un crucifijo (fijo en la cruz), ni un "Señor sepultado", sino el Cristo que habiendo triunfado sobre la muerte vive para siempre y está sentado a la diestra del Padre, intercediendo por los que creen en Él (Mr. 16.6; Lc.24.5; 1 Co. 15.1-21). En el catolicismo había recitado muchas veces el Credo Apostólico, donde se afirma que al tercer día Cristo resucitó; pero aquella declaración dogmática no parecía haberse encarnado en una iglesia que magnificaba la imagen del Cristo sufriente sometido a los poderes de la muerte: Cristo con la cruz a cuestas, Cristo de pies y manos clavados al madero ignominioso, Cristo de la urna funeraria.
 
Entendí y creí que Cristo ascendió a los cielos como el único mediador entre Dios y los hombres (1 Ti. 2.5). Esta verdad bíblica fue también revolucionaria en mi vida. Entendiendo y creyendo que Cristo es el único camino de acceso al Padre (Jn. 14.6) mi mirada de fe se tornó de otros supuestos mediadores a la persona maravillosa de Jesucristo hombre el Hijo unigénito de Dios. No hay ni en el cielo ni en la Tierra otro mediador, o mediadora, entre Dios y los seres humanos para la salvación. Creer esta verdad bíblica de todo corazón es otro de los grandes distintivos de la fe evangélica.
 
Entendí y creí que la salvación es un regalo de Dios a los que confían en Jesucristo (Ef. 2.8-10). Comprender esto hizo un gran impacto en mi mente y corazón. Aquello era del todo nuevo para mí. Todo lo que había aprendido en cuanto a obras meritorias que yo debía hacer con la esperanza de salvarme algún día en el más allá, se derrumbó ante aquella gloriosa manifestación de la gracia de Dios. Fundamentalmente no se trataba de lo que yo hiciera o dejara de hacer para salvarme, sino de lo que Cristo ya había hecho perfectamente en el Calvario y de lo que había acontecido en la mañana de su resurrección.
 
Por supuesto, mi herencia religiosa me impedía creer tan maravilloso mensaje. Pero al fin opté por creer lo que la Biblia afirma. En uno de sus sermones, el pastor había hablado del "paso de fe". Una noche decidí darlo cuando estaba a solas con Dios. Por primera vez en mi vida conversé con El; le confesé mis pecados; le dije que creía que su Hijo amado murió y resucitó por mí; le expresé mi deseo de ser suyo, y le pedí que Él cambiara mi vida. No repetí una oración escrita por otra persona; usé mis propias palabras. Era el lenguaje trémulo de un niño en la fe, la expresión sincera de un pecador arrepentido que estaba naciendo en el Reino de Dios. El domingo siguiente confesé en la iglesia públicamente que me había entregado a Jesucristo para mi salvación.
 
Entendí y creí que la salvación ofrecida en Cristo es segura (Jn. 5.24; 10.27-30; Ro. 8.28-39; He. 9.23-10.18; etc.). Una de las razones por las cuales acepté el Evangelio fue precisamente por la firme respuesta que encontré en él para mi conciencia culpable, para mi anhelo de vivir una vida mejor, liberada del mal, y para el temor que me inspiraba el más allá. En el catolicismo había buscado -en vano- esa respuesta, practicando la confesión y la penitencia. Nunca llegué a tener seguridad de mi salvación. Evidentemente la fe católica no podía darme esa segundad; seguía sintiéndome derrotado por la vida y temeroso ante la muerte. El hecho de abandonar el sacramentalismo tampoco resolvió mis dudas ni aplacó mis temores. Mientras tanto. seguía hundiéndome en el pecado. En la enseñanza del Nuevo Testamento encontré que nada ni nadie podría separarme del amor de Dios en Cristo Jesús (Ro. 8.38,39).
 
Entendí y creí que el Evangelio de Cristo no es licencia para pecar (Ro. 6. 1-23). La enseñanza de la Palabra de Dios y el ministerio del Espíritu Santo en mi mente y corazón me llevaron a pensar que debía existir la manera de conciliar bíblica-mente dos grandes verdades: aquella de la salvación por la sola gracia de Dios y por la sola fe en Él, y la necesidad de vivir justa y piadosamente como fruto de la salvación. En más de una ocasión escuché en la iglesia que Cristo dijo: "Por sus frutos los conoceréis".
 
Entendí y creí que la respuesta a mi problema moral no estaba en mi propia inteligencia, ni en mi fuerza de voluntad, ni en mis prácticas litúrgicas. Entendí que el que confía en Jesucristo nace de nuevo (Jn. 1.12; 3.3-7; Tito 3.5; 1 Pe. 1.3), llega a ser una nueva creación, y entonces "las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas" (2 Co. 5.17). Comencé a entender que el Evangelio es el poder de Dios para salvación (Ro. 1.16), no sólo en el futuro sino también desde el presente. Me di cuenta de que mi vida estaba entrando en una etapa nueva y diferente, en la que no todo sería fácil; que las demandas eran elevadas, muy elevadas, pero que se me ofrecían recursos espirituales que, según se decía, eran eficaces para vencer el mal.
 
Entendí y creí que aceptar a Jesucristo como mi único Salvador significaría también entrar en un compromiso de fidelidad a Él y de identificación con su pueblo. Nunca me dieron a entender que por el solo hecho de cambiar mi filiación eclesiástica solucionaría mi problema espiritual y moral. No me invitaron a dejar la Iglesia Católica Romana (aunque en la práctica ya no lo era), sino a que me entregara a Jesucristo. De alguna manera entendí que si me convertía a Él me sería indispensable continuar reuniéndome con los de igual fe y esperanza. Sin lugar a dudas, esto era lo que ellos esperaban que yo hiciera, con base en la enseñanza del Nuevo Testamento. Por tanto, mi decisión de fe en Cristo incluyó también mi ingreso en las filas evangélicas. Había llegado a ser consciente de que el Señor Jesús esperaba de mí una decisión radical; completa.
 
Doy gracias al Señor por el Evangelio que escuché y creí hace medio siglo, y por las personas que además de ayudarme a entenderlo me estimularon directa o indirectamente, a creerlo y comenzar a vivirlo. En este testimonio no he querido sugerir ni por asomo que mi conversión debiera ser considerada en sus circunstancias como un ejemplo de lo que debe ser toda conversión a Jesucristo. Cada persona se encuentra con Cristo -o es encontrada por Él- en determinadas circunstancias. Toda conversión tiene su propio contexto cultural, familiar y social. Hay una gran diferencia, por ejemplo, entre la conversión de una persona que viene de un hogar no cristiano, y la de aquel que ha escuchado desde su infancia la palabra del Evangelio.
 
Que el Señor me libre también de sugerir que solamente los que han entendido todo lo que yo entendí en el tiempo de mi conversión están verdaderamente convertidos a Cristo. Por supuesto, toda persona que profesa creer tan solo en Él para salvación ha necesitado conocer ciertas verdades fundamentales del Evangelio, aunque ese conocimiento haya sido rudimentario. No es la cantidad de fe ni de conocimiento doctrinal lo que salva, sino la gracia de Dios, manifestada en el pecador que confía en el Cristo revelado objetivamente en la Biblia, y, por así decirlo, subjetivamente -aunque real- por el Espíritu Santo en el corazón humano. La fe en Cristo no está divorciada del conocimiento (Jn. 17.17), y decimos que esa fe es salvífica porque se fundamenta en la persona y obra de Él (Jn.3.36).
 
Tampoco me atrevo a sugerir que el mensaje de evangelización de hoy tiene que ser igual en su forma al de hace cinco décadas. Hay ahora un estilo de predicación exigido por un contexto cultural y social que es muy diferente al de aquella época lejana. La influencia de los medios modernos de comunicación es evidente en muchos púlpitos evangélicos, especialmente en la así llamada iglesia electrónica. Los que en algún grado somos conscientes de la realidad contemporánea aplaudimos los cambios que se están efectuando en la forma del mensaje de evangelización, toda vez que se procure comunicar fielmente el contenido del Evangelio neotestamentario.
 
Me preocupan, eso sí, algunos mensajes difundidos por radio o televisión, o aquellos predicados en ciertas campañas evangelísticas. Hablo de sermones que al fin y al cabo no explican con sencillez y claridad quién es el Cristo del cual están tratando, ni cual es el plan maravilloso de salvación revelado en la Biblia. Para colmo de males, se utiliza a veces la pantalla chica para ventilar discrepancias doctrinales existentes en el pueblo evangélico. Es bochornoso el espectáculo que se ofrece ante un pueblo cuya mayor necesidad es la de escuchar acerca del Cristo que tiene todo poder en el cielo y en la tierra para liberamos de todo pecado, personal y social.
 
Me preocupan también los sermones que le dan prioridad a las grandes ofertas -salud física, felicidad conyugal, éxito profesional y social, y abundancia de bienes materiales- pasando por alto lo que significa el Evangelio y lo que puede llevar consigo el creerlo y vivirlo hasta sus últimas consecuencias (Fil. 1.29; 4.10-20; Stgo. 1.2; 1 Pe. 4.10-19).
 
Me lleno de regocijo y de gratitud al Señor cuando veo el crecimiento numérico de la Iglesia en América latina, pero me preocupan seriamente algunos mensajes "evangélicos" que carecen de contenido bíblico. Debemos comunicamos de manera pertinente con nuestro pueblo, pero no olvidemos que el Evangelio es en sí mismo inmutable para cualquier tiempo y lugar, aun para una sociedad tan mutable como la nuestra.
 

 
La palabra del evangelio.
 
"Y esa es la palabra del Evangelio que se os ha predicado" (1 Pe 1.25, versión de Cantera-Iglesias)
¿Qué evangelio hemos recibido?
¿Qué características tiene el evangelio que predicamos?
 
LA GRAN IDEA introductoria en 1 Pedro 1.22-25 se refiere al amor fraternal. Pero lo que el apóstol dice de la Palabra de Dios llega a ser dominante y culminante en estos versículos. El nuevo nacimiento hace posible el amor vertical hacia Dios, así como el amor horizontal hacia los hermanos y hermanas en Cristo. El que ha nacido de nuevo como hijo de Dios es hermano de los hijos de Dios, y puede amarlos sincera y profundamente. Pero no hay nuevo nacimiento aparte del poder de la Palabra (1 Pe. 1.23), del poder de la resurrección de Cristo (1 Pe. 1.3), y del poder del Espíritu Santo (Jn. 3.1-15; Tit. 3.5). Estos tres poderes se conjugan para producir la "nueva creación" de que habla el apóstol de los gentiles (2 Co. 5.17).
Al exaltar la Palabra del Evangelio el apóstol Pedro da testimonio de lo que esta palabra es capaz de hacer y de lo que ella es en sí misma.
 

LA PALABRA DEL EVANGELIO ES INCORRUPTIBLE
 
En contraste con la simiente humana que es corruptible y genera corrupción, la Palabra de Dios es "incorruptible". Esta comparación muestra la diferencia abismal entre la Palabra de Dios y la naturaleza del ser humano. Por haber nacido de simiente corruptible, todos traernos el estigma de la muerte física y espiritual, pero la "Palabra incorruptible" viene a ofrecer la vida nueva, abundante y eterna en Cristo. Los que hemos nacido de nuevo por medio de la fe en Él tenemos en nosotros mismos la simiente de la vida y de la resurrección. San Pablo dice: "Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción, porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad" (1 Co. 15.42,53).
 
LA PALABRA DEL EVANGELIO ES VIVIENTE
 
La Palabra del Señor es viva porque viene del Dios viviente y verdadero, fuente de vida y dador de la vida eterna en Jesucristo. La Palabra encarnada es el Cristo viviente (Jn. 14.1-14). La Palabra escrita es la Biblia, la cual es también viviente y poderosa (He. 4.12). Conocemos la Palabra encarnada por medio del testimonio externo de la Palabra escrita y del testimonio interno del Espíritu a nuestro espíritu. Pedro destaca de nuevo el gran contraste entre la Palabra de Dios y el ser humano, quien por hallarse muerto en delitos y pecados necesita del soplo vital, poderoso, que viene del Espíritu y de la Palabra que permanece para siempre. De hecho, el que recibe por fe la verdad del Evangelio nace de nuevo, y no en soledad sino en comunidad, en solidaridad con los hijos de Dios, como miembro de la familia del Padre celestial (Ef. 2.19).
 

LA PALABRA DEL EVANGELIO ES PERMANENTE
 
El apóstol establece el contraste entre la permanencia de la Palabra del Señor y la fragilidad y temporalidad del ser humano: "Toda carne es como hierba, y toda la gloria del hombre como la flor de la hierba. La hierba se seca, y la flor se cae; mas la palabra del Señor permanece para siempre" (1 Pe. 1.24, 25). Estas palabras vienen del profeta Isaías y se refieren especialmente al futuro glorioso del Mesías, quien vendrá a establecer su reino de justicia y paz. Bajo el resplandor de ese reino se manifestará, ante los ojos de todas las naciones, que "la palabra del Señor permanece para siempre".
 
El escritor Santiago usa el mismo texto de Isaías (40.6, 7) para describir lo que le acaecerá al hombre que confía tan sólo en sus riquezas materiales (Stgo. 1.10, 11). Lo dicho por Santiago es también una seria advertencia para todo aquel que magnifica los valores temporales y subestima -o echa en el olvido- los espirituales y eternos. Pero debemos subrayar que las palabras de Isaías, citadas por Pedro y Santiago, se hallan en el preámbulo de la sección consolatoria del libro escrito por este profeta antiguotestamentario. También para los lectores de la primera epístola petrina sería de gran consuelo el mensaje de Isaías. Ellos habían comenzado a sufrir persecución por amor al Señor Jesús y necesitaban un mensaje de aliento. Pedro se los da asegurándoles que la palabra de Isaías es, fundamentalmente, la misma buena noticia que ellos habían recibido. Para nosotros es igualmente animador saber que "la palabra del Señor permanece para siempre"; que no caerá en tierra ninguna de sus promesas, y no nos fallará ni aun en los tiempos más difíciles de nuestra vida.
 
No olvido la primera vez que vi, en una fotografía, la portada de la Biblia traducida al castellano por Casiodoro de Reina. Al pie de ese dibujo que le diera a esta versión -publicada en 1569- el nombre de "Biblia del Oso", se encuentra la siguiente inscripción: "La Palabra de nuestro Dios permanece para siempre (Is. 40)". El testimonio de Casiodoro de Reina, basado en las palabras que "el profeta evangélico" escribió varios siglos antes de Cristo, sigue en pie, ese testimonio no ha perdido su vigencia.
 
Desde aquel entonces un gran número de vueltas ha dado el planeta Tierra alrededor del sol; mucha agua ha pasado bajo los puentes; las estaciones del año se han sucedido unas a otras sin cesar; cientos de generaciones de seres humanos han venido y partido hacia la eternidad, "mas la palabra del Señor permanece para siempre". Grandes imperios han surgido y prosperado, para decaer después y derrumbarse en la marcha incontenible de la historia, "mas la palabra del Señor permanece para siempre".
 
Felipe II era rey de España cuando Casiodoro de Reina publicó su Biblia castellana. Este monarca aprobó las crueldades que perpetraba la Inquisición para impedir el progreso del Evangelio. Hubo quienes sufrieron el martirio por causa de su fe. Sin embargo, la Palabra del Señor no pudo ser destruida. Ella es la simiente incorruptible e indestructible, la palabra viviente y poderosa que permanece para siempre. Pero resulta muy interesante notar que en tiempos del mismo Felipe II el gran imperio español comenzó a desmoronarse.
 
Otras potencias mundiales han tenido también su esplendoroso amanecer, su cenit de gloria, así como también su triste ocaso. Es el Señor quien hace que titubeen los reinos y cesen las guerras. El trae la paz y se exalta sobre las naciones en toda la Tierra (Sal. 46). Por encima de los escombros de los grandes imperios, y sobre los pueblos que levantan cabeza en el vano intento de dominar al mundo, la Palabra del Señor permanece para siempre. En años recientes ha habido cambios geopolíticos que por mucho tiempo nos parecía muy difícil que pudieran efectuarse. En 1966 visité el muro de Berlín, símbolo de la división geográfica e ideológica entre el este y el oeste europeos. Era triste contemplar a los berlineses que desde plataformas construidas a ambos lados del muro se saludaban desde lejos. Ante tan conmovedora escena oré por el pueblo alemán, y me pregunté cuándo caería ese muro ignominioso. Ahora ha caído, y el mapa político de Europa no es el mismo que nuestros hijos estudiaron hace pocos años. Pero la Palabra del Señor permanece para siempre.
 
Lo mismo puede decirse en cuanto a la caducidad de todo sistema humano, el que precisamente, por ser humano, es imperfecto y transitorio. Esto ha sucedido, en cierto modo, en el mundo de las ideas. Ha habido y habrá modas filosóficas, como también modas teológicas. Sin remontarnos a un pasado muy lejano, digamos que en la teología de nuestro siglo algunas corrientes de pensamiento han parecido ser una amenaza a la integridad de la Palabra de Dios. Por ejemplo, la influencia del liberalismo teológico de los siglos XVIII y XIX no ha desaparecido de la escena. Hemos tenido también la "desmitologización del Nuevo Testamento", propuesta por Rudolf Bultmann; la teología de la secularización; la ética de situación; la "teología de la muerte de Dios"; la hermenéutica estructural; la teología radical de la liberación con su imposición de una ideología política al texto bíblico, así como un ecumenismo que, deseando ver -en favor de la decantada "unidad"- elementos salvíficos en las religiones, soslaya que Cristo dijo ser el único camino para llegar al Padre. No obstante, la Palabra del Señor permanece para siempre.
 
Después de la Segunda Guerra Mundial llegó a nuestras tierras la idea de que el mundo occidental, superdesarrollado, estaba ya en "la era postcristiana". Hubo quienes se preguntaron si el cristianismo no entraría en decadencia también en el tercer Mundo. Ciertamente el peligro de que suceda tal cosa persiste, pero por ahora la realidad es que no obstante el avance del materialismo y aun del ateísmo en el hemisferio norte -y a pesar del crecimiento de los grupos seudocristianos- la Palabra del Señor permanece y crece entre nosotros. Hemos visto cambios en la sociedad latinoamericana. Algunos de ellos han venido lentamente, en tanto que otros han sido súbitos y violentos. Pero la Palabra del Señor permanece para siempre, y continúa tocando la vida de millares de latinoamericanos cada día, aun en los grandes desastres naturales, o en medio de los peligros de un conflicto armado.
 
Es posible decir que hoy más que nunca se está leyendo la Biblia en nuestros países; no solamente como resultado del esfuerzo de los evangélicos en distribuirla, sino también porque después del Segundo Concilio Vaticano (1962-1965) la iglesia católico romana ha mostrado interés en difundir las Sagradas Escrituras en el lenguaje del pueblo. Es impresionante el número de traducciones católicas de la Biblia en castellano y el deseo que muchos sacerdotes tienen en usar las ediciones interconfesionales del Sagrado Texto. A pesar de lo negativo que todavía pueda decirse desde el punto de vista evangélico en cuanto al catolicismo y la Biblia, lo innegable es que muchos católicos están leyendo las Sagradas Escrituras, y no pocos de ellos se han convertido a Jesucristo por haber estudiado atenta y humildemente la Palabra que permanece para siempre. Es maravilloso constatar que en este tiempo de sorprendentes avances científicos y tecnológicos -y de grandes conmociones sociales- la Biblia es leída con avidez entre nosotros, en clara demostración de que "la palabra del Señor permanece para siempre".
 
Las palabras del profeta Isaías, citadas por Pedro el apóstol en nuestro texto, repercutirán por todo el orbe con más fuerza que nunca en el día cuando Cristo venga otra vez y toda rodilla se doble delante de Él. Se demostrará entonces hasta la saciedad que "la palabra del Señor permanece para siempre". Y nosotros, los creyentes en su bendito nombre, formaremos un gran coro para alabarle y darle gracias porque la Palabra que nos fue predicada es la simiente incorruptible, la palabra viviente, verdadera y poderosa que permanece para siempre. Mientras tanto, obedezcámosla y prediquémosla, sabiendo que nunca nos ha defraudado ni nos defraudará jamás.
 

 
Evangelio de la prosperidad.

Una de las novedades de la comunidad evangélica latinoamericana es el así llamado "evangelio de la prosperidad"; otro producto de importación que hemos recibido del norte.
 
A SIMPLE VISTA no hay por qué inquietarse a causa de este mensaje, especialmente si recordamos que en la Biblia se habla de prosperidad para el pueblo de Dios, y que hay entre nosotros testimonios de personas que después de su conversión a Jesucristo han prosperado junto con sus familias, en diferentes maneras, incluso en lo material. Sin embargo, un examen detenido del "evangelio de la prosperidad", pone al descubierto algunos posibles problemas. Veamos:
 
EL PROBLEMA DE LA GENERALIZACIÓN
 
El "evangelio de la prosperidad" puede caer en una generalización si pierde el equilibrio bíblico y pasa por alto los diversos factores que inciden en la situación económica, social y política en que viven los creyentes en Cristo.
El "evangelio de la prosperidad" no niega lo espiritual, pero parece magnificar lo económico. Por lo menos es el énfasis en la prosperidad material lo que más parece impresionar a los oyentes de este evangelio. De allí que una señora cristiana le dijera a mi esposa que los pobres se hallan en esa condición porque no tienen fe en Dios. En otras palabras, si la tuvieran saldrían automáticamente de la pobreza. Otro ejemplo es el del joven cristiano que al contemplar con ojos de lástima mi pequeño y viejo automóvil me dijo:
"Hermano, usted es hijo del Rey y debiera tener un Cadillac último modelo". Según este amado hermano, para mostrar que soy hijo de Dios debo ser un ejemplo de prosperidad económica. El "estilo sencillo de vida", del que se habla en ciertos sectores de la comunidad evangélica mundial, no se compagina con el "evangelio de la prosperidad".
En un programa de televisión generado en Texas, un hermano daba testimonio de los grandes resultados del "evangelio de la prosperidad". Entre otras cosas, explicó que la prosperidad que viene del Señor corresponde a las necesidades del que ora. Por ejemplo, para el que carece de alimento la prosperidad significaría el recibir lo necesario para saciar el hambre. A los que poseen lo indispensable para subsistir, la prosperidad les traería mucho más que alimento y vestido. Allí dejó nuestro hermano su explicación, pero si llevamos esta a sus últimas consecuencias, diríamos que por medio de la fe el cristiano pobre puede ascender de inmediato a la clase media, el de clase media, a la clase alta, y el millonario convertirse en multimillonario. Dicho de otra manera, si no somos millonarios es porque no tenemos fe. Algo anda mal en nuestra vida cristiana. Todo cristiano que ejerza fe en el Señor y vive de acuerdo con esa fe, disfrutará de riquezas materiales. Esta es una de las generalizaciones a que puede conducirnos el "evangelio de la prosperidad".
 
EL PROBLEMA DEL REDUCCIONISMO
 
Mano a mano con el problema de la generalización puede ir el de un reduccionismo en la interpretación de las Sagradas Escrituras.
Una lectura somera del Nuevo Testamento nos indica que entre los seguidores del Señor había algunos que tenían bienes materiales (Lc. 8.1-3; Hch. 2.43-47; 4.32-35); pero los otros -o sea la mayoría- eran pobres (1 Co. 1.25-29). La iglesia de Jerusalén cayó en tanta pobreza que le era necesario recibir ofrendas de las iglesias no judaicas (2 Co. 8-9; Gá. 2.10; Ro. 15.25). Nos preguntamos por qué no eran ricos todos los cristianos de aquel tiempo. ¿Acaso eran todos ellos personas de poca fe, que no creían que Dios podía enriquecerlos materialmente? ¿Acaso todos los pobres de la iglesia del primer siglo eran perezosos, o desobedientes a la Palabra de Dios, reacios a ofrendar con liberalidad? Al contrario, tenemos que admitir que muchos de aquellos cristianos pobres eran trabajadores diligentes, hombres y mujeres de fe, y cristianos generosos que de su profunda pobreza enviaban ofrendas a sus hermanos que económicamente estaban en iguales o peores condiciones que ellos (2 Co. 8).
El análisis de la pobreza de los cristianos del primer siglo -y de todos los siglos de la Iglesia- no debe reducirse a una sola causa, como la carencia de fe en Dios para apropiarse de sus promesas de bendición, o la indolencia que impide la superación personal, o la rebelión contra los mandamientos del Señor, o la renuncia a trabajar so pretexto del inminente regreso de Cristo, o todas estas causas combinadas. Hay más que decir sobre las causas de la pobreza que han sufrido y sufren muchos cristianos.
Por ejemplo, es necesario tener muy en cuenta que "el mundo entero está bajo el maligno" (1 Jn. 5.19), que la maldad reina por todas partes, y que la naturaleza misma ha sido afeada por el pecado humano (Gn. 3.17, 18; Ro. 8.18-23). No es de extrañar que se hayan levantado en rebelión pueblos dominados por la codicia irrefrenable y por la injusticia social. Se dice que llegó el tiempo cuando el número de esclavos en el imperio romano era alarmante para los que eran libres. Muchos de los miembros de la Iglesia se hallaban en humillante esclavitud. No se hablaba entonces, como hoy, de los derechos humanos del trabajador, de la mujer y del niño. Sin embargo, también en nuestro tiempo, aquí y ahora, en nuestra realidad latinoamericana hay estructuras sociales injustas que, en unos países más que en otros, no permiten que se efectúen cambios para beneficio de la gente pobre.
Parece que el "evangelio de la prosperidad" es principalmente un mensaje de clase media norteamericana, la cual no conoce de primera mano la miseria en que viven millones de latinoamericanos. Aparentemente los predicadores del "evangelio de la prosperidad" no han pensado como debieran en las implicaciones económicas, sociales y políticas de su mensaje. Por ejemplo, si en el actual estado de cosas los dos millones de evangélicos guatemaltecos llegaran repentinamente a obtener abundantes bienes materiales como resultado de su fe, ¿de dónde vendrían esas riquezas? ¿Las arrebatarían a los ricos? ¡De hecho se necesitaría una reforma agraria radical para favorecer solamente a los evangélicos! ¿Cómo se sentirían los terratenientes al verse despojados de sus grandes haciendas y de plantaciones de café y algodón? ¿Cómo reaccionaría el resto de los guatemaltecos no evangélicos? Posiblemente muchos de ellos se afiliarían a la comunidad evangélica para enriquecerse materialmente. Otros, quizás, emprenderían una guerra religiosa para apoderarse de la riqueza de los evangélicos.
Nos conviene preguntarnos si en la era presente -y en el actual estado de cosas- es la voluntad de Dios que todos los cristianos evangélicos que confían verdaderamente en Él posean grandes riquezas. No eran ricos todos los israelitas en días del Antiguo Testamento. Tampoco lo eran todos los que pertenecían al remanente fiel en tiempo de decadencia nacional. Hemos visto que tampoco eran ricos -mucho menos, millonarios- todos los cristianos fieles en tiempos del Nuevo Testamento. Es innegable que Dios puede multiplicar milagrosamente los recursos naturales para que todos sus hijos fieles se enriquezcan, y puede también quitar de la Tierra el pecado. El no ha cortado su brazo para salvar, y cuando quiere hacer un milagro lo hace. Pero la pregunta no tiene que ver con el poder de Dios, sino con la manifestación de su voluntad soberana en el presente estado de cosas.
 
El "evangelio de la prosperidad" cae en reduccionismo al no darle suficiente énfasis a los textos bíblicos que hablan, no de la riqueza que Dios puede dar sino de la pobreza que Él permite. El máximo ejemplo de pobreza en el Nuevo Testamento es el Señor Jesús, quien siendo el Hijo de Dios no tenía "donde recostar su cabeza" (Lc. 9.58). Él nació, vivió y murió en suma pobreza; y nadie puede decir que Él fue pobre porque no obedecía la voluntad de su Padre celestial. Al contrario, Él fue obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
El apóstol Pablo es un gran ejemplo de fe y de total entrega a la misión que el Señor le había encomendado. Sin embargo, en su Primera Carta a los Corintios dice:
"Hasta esta hora padecemos hambre, tenemos sed, estamos desnudos, somos abofeteados, y no tenemos morada fija. Nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos; nos maldicen, y bendecimos; padecemos persecución, y la soportamos. Nos difaman, y rogamos; hemos venido a ser hasta ahora como la escoria del mundo, el desecho de todos" (4.11-13).
Todos los cristianos sabemos por la enseñanza de la Biblia, por el testimonio de la historia, y por lo que vemos en derredor nuestro, que el sufrimiento puede llegar aun a los que son fieles al Señor (Fil. 1.29; 1 Pe. 4.12, 13). El Señor Jesús no dijo: "Venid a mí y tendréis siempre salud física abundante, éxito profesional y social, un hogar sin problemas de ninguna especie, y mucho dinero". El invitó a sus oyentes a que tomaran su cruz y le siguieran a Él. ¿Hasta dónde? La cruz es símbolo de sufrimiento, y aun de muerte.
 
CONSIDERACIONES FINALES
 
Dios no glorifica la pobreza, ni la riqueza. Tampoco bendice la pereza. La Biblia no enseña que debemos ser indolentes y resignarnos a la pobreza como si no hubiera posibilidad de superarla. No todos los cristianos evangélicos han llegado a ser ricos, pero bajo la bendición del Señor y mediante el trabajo honrado y perseverante, miles de nuestros hermanos en Cristo se han liberado de la pobreza -muchos de ellos, de la profunda pobreza-, y otros están ahora en una elevada posición económica y social. Es evidente que en Cristo hay una nueva calidad de vida, la cual puede manifestarse en lo espiritual, en lo ético, en lo económico, y en lo social. A los corintios que eran esclavos cuando creyeron en Cristo, el apóstol les dice que aprovechen la oportunidad que tengan para liberarse (1 Co. 7.21). En una paráfrasis de este texto bíblico podríamos decir: "Si tiene oportunidad de salir de la pobreza, sin apartarse del Señor, aprovéchelo.
La Biblia no nos exhorta a que seamos indiferentes y guardemos un silencio culpable ante la injusticia social. Lejos de eso debemos vivir la fe cristiana en nuestras relaciones familiares y sociales, y anunciar todo el consejo de Dios, sin omitir los imperativos éticos del Evangelio.
Hoy más que nunca se necesita el aporte evangélico y profesional de hermanos y hermanas en los lugares donde se hacen las decisiones que conciernen a toda la nación, especialmente a los pobres.
Rechacemos el pesimismo que nos lleva a concluir que antes del regreso de Cristo al mundo es inútil todo esfuerzo que se haga para, por lo menos, reducir la pobreza en nuestro medio latinoamericano. "Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe" (Gá. 6.10). No perdamos de vista aquel día cuando vendrán "cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia" (2 Pe.3.13).
 

 
Perder los bienes es mucho,
Perder la salud es más,
Perder el alma es pérdida tal
que no se recobra jamás.
 
Canción cristiana tradicional










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