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| Asunto: | [rpe] Sermón de C. H. Spurgeon "A los que Cuentan con Esca sos Útiles para Trabajar" | | Fecha: | Jueves, 14 de Marzo, 2002 01:07:31 (-0300) | | Autor: | Recursos del Predicador Evangélico - Administración <juanmquaglino @.....com>
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A los que Cuentan con Escasos Útiles para Trabajar
C. H. Spurgeon
¿Qué corresponde hacer a los ministros que cuentan con útiles escasos? Aquí
me refiero a los que pueden disponer de pocos libros, y carecen de recursos
suficientes para comprar mayor número. Este es un mal que debe siempre
evitarse, y las Iglesias por lo mismo, están estrictamente obligadas a
cuidar de que no exista jamás. Hasta donde a ellas les sea posible, les
incumbe el deber de proporcionar a su ministro no sólo el alimento material,
para conservarle la vida y vigor del cuerpo, sino también el espiritual a
fin de que su alma no muera de languidez. Una buena biblioteca debe
considerarse como una parte íntegra e indispensable del mobiliario
eclesiástico, y los diáconos cuyas funciones son atender al servicio de la
mesa, obrarán acertadamente sin descuidar la mesa del Señor ni la de los
pobres, y sin disminuir las provisiones de la del ministro, atienden a la
vez a la de su estudio y la tienen surtida de obras nuevas y libros de los
mejores en abundancia. Esto sería emplear perfectamente el dinero pues se
obtendrían magníficos resultados. En vez de declamar contra la decadencia
del poder del púlpito, los hombres más influyentes en la Iglesia deben
esforzarse en mejorar ese poder proveyendo al predicador de buen alimento
espiritual. Poned el látigo dentro del pesebre, es el mejor consejo que yo
daría a todo el que refunfuña.
Hace algunos años traté de inducir a nuestras iglesias a que estableciesen
bibliotecas para los ministros, como cosa de primera necesidad, y hubo
gentes sensatas que persuadidas de la razón que para ello me asistía,
comenzaron a poner en práctica la idea que sugerí. He visto en consecuencia
con mucha satisfacción aquí y allá, estantes provistos de algunos volúmenes.
¡Ojalá que lo mismo se hubiera hecho en todas partes! pero ¡ay! mucho me
temo que una larga sucesión de famélicos ministros traerá a los que por
ellos se perjudiquen, la convicción de que la parsimonia para con los
pastores de almas es una mal entendida economía. Las iglesias que no pueden
cubrir un presupuesto liberal, hallarán alguna compensación fundando una
biblioteca como parte permanente de su establecimiento; y si procuran
enriquecerla año por año, llegarán a hacerla en breve verdaderamente
valiosa. En la casa solariega de mi venerable abuelo, había una regular
colección de obras antiguas puritanas de mucho mérito, que de ministro en
ministro habían usado y reunido. Recuerdo que existían entre ellas algunos
tomos voluminosos cuyo principal interés estaba para mí en sus curiosas
letras iniciales adornadas con pelícanos, grifos, muchachitos en recreo o
patriarcas trabajando. Puede objetarse que los libros están expuestos a un
extravío por su constante cambio de lectores, pero yo por mi parte los
expondría a ese riesgo. Además, las personas que los tuvieran a su cargo,
cuidando un poco de su catálogo, conservarían la biblioteca en tan buen
estado, como conservan el púlpito, las bancas y demás mobiliario de la
Iglesia.
Si este plan no fuese adoptado, ensáyese algún otro más sencillo: que por
ejemplo los que contribuyen para el sostenimiento del predicador, añaden un
diez por ciento o más a sus suscripciones, destinando esto exclusivamente a
proveer de alimento al cerebro del ministro. Los contribuyentes quedarían
suficientemente indemnizados con la mejoría de los sermones que tuvieran que
escuchar si así lo hicieran. Si se pudiera asegurar a los ministros pobres
una pequeña cantidad anual para ser empleada en libros, sería esto una
bendición de Dios así para ellos como para sus respectivas congregaciones.
Las personas de buen juicio no esperan que un jardín les produzca buenas
plantas de año en año, a menos que abonen el terreno; no esperan que una
locomotora funcione sin combustible, ni que un buey o un asno trabajen sin
alimento: pues que tampoco esperen recibir sermones instructivos de parte de
hombres privados de adquirir buenos conocimientos por su imposibilidad de
comprar libros.
Pero dejando esto a un lado, el asunto que me ocupa es el siguiente: ¿ qué
deben hacer los ministros que no tienen a su disposición las librerías, ni
cuentan con bibliotecas eclesiásticas, ni de otra manera alguna pueden
proveerse de libros?
Se dice que a Quintín Matsys le quitaron sus compañeros de trabajo toda su
herramienta, no dejándole más que su lima y su martillo, y con sólo estos
dos instrumentos construyó su famosa cerradura para los pozos. ¡Cuánta honra
por esta circunstancia le es debida! Merecen igualmente grandes elogios los
obreros de Dios que han efectuado grandes cosas sin contar con recursos
suficientes. Su trabajo habría sido mejor ejecutado, si los hubieran tenido;
pero lo que han hecho es ciertamente admirable. En la exposición
internacional verificada en Kensington, la Escuela de Cocina, del Sr.
Buckmaster, se admira principalmente porque este señor dedicado al arte
culinario, prepara apetitosos platillos condimentados con sustancias
insignificantes al parecer; con un puñado de huesos y unos pocos macarrones,
sazona bocados exquisitos. Si hubiera contado con todas las sustancias
empleadas en la cocina francesa, y hecho uso de todas ellas, se habría
podido decir: "Bien, cualquiera en su lugar hubiera hecho lo mismo;" pero
cuando él muestra fragmentos de carne y huesos, y dice que los compró en una
carnicería por unos cuantos centavos, y que puede condimentar con ellos un
sabroso platillo para una familia compuesta de cinco o seis personas, todas
las buenas esposas abren tamaños ojos, y no se explican cómo semejante cosa
puede ser; y cuando él hace que las personas que los rodean prueben su guiso
para que se persuadan de lo bueno que está, se llenan todas de admiración.
Que no se desanimen, pues, los hermanos pobres, ellos podrán hacer con poco,
grandes cosas en el ministerio y recibir la felicitación de: "Bien hecho,
siervo bueno y fiel;" y ésta será tanto más enfática, cuanto mayores sean
las dificultades que hayan tenido que vencer.
Si no puede alguien comprar más que muy pocos libros, el primer consejo que
yo le daría, es que compre los mejores. Si no puede gastar mucho, que lo
poco que gaste lo emplee bien. Lo mejor será siempre muy barato. Dejad las
meras delecciones y frivolidades a los que pueden permitirse lujo semejante.
No compréis leche aguada, sino pura, y después mezcladle si os conviene, el
agua que gustéis. En este tiempo abundan los urdidores de palabras,
escritores de profesión, que baten con el martillo un grano de sustancia
hasta hacer una lámina de tal manera delgada, que cubren con ella una gran
extensión de hojas de papel: estos hombres tienen su mérito como lo tienen
los buenos laminadores, pero su habilidad de nada os servirá. Los hacendados
de nuestras costas acostumbraban llevar carros cargados de algas marinas a
sus tierras; lo que más pesaba era el agua que contenían: ahora ponen a
secar las algas, y se economizan un mundo de gastos y trabajo. No compréis
caldo delgado; comprad la esencia de la carne. Haceos de mucho en poco.
Preferid los libros que abundan en lo que James Hamilton solía llamar
"Biblina," esto es, esencia de los libros. Necesitáis de libros bien
escritos, condensados, fidedignos, que os puedan servir de guía, y tened por
cierto que los conseguiréis. Para la preparación de sus "Horae Biblicae
Quotldianae," obra que es un admirable comentario de la Biblia, el Doctor
Chalmers consultaba solamente la "Concordancia," la "Biblia ilustrada," la
"Sinopsis" de Poole, el "Comentario de Matthew Henry," y las
"Investigaciones en Palestina" por Robinson.-"Estos son los libros que
consulto," dijo una vez a un amigo suyo, "todo lo que es bíblico se halla en
ellos: no necesito más para llevar a cabo la obra que he emprendido." Esto
pone de manifiesto que aun aquellos que tienen buenas bibliotecas a su
disposición, creen tener lo bastante con unas cuantas obras escogidas. Si el
Doctor Chalmers viviera todavía, probablemente daría la preferencia a la
obra titulada "La Tierra y el libro" de Thomson, antes que a las
"Investigaciones" de Robinson; y dejaría "la Biblia Ilustrada," por las
"Ilustraciones Diarias Bíblicas" de Eitto; yo por lo menos, opinaría que se
hiciera el cambio en el sentido indicado. Lo expuesto comprueba hasta la
evidencia, que algunos predicadores de los más eminentes han juzgado que en
el estudio de las Escrituras podría hacer más con pocos que con muchos
libros, y semejante estudio tiene que ser nuestra principal ocupación.
Renunciad pues sin sentimiento, a las muchas obras que como las navajas de
afeitar del pobre Hodge, de feliz memoria, "han sido hechas para vender," y
venden a los que las compran, es decir, los castigan por la falta en que al
comprarlas incurren. A propósito del comentario de Matthew Henry que antes
he citado, me aventuro a decir que ninguna adquisición mejor que esta obra,
puede hacerse por un ministro, y yo a todos les aconsejaría que la
compraran, aunque para ello tuvieran que quedarse sin levita.
La segunda recomendación que yo haría, es dominad los libros que tengáis.
Leedlos con la mayor atención. Bañaos en ellos hasta que os saturen. Leedlos
y releedlos, masticadlos, rumiadlos y digeridlos. Haced que formen parte de
vuestro ser. Examinad un buen libro varías veces, tomad notas y analizadlo.
Un estudiante hallará que su constitución mental se afecta más por un libro
que ha llegado a dominar, que por veinte que haya visto a la ligera,
lamiéndolos, por decirlo así, según dice un clásico refrán, "como los perros
beben en el Nilo." La poca erudición y la mucha fatuidad vienen del estudio
poco concienzudo de los libros. Cuando se amontonan muchos libros sobre el
cerebro, éste acaba al fin por fatigarse. Hay hombres cuyo pensamiento se
entorpece a causa de que el tiempo que deberían emplear en meditar lo leído,
hasta aprovecharlo bien, lo emplean en cosas nuevas que tampoco llegan a
aprender. Forman un baturrillo de asuntos que los indigestan, y contraen una
dispepsia mental. Los libros sobre el cerebro lo debilitan, mientras que
dentro de él, lo robustecen. En las "curiosidades literarias" de D'Israeli,
se halla una crítica de Luciano hecha de aquellos que se jactan de poseer
grandes bibliotecas que nunca han leído ni menos aprovechado. Comienza por
comparar a tales personas a un piloto que nunca ha aprendido el arte de la
navegación, o a un patiestelado que usa chinelas bordadas, pero que no puede
ponerse nunca en pie. Después exclama: "¿Por qué compráis tantos libros? Es
como si siendo calvos os comprarais peines; como si siendo ciegos os
comprarais un espejo; como si siendo sordos os comprarais instrumentos
musicales... ¡ Qué crítica tan merecida de aquellos que piensan que la
adquisición de muchos libros podrá darles instrucción! Y no sé por qué nos
pasa a todos cosa semejante pues ¿no es verdad que nos sentimos más sabios
después de haber pasado una hora o dos contemplando los aparadores de una
librería? Pero con igual razón podríamos creernos más ricos después de haber
contemplado la caja fuerte del Banco poderoso de Londres. No, señores, en la
lectura de libros, llevad por lema: "Mucho, no muchos." Pensad al mismo
tiempo que leáis. Que vuestro pensamiento sea siempre proporcionado a la
lectura, y vuestra pequeña biblioteca no será para vosotros gran mal.
Hay mucha sensatez en la observación que hizo un escritor, hace ya muchos
años, en la "Quarterly Review." Dice: "Dadme ese libro ahora menospreciado y
alguna vez querido, comprado a bajo precio con ahorros formados de lo que se
ha cercenado a la comida, manchado con los dedos en las esquinas de las
hojas de tanto voltear éstas, con notas manuscritas abajo de las columnas y
lleno de garabatos en el margen, sucio y arrugado, gastado de tanto uso,
bruñido con el roce de la bolsa y sucio con el tizne de las chimeneas,
humedecido por la hierba y secado con las sábanas, es decir, el libro que se
haya leído en los paseos por los bosques, al dulce calor de las estufas, en
el lecho cuando a él se llega en busca de descanso; el libro en suma, que se
haya leído, releído y vuelto a leer muchas veces del principio al fin, y os
diré sin temor de equivocarme que ese libro ha contribuido a impartir más
instrucción, que todos los centenares de volúmenes flamantes y nuevecitos
que adornan los estantes de muchos ricos presuntuosos y fatuos."
Si por circunstancias especiales tenéis necesidad de más libros, os
aconsejaría que con toda discreción los pidierais prestados. Es probable que
tengáis algunos amigos que posean buenos libros y sean bastante bondadosos
para facilitároslos por algún tiempo, y en ese caso, mucho os recomiendo que
para que no os cerréis las puertas de su buena voluntad, les devolváis los
que os presten lo más pronto posible y en el estado que los hayáis recibido.
Espero no tener la necesidad de encareceros el deber de devolver los libros,
tanto cuanto la hubiera tenido hace algunos meses, porque últimamente se ha
modificado mucho mi opinión en favor de la naturaleza humana, con motivo de
haber oído asegurar a una persona respetable, que ha tenido el gusto de
conocer personalmente a tres individuos que han devuelto los paraguas que se
les habían prestado. Con pena confieso que él ha caminado con mayor fortuna
que yo, que por el contrario, he tenido ocasión de conocer personalmente a
varios jóvenes que han pedido prestados algunos libros y nunca los han
devuelto. El otro día, cierto ministro que me había prestado cinco libros
hacia dos años o más, me escribió un recado rogándome le devolviera tres de
ellos, y con gran sorpresa suya recibió a la vuelta de correo no solamente
los que me pedía, sino los otros dos que él había olvidado. Yo había formado
y conservado cuidadosamente una lista de los libros que me habían sido
prestados, y podía por lo mismo devolverlos completos a sus respectivos
dueños. La persona a quien me refiero no esperaba seguramente que yo le
contestara remitiéndole los libros con tanta prontitud, pues me escribió una
carta manifestándome sus agradecimientos; y cuando volví a visitar su
estudio, lo hallé en la mejor disposición de hacerme un nuevo préstamo. Es
común escribir en la hoja en blanco de los libros, versos por el estilo del
siguiente:
"Si te presto a algún amigo
Para que él en ti se instruya,
Dile que no te destruya
Y te envíe pronto conmigo.
Que me holgaré si consigo
Que de provecho le seas
Comunícale ideas
Con qué promover su bien;
Que no en cambio, con desdén
Por él mirando te veas."
El Sr. Walter Scott decía con la agudeza que le era genial, que sus amigos
podrían ser malos contadores, pero en cambio aseguraba que eran buenos
tenedores de libros. Algunos han acabado por imitar al estudiante a quien al
mandarle pedir prestado un libro, un conocido suyo, por conducto de un
criado, contestó que no le era posible permitir que el libro saliera de su
gabinete, pero que no tenía inconveniente en que el que lo solicitaba fuera
a su casa, y sentado allí lo leyera todo el tiempo que gustara. La contra
réplica fue inesperada, pero completa, cuando con motivo de tener el
estudiante su lumbre medio apagada, envió a pedir a su conocido un par de
fuelles y recibió por contestación, que a éste no le era posible permitir
que los fuelles salieran de su cuarto, pero que no tenía inconveniente en
que el que los solicitaba fuera a su casa y allí los soplara todo el tiempo
que gustara. Cuando el que pide prestado obra con prudencia y delicadeza,
puede fácilmente conseguir mucho que leer; pero no debe echarse en olvido el
hacha de que se habla en la Biblia, sino tenerse mucho cuidado con lo que se
pide. "El impío toma prestado y no paga." Sal. 37:21.
En caso de que la escasez de libros sea una plaga que se haga sentir en el
lugar en que viváis, hay un libro que todos vosotros tenéis, y ese es
vuestra Biblia; y un ministro con su piedra, es decir, se halla enteramente
equipado para la lucha. Nadie puede decir que no tiene pozo de donde sacar
agua, mientras las Escrituras se hallen a su alcance. En la Biblia tenemos
una biblioteca completa, y el que la estudia a fondo, será un hombre más
erudito que si hubiera estudiado todos los libros de la biblioteca de
Alejandría. Entender la Biblia debe ser nuestra ambición. Es menester que
estemos tan familiarizados con ella, como lo está una costurera con su
aguja, un comerciante con su libro de apuntes, y un marinero con su
embarcación. Necesitamos conocer su corriente general, el contenido de cada
libro, los detalles de sus historias, sus doctrinas, sus preceptos, en suma,
todo lo que con ella está relacionado. Erasmo hablando de Jerónimo,
pregunta: "¿Quién como él ha aprendido de memoria toda la Biblia, está
embebido de ella, o la ha meditado como él la meditó?" Se dice de Wltslus,
un erudito holandés, autor de la famosa obra sobre "The Covenants," (Los
Pactos) que también podía no simplemente decir de memoria todas las palabras
de la Biblia en las lenguas originales en que fueron escritos sus diversos
libros, sino recitar las críticas de los mismos hechos por los mejores
autores. He oído decir asimismo, de un antiguo ministro residente en
Lancashire, que era una Concordancia ambulante, pues podía dar a uno el
capitulo y el versículo de cualquier pasaje citado, o viceversa, dar
correctamente las palabras correspondientes a un lugar indicado. Eso puede
haber sido efecto de una memoria prodigiosa, pero revela también un estudio
útil en extremo. No digo que vosotros intentéis hacer lo mismo; pero si
pudierais, seria mucho lo que con eso ganaríais. El Rev. William Huntington,
a quien ahora no sé si deba aplaudir o condenar, tenía la manía siempre que
predicaba, de citar incesantemente el capitulo y el versículo; y para que
se viera que no necesitaba para esto de recurrir al libro impreso, de un
modo algo inconveniente acostumbraba quitar la Biblia de enfrente del
púlpito.
El que no ha aprendido meramente la letra de la Biblia, sino su verdadero
espíritu, no será por cierto un hombre insignificante, cualquiera que su
falta de instrucción en otro sentido pueda ser. Ya conocéis el antiguo
proverbio, "Cave ab homine unius libri." Cuídate del hombre de un libro. Un
hombre así es un terrible antagonista. El que tiene su Biblia en la punta de
los dedos y en el fondo del corazón, es un campeón de nuestro Israel: no os
será posible competir con él. Bien podéis tener un arsenal de armas, pero su
conocimiento bíblico os vencerá, porque su espada es como la de Goliath, de
la cual dijo David: "No hay ninguna como ella." El piadoso William Romaine,
en los últimos años de su vida archivó todos sus libros y no leía más que su
Biblia. Era un hombre erudito, y con todo había sido monopolizado por ese
único libro, y héchose fuerte por su medio. Si nos vemos obligados a hacer
lo mismo por necesidad, recordemos que algunos lo han hecho por gusto, y no
nos quejemos de nuestra suerte, porque las Escrituras nos harán "más Sabios
que los antiguos." Nunca careceremos de un asunto santo, si continuamente
nos ocupamos en el estudio de ese libro inspirado. Además, hallaremos en él
no sólo asunto, sino también ilustración, porque la Biblia es la mejor
ilustradora de ella misma. Si necesitáis anécdotas, símiles, alegorías o
parábolas, recurrid a las páginas sagradas. La verdad bíblica nunca tiene
más encantos que cuando esta adornada con joyas tomadas de su propio tesoro.
Últimamente he estado leyendo yo los libros de los Reyes y de las Crónicas,
y he quedado enamorado de ellos. Están tan llenos de enseñanzas religiosas,
como los Salmos o los Profetas, cuando se leen con la debida atención. Me
parece que Ambrosio fue quien dijo. "Yo adoro la inmensidad de la Biblia."
Me figuro que escucho a cada momento la misma voz que resonó en los oídos de
Agustín, con respecto al Libro de Dios, diciéndole: "Tolle, lege" (Torna,
lee). Puede suceder que residáis en alguna población en donde no encontráis
a nadie de quien poder aprender, ni libros que valgan la pena de ser leídos;
y entonces leed la Ley del Señor y meditadla día y noche, y seréis "como un
árbol plantado junto a la orilla del agua." Haced de la Biblia vuestra mano
derecha, vuestra inseparable compañera, y no tendréis razón para lamentar lo
exiguo de vuestro equipo en otra clase de cosas.
Quisiera yo que os impresionarais con la verdad de que un hombre que cuenta
con pocos recursos para proveerse de lo que necesita, puede suplir todo lo
que le haga falta, pensando y meditando mucho. Pensar y meditar son cosas
más provechosas que poseer muchos libros. La meditación es un acto del alma
que desarrolla y educa al ser pensador. A una muchachita se le preguntó una
vez si sabía lo que era su alma, y con gran sorpresa de todos contestó: "Mi
alma es mi pensamiento." Si esto fuere verdad, puede asegurarse que hay
algunos que tienen un alma muy pequeña. Sin pensar y meditar, la lectura no
puede ser provechosa al espíritu, sino sólo alucinar al hombre haciéndole
creer que está volviéndose sabio. Los libros son una especie de ídolos para
algunos hombres. Así como las imágenes usadas entre los católicos romanos
tienen por objeto hacerlos pensar en Cristo, y lo que hacen es alejar su
pensamiento del mismo, así también los libros cuyo objeto es hacer pensar a
los hombres, sirven a menudo de estorbo al pensamiento. Cuando George Fox
tomó un cuchillo filoso, se cortó un par de pantalones de cuero, y una vez
en oposición con las modas de la sociedad, se ocultó en el hueco de un árbol
donde se entregó a pensar un mes seguido, se hizo un hombre de grandes
pensamientos ante quien los hombres pensadores tuvieron que retirarse
derrotados. ¡Qué alboroto causó no sólo entre el Papismo, la Prelacía y el
Presbiterianismo de su época, sino también entre los sabios y eruditos
impugnadores de estas instituciones! No se ocupó en quitar las telarañas de
los libros, ni dio tiempo a la polilla de que en ellos se echara. El
pensamiento es la espina dorsal del estudio y si más ministros se entregaran
a él, ¡qué bendición tan grande sería ésta! Pero es de advertir que
necesitamos hombres que piensen en la voluntad revelada de Dios, y no
soñadores que quieran forjar religiones según su fantasía. En la actualidad
estamos por desgracia plagados de una turba de individuos que no parece sino
que andan con la cabeza y piensan con los pies. En desbarrar consiste para
ellos la meditación. En lugar de fijarse en la verdad revelada, condimentan
un menjurje a su sabor, en el cual aparecen en Iguales partes el error, el
engaño y la necedad, y a este revoltijo le llaman "pensamiento moderno."
Necesitamos hombres que se esfuercen en pensar profunda pero rectamente,
abismándose sólo en los pensamientos de Dios. Lejos de mí el aconsejaros que
imitéis a los jactanciosos pensadores de este siglo que ven vaciarse las
casas donde pretenden celebrar sus reuniones, y se glorían de ello diciendo
que eso se debe a que predican para la gente instruida y de talento. Esto no
pasa de ridícula jerigonza. Consagrar empeñosamente el pensamiento y la
meditación a cosas que con toda confianza son creídas entre nosotros, es
cosa diferente, y eso es lo que os aconsejo hagáis personalmente. Soy deudor
a muchas horas y aun días que he pasado enteramente solo, bajo un antiguo
encino junto al río Medway. Habiéndome sentido algo indispuesto por los días
en que iba a dejar la escuela, conseguí que se me dieran frecuentes asuetos,
y armado de una excelente caña de pescar, atrapaba algunos pececillos, y a
la vez me entregaba a la meditación tratando de rumiar los conocimientos que
habla adquirido. Si los niños quisieran pensar, seria conveniente darles
menos clases que estudiar, y más oportunidades para entregarse a tan útil
ejercicio. El que se atraca y no digiere, lejos de robustecerse se debilita,
y esto es más deplorable en lo mental que en lo físico. Si vuestra
congregación no es bastante numerosa para proveeros de una biblioteca no
necesitará de todo vuestro tiempo, y teniendo por lo mismo, una parte de él
que emplear en la meditación, estaréis en mejores condiciones que aquellos
hermanos que cuentan con muchos libros, pero con casi nada de tiempo para
meditar.
Sin necesidad de libros un hombre puede aprender mucho con sólo estar atento
a lo que pasa. De las historias que corren entre el vulgo, de los sucesos
que ocurren al alcance de nuestras propias narices, de los episodios
referidos en los periódicos, de los asuntos de la conversación común, de
todo, en fin, es posible aprender alguna cosa. Es admirable la diferencia
que hay entre prestar atención y no prestarla. Si no tenéis libros en que
fijar los ojos, llevadlos bien abiertos por donde quiera que vayáis, y
siempre hallaréis algo digno de llamaros la atención. ¿No podéis aprender
mucho de la naturaleza? No hay una flor que no se preste al estudio.
"Considerad los lirios" y aprended de las rosas. No solamente podéis echar
mano de la hormiga, sino que toda criatura viviente, sea cual fuere, os
puede ministrar asunto para instruiros. Hay una voz en cada vibración del
aire, y una lección en cada una de las partículas de polvo que él mismo
arrastra al soplar. Los sermones relucen por las mañanas en cada uno de los
pétalos de la perfumada flor, y las homilías vuelan a vuestro lado como las
hojas secas que arranca de los árboles un viento juguetón. Un jardín es una
biblioteca; un campo sembrado de trigo, un volumen de filosofía; cada roca
es una historia, y cualquier riachuelo el bello asunto de un poema. Anda tú,
que tienes los ojos abiertos, y busca lecciones de filosofía por todas
partes: arriba en los cielos; abajo en la tierra y en las aguas que se
hallan debajo de la tierra. Los libros son pobres cosas comparadas con esto.
Además, por desprovistas que estén vuestras bibliotecas, cada uno puede
estudiarse a si mismo. El ser de uno es un volumen misterioso, la mayor
parte del cual nunca ha sido bien leída. Si alguno cree conocerse a si mismo
a fondo, no hay duda que se engaña, porque el libro más difícil de leer, es
el corazón humano. Dije el otro día a un incrédulo que parecía metido en un
laberinto: "Bien, realmente no puedo entenderos; pero eso no me asombra,
puesto que tampoco he podido entenderme a mí mismo;" y le dije en verdad lo
que sentía. Seguid con atención las extravagancias y giros caprichosos de
vuestros pensamientos; la inconsecuencia que existe entre vuestros hechos
como os lo demuestra vuestra propia experiencia; la depravación de vuestro
corazón, y la obra que en él efectúa la divina gracia; vuestra tendencia a
pecar, y vuestra idoneidad para la santidad; cuán cerca os halláis del
diablo, y sin embargo, cuán estrechamente aliados con el mismo Dios.
Observad cuán sabiamente podéis obrar si seguís las enseñanzas de Dios, y
cuán neciamente si os dejáis llevar por vosotros mismos. Procediendo así
hallaréis que el estudio de vuestro corazón es de inmensa importancia para
vosotros como gulas de las almas de los demás. La propia experiencia de un
hombre debe servirle como laboratorio en qué preparar las medicinas que le
es necesario prescribir. Aun vuestras faltas y caídas os instruirán si las
lleváis humildemente a las plantas del Señor. Hombres que se hallaran sin
ningún pecado, no serían a propósito para abrigar simpatía por la gente
pecadora. Estudiad las relaciones que existen entre el Señor y vuestras
propias almas, y conoceréis mejor las que él mantiene con la humanidad.
Estudiad a los otros hombres; ellos son tan instructivos como los libros.
Suponed que viniera a uno de nuestros grandes hospitales, un joven
estudiante tan pobre, que no pudiese comprar libros de cirugía. Esto le
sería sin duda, muy perjudicial; pero si tenía entrada en el hospital,
presenciaba las operaciones allí efectuadas y observaba casos diversos día
tras día, no me llamaría la atención que con el tiempo llegase a ser tan
buen cirujano como sus más favorecidos compañeros. Su observación le
enseñaría lo que los libros solos no podrían hacer; y estando como estaba
mirando la amputación de un miembro, el vendaje de una herida, o el
atamiento de una arteria, podría de cualquier modo que fuera, adquirir una
práctica quirúrgica que le sería en extremo provechoso. Ahora, mucho de lo
que un ministro necesita saber, debe aprenderlo por medio de la observación.
Todos los pastores sabios han tenido que recorrer espiritualmente los
hospitales, y que tratar con preguntones impertinentes, hipócritas,
apostatas y con gente que peca por mucha desconfianza o por mucha
presunción. Un hombre que por experiencia práctica conoce lo que se debe
esperar de Dios, y ha hecho un estudio concienzudo del corazón de sus
semejantes, podrá en igualdad de circunstancias ser más útil a éstos, que el
que sólo sabe lo que ha leído. Seria lástima que un hombre fuera como un
colegial que sale del aula como si saliera de una caja, para entrar a un
mundo que nunca había conocido, tratar con gente a quien jamás había
observado, y tomar parte en actos con los cuales nunca había estado en
contacto personal. "No un novicio," dice el apóstol; y es posible ser
novicio a pesar de ser un estudiante erudito, un clásico, un matemático y un
teólogo teórico. Debemos estar prácticamente familiarizados con las almas de
los hombres, y en ese caso, lo poco numeroso de nuestros libros no es cosa
que nos pueda perjudicar. "Pero," preguntará quizás algún hermano, "¿cómo
puede estudiarse a un hombre?" He oído hablar de un individuo de quien se
decía que nunca podía dejar de enseñar algo, al que se ponía a hablar con él
unos cuantos minutos debajo de un portal. No puede negarse que era un sabio;
pero lo sería mucho más el que nunca pudiera detenerse el mismo espacio de
tiempo a hablar con otro, sin aprender algo de él. Los sabios pueden sacar
tanto partido de un necio, como de un filósofo. Un necio es un espléndido
libro para ser leído, porque en él se encuentran abiertas todas las hojas.
Hay algo de cómico en su estilo que invita a seguir leyendo, y si no
conseguís otra cosa que distraeros, os aconsejo que no publiquéis, al
confesarlo así, vuestra propia necedad.
Aprended de los santos experimentados. ¡Qué cosas tan profundas pueden
algunos de ellos enseñaros a nosotros todos! ¡Cuantos casos los individuos
que forman el pueblo pobre de Dios, pueden narrar acerca de las
providenciales muestras de su presencia, que les ha dado el Señor! ¡Cómo se
glorían de la gracia divina que los ha sostenido, y de la fidelidad con que
el Señor guarda su pacto! ¡Qué luz tan clara derraman a menudo sobre las
promesas, poniendo así de manifiesto cosas ocultas a los sabios carnales,
pero claras a la vista de los humildes y sencillos de corazón! ¿No sabéis
que muchas de las promesas están escritas con tinta invisible, y tienen que
aproximarse al fuego de la aflicción para que se puedan leer? Los espíritus
probados pueden ser excelentes instructores de los ministros.
Por lo que hace al que algo nos pregunta, ¡cuánto se puede aprender del
mismo! Yo he tenido ocasión de que se me haga patente mucha de mi estupidez,
al estar en conversación con personas deseosas de ilustrarse. Me he visto
verdaderamente desorientado por un jovencillo a quien trataba de llevar al
Salvador. Yo creía haberle persuadido ya, cuando se me escapaba eludiendo
mis razones parapetándose tras de su incredulidad, con perversa ingenuidad.
Personas así nos ponen en los mayores aprietos. La gracia del Señor nos
auxilia al fin para llevarlas a la luz, pero después de habernos dejado ver
nuestra propia insuficiencia. En las extrañas perversidades de la
incredulidad, las singulares y falsas argumentaciones con que nuestros
contrincantes apoyan su manera de sentir, y combaten los textos de la
Escritura, nos hacen hallar a veces un mundo de instrucción. Yo mejor daría
a un joven una hora de discusión con un incrédulo investigador, o con uno
cuyo ánimo sintiérase abatido, que una semana en las mejores de nuestras
clases, por lo que hace a las lecciones prácticas que pudiera recibir para
el mejor desempeño de sus funciones pastorales.
Por último, id con frecuencia al lecho de un moribundo. Estos son libros que
instruyen e iluminan. En ellos leeréis la verdadera poesía de nuestra
religión, y descubriréis los secretos de la misma. ¡Qué espléndidos gérmenes
van envueltos por las olas del Jordán! ¡Qué hermosas flores crecen en sus
riberas! Los manantiales eternos de la mansión gloriosa, arrojan su blanca
espuma para lo alto, y ésta, tornada en gotas de rocío, cae de este lado del
angosto río. Yo he oído a hombres y a mujeres humildes, en sus horas
postrimeras, hablar como si estuvieran inspirados, profiriendo palabras
extrañas en las que irradia la suprema gloria. Estas no pueden haberlas
aprendido de labio ninguno humano: deben haberlas oído al llegar a los
suburbios de la Nueva Jerusalén. Dios les habla en el oído, en medio de sus
dolores y debilidad, y entonces ellos nos dicen algo de lo que el Espíritu
Divino ha querido revelarles. Yo de buena gana dejaría todos mis libros por
ir a ver a los Elías del Señor subir en sus carros de fuego.
¿No he dicho ya lo bastante acerca de nuestro asunto? Si no lo creéis así,
yo por lo menos debo recordar el sabio dicho de que es mejor terminar una
audiencia con deseo de que siga, que con disgustos de que continúe, y de
consiguiente ¡Adiós!
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