| Asunto: | [rpe] sermón de Spurgeon "Del estercolero al trono" Salmo 113:7-8 | | Fecha: | Lunes, 6 de Mayo, 2002 11:39:24 (-0300) | | Autor: | Recursos del Predicador Evangélico <renatacguerrero @.........ar>
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DEL ESTERCOLERO AL TRONO
"Y levanta del polvo al pobre. Y al menesteroso alza del estiércol, para
hacerles sentar con los príncipes, con los príncipes de su pueblo." (Salmo
113:7-8)
Este texto trata especialmente de la obra de la gracia de Dios. En este caso
vemos mejor que en otro alguno la condescendencia infinita de Dios en su
trato con el hombre. Se vale de lo que es vil para el mundo y de lo de
ningún valor para reducir a nada lo que se jacta de algo. Elige para sí
mismo lo que con desprecio desecha el mundo. Cubre el tabernáculo del
testimonio con piel de foca, elige piedra tosca, sin labrar como material
para construir el altar, una zarza cual candelabro para su manifestación
ardiente y un pobre pastorcillo de ovejas para ser el "hombre según su
corazón". Las personas y cosas que desprecian los hombres son a menudo de
gran estima a la vista de Dios. Halla decenas de millares que por su estado
y dignidad merecen un estercolero y les eleva llevándolos en sus potentes
brazos de misericordia, hasta sentarlos entre los príncipes de su pueblo.
Con motivo del texto fijémonos, pues, en dónde halla sus escogidos, cómo les
eleva y dónde les coloca.
I. Dónde los halla.
La expresión del texto implica que se hallan en la categoría social más
baja. Muchos de los elegidos del Señor no sólo se hallan entre los obreros,
sino en las filas de los más pobres hijos del trabajo. Hay personas cuya
penosa ocupación apenas produce lo bastante para proporcionarles el alimento
suficiente para mantener el alma unida al cuerpo y, no obstante, llegan a
poseer pan espiritual en abundancia. Muchos visten miserablemente, llevando
remiendo sobre remiendo, mas a pesar de ello, ante Dios, ni Salomón en el
apogeo de su gloria, estaba vestido como uno de ellos. Algunas de las
biografías más hermosas contienen la vida y hechos de cristianos elevados de
la mayor miseria. Y ¿quién no ha contemplado con el mayor placer a esas
personas afligidas de diversas calamidades, que han tenido que ir a parar en
algún asilo, a esos creyentes en Dios que comen de gracia el pan cotidiano
por carecer de fuerzas y de ocasión para ganárselo con sus propias manos?
Pobre oyente que me escuchas esta mañana y te sientes casi indigno de
sentarte en uno de estos asientos del lugar del culto, te suplico no te
imagines que la pobreza sea un impedimento de elevación a la categoría de
príncipe para con Dios. Todo lo contrario. La gloria del Evangelio es que ha
de ser predicado a los pobres.
Pero, evidentemente, el texto tiene un sentido más espiritual. El
estercolero es un lugar donde se echan las cosas inútiles; las cosas
gastadas, ya inservibles para todo uso, se echan a la basura. Acaso desde su
primitivo y apropiado uso, se les ha dado ya dos o tres años, más o menos
adecuados, pero ahora sólo sirven de estorbo, y de consiguiente se echan a
la basura para que se lleve lejos. ¡Cuántas veces los elegidos del Señor se
han sentido semejantes a tal desecho, inútiles para todo uso, dignos
solamente de ser tirados a la basura! Tú, querido amigo, tal vez en este
momento te reconoces tal nulidad. Esta apreciación te causa tristeza, pero
es, sin embargo, señal de salud. Cuando nosotros nos tenemos en poco Dios
nos tiene en gran estima. Dios resiste al soberbio, pero da gracia al
humilde. "El no quebrará la caña cascada; ni apagará la mecha que humea."
Aunque seas digno tan sólo de ser echado a la basura, su misericordia tierna
te tendrá en cuenta y te elevará entre los príncipes de su pueblo.
Quizás ofrezca más consuelo tener presente que el estercolero es el lugar de
destino para las cosas inmundas y repugnantes. De tales cosas acostumbramos
a decir: "¡Fuera esa peste!" Cuando una cosa entra en descomposición,
procuramos librarnos de ella en seguida. ¡Qué triste! Triste es que tengamos
que aplicar esto a alguno de nuestros semejantes, pero es preciso hacerlo.
¡Oh amigo!, si el pecado te hace sentir enfermo, la cabeza enferma, el
corazón fatigado, y si desde la cabeza hasta los pies te parece podrida
llaga y corrupción, todavía el amor del Señor de gloria bajará hasta ti. Aun
cuando al robo hayas añadido el homicidio y al homicidio iniquidad, la
misericordia divina te busca y la sangre de Cristo aún es capaz de limpiarte
de toda vileza. Todo aquel que se arrepiente y cree en El, queda justificado
de todo aquello de que la ley de Moisés no le podría justificar.
El pecado es un mal horroroso, un veneno fatal; sin embargo, y aun cuando
hubiere penetrado en tu alma y en tu cuerpo hasta hacerte repugnante, moral
y físicamente, la gracia infinita de Dios, manifestada en Cristo Jesús, es
capaz de levantarte de tanto embrutecimiento y degradación y constituirte en
glorioso trofeo de su gracia.
II. Cómo el Señor lo efectúa.
Cuando el culpable, inútil y desgraciado pecador oye que Cristo Jesús vino
al mundo a buscar y salvar lo perdido esa pobre alma dirige la vista hacia
El, como diciendo: "Señor, tú eres mi último recurso. Si tú no me salvas,
estoy perdido para siempre; de ti depende en absoluto mi salvación, porque
yo no puedo ayudarme; no puedo añadir ni siquiera un hilo a la tela del
vestido de tu justicia. Si tú no has completado la obra de salvación, no
tengo nada para agregar a ella. Si tú no has pagado del todo el precio del
rescate, no tengo ni un céntimo para completarlo. Señor, estoy ahogándome,
me hundo, a ti me acojo; sálvame por tu amor y misericordia. Toda mi
esperanza en ti descansa."
Llegando el alma a este punto, ya está fuera del estercolero. Desde el
momento en que el pecador se abandona así a la misericordia divina, cesa de
ser pecador perdido. Dios borra de una plumada, como si dijéramos, sus
culpas. Ya no se halla culpable en su presencia, sino justificado por la
sangre de Cristo. Es salvado por gracia, mediante la fe, no por obras: es
don de Dios. Ya puede levantarse de su arrepentimiento en saco y ceniza,
cantando un nuevo cántico en honor del Cordero inmolado que le redimió, no
con oro y plata, sino con su preciosa sangre. Así por el don de su Hijo
unigénito aceptado por el perdido, Dios eleva a sus elegidos de su estado de
perdición y ruina, haciéndoles ver y sentir que están sobre el estercolero y
que no pueden librarse de la miseria ellos mismos.
Todo cristiano presente en esta congregación, cualquiera que haya sido su
vida anterior, se halla perfecto a la vista de Dios, mediante la obra de
Jesús. La justicia inmaculada de Dios le es atribuida mediante la fe, de
suerte que se halla "acepto en el Amado". Los hijos de Dios salvados del
estercolero disfrutan de la seguridad completa de la salvación. Están
seguros de que están a salvo, pudiendo decir con Job: "Sé que mi Redentor
vive." No dudan de si son hijos de Dios o no, porque el Espíritu rinde
testimonio a su espíritu que son hijos de Dios, nacidos de arriba. Cristo es
su hermano mayor. Dios es su Padre y les rige el espíritu filial, mediante
el cual dicen: "Abba Padre." Están convencidos de que "ni la muerte, ni la
vida, ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo bajo, ni ninguna
criatura podrá apartarles del amor de Dios que es en Cristo Jesús, su
Señor". Pregunto a cada uno de vosotros, de corazón entendido, si esto no es
estar entre los príncipes de su pueblo.
Los hijos de Dios, favorecidos por la gracia divina, tienen el privilegio de
tener comunión con Cristo Jesús. Como Enoc, andamos con Dios. Como una
criatura anda con su padre llevada de su mano, mirándole el rostro, así los
elegidos de Dios andan con su Padre celestial, del modo más íntimo, familiar
y confiado, hablándole, explicándole sus tristeza, escuchando de su boca de
gracia los secretos de su amor. La comunión con Jesús es cosa de más precio
que el diamante más precioso de cualquier diadema imperial, de más precio
que la corona más hermosa que vista el primer rey de la tierra.
Pero no es esto todo. Los creyentes son favorecidos con la gracia
santificadora del Espíritu Santo. Dios, el Espíritu, mora en el cristiano
verdadero por humilde que sea entre los hombres: es un templo ambulante en
el que reside la divinidad. El Espíritu de Dios mora en nosotros y nosotros
en él. Y este Espíritu santifica diariamente la vida y obra del cristiano,
de manera que todo lo hace como para Dios; si vive, vive para Dios; si
muere, le es ganancia. Queridos, en verdad es estar sentado entre príncipes
el experimentar la influencia santificadora del Espíritu del Señor.
Además, muchos santos reciben, por añadidura, la bendición de ser útiles y
hacemos hincapié en esto especialmente porque de linaje real es todo hombre
positivamente útil a sus semejantes. No creáis que exagero; hablo la pura
verdad: es príncipe verdadero quien hace bien a sus semejantes. Ser capaz de
sembrar perlas sacándolas de la boca puede constituir a uno príncipe de
cuento de hadas; pero si los labios son bendición para las almas de los
hombres llevándoles al Salvador, esto es ser príncipe de verdad. Alimentar
al hambriento, vestir al desnudo, levantar al caído, enseñar al ignorante,
animar a los tristes, fortalecer a los vacilantes y conducir a los creyentes
al trono de Dios, esto, hermanos, es andar revestido de un brillo que
cordones y estrellas, órdenes y condecoraciones, jamás pueden conferir al
hombre.
Aún más; el mundo tiene la idea de que somos gente sin dicha. Los escritores
nos pintan a los caballeros andantes cual personas animosas, valientes y
llenas de gozo y entusiasmo, mientras que los pobres puritanos eran gente
desdichada, detestando los días festivos, aborreciendo los juegos y
entretenimientos lícitos, caritristes y miserables, siendo una lástima que
bajaran al infierno porque ya lo tenían en esta vida. Esto es falso;
absolutamente falso, o por lo menos caricatura grosera. El regocijo de los
caballeros no era más que chisporroteo de espinas bajo la olla; pero en los
pechos de los puritanos moraba un gozo profundo e inagotable.
Pero sea como fuese, lo positivo es que nosotros que confiamos en Jesús
somos la gente más bienaventurada y feliz del mundo; y esto no naturalmente,
porque algunos de nosotros somos melancólicos por naturaleza; no siempre
circunstancialmente, porque algunos de nosotros somos extremadamente pobres;
pero en nuestro interior somos verdadera y positivamente felices, y podéis
creerlo, el gozo de nuestro corazón no puede ser aventajado por ningún otro.
Ni por el doble del oro que hay en todas las Indias mentiría en este caso:
si hubiera de morir como un perro mañana, no cambiaría mi lugar con hombre
alguno debajo del cielo en lo que toca a gozo y paz del alma, porque el ser
cristiano y saberlo, disfrutar de este hecho, conocer la elección y
comprender el glorioso llamamiento de Dios, esto proporciona más
bienaventuranza, paz y gozo, en diez minutos, que el que se halla cien años
en las moradas del pecado.
Así que, leyendo en el texto que "nos hace sentar con los príncipes", no
pienso tanto en la figura retórica que, como todas, cojea; porque Dios nos
coloca muy por encima de todos los príncipes terrestres, y si no fuera por
lo que sigue, sería mejor prescindir de la figura; pero esto lo explica:
"príncipes de su pueblo", es decir, príncipes de otra sangre; grandes de
otro reino. Entre los tales hace Dios morar a los suyos.
III. Dónde los hace sentar.
"Entre los príncipes." Ya hemos indicado la idea, pero vamos a fijarnos en
otro aspecto del caso. "Entre príncipes" es el lugar de sociedad escogida.
No se admite a cualquier en tal círculo distinguido. Entre tales
aristócratas no debe meterse el plebeyo. Sangre azul circula por sus finas
venas y no se puede esperar que el carmesí común se permita avivar la
corriente lánguida. Pero ¿el verdadero cristiano? Pues éste también vive en
sociedad muy distinguida. Oigamos: "Nuestra comunión verdaderamente es con
el Padre y con su Hijo Jesucristo" (Juan 1:3). ¡Hablar de sociedad selecta!
Ninguna hay más distinguida que ésta. Somos "linaje escogido, real
sacerdocio, gente santa." No nos liemos llegado al monte de Sinaí, sino al
monte de Sión y a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celeste, y a la
compañía de muchos millares de ángeles, y a la congregación de los
primogénitos que están alistados en los cielos (Hebreos 12:18-24). Esta es
la sociedad escogida.
Por otra parte, aunque los soberanos tengan sus días y sus horas de
audiencia, el príncipe será recibido mientras el pueblo ha de mantenerse a
distancia. Así también en lo espiritual, el hijo de Dios tiene acceso libre
al trono del cielo a toda hora. Nuestros privilegios son de la mayor
importancia. "Porque por él los unos y los otros tenemos entrada por un
mismo espíritu al Padre." "Lleguémonos, pues, confiadamente, al trono de la
gracia -dice el apóstol- para alcanzar misericordia y hallar gracia para el
oportuno socorro" (Hebreos 4:16). Tal es nuestra sociedad elegida, tal
nuestro privilegio de palacio y de trono.
Se supone que entre los príncipes hay riqueza abundante. Pero, ¿qué y cuál
es la riqueza de los príncipes de la tierra comparada con la de los
creyentes? Pues, "todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios".
"El que aun a su propio Hijo no perdonó, antes le entregó por todos
nosotros, ¿cómo no os dará también con Él todas las cosas?"
Los príncipes tienen también poder especial. El príncipe ejerce influencia;
maneja el cetro en sus dominios. Y así, nosotros, somos hechos "reyes y
sacerdotes para Dios y reinaremos para siempre jamás". No somos reyes de tal
o cual dominio de triple corona, y no obstante tenemos triple dominio:
reinamos sobre el espíritu, alma y cuerpo. Reinamos sobre el reino unido del
tiempo y de la eternidad: reinaremos en el venidero, para siempre jamás.
Los príncipes disfrutan de honor especial. Las masas desean ver al príncipe
y se deleitarían en servirle. Se le concede el primer puesto en el reino: es
de sangre real y es preciso que se le estime y respete. Queridos, oigamos la
Palabra: "Y juntamente nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los
cielos con Cristo Jesús", de modo que como participamos de su cruz
participaremos de sus honores.
Pablo fue arrebatado del estercolero de la persecución y no obstante no es
inferior a nadie en la gloria; y tú aun cuando fueras el primero de los
pecadores, no tendrás más mala suerte cuando venga el Señor en su gloria.
Pero como te redimió con su sangre y te honró en la tierra, así te honrará
en el estado futuro, haciéndote sentar consigo y reinar entre los príncipes
de su pueblo para siempre jamás. ¡Bendiga Dios estas palabras por amor de
Jesús! Amén.
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