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2 Timoteo 4.2: "que
prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye,
reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina".
Dos preguntas básicas en la enseñanza bíblica a los
niños.
Por
Betty Constance.
De alguna
manera, todos los que enseñamos la Biblia a los niños nos hemos hecho estas
preguntas en alguna oportunidad. ¿Por qué enseñamos la Biblia a los niños? ¿Vale
la pena? ¿Debemos solamente ofrecerles un lugar apropiado para que amen la
iglesia y esperar hasta que sean más grandes para enseñarles las verdades
bíblicas?
POR
QUE
Por sobre
todas las cosas, les enseñamos la Biblia a los niños porque así nos mandó
Cristo. En Marcos 16.15 Jesús les dice a sus discípulos -y a nosotros- que deben
ir por todo el mundo predicando el evangelio a toda criatura. Esto, por
supuesto, incluye a los niños. En Mateo 18.1-6 Jesús reconoció las cualidades
espirituales del niño: "... si ustedes no cambian y se vuelven como niños, no
entrarán en el Reino de Dios". También hizo referencia a sus limitaciones en la
comprensión de las cosas espirituales: "a cualquiera que haga caer en pecado a
uno de estos pequeños que creen en mí...". Su amonestación en el versículo 10
del mismo capítulo muestra asimismo la importancia que les dio como individuos
con necesidades espirituales "no desprecien a ninguno de estos pequeños...". El
solo hecho de que Jesucristo lo haya ordenado es un 'por qué' suficiente como
para poner las manos en el arado, pero hay otras cosas que debemos recordar con
respecto a la enseñanza a los niños. Nosotros enseñamos la Biblia a los niños
porque necesitan aceptar a Cristo como el Salvador y entregarle la vida entera a
su servicio. El niño necesita la seguridad de su salvación, además de la
libertad que le da el perdón de sus pecados; él también tiene esas necesidades.
Además, tiene el derecho de sentir el gozo de la esperanza de la vida eterna con
Cristo.
Como el
niño es una persona en formación, es capaz de responder a Dios en una forma muy
especial e íntima en medio de sus distintas etapas de desarrollo. Este tipo de
relación es algo único, que no volverá a repetirse jamás en otra etapa de su
vida. Enseñar la Biblia correctamente al niño significa darle oportunidad de
gozar de las cosas de Dios en el contexto de lo que es ser niño, con la frescura
y espontaneidad de sus distintas etapas de formación. La realidad nos demuestra
que es mucho más atractivo tener frutos espirituales entre los adultos que entre
los infantes. Puede ser por la trascendencia, por el temor a la inestabilidad de
las decisiones infantiles, etcétera. La cuestión es que ponemos más énfasis en
la ministración a los adultos que en la de los niños. En mi interior creo que
este desequilibrio se debe a varias razones, pero hay una fundamental:
desconocemos la belleza de la vida espiritual del niño, como para desear
participar en ella.
Quiero
presentar otra razón más. El niño de los años que marcan el final del siglo XX
es un niño en crisis. Vive en medio del abandono físico y emocional. Busca
diariamente la seguridad en un mundo cambiante, violento, incierto. En una clase
de Escuela Dominical de diez niños, es muy probable que cinco de ellos vivan en
hogares con serios problemas. Los conflictos matrimoniales, la separación y el
divorcio, el concubinato, el castigo excesivo, los hijos no deseados, los
traumas en los adultos y los problemas típicos del alcoholismo
y
la adicción
han llegado a ser comunes no sólo en la comunidad secular sino aun en las
familias de la iglesia. Si agregamos a esto la dimensión de tensión y
preocupación constante que generan el desempleo y los bajos sueldos, típicos en
la mayoría de los hogares en nuestras iglesias, no debe sorprendemos que los
niños mismos evidencien este tipo de estrés en sus reacciones y conductas. El
niño que vive estos problemas necesita sentir la realidad de la presencia de
Dios en su vida diaria. Esa presencia puede otorgarle seguridad y paz y un amor
incondicional de parte de un Dios que lo acepta como es. Será mediante el
contacto directo con la Biblia que el Espíritu Santo revelará esa relación a los
"pequeños" que se acercan para conocerlo. Por estas y muchas razones más,
enseñemos la Biblia a los niños.
¿QUE DEL MAESTRO?
La Lic.
Elizabeth McDaniels, en su libro You and Children (Usted y los niños ), dice:
"Los adultos que trabajan con los niños en la iglesia representan el 75% de lo
que la palabra 'iglesia' representa para esos niños", O sea que, en términos
generales, tres cuartos de lo que un niño asimila de la 'iglesia' se reduce a
las personalidades de quienes tienen intensa actividad con él. A este respecto,
ella cita a un gran educador cristiano, Clarence Benson, quien afirmó lo
siguiente acerca de su crecimiento espiritual como niño: "Primero aprendí a amar
a mi maestro, luego aprendí a amar la Biblia de mi maestro, y finalmente aprendí
a amar al Señor de mi maestro".
Estas dos
afirmaciones nos ayudan a entender la enorme importancia que tiene la persona
que enseña a la niñez dentro de la iglesia. Difícilmente un niño llegará al
Señor a través de una persona hacia la cual siente rechazo. Ese rechazo
desechará la mayor parte de las enseñanzas que ese maestro trate de
transmitirle. Y a la inversa, el efecto que tiene sobre el niño el rechazo de su
maestro hacia él -aun cuando sea en base a sus conductas traviesas y negativas-
es de hacerle creer que Dios también lo rechaza.
Lo que el
niño ve siempre en su maestro debe constituirse en un buen ejemplo de la vida
cristiana. Aprenderá lo que es el amor de Dios respondiendo al amor que le sabe
expresar su maestro. Ese amor se verá en la expresión del rostro del maestro
cuando mira directamente a los ojos de sus alumnos. Se palpará cuando el niño
siente los toques cariñosos de la mano de su maestro sobre su hombro y su
rostro. Se afirmará cuando el maestro, ocupado en alguna tarea, se detiene para
prestarle un momento de atención personal, asegurándole que él también tiene
importancia como individuo. Se notará también en el tono de voz que usa el
maestro con él, en el respeto con que lo trata, aun en el contexto
disciplinario. Deberá estar presente también en la paciencia con que ese maestro
escucha sus comentarios y contesta sus preguntas, por más insignificantes que
parezcan. El niño sabrá que es aceptado por Dios tal como es -con todas las
limitaciones de su particular etapa de desarrollo- cuando el maestro prepara
clases llenas de actividades en las que el niño puede participar con
entusiasmo.
En cambio,
el niño dudará que es aceptable ante Dios cuando todo el entorno de la enseñanza
espiritual es incómodo y aburrido. El maestro puede llegar a ser un desafío para
alcanzar a tener una vida consagrada a Dios frente a su alumno. El maestro puede
ayudarlo a correr la buena carrera o puede representar para él sus primeras
lecciones en lo que es la hipocresía, la falta de cumplimiento y una vida
cristiana "dominguera". Es decir, el maestro tiene la posibilidad de ser la
persona cuya vida frente a sus alumnos los atrae a Dios o el que, por su mal
ejemplo, los aleja de Dios.
El, más que
cualquier otra persona en la iglesia, es "una carta... la cual todos conocen y
pueden leer" (2 Corintios 3.2). Es imposible exagerar el alcance de la
influencia de su vida frente a sus alumnos.
Instruye al niño en su camino,
Y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.
Proverbios 22:6
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