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2 Timoteo 4.2: "que
prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye,
reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina".
Hoy comenzamos, con la ayuda
de Dios, la difusión periódica de lecciones de doctrina fundamental. Para
inaugurarlas, nada mejor comenzar compartiendo unos artículos
muy inteligentes escritos por Emilio Antonio Núñez C. para Apuntes
Pastorales entre 1992 y 1994 sobre la naturaleza del evangelio.
Evangelio viene del griego
euangelion que significa buenas noticias. El uso del vocablo "evangelios" con otro significado, para designar los
primeros cuatro libros del NT se remonta al siglo II d.C.
Recordemos, según lo
estudiado en las lecciones de homilética, que un predicador evangélico debe ser
testigo del evangelio y no espectador, no es suficiente que lo estudie, debe
vivirlo en carne propia y más si es que quiere predicarlo.
También me parece oportuno
citar la Palabra de Dios en Gálatas 1:6-9 donde el apóstol Pablo dice a los
gálatas:
"Estoy maravillado de que
tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para
seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay
algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de
Cristo. Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare
otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea
anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno
os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema."
(Anatema=maldito, bajo
maldición). Por eso, insistimos en recalcar que un predicador evangélico no
puede predicar otro evangelio que no sea el mismo que está escrito en la Biblia,
la Palabra de Dios.
Mi
credo. El evangelio que escuché y oí hace cincuenta
años.
En mayo de 1941 decidí
confiar solamente en la persona y obra del Señor Jesucristo para mi salvación.
Estaba pronto para cumplir mis dieciocho años de edad y conocimiento religioso
no me faltaba. En la iglesia de mis padres había memorizado el catecismo y
estudiado un poco de "historia sagrada". Como la gran mayoría de
latinoamericanos sabía algo de la vida, pasión y muerte de nuestro Señor
Jesucristo. Cumplí fielmente con mis deberes religiosos hasta la edad de once
años, cuando por la lectura de un libro que ponía al descubierto algunos
problemas relacionados con los sacramentos renuncié a participar en los ritos o
ceremonias de la iglesia.
Así en mi en la adolescencia, alejado del
sistema eclesiástico; pero creyendo aún en la existencia de Dios, y en lo que se
me había enseñado tocante a su santidad y justicia. No podía liberarme del
sentido de culpa por mis pecados, como tampoco del temor a las consecuencias
eternas del mal. Había aprendido algo en cuanto a Cristo, sin llegar a conocerlo
como podría haberlo hecho desde mi infancia, si me lo hubieran presentado con
estricto apego a la Palabra Escrita de Dios. En esas circunstancias, ¿cuál fue
el Evangelio que entendí y creí hace medio siglo, en aquella Primera iglesia
Bautista de la ciudad de Santa Ana, en la República de El Salvador?
No me es fácil concretarme a lo poco
-aunque maravilloso- que comprendí del Evangelio neotestamentario en 1941. Para
ser veraz en mi relato deseo hacer a un lado, siquiera por un momento, el otro
poco que he aprendido a lo largo de cinco décadas de peregrinaje evangélico.
Indudablemente, en su providencia el Señor guió a la señorita profesora (ahora
mi esposa) que me regaló una Biblia y me invitó a su iglesia, así como también
guió al pastor Tomás Dixon, quien por medio de sus sermones de evangelización y
de sus clases dominicales me comunicó en forma sencilla pero básica el
significado salvífico del Evangelio.
Por la gracia de Dios entendí y creí que
las Sagradas Escrituras judeo-cristianas tienen la autoridad suprema para
enseñar lo concerniente a la salvación. De algún modo comprendí que de allí en
adelante tenía que buscar y preferir la enseñanza de la Biblia en cuanto a mi
credo y conducta. Pocos años después me di cuenta que esto de exaltar la
revelación bíblica por encima de toda autoridad humana -así sea la de más
elevada posición jerárquica en la cristiandad- es uno de los distintivos
fundamentales del cristianismo evangélico. Lo mismo puede decirse con respecto a
la autoridad de la razón, de la experiencia y de los sentimientos humanos (Dt
6.1-9; Is. 8.20; Jn. 17.17: 2 Ti. 3.14-17: 2 Pe. 1.20, 21; Ap.
1.3).
Entendí y creí que el Cristo auténtico es
el que la Biblia revela, no el de la tradición religiosa, ni mucho menos el de
la imaginería popular en nuestros pueblos.
Entendí y creí que la muerte de Cristo es
del todo suficiente para el perdón de los pecados y la justificación del pecador
delante de Dios (Ro. 3.21-26; 5.1). Entendí y creí que El ofreció "una vez para
siempre un solo sacrificio por los pecados" (He. 10.12), y que, por lo tanto,
era desde todo punto de vista innecesario el intento de continuar sacrificando
al Hijo de Dios en un acto litúrgico que debiera ser tan sólo expresión de
gratitud a El por su perfecto y eterno sacrificio en el Calvario.
Entendí y creí que el Cristo revelado en la
Biblia no es ya un crucifijo (fijo en la cruz), ni un "Señor sepultado", sino el
Cristo que habiendo triunfado sobre la muerte vive para siempre y está sentado a
la diestra del Padre, intercediendo por los que creen en Él (Mr. 16.6; Lc.24.5;
1 Co. 15.1-21). En el catolicismo había recitado muchas veces el Credo
Apostólico, donde se afirma que al tercer día Cristo resucitó; pero aquella
declaración dogmática no parecía haberse encarnado en una iglesia que
magnificaba la imagen del Cristo sufriente sometido a los poderes de la muerte:
Cristo con la cruz a cuestas, Cristo de pies y manos clavados al madero
ignominioso, Cristo de la urna funeraria.
Entendí y creí que Cristo ascendió a los
cielos como el único mediador entre Dios y los hombres (1 Ti. 2.5). Esta verdad
bíblica fue también revolucionaria en mi vida. Entendiendo y creyendo que Cristo
es el único camino de acceso al Padre (Jn. 14.6) mi mirada de fe se tornó de
otros supuestos mediadores a la persona maravillosa de Jesucristo hombre el Hijo
unigénito de Dios. No hay ni en el cielo ni en la Tierra otro mediador, o
mediadora, entre Dios y los seres humanos para la salvación. Creer esta verdad
bíblica de todo corazón es otro de los grandes distintivos de la fe
evangélica.
Entendí y creí que la salvación es un
regalo de Dios a los que confían en Jesucristo (Ef. 2.8-10). Comprender esto
hizo un gran impacto en mi mente y corazón. Aquello era del todo nuevo para mí.
Todo lo que había aprendido en cuanto a obras meritorias que yo debía hacer con
la esperanza de salvarme algún día en el más allá, se derrumbó ante aquella
gloriosa manifestación de la gracia de Dios. Fundamentalmente no se trataba de
lo que yo hiciera o dejara de hacer para salvarme, sino de lo que Cristo ya
había hecho perfectamente en el Calvario y de lo que había acontecido en la
mañana de su resurrección.
Por supuesto, mi herencia religiosa me
impedía creer tan maravilloso mensaje. Pero al fin opté por creer lo que la
Biblia afirma. En uno de sus sermones, el pastor había hablado del "paso de fe".
Una noche decidí darlo cuando estaba a solas con Dios. Por primera vez en mi
vida conversé con El; le confesé mis pecados; le dije que creía que su Hijo
amado murió y resucitó por mí; le expresé mi deseo de ser suyo, y le pedí que Él
cambiara mi vida. No repetí una oración escrita por otra persona; usé mis
propias palabras. Era el lenguaje trémulo de un niño en la fe, la expresión
sincera de un pecador arrepentido que estaba naciendo en el Reino de Dios. El
domingo siguiente confesé en la iglesia públicamente que me había entregado a
Jesucristo para mi salvación.
Entendí y creí que la salvación ofrecida en
Cristo es segura (Jn. 5.24; 10.27-30; Ro. 8.28-39; He. 9.23-10.18; etc.). Una de
las razones por las cuales acepté el Evangelio fue precisamente por la firme
respuesta que encontré en él para mi conciencia culpable, para mi anhelo de
vivir una vida mejor, liberada del mal, y para el temor que me inspiraba el más
allá. En el catolicismo había buscado -en vano- esa respuesta, practicando la
confesión y la penitencia. Nunca llegué a tener seguridad de mi salvación.
Evidentemente la fe católica no podía darme esa segundad; seguía sintiéndome
derrotado por la vida y temeroso ante la muerte. El hecho de abandonar el
sacramentalismo tampoco resolvió mis dudas ni aplacó mis temores. Mientras
tanto. seguía hundiéndome en el pecado. En la enseñanza del Nuevo Testamento
encontré que nada ni nadie podría separarme del amor de Dios en Cristo Jesús
(Ro. 8.38,39).
Entendí y creí que el Evangelio de Cristo
no es licencia para pecar (Ro. 6. 1-23). La enseñanza de la Palabra de Dios y el
ministerio del Espíritu Santo en mi mente y corazón me llevaron a pensar que
debía existir la manera de conciliar bíblica-mente dos grandes verdades: aquella
de la salvación por la sola gracia de Dios y por la sola fe en Él, y la
necesidad de vivir justa y piadosamente como fruto de la salvación. En más de
una ocasión escuché en la iglesia que Cristo dijo: "Por sus frutos los
conoceréis".
Entendí y creí que la respuesta a mi
problema moral no estaba en mi propia inteligencia, ni en mi fuerza de voluntad,
ni en mis prácticas litúrgicas. Entendí que el que confía en Jesucristo nace de
nuevo (Jn. 1.12; 3.3-7; Tito 3.5; 1 Pe. 1.3), llega a ser una nueva creación, y
entonces "las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas" (2 Co.
5.17). Comencé a entender que el Evangelio es el poder de Dios para salvación
(Ro. 1.16), no sólo en el futuro sino también desde el presente. Me di cuenta de
que mi vida estaba entrando en una etapa nueva y diferente, en la que no todo
sería fácil; que las demandas eran elevadas, muy elevadas, pero que se me
ofrecían recursos espirituales que, según se decía, eran eficaces para vencer el
mal.
Entendí y creí que aceptar a Jesucristo
como mi único Salvador significaría también entrar en un compromiso de fidelidad
a Él y de identificación con su pueblo. Nunca me dieron a entender que por el
solo hecho de cambiar mi filiación eclesiástica solucionaría mi problema
espiritual y moral. No me invitaron a dejar la Iglesia Católica Romana (aunque
en la práctica ya no lo era), sino a que me entregara a Jesucristo. De alguna
manera entendí que si me convertía a Él me sería indispensable continuar
reuniéndome con los de igual fe y esperanza. Sin lugar a dudas, esto era lo que
ellos esperaban que yo hiciera, con base en la enseñanza del Nuevo Testamento.
Por tanto, mi decisión de fe en Cristo incluyó también mi ingreso en las filas
evangélicas. Había llegado a ser consciente de que el Señor Jesús esperaba de mí
una decisión radical; completa.
Doy gracias al Señor por el Evangelio que
escuché y creí hace medio siglo, y por las personas que además de ayudarme a
entenderlo me estimularon directa o indirectamente, a creerlo y comenzar a
vivirlo. En este testimonio no he querido sugerir ni por asomo que mi conversión
debiera ser considerada en sus circunstancias como un ejemplo de lo que debe ser
toda conversión a Jesucristo. Cada persona se encuentra con Cristo -o es
encontrada por Él- en determinadas circunstancias. Toda conversión tiene su
propio contexto cultural, familiar y social. Hay una gran diferencia, por
ejemplo, entre la conversión de una persona que viene de un hogar no cristiano,
y la de aquel que ha escuchado desde su infancia la palabra del Evangelio.
Que el Señor me libre también de sugerir
que solamente los que han entendido todo lo que yo entendí en el tiempo de mi
conversión están verdaderamente convertidos a Cristo. Por supuesto, toda persona
que profesa creer tan solo en Él para salvación ha necesitado conocer ciertas
verdades fundamentales del Evangelio, aunque ese conocimiento haya sido
rudimentario. No es la cantidad de fe ni de conocimiento doctrinal lo que salva,
sino la gracia de Dios, manifestada en el pecador que confía en el Cristo
revelado objetivamente en la Biblia, y, por así decirlo, subjetivamente -aunque
real- por el Espíritu Santo en el corazón humano. La fe en Cristo no está
divorciada del conocimiento (Jn. 17.17), y decimos que esa fe es salvífica
porque se fundamenta en la persona y obra de Él (Jn.3.36).
Tampoco me atrevo a sugerir que el mensaje
de evangelización de hoy tiene que ser igual en su forma al de hace cinco
décadas. Hay ahora un estilo de predicación exigido por un contexto cultural y
social que es muy diferente al de aquella época lejana. La influencia de los
medios modernos de comunicación es evidente en muchos púlpitos evangélicos,
especialmente en la así llamada iglesia electrónica. Los que en algún grado
somos conscientes de la realidad contemporánea aplaudimos los cambios que se
están efectuando en la forma del mensaje de evangelización, toda vez que se
procure comunicar fielmente el contenido del Evangelio neotestamentario.
Me preocupan, eso sí, algunos mensajes
difundidos por radio o televisión, o aquellos predicados en ciertas campañas
evangelísticas. Hablo de sermones que al fin y al cabo no explican con sencillez
y claridad quién es el Cristo del cual están tratando, ni cual es el plan
maravilloso de salvación revelado en la Biblia. Para colmo de males, se utiliza
a veces la pantalla chica para ventilar discrepancias doctrinales existentes en
el pueblo evangélico. Es bochornoso el espectáculo que se ofrece ante un pueblo
cuya mayor necesidad es la de escuchar acerca del Cristo que tiene todo poder en
el cielo y en la tierra para liberamos de todo pecado, personal y
social.
Me preocupan también los sermones que le
dan prioridad a las grandes ofertas -salud física, felicidad conyugal, éxito
profesional y social, y abundancia de bienes materiales- pasando por alto lo que
significa el Evangelio y lo que puede llevar consigo el creerlo y vivirlo hasta
sus últimas consecuencias (Fil. 1.29; 4.10-20; Stgo. 1.2; 1 Pe.
4.10-19).
Me lleno de regocijo y de gratitud al Señor
cuando veo el crecimiento numérico de la Iglesia en América latina, pero me
preocupan seriamente algunos mensajes "evangélicos" que carecen de contenido
bíblico. Debemos comunicamos de manera pertinente con nuestro pueblo, pero no
olvidemos que el Evangelio es en sí mismo inmutable para cualquier tiempo y
lugar, aun para una sociedad tan mutable como la nuestra.
La palabra del evangelio.
"Y esa es la palabra del Evangelio que se
os ha predicado" (1 Pe 1.25, versión de Cantera-Iglesias)
¿Qué evangelio hemos recibido? ¿Qué
características tiene el evangelio que predicamos?
LA GRAN IDEA introductoria en 1 Pedro
1.22-25 se refiere al amor fraternal. Pero lo que el apóstol dice de la Palabra
de Dios llega a ser dominante y culminante en estos versículos. El nuevo
nacimiento hace posible el amor vertical hacia Dios, así como el amor horizontal
hacia los hermanos y hermanas en Cristo. El que ha nacido de nuevo como hijo de
Dios es hermano de los hijos de Dios, y puede amarlos sincera y profundamente.
Pero no hay nuevo nacimiento aparte del poder de la Palabra (1 Pe. 1.23), del
poder de la resurrección de Cristo (1 Pe. 1.3), y del poder del Espíritu Santo
(Jn. 3.1-15; Tit. 3.5). Estos tres poderes se conjugan para producir la "nueva
creación" de que habla el apóstol de los gentiles (2 Co. 5.17). Al exaltar la
Palabra del Evangelio el apóstol Pedro da testimonio de lo que esta palabra es
capaz de hacer y de lo que ella es en sí misma.
LA PALABRA DEL EVANGELIO ES
INCORRUPTIBLE
En contraste con la simiente humana que es
corruptible y genera corrupción, la Palabra de Dios es "incorruptible". Esta
comparación muestra la diferencia abismal entre la Palabra de Dios y la
naturaleza del ser humano. Por haber nacido de simiente corruptible, todos
traernos el estigma de la muerte física y espiritual, pero la "Palabra
incorruptible" viene a ofrecer la vida nueva, abundante y eterna en Cristo. Los
que hemos nacido de nuevo por medio de la fe en Él tenemos en nosotros mismos la
simiente de la vida y de la resurrección. San Pablo dice: "Así también es la
resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en
incorrupción, porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción,
y esto mortal se vista de inmortalidad" (1 Co. 15.42,53).
LA PALABRA DEL EVANGELIO ES
VIVIENTE
La Palabra del Señor es viva porque viene
del Dios viviente y verdadero, fuente de vida y dador de la vida eterna en
Jesucristo. La Palabra encarnada es el Cristo viviente (Jn. 14.1-14). La Palabra
escrita es la Biblia, la cual es también viviente y poderosa (He. 4.12).
Conocemos la Palabra encarnada por medio del testimonio externo de la Palabra
escrita y del testimonio interno del Espíritu a nuestro espíritu. Pedro destaca
de nuevo el gran contraste entre la Palabra de Dios y el ser humano, quien por
hallarse muerto en delitos y pecados necesita del soplo vital, poderoso, que
viene del Espíritu y de la Palabra que permanece para siempre. De hecho, el que
recibe por fe la verdad del Evangelio nace de nuevo, y no en soledad sino en
comunidad, en solidaridad con los hijos de Dios, como miembro de la familia del
Padre celestial (Ef. 2.19).
LA PALABRA DEL EVANGELIO ES
PERMANENTE
El apóstol establece el contraste entre la
permanencia de la Palabra del Señor y la fragilidad y temporalidad del ser
humano: "Toda carne es como hierba, y toda la gloria del hombre como la flor de
la hierba. La hierba se seca, y la flor se cae; mas la palabra del Señor
permanece para siempre" (1 Pe. 1.24, 25). Estas palabras vienen del profeta
Isaías y se refieren especialmente al futuro glorioso del Mesías, quien vendrá a
establecer su reino de justicia y paz. Bajo el resplandor de ese reino se
manifestará, ante los ojos de todas las naciones, que "la palabra del Señor
permanece para siempre".
El escritor Santiago usa el mismo texto de
Isaías (40.6, 7) para describir lo que le acaecerá al hombre que confía tan sólo
en sus riquezas materiales (Stgo. 1.10, 11). Lo dicho por Santiago es también
una seria advertencia para todo aquel que magnifica los valores temporales y
subestima -o echa en el olvido- los espirituales y eternos. Pero debemos
subrayar que las palabras de Isaías, citadas por Pedro y Santiago, se hallan en
el preámbulo de la sección consolatoria del libro escrito por este profeta
antiguotestamentario. También para los lectores de la primera epístola petrina
sería de gran consuelo el mensaje de Isaías. Ellos habían comenzado a sufrir
persecución por amor al Señor Jesús y necesitaban un mensaje de aliento. Pedro
se los da asegurándoles que la palabra de Isaías es, fundamentalmente, la misma
buena noticia que ellos habían recibido. Para nosotros es igualmente animador
saber que "la palabra del Señor permanece para siempre"; que no caerá en tierra
ninguna de sus promesas, y no nos fallará ni aun en los tiempos más difíciles de
nuestra vida.
No olvido la primera vez que vi, en una
fotografía, la portada de la Biblia traducida al castellano por Casiodoro de
Reina. Al pie de ese dibujo que le diera a esta versión -publicada en 1569- el
nombre de "Biblia del Oso", se encuentra la siguiente inscripción: "La Palabra
de nuestro Dios permanece para siempre (Is. 40)". El testimonio de Casiodoro de
Reina, basado en las palabras que "el profeta evangélico" escribió varios siglos
antes de Cristo, sigue en pie, ese testimonio no ha perdido su
vigencia.
Desde aquel entonces un gran número de
vueltas ha dado el planeta Tierra alrededor del sol; mucha agua ha pasado bajo
los puentes; las estaciones del año se han sucedido unas a otras sin cesar;
cientos de generaciones de seres humanos han venido y partido hacia la
eternidad, "mas la palabra del Señor permanece para siempre". Grandes imperios
han surgido y prosperado, para decaer después y derrumbarse en la marcha
incontenible de la historia, "mas la palabra del Señor permanece para
siempre".
Felipe II era rey de España cuando
Casiodoro de Reina publicó su Biblia castellana. Este monarca aprobó las
crueldades que perpetraba la Inquisición para impedir el progreso del Evangelio.
Hubo quienes sufrieron el martirio por causa de su fe. Sin embargo, la Palabra
del Señor no pudo ser destruida. Ella es la simiente incorruptible e
indestructible, la palabra viviente y poderosa que permanece para siempre. Pero
resulta muy interesante notar que en tiempos del mismo Felipe II el gran imperio
español comenzó a desmoronarse.
Otras potencias mundiales han tenido
también su esplendoroso amanecer, su cenit de gloria, así como también su triste
ocaso. Es el Señor quien hace que titubeen los reinos y cesen las guerras. El
trae la paz y se exalta sobre las naciones en toda la Tierra (Sal. 46). Por
encima de los escombros de los grandes imperios, y sobre los pueblos que
levantan cabeza en el vano intento de dominar al mundo, la Palabra del Señor
permanece para siempre. En años recientes ha habido cambios geopolíticos que por
mucho tiempo nos parecía muy difícil que pudieran efectuarse. En 1966 visité el
muro de Berlín, símbolo de la división geográfica e ideológica entre el este y
el oeste europeos. Era triste contemplar a los berlineses que desde plataformas
construidas a ambos lados del muro se saludaban desde lejos. Ante tan
conmovedora escena oré por el pueblo alemán, y me pregunté cuándo caería ese
muro ignominioso. Ahora ha caído, y el mapa político de Europa no es el mismo
que nuestros hijos estudiaron hace pocos años. Pero la Palabra del Señor
permanece para siempre.
Lo mismo puede decirse en cuanto a la
caducidad de todo sistema humano, el que precisamente, por ser humano, es
imperfecto y transitorio. Esto ha sucedido, en cierto modo, en el mundo de las
ideas. Ha habido y habrá modas filosóficas, como también modas teológicas. Sin
remontarnos a un pasado muy lejano, digamos que en la teología de nuestro siglo
algunas corrientes de pensamiento han parecido ser una amenaza a la integridad
de la Palabra de Dios. Por ejemplo, la influencia del liberalismo teológico de
los siglos XVIII y XIX no ha desaparecido de la escena. Hemos tenido también la
"desmitologización del Nuevo Testamento", propuesta por Rudolf Bultmann; la
teología de la secularización; la ética de situación; la "teología de la muerte
de Dios"; la hermenéutica estructural; la teología radical de la liberación con
su imposición de una ideología política al texto bíblico, así como un ecumenismo
que, deseando ver -en favor de la decantada "unidad"- elementos salvíficos en
las religiones, soslaya que Cristo dijo ser el único camino para llegar al
Padre. No obstante, la Palabra del Señor permanece para siempre.
Después de la Segunda Guerra Mundial llegó
a nuestras tierras la idea de que el mundo occidental, superdesarrollado, estaba
ya en "la era postcristiana". Hubo quienes se preguntaron si el cristianismo no
entraría en decadencia también en el tercer Mundo. Ciertamente el peligro de que
suceda tal cosa persiste, pero por ahora la realidad es que no obstante el
avance del materialismo y aun del ateísmo en el hemisferio norte -y a pesar del
crecimiento de los grupos seudocristianos- la Palabra del Señor permanece y
crece entre nosotros. Hemos visto cambios en la sociedad latinoamericana.
Algunos de ellos han venido lentamente, en tanto que otros han sido súbitos y
violentos. Pero la Palabra del Señor permanece para siempre, y continúa tocando
la vida de millares de latinoamericanos cada día, aun en los grandes desastres
naturales, o en medio de los peligros de un conflicto armado.
Es posible decir que hoy más que nunca se
está leyendo la Biblia en nuestros países; no solamente como resultado del
esfuerzo de los evangélicos en distribuirla, sino también porque después del
Segundo Concilio Vaticano (1962-1965) la iglesia católico romana ha mostrado
interés en difundir las Sagradas Escrituras en el lenguaje del pueblo. Es
impresionante el número de traducciones católicas de la Biblia en castellano y
el deseo que muchos sacerdotes tienen en usar las ediciones interconfesionales
del Sagrado Texto. A pesar de lo negativo que todavía pueda decirse desde el
punto de vista evangélico en cuanto al catolicismo y la Biblia, lo innegable es
que muchos católicos están leyendo las Sagradas Escrituras, y no pocos de ellos
se han convertido a Jesucristo por haber estudiado atenta y humildemente la
Palabra que permanece para siempre. Es maravilloso constatar que en este tiempo
de sorprendentes avances científicos y tecnológicos -y de grandes conmociones
sociales- la Biblia es leída con avidez entre nosotros, en clara demostración de
que "la palabra del Señor permanece para siempre".
Las palabras del profeta Isaías, citadas
por Pedro el apóstol en nuestro texto, repercutirán por todo el orbe con más
fuerza que nunca en el día cuando Cristo venga otra vez y toda rodilla se doble
delante de Él. Se demostrará entonces hasta la saciedad que "la palabra del
Señor permanece para siempre". Y nosotros, los creyentes en su bendito nombre,
formaremos un gran coro para alabarle y darle gracias porque la Palabra que nos
fue predicada es la simiente incorruptible, la palabra viviente, verdadera y
poderosa que permanece para siempre. Mientras tanto, obedezcámosla y
prediquémosla, sabiendo que nunca nos ha defraudado ni nos defraudará
jamás.
Evangelio de la
prosperidad.
Una de las novedades de la comunidad evangélica
latinoamericana es el así llamado "evangelio de la prosperidad"; otro producto
de importación que hemos recibido del norte.
A SIMPLE VISTA no hay por qué
inquietarse a causa de este mensaje, especialmente si recordamos que en la
Biblia se habla de prosperidad para el pueblo de Dios, y que hay entre nosotros
testimonios de personas que después de su conversión a Jesucristo han prosperado
junto con sus familias, en diferentes maneras, incluso en lo material. Sin
embargo, un examen detenido del "evangelio de la prosperidad", pone al
descubierto algunos posibles problemas. Veamos:
EL PROBLEMA DE LA
GENERALIZACIÓN
El "evangelio de la
prosperidad" puede caer en una generalización si pierde el equilibrio bíblico y
pasa por alto los diversos factores que inciden en la situación económica,
social y política en que viven los creyentes en Cristo.
El "evangelio de la
prosperidad" no niega lo espiritual, pero parece magnificar lo económico. Por lo
menos es el énfasis en la prosperidad material lo que más parece impresionar a
los oyentes de este evangelio. De allí que una señora cristiana le dijera a mi
esposa que los pobres se hallan en esa condición porque no tienen fe en Dios. En
otras palabras, si la tuvieran saldrían automáticamente de la pobreza. Otro
ejemplo es el del joven cristiano que al contemplar con ojos de lástima mi
pequeño y viejo automóvil me dijo: "Hermano, usted es hijo del Rey y debiera
tener un Cadillac último modelo". Según este amado hermano, para mostrar que soy
hijo de Dios debo ser un ejemplo de prosperidad económica. El "estilo sencillo
de vida", del que se habla en ciertos sectores de la comunidad evangélica
mundial, no se compagina con el "evangelio de la prosperidad". En un programa
de televisión generado en Texas, un hermano daba testimonio de los grandes
resultados del "evangelio de la prosperidad". Entre otras cosas, explicó que la
prosperidad que viene del Señor corresponde a las necesidades del que ora. Por
ejemplo, para el que carece de alimento la prosperidad significaría el recibir
lo necesario para saciar el hambre. A los que poseen lo indispensable para
subsistir, la prosperidad les traería mucho más que alimento y vestido. Allí
dejó nuestro hermano su explicación, pero si llevamos esta a sus últimas
consecuencias, diríamos que por medio de la fe el cristiano pobre puede ascender
de inmediato a la clase media, el de clase media, a la clase alta, y el
millonario convertirse en multimillonario. Dicho de otra manera, si no somos
millonarios es porque no tenemos fe. Algo anda mal en nuestra vida cristiana.
Todo cristiano que ejerza fe en el Señor y vive de acuerdo con esa fe,
disfrutará de riquezas materiales. Esta es una de las generalizaciones a que
puede conducirnos el "evangelio de la prosperidad".
EL PROBLEMA DEL
REDUCCIONISMO
Mano a mano con el problema
de la generalización puede ir el de un reduccionismo en la interpretación de las
Sagradas Escrituras. Una lectura somera del Nuevo Testamento nos indica que
entre los seguidores del Señor había algunos que tenían bienes materiales (Lc.
8.1-3; Hch. 2.43-47; 4.32-35); pero los otros -o sea la mayoría- eran pobres (1
Co. 1.25-29). La iglesia de Jerusalén cayó en tanta pobreza que le era necesario
recibir ofrendas de las iglesias no judaicas (2 Co. 8-9; Gá. 2.10; Ro. 15.25).
Nos preguntamos por qué no eran ricos todos los cristianos de aquel tiempo.
¿Acaso eran todos ellos personas de poca fe, que no creían que Dios podía
enriquecerlos materialmente? ¿Acaso todos los pobres de la iglesia del primer
siglo eran perezosos, o desobedientes a la Palabra de Dios, reacios a ofrendar
con liberalidad? Al contrario, tenemos que admitir que muchos de aquellos
cristianos pobres eran trabajadores diligentes, hombres y mujeres de fe, y
cristianos generosos que de su profunda pobreza enviaban ofrendas a sus hermanos
que económicamente estaban en iguales o peores condiciones que ellos (2 Co.
8). El análisis de la pobreza de los cristianos del primer siglo -y de todos
los siglos de la Iglesia- no debe reducirse a una sola causa, como la carencia
de fe en Dios para apropiarse de sus promesas de bendición, o la indolencia que
impide la superación personal, o la rebelión contra los mandamientos del Señor,
o la renuncia a trabajar so pretexto del inminente regreso de Cristo, o todas
estas causas combinadas. Hay más que decir sobre las causas de la pobreza que
han sufrido y sufren muchos cristianos. Por ejemplo, es necesario tener muy
en cuenta que "el mundo entero está bajo el maligno" (1 Jn. 5.19), que la maldad
reina por todas partes, y que la naturaleza misma ha sido afeada por el pecado
humano (Gn. 3.17, 18; Ro. 8.18-23). No es de extrañar que se hayan levantado en
rebelión pueblos dominados por la codicia irrefrenable y por la injusticia
social. Se dice que llegó el tiempo cuando el número de esclavos en el imperio
romano era alarmante para los que eran libres. Muchos de los miembros de la
Iglesia se hallaban en humillante esclavitud. No se hablaba entonces, como hoy,
de los derechos humanos del trabajador, de la mujer y del niño. Sin embargo,
también en nuestro tiempo, aquí y ahora, en nuestra realidad latinoamericana hay
estructuras sociales injustas que, en unos países más que en otros, no permiten
que se efectúen cambios para beneficio de la gente pobre. Parece que el
"evangelio de la prosperidad" es principalmente un mensaje de clase media
norteamericana, la cual no conoce de primera mano la miseria en que viven
millones de latinoamericanos. Aparentemente los predicadores del "evangelio de
la prosperidad" no han pensado como debieran en las implicaciones económicas,
sociales y políticas de su mensaje. Por ejemplo, si en el actual estado de cosas
los dos millones de evangélicos guatemaltecos llegaran repentinamente a obtener
abundantes bienes materiales como resultado de su fe, ¿de dónde vendrían esas
riquezas? ¿Las arrebatarían a los ricos? ¡De hecho se necesitaría una reforma
agraria radical para favorecer solamente a los evangélicos! ¿Cómo se sentirían
los terratenientes al verse despojados de sus grandes haciendas y de
plantaciones de café y algodón? ¿Cómo reaccionaría el resto de los guatemaltecos
no evangélicos? Posiblemente muchos de ellos se afiliarían a la comunidad
evangélica para enriquecerse materialmente. Otros, quizás, emprenderían una
guerra religiosa para apoderarse de la riqueza de los evangélicos. Nos
conviene preguntarnos si en la era presente -y en el actual estado de cosas- es
la voluntad de Dios que todos los cristianos evangélicos que confían
verdaderamente en Él posean grandes riquezas. No eran ricos todos los israelitas
en días del Antiguo Testamento. Tampoco lo eran todos los que pertenecían al
remanente fiel en tiempo de decadencia nacional. Hemos visto que tampoco eran
ricos -mucho menos, millonarios- todos los cristianos fieles en tiempos del
Nuevo Testamento. Es innegable que Dios puede multiplicar milagrosamente los
recursos naturales para que todos sus hijos fieles se enriquezcan, y puede
también quitar de la Tierra el pecado. El no ha cortado su brazo para salvar, y
cuando quiere hacer un milagro lo hace. Pero la pregunta no tiene que ver con el
poder de Dios, sino con la manifestación de su voluntad soberana en el presente
estado de cosas.
El "evangelio de la
prosperidad" cae en reduccionismo al no darle suficiente énfasis a los textos
bíblicos que hablan, no de la riqueza que Dios puede dar sino de la pobreza que
Él permite. El máximo ejemplo de pobreza en el Nuevo Testamento es el Señor
Jesús, quien siendo el Hijo de Dios no tenía "donde recostar su cabeza" (Lc.
9.58). Él nació, vivió y murió en suma pobreza; y nadie puede decir que Él fue
pobre porque no obedecía la voluntad de su Padre celestial. Al contrario, Él fue
obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. El apóstol Pablo es un gran
ejemplo de fe y de total entrega a la misión que el Señor le había encomendado.
Sin embargo, en su Primera Carta a los Corintios dice: "Hasta esta hora
padecemos hambre, tenemos sed, estamos desnudos, somos abofeteados, y no tenemos
morada fija. Nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos; nos maldicen,
y bendecimos; padecemos persecución, y la soportamos. Nos difaman, y rogamos;
hemos venido a ser hasta ahora como la escoria del mundo, el desecho de todos"
(4.11-13). Todos los cristianos sabemos por la enseñanza de la Biblia, por el
testimonio de la historia, y por lo que vemos en derredor nuestro, que el
sufrimiento puede llegar aun a los que son fieles al Señor (Fil. 1.29; 1 Pe.
4.12, 13). El Señor Jesús no dijo: "Venid a mí y tendréis siempre salud física
abundante, éxito profesional y social, un hogar sin problemas de ninguna
especie, y mucho dinero". El invitó a sus oyentes a que tomaran su cruz y le
siguieran a Él. ¿Hasta dónde? La cruz es símbolo de sufrimiento, y aun de
muerte.
CONSIDERACIONES
FINALES
Dios no glorifica la pobreza,
ni la riqueza. Tampoco bendice la pereza. La Biblia no enseña que debemos ser
indolentes y resignarnos a la pobreza como si no hubiera posibilidad de
superarla. No todos los cristianos evangélicos han llegado a ser ricos, pero
bajo la bendición del Señor y mediante el trabajo honrado y perseverante, miles
de nuestros hermanos en Cristo se han liberado de la pobreza -muchos de ellos,
de la profunda pobreza-, y otros están ahora en una elevada posición económica y
social. Es evidente que en Cristo hay una nueva calidad de vida, la cual puede
manifestarse en lo espiritual, en lo ético, en lo económico, y en lo social. A
los corintios que eran esclavos cuando creyeron en Cristo, el apóstol les dice
que aprovechen la oportunidad que tengan para liberarse (1 Co. 7.21). En una
paráfrasis de este texto bíblico podríamos decir: "Si tiene oportunidad de salir
de la pobreza, sin apartarse del Señor, aprovéchelo. La Biblia no nos exhorta
a que seamos indiferentes y guardemos un silencio culpable ante la injusticia
social. Lejos de eso debemos vivir la fe cristiana en nuestras relaciones
familiares y sociales, y anunciar todo el consejo de Dios, sin omitir los
imperativos éticos del Evangelio. Hoy más que nunca se necesita el aporte
evangélico y profesional de hermanos y hermanas en los lugares donde se hacen
las decisiones que conciernen a toda la nación, especialmente a los
pobres. Rechacemos el pesimismo que nos lleva a concluir que antes del
regreso de Cristo al mundo es inútil todo esfuerzo que se haga para, por lo
menos, reducir la pobreza en nuestro medio latinoamericano. "Así que, según
tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de
la fe" (Gá. 6.10). No perdamos de vista aquel día cuando vendrán "cielos nuevos
y tierra nueva, en los cuales mora la justicia" (2 Pe.3.13).
Perder los bienes
es mucho, Perder la salud es más, Perder el alma es pérdida tal
que no se recobra
jamás.
Canción cristiana
tradicional
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