Recull d'Opinió
juny de 2001

Avui 040601
    Carrils bici. Lluc Bertran. Barcelona
El Diario Vasco 080601
    Aquella vieja bicicleta. ODON ELORZA//ALCALDE --
El Diario Vasco 190601
    La bicicleta. SANTIAGO AIZARNA



Avui 040601

Carrils bici

Sóc un barceloní que fa anys que he optat per anar amb bicicleta. Si els trajectes que faig són per carril bici, tot va bé, però la cosa canvia quan hem d'arriscar-nos a anar per qualsevol de les calçades de la ciutat. Tot i que cal reconèixer que Barcelona és de les ciutats amb més carrils bici de l'Estat espanyol, està a anys llum d'algunes capitals europees.
Ara bé, sembla que l'Ajuntament només recordi que cal millorar i ampliar la xarxa viària per a bicicletes quan s'acosten les eleccions. En canvi, va faltar sensibilitat per posar un carril al carrer Aragó quan es va remodelar. Falta sensibilitat quan es deixa que el carril bici i les motos aparcades ocupin un dels passejos laterals de la Diagonal. I falta sensibilitat quan es permet que els cotxes aparquin als carrils (només cal agafar la bicicleta un dia per comprovar-ho).

Lluc Bertran
Barcelona

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El Diario Vasco 080601

TRIBUNA ABIERTA

Aquella vieja bicicleta
ODON ELORZA//ALCALDE --

ESTA guardada en el trastero con todos los objetos que una vez dejé de utilizar. Pero sigo siendo un ingenuo y sueño pensando que volveré a utilizarla en Donosti para ir de aquí para allá, como hace cualquier ciudadano, empleado o ejecutivo, en Francia, Italia, Holanda...

No participo en ninguna cruzada contra el coche, por tanto no debe asustarse mi buen amigo el arquitecto Galarraga, asesor de la Federación Mercantil, que ve fantasmas donde sólo hay respeto y sentido común. Simplemente quiero ser coherente con el modelo de ciudad que ha aprobado la Corporación hace seis años en el Plan General de Urbanismo. Tenemos que ser coherentes con el Pacto de Movilidad que hasta lo aprobaron las fuerzas conservadoras, así como con el programa de gobierno que señala el compromiso de dotarnos de una red completa y segura para las bicis.

Nuestras ciudades deben ser, hoy y a futuro, espacios habitables y humanos. No podemos sucumbir a las demandas ilimitadas de los vehículos y empezar a pensar en cómo garantizar la movilidad sostenible. La creación del carril-bici en La Concha es como la prueba del algodón. Una reválida a aprobar que no se puede disociar del conjunto de intervenciones que venimos aplicando desde el año 91 en favor de los peatones, el transporte público, la creación de aparcamientos para residentes con el objetivo de que muevan menos el coche y, tímidamente, nuevos carriles para a los usuarios de la bicicleta.

Dicen que las bicicletas son para el verano. Pues no. Deberían ser para todo el año en una ciudad, como San Sebastián, enamorada de esa máquina ecológica aunque llueva; para el ocio, el deporte y el transporte alternativo.

Dicen que los coches se verán perjudicados por quitarles un retal del viario en La Concha. Sin embargo la pequeña operación de la Concha tiene detrás el aval de una docena de estudios, conteos, simulaciones de intensidades de tráfico en ordenador y ajustes de siete técnicos, los mejores del Estado.

La pasada semana inauguré otro vial de 460 millones en Berio, hace poco un puente, el desdoblamiento de la carretera de hospitales,... Sin olvidar la reciente aprobación en el Pleno de parkings en Zuhaizti, San Martín, paseo de Francia, Larratxo, etcétera. Al final acabaremos rompiendo la plaza de Gipuzkoa para un nuevo parking.

Me acusan de no respetar la cultura del automóvil y de reducir la libertad de elección y, sinceramente, llevo años estudiando las políticas de movilidad y tanto la Unión Europea como los especialistas en tráfico y urbanismo, me refuerzan en las tesis de un modelo de ciudad humana pensada para el peatón, la convivencia, el ocio y las compras por calles y plazas. Esta bella ciudad se presta a ello. Pero es que también estamos ampliando la red de parkings necesarios, generando nuevos circuitos de movilidad que eviten tráficos de paso por el Centro y forzando la extensión del Topo de Este a Oeste.

Además, los índices de contaminación ambiental, aquí y en el mundo, me dan que pensar. Los accidentes mortales en San Sebastián por excesos de velocidad o por no respetar los semáforos me provocan complejo de culpabilidad. Ver como el transporte público queda sometido a las retenciones por el crecimiento terrible del parque automovilístico, en calles diseñadas en los años 20 y sin solución, me llevan a defender políticas de movilidad sostenible y ecológica para Donostia.

No entiendo que la ecología tenga que ser patrimonio de ningún radical, ni que los defensores del uso ilimitado del coche para cualquier movimiento lleguen un día a paralizar la ciudad. Ni que el señor. Galarraga escriba que Urbieta y Sancho el Sabio «han perdido identidad y belleza por culpa de los carriles-bus».

Hay un concepto internacional cada día más utilizado en las ciudades europeas que se denomina «pacificar las calles, calmar el tráfico». Me gusta y especialmente para Donosti. Tenemos un camino por delante y creo que es bueno ver a mucha gente en bici habitualmente, en coexistencia con peatones, tocando el timbre cuando haga falta y disponiendo de su pequeño espacio en la vía pública, sin que se perjudique el autobús ni la caja registradora de las tiendas. Por tanto, señor. Galarraga, no tiene usted motivos para caer en el mayor de los escepticismos.

Sólo quería decirles que añoro mi vieja bicicleta que también tiene su cesta para llevar las cosas del mercado San Martín o los papeles del despacho. Pero a la vista de los argumentos tan antiguos y disparatados esgrimidos por el Sr. Galarraga, le propongo un debate público en el Pleno, también al entrañable Real Automóvil Club, para poder defender los modelos respectivos de ciudad. Un abrazo.

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El Diario Vasco 190601

La bicicleta
SANTIAGO AIZARNA / --

VISTO como anda todo, desde Treviño (con 'v', por favor, todavía) hasta el Buen Pastor, donde es posible observar que, con su cayado y su zurrón sigue sustentando una exquisita cortesía en mantener equidistancias, lo mejor será hablar de bicicletas, que parece que fueran artilugios que nos prestaran alas, tan radiantes que se hicieran irradiantes en el brillante y silencioso clamor de sus ruedas vuelta que vuelta, tan divertidos como un número de circo en donde se aunaran las virtudes del equilibrista y del jongleur. Si yo no tuviera previsto marcharme de esta tierra de mis amores y mis desamores a corto o a medio plazo, seguro que me compraba una bicicleta. Y lo haría pensando en que será el vehículo ideal para ese futuro donostiarra que, quién sabe si no está todavía, ya no digo en el vientre de su madre sino hasta es posible que en los genes del que podría ser su bisabuelo o tatarabuelo. Porque andar en bicicleta por San Sebastián es como un gozo fáustico sobre todo en los pocos días que llueve, como un remar vibrante bajo la galerna que casi nunca asoma, cara a los vientos del norte y del noroeste sobre todo, sintiendo que las ráfagas impetuosas nos hacen mantener en forma que es placer digno de Masoch, que ya no digo nada de esos pocos días en que Eolo se dejó peinar a su paso por el Cabo de los Sueños.

Esta de la bicicleta sí que es una herramienta cargada de futuro, querido Gabriel, una herramienta que también puede ser un arma, te lo prevengo, y pienso que los txirrindularis amanecerán todos los días entre gorjeos y trinos, entre la algazara de las gaviotas que celebrarán con batir de alas sus visiones de caleidoscopia sublime, mejor aún de las que pueda contemplar el ciudadano que se suba al Olimpo de Igueldo al que le emascularon una de sus dos torres míticas de las que solamente los viejecitos nos acordamos, o desde el otro mirador, más cercano, que es Urgull, los cañones de la defensa siempre en alerta, los ingleses en su cementerio de juguete guateados de románticos recuerdos e hierbas desmayadas de puro sentimentalismo, el Cristo de los brazos abiertos del que yo guardo siempre un recuerdo de adiós de cuando lo iban construyendo, el tren del topo por las marismas de Amara antes de que se construyera el populoso barrio que tan rutilante se ve ahora, virando por la curva del último caserío hundido entre las aguas y al que paradojas del paisaje inge-nuo se accedía por un puentecillo en jiba, la imagen que se me pierde y que se me va perdiendo, un niño casi en la percepción de esta estatua que se levantaba egregia, toda la ciudad en conmoción y ardiendo de exaltado cristianismo, una nueva ascensión del Cristo a los cielos en la paganía del rayo verde que se entrelazaba con el concierto de los ángeles y serafines en la mar abierta con los atunes de oyentes (¿o eran cachalotes?). Será una gloria de diáfana belleza, lo auguro, contemplar a nuestros pies una ciudad de txirrindularis, de radiantes orugas por los 'bidegorris' que serán como glóbulos policolores de las arterias de la ciudad, todos pedaleando que es una gloria que ni el Tour ni el Giro alcanzaron, puesto todo a escala ciudadana, a escala posible para los que la naturaleza ni siquiera tuvo el gesto de dotarnos con cierta sobrecarga, el pulso en efervescencia por cualquier esfuerzo, pero, a pesar de todo, capacitados para entender esa maravilla de dos ruedas entre las piernas, una comunión de amor entre el sillín y el sexo masajeado por la pedalada.

Pertenezco a una geografía y a una generación que nació con la bicicleta entre las piernas que me imagino yo que somos a ella como aquellos héroes cosacos del Tarás Bulba de Gogol, los héroes de Zaporogie, que parece que nacían con el móvil lomo del caballo entre sus muslos. Y recuerdo, ¡cómo no!, la gloria de aquella carretera recién abierta hacia esa especie de pequeño ducado que era Artikutza y en cuyo escudo nobiliario que no sé cuál es el verdadero si lo tiene y ni me importa saberlo, yo pondría al jabalí ostentando la representación preeminente, digamos que sobre campo de gules mejor que de sínoples que el rojo de la sangre nos persigue seguramente desde la era cainita y en cambio la esperanza no se ve por ningún lado y también la heráldica tiene sus exigencias, sinuosa carretera hacia las montañas digo aunque también por el valle aunque menos pero que ofrecía alargadas extensiones con aromas y fragancias de brea casi tan fuerte como el garrotillo en la garganta, la salsa negra de los calamares asfálticos y su densa humareda, los zampacaminos con su gran rueda prensadora tintineando no se sabe qué balanceo de toneladas, y allá, por el filo de las doce horas del mediodía en adelante, la caravana de ciclistas, los operarios fabriles que la sirena de las grandes fábricas dejaba en libertad, un largo alarido que se desleía en la conjunción del mediodía. Mi memoria puede ver, aún hoy, esa larga cinta de la carretera vacía y desde sus recovecos y anfractuosidades que nunca la memoria es tabla diáfana y sin sirtes, sentir poblarse de súbito de bicicletas, algo como un rebaño que nunca borregada, la pedalada distendida a ritmo con el diálogo libertado también de su jaula de silencios.

Si yo no tuviera previsto marcharme de esta tierra de mis amores y mis desamores a corto o a medio plazo ¡y tuviera unos cincuenta años menos!, seguro que me compraba una bicicleta. No como una de aquellas de mi tiempo, que paso revista ahora a las ilustraciones de El Libro de la Bicicleta, de Roderick Watson y Martin Gray y casi les encuentro un aire de familia con el prototipo, aquel que fuera realizado y presentado por John Kemp Starley como la Rover con cuadro en forma de diamante y veo las elucubraciones artísticas realizadas por el futurista Umberto Boccioni (de la misma cuadrilla, seguramente, de Marinetti y de los que firmaron su Manifiesto).

Una de mis bicicletas de entonces, era una Alcyon, venida de no se sabe qué factoría gala, inmune a todos los golpes que se quisiera prodigar sobre su osamente de acero, y me veo pedaleando indolentemente por el camino en flor libre de automóviles casi en su totalidad en una de aquellas gloriosas mañanas de sol puro y brisa leda, algunas mariposas sobre las flores silvestres del prado vecino, pero que, desviándome otra vez del campo a la ciudad, me planteo ahora el problema de las rickshaws, que por dónde caminarán por dónde, si por el espacio antes reservado a los taxis o por los 'bidegorri', que no deja de ser un preocupante problema.

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