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Asunto:Mensaje Alabanza - Himnos: Que mi vida sea tuya
Fecha: 2 de Noviembre, 2007  18:22:55 (+0200)
Autor:Miriam <miriancueva @.....com>

Frances Ridley Havergal (14 diciembre 1836-3 junio 1879)

Artículo escrito por: Timoteo y Lynn Anderson

Hace ciento setenta y un años, una madre inglesa de nombre Jane dio a luz a su sexto hijo: una dulce bebita que llegó a ser la alegría del hogar.

Su padre, Rev. William H. Havergal, pastoreaba una iglesia y fue el reconocido compositor de más de 100 himnos. También era historiador y, en honor a un mártir por la fe en Jesucristo del siglo 16, puso Ridley como segundo nombre de su hija. Aunque Francisca llegó a tener penas y sufrimientos, afortunadamente no murió en la hoguera como su tocayo.

Durante su niñez la familia vivía en un sitio embellecido por campos hermosos, y le gustaba hacer caminatas con su hermana, María, y citar de memoria capítulos de la Biblia. Francisca decía un versículo y luego su hermana el siguiente. De esta manera iban guardando la Palabra de Dios en sus corazones a la vez que se deleitaban en su creación.

Sin embargo, a pesar de sus sonrisas, juegos y música que alegraban a la familia, en su interior Franci no amaba a Dios. Había escuchado sermones escalofriantes acerca del juicio final, y luego sintió profundo dolor por la muerte de su madre cuando tenía 11 años. Como estaba rodeada de personas creyentes, no se atrevía a confesar el miedo que sentía hacia un Dios que consideraba distante y cruel. Todo esto cambió en febrero de 1851 cuando tuvo un encuentro precioso con el Señor. Él contestó sus plegarias, perdonó sus pecados y la transformó en una joven gozosa, caracterizada por su amor a Dios y su Palabra. En ese momento los capítulos 14 en adelante del Evangelio de Juan le animaron con la esperanza de vida eterna en la amorosa presencia del Padre Celestial.

Ya no temía morir, y su confianza en Dios no mermó en situaciones difíciles. Sufrió con paciencia y fe enfermedades como la fiebre tifoidea, una infección cutánea que la dejó ciega temporalmente, afecciones pulmonares y peritonitis. Superó muchas otras frustraciones con valentía. Por ejemplo, una vez dejó el manuscrito de un himnario en una imprenta. El lugar fue destruido por un incendio y Francisca tuvo que trabajar arduamente otros seis meses para volver a compilar el libro. No se quejaba, sino se encomendaba al Señor.

Llegó a escribir muchos libros y folletos, algunos especialmente para niños, como las meditaciones llamadas Campanas Matutinas y Pequeñas Almohadas. Su libro Guardados para el uso del Señor ha sido publicado en español y en muchos otros idiomas.

Colaboraba en la iglesia y con proyectos misioneros. En 1878 regaló su elegante cofre con 50 prendedores y alhajas para suplir una necesidad en la evangelización. No sabía que el año siguiente pasaría a la presencia del Señor donde no le haría falta ninguna joya. Cuando falleció a los 43 años, se recolectó una ofrenda en su memoria que se envió para la obra en la India.

Siempre anhelaba que otros se deleitaran en una relación con Dios similar a la que ella tanto disfrutaba. A finales de enero de 1874, fue a visitar a unos amigos en Arley, Inglaterra. Varios de ellos no conocían a Dios y los demás parecían no vivir su fe. Ese primer día de su visita, Franci oró: Te pido que me ayudes a ser de bendición para estas personas. Quiero que cada una sea tuya.

Durante los siguientes días ella tuvo la dicha de ver a ocho de los diez recibir al Salvador como Señor de sus vidas. En vísperas de regresar a casa la señora anfitriona tocó a la puerta de su habitación y le rogó que hablara con sus dos hijas. Las encontró llorando, y pronto ellas también habían recibido paz espiritual.

Franci regresó a su cama después de la medianoche tan feliz que no pudo dormir. Mientras le daba gracias a Dios por contestar su oración, le vino como avalancha la letra que hoy forma parte de uno de sus himnos más amados:

Que mi vida entera esté consagrada a ti, Señor; Que a mis manos pueda guiar el impulso de tu amor. Que mis pies tan sólo en pos de lo santo puedan ir, Y que a ti, Señor, mi voz se complazca en bendecir.

Que mi tiempo todo esté consagrado a tu loor, Que mis labios al hablar, hablen sólo de tu amor. Toma ¡oh Dios! mi voluntad, y hazla tuya nada más; Toma, sí, mi corazón; por tu trono lo tendrás.

Toma tú mi amor, que hoy a tus pies vengo a poner; Toma todo lo que soy; todo tuyo quiero ser.

¡Que este himno sea la oración sincera de cada uno que lo cante! Timoteo y Lynn Anderson

Que mi vida entera esté CSG #410, FA #293, VC #135, HB #365, GD #216, ElH #247, Mil Voces #227, Himnario Internacional #446, Sólo a Dios la Gloria #539

Seamos fieles a Dios alabándole cada día de nuestras vidas,

Scott Yingling Director General de ObreroFiel.com





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