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Asunto: Tutankamon y el tiempo perdido
Fecha:Miercoles, 3 de Septiembre, 2003  13:51:38 (+0200)
Autor:José Luis Santos <joseluis @..............com>

 

 
  
El arpista ciego
 
TERENCI MOIX - Editorial Planeta
  
Reseña de la obra: Tutankamon y el tiempo perdido 
 
 
Soñadores del Nilo, ¿qué historia os contaré que sea amena y además bonita? La que me permite remontarme a un tiempo perdido en la inmensa noche en que los dioses hablaban con los hombres e imitaban su comportamiento. Tiempo que nosotros consideramos anterior a la creación y, sin embargo, ya vivió su madurez. Porque así era Egipto antes de cualquier tiempo conocido: un suelo tan viejo que el propio sol se avergonzaba de ser joven a su lado.
 
Desde las plazas públicas donde obtengo un cuenco de lentejas a cambio de mis narraciones, quiero hablaros del infinito asombro de aquellos tiempos y desgranar la crónica de sus días. Contaré las horas del arpista de Tebas, y al contarlas nos emocionaremos como dicen que hacía el faraón, como hacía Nebjeperure Tutankamón, sí, cuyas lágrimas arrancaba el insolente músico. Y es gran sorpresa que, lejos de recibir castigo por ello, fuese recompensado con los más altos honores, entre los cuales, el afecto del rey a quien hacía llorar.
 
Y aseguran que decía Tutankamón:
 
—Te llevo cerca de mi corazón, cieguito. A pesar de vivir en un mundo oscuro, eres luminoso y consigues ponerle luz a la música. Deja que te nombre Príncipe de los Sonidos, porque nadie ha sabido acaudillarlos como tú, según mi gusto.
 
Las auras del Nilo unen la suerte del divino Tutankamón con la del niño ciego que ostentaba el nombre del más dulce de los diosecillos: Ipi, el portador del sistro, el que hace música entre los cuernos de su madre Hator, la gran vaca celeste que lleva el sol por tocado y las constelaciones en el útero.
 
Pero ésta es también la historia de Jonet, el niño flautista que puso furia a la música mientras el ciego la ungía de dulzura. De ahí que Tutankamón sintiese temor por sus arranques, ya que aquel que enfurece a los sonidos corre el peligro de ser también furioso.
 
Ipi, Jonet y Tutankamón nacieron el mismo año, en un período que los sensatos consideraban el ocaso de los tiempos, porque eran los tiempos elegidos por el hereje Ame­nhotep IV para alterarlos todos. Fue en pleno apogeo de la ciudad que había construido en homenaje a su Atón, el disco solar que usurpaba los altares de los dioses predilectos de las generaciones de la Humanidad. Al proclamarle absoluto y único, Amenhotep cambió su propio nombre, que rendía homenaje al poderoso Amón de Tebas, y pasó a llamarse Akenatón, el que es agradable a los ojos de la nueva divinidad. Desde entonces, los rayos del sol vinieron a posarse diariamente sobre el faraón, pero esos dedos mágicos, portadores de vida, se convirtieron en garras mortales dirigidas contra todo lo que representaba a los dioses tradicionales. Fueron derribadas sus estatuas, borradas sus imágenes, desmantelados sus santuarios, prohibido su culto.
 
Un rastro de destrucción sacudió la consciencia de los fieles. Y mientras la nueva luz bañaba a Akenatón y su Ciudad del Sol, las tinieblas se cebaban sobre Tebas, dominio de Amón sobre la tierra. Las grullas graznaron mensajes de muerte. Se convirtió en veneno el agua que salta en la primera catarata, gruñó insultos el granito de las orillas, lloraron de rabia las hienas… hasta que un día la elefanta sagrada de los pueblos nubios les dijo a sus compañeras de santuario:
 
—Niñas: traigo la trompa llena de noticias.
 
Del mismo modo que nunca mintió un pico de ibis, jamás mentirá una trompa de elefanta. Por ella supieron las otras paquidermas que, en aquellos turbios días dominados por el celo de la religión única, se estaba fraguando una protesta. Y es que acababan de reunirse en asamblea los antiguos dioses. Estaban llegando todos a la isla que emerge del Océano Primordial, allí donde nació el mun­do; la isla que nace del agua, origen de las cosas; la que engendra el mito, origen de toda narrativa.
 
Llegaban uno a uno, sin aglomerarse, para no despertar las sospechas de los sacerdotes del dios enemigo. Llegaron con sus famosos tocados, muy deslucidos porque en los últimos tiempos no tenían ocasión de ponérselos. De lo que siempre fue cabalgata de riquezas sólo quedaba un vestuario roñoso. Las plumas del halcón, antes enhiestas, estaban torcidas; las plumas de avestruz, que solían tensarse en las puntas, estaban decaídas; las pieles de pantera perdían pelo, de las máscaras se desprendían pequeñas láminas de oro, y el lapislázuli de las pelucas femeninas se había cuarteado.
 
Tras diez años de prohibición ya no sabían qué hacer aquellos dioses cesantes. Pero allí estaban, con cabezas de mandril y hocico de gato, con testas de leona y pezuñas de vaca. Y Amón, el más ultrajado, sólo dejaba ver su ojo, porque para algo le llaman el Oculto.
 
Los otros dioses eran tan generosos que incluso toleraron su hegemonía y el inmenso poder de sus sacerdotes. Siempre se dijo que Amón había salvado a Tebas de los temibles invasores extranjeros, por tanto su poder era legítimo y legitimado. Pero ni siquiera en sus momentos de máximo esplendor pretendió reinar a solas.
 
Esos seres celestes fueron ejemplo de convivencia durante siglos. Ellos y ellas habían protegido de todo mal a los habitantes de las Dos Tierras. Cada uno cuidó de un elemento, cada una patrocinó una ciudad, todos acompañaron a los difuntos en su viaje a las oscuras cavernas. Los dioses buenos lucharon contra los perversos, el hermano luchó contra el hermano, las cuñadas llegaron a no hablarse durante un tiempo. Y así, sus rencillas representaron la lucha del Bien contra el Mal convertida en reflejo celeste de la infinita comedia humana. Y aunque alguno llegase a ser más poderoso que otros nunca se excluyeron.
 
Incluso en aquella asamblea dieron prueba de su extremado liberalismo cuando se inclinaron ante la llegada de la noble Isis, esposa y madre de la Humanidad.
 
—No soy ni sombra de lo que fui —gimió la gran soberana del cielo—. Yo bajé a la tierra para enseñar a los hombres las ciencias de la vida, y ahora me veo sin cargos, arrinconada como una vieja, huérfana del cariño de mis párvulos. Y ese dios único persiste. Y su poder dura y dura y no deja de durar.
 
—Así reviente —dijeron todos los dioses al unísono.
 
—Concedo —dijo Osiris, soberbio señor de la ultratumba.
 
—Y que el hereje Akenatón reviente mil veces —dijo Sobek, el cocodrilo.
 
—Concedo.
 
Horus, el halcón, mostró su impaciencia:
 
—Haz algo más que conceder, padre mío. Opina. Decreta. Juzga como hacías antes.
 
—Tu hijo está en lo cierto… —dijo Sobek—. Pocos tan perjudicados como tú, gran señor del inframundo. Todos tus ritos funerarios han sido sustituidos, y ese Akenatón se ha inventado una vida eterna que nadie sabe en qué consiste.
 
Y pues se solicitaba su opinión, opinó Osiris:
 
—Están negros los tiempos. Lo están así en el cielo como en la tierra. Este dios que se pretende único es un tirano. Además de no tolerar compañía, quiere controlar todos los aspectos de la creación.
 
Comentó la hermosa Hator, agitando sus orejas de vaca:
 
—Y, sobre todo, ¿de dónde saca tiempo para ocuparse de las tareas que antes nos repartíamos entre todos?
 
—Son cosas que jamás se habían visto —dijo Anubis, que protege a los difuntos.
 
Seguía Isis con sus lamentos:
 
—He llorado ante mis estatuas martilleadas. En los relieves que contenían mi rostro sólo se ven agujeros. Mi hijo Horus también ha sido machacado y sus sacerdotes ape­dreados por los fanáticos de Atón. ¡Si por lo menos fuera único, pero inofensivo…!
 
—Rara avis sería —dijo Osiris—. Un solo dios crea la intolerancia y fomenta el fanatismo. Enseñemos a los hombres que, cuando llegue un dios que presuma de unicidad, desconfíen de él.
 
—¡Ay, dolor, ay, agonía! —seguía Isis—. Ya no somos nadie, nosotros que tanto fuimos.
 
Saltó al ruedo la vivaracha Neftis, que solía ponerse en jarras al hablar y, al contrario de diosas más prudentes, lucía con singular donaire la peineta y el mantón:
 
—Mira, bonita, la cosa no está tan negra como la pintan esos cenizos. El hereje no ha conseguido que el pueblo deje de invocarnos. En cuanto sales de la Ciudad del Sol, las cosas siguen como antes. A ti se dirigen los enamorados, noble Hator; a ti, Isis, los enfermos del cuerpo; al gentil Anubis, los que aspiran a un buen morir. No tenemos altares para lucirnos, pero nadie nos toca un pelo en el corazón de los humanos. O séase, que a esperar tiempos mejores y sanseacabó. En cuanto a Akenatón, que le den mor-_cilla de Kom-Ombo.
 
—Exactamente —dijo Tot—. Y de los dioses únicos quiera librarnos Dios.
 
Preguntó la hipopótama Tueris, con acento ingenuo:
 
—¿Qué dios puede librarnos a los dioses de un Dios único?
 
Y se quedaron todos sin discurso.
 
 
¡Benditas sean las diosas de Egipto, que hablan como las vecinas de mi calle! Benditas sean, porque se entiende lo que dicen cuando a sus sacerdotes no los entiende ni el propio Amón; del mismo modo que nunca fueron entendidos los letrados y sí el campesino que contempla los juegos de la naturaleza.
 
Yo, que soy el narrador, yo, que cuento, explico, manipulo, yo observo esas imágenes como si decorasen una tumba amada. En esa historia perdida en el tiempo, ¿qué soy sino la víc­tima de una nostalgia que siempre permanece? Es la nos­talgia por las cosas que nunca conocí, la memoria de los seres que me precedieron en los inmensos salones del olvido, los que la fantasía colocó en mi corazón para hacerlos resurgir de la nada, convertidos en coetáneos y convecinos.
 
Yo soy el narrador que soñó a Egipto en el vientre materno. ¿O acaso soy el niño que soñó al narrador realizándose en Egipto? ¿O soy Tutankamón, que soñó tenerme entre sus brazos?
 
¡Mito que sustituye a la vida para que la vida permanezca!
 
Y dentro de este mito, que alimento desde la infancia, emerge ella, Tebas, reina de las ciudades, perla única en la corona de las Dos Tierras. Urbe que invoca en la memoria de las generaciones la forja de un imperio y el triunfo de una sabiduría…
 
Templos, palacios, mercados, chozas, jardines, naves…
 
Recordad siempre el encanto de los atardeceres de Tebas, cuando la barca solar se desplaza sobre el último resplandor del día y va a perderse en el reino de los muertos. No hay en el mundo hecatombe parecida a la que organizan los colores sobre el Nilo.
 
Nut, patrona de la noche, despliega su manto de estrellas; asombrosos zodíacos cabalgan en el cielo, y Tebas, en la tierra, vence la maldición de la oscuridad por el conjuro de sus mil luces. Antorchas en las esquinas, lamparillas de aceite crepitando en los hogares, pebeteros en los altares del dios único. ¡Y ojalá volviesen los dioses del pasado para que hubiese más fogatas crepitando al unísono!
 
Miles de luciérnagas domesticadas convierten a Tebas en un continuo brillo. Y entonces, los tebanos consagran a la noche el ocio que tuvieron que ahorrar en el agobio del trabajo cotidiano.
 
Durante el día, la vida estuvo en la calle; al caer la noche, la vida de la calle ha subido a las azoteas. Tebas se convierte en una ciudad aérea. Los ardores del día —que siendo vida acaban ahogando a la vida— se trocan por un frescor casi frío que pone en las almas un temblor delicioso, como si los miembros se empapasen de nieve. (Pero ¿quién, en Tebas, conoció jamás ese fenómeno?)
 
Tebas está a la fresca, y en ella se produce inevitablemente el imperio de las vecinas. Repantigadas en sillas de mimbre, abanicándose con plumas de ganso, dejan que en sus escotes palpite un sudor frío, para proclamar que están ahítas de palique.
 
Y de esas conversaciones que van flotando por las azoteas de Tebas mi narración se beneficia. Mi narración es Tebas en la voz de sus vecinas.
 
 
Vivían en una calle considerada entre las más selectas de Tebas, no por lo concurrida, antes bien por lo aislada y recoleta. Sólo había seis mansiones, que más no hubieran cabido porque eran a cuál más amplia y vistosa. Y todas disponían de frondosos jardines con estanque y peces y gran provisión de lotos y nenúfares. La llamaban la calle de Las Acacias, por esos árboles que producían placentera sombra a lo largo de la calzada. Del mismo modo, las mansiones se llamaban según el árbol que destacaba en cada uno de sus patios. Había así la casa del sicomoro, la del granado, la de la higuera, la de la parra, la de la persea y, al final de la calle, la mansión de las tres palmeras, que en tal número se mostraban porque su dueña, una rica heredera que se casó con el escriba Najt, era proclive a la ostentación y al aparato. Y eso caía muy mal a las vecindonas, que se jactaban de ser prudentes y austeras como buenas egipcias. _Y así decían:
 
—En todo ha de verse cuando una mujer es piojo resucitado y no gran señora, porque en el primer caso siempre tiende a mostrarse superior a las otras; y en esto prueba no serlo, pues bien dicen las viejas que tienen la sapiencia de los años: «Dime de lo que presumes y te diré de qué careces.»
 
¡Cuán distinta opinión merecía a las vecinas la ecuánime Nofret! Había sido Divina Adoratriz de Amón pero, tras la prohibición del culto, vivía sola con sus recuerdos _y consagrada a enseñar a las damitas en flor una pléyade _de nobles tradiciones que le venían de casta. Descendía de personajes tan nobles que solía recibir con regularidad la visita de Querehet, la diosa áspid que encarna el origen de los tiempos y la antigüedad de los linajes familiares.
 
Pero todavía era más respetada la dueña de la mansión de la parra, la dama Kipa, cuyo vientre privilegiaron los dioses al convertirla en residencia temporal de nuestro arpista favorito. Pero, además, tenía Kipa méritos propios, _y al no hacer ostentación de ellos eran más meritorios.
 
Descendía de un linaje de nobles campesinos, pero era de talante ciudadano y cada vez que debía desplazarse a sus propiedades se le caía el mundo encima y sólo ansiaba regresar a la calle de Las Acacias. Allí había fomentado su pequeña sociedad y aumentado su prestigio.
 
Era tan reina en lo suyo que todos la llamaban la Dama de la Casa; y aunque así se conocía a las matronas en general, a ella le quedó como título honorífico, pues las honraba a todas al honrar lo que todas representaban. Porque, al contrario que en otras naciones, la mujer egipcia tiene grandes derechos y sabe ejercerlos. Incluso el marido más indigno los reconoce, perpetuando así la sabiduría antigua que aconseja no inmiscuirse jamás en las decisiones de las damas de las casas, porque de ellas es la administración perfecta y nadie las mejorará en la educación de los hijos.
 
Se educó Kipa bajo esos principios de autoridad y supo inculcarlos a sus dos hijas, Seshat y Merit, para que los aplicasen cuando fuesen damas de sus propias casas. De momento eran niñas de gran belleza y dotadas de excelentes modales. Y siempre tuvieron que agradecer haber nacido mujeres, pues de este modo su educación dependía de la Dama. Si hubiesen nacido varoncitos, habrían quedado al cuidado de su padre, con riesgo de salir como él.
 
Todos los méritos de la dama Kipa no bastaban para rete­ner a ese hombre, el rico Panufer, conocido en otro tiempo por su sagacidad en el comercio y más recientemente por su desmedida afición a desflorar sexos impúberes. Y tanto fue bajando en lo de la edad que, al mirar a su esposa, la encontró vieja y empezó a despreciarla.
 
Mas nunca hubo duda alguna sobre la entereza y dignidad de la Dama de la Casa. Ambas virtudes quedaron confirmadas cuando denunció a Panufer por abordar a sus propias hijas con insinuaciones que todo padre debería reprimir, como mínimo hasta que ellas cumplan los diez años, edad en que ya son casaderas las egipcias. Y aun entonces hay quien encuentra preferible que un padre sepa contenerse.
 
Herida en su honor y hasta en su alma, la Dama de la Casa consiguió que un juez desterrase a Panufer a sus po­sesiones del campo, que eran por cierto de las más notables: una vasta mansión con almacenes, mucho terreno en la parte del valle más regada en la inundación anual y, en la zona proclive a la sequedad, canales de irrigación que funcionaban desde cinco generaciones atrás…
 
La Dama de la Casa no pidió el divorcio, porque con dos hijas a sus espaldas no le convenía la separación de bienes, pero consiguió la promesa de que el sátiro no volvería a traspasar el portal de su casa de Tebas.
 
Navegando directamente hacia el delirio, Panufer convirtió la hacienda en el corral de sus placeres; un corral habitado por tres concubinas cuyos sexos menstruaban rocío matinal, cuyos senos tenían el primoroso tacto de la seda. Niñas todavía, sin otra ocupación que acicalarse continuamente para estar bellas a los ojos de su dueño. Y la Dama de la Casa las trataba de gandulas, si no de algo peor, mientras su hija segunda, Merit, las consideraba afortunadas.
 
—Quisiera ser concubina —dijo un buen día, con la mirada llena de embeleso—. Quisiera tener la gran vida que tienen las de mi padre. Eso sí es divertido, y no ser Dama de la Casa.
 
Se alarmó la aludida:
 
—Hija mía, lleva cuidado con lo que dices. Muchas empezaron pensando como tú y acabaron siendo carne de mancebía.
 
—¿Y no es peor ser carnaza para el tedio? Y también para el desprecio, señora. En cada concubina veo un rayo de alegría, y en cada dama de la casa, un higo podrido. Tonta es la mujer que elige serlo. Borrega la que opta por ser como tú.
 
La Dama lloró mucho y no porque su hija la hubiese herido, que herida ya estaba, sino porque la colocaba ante una evidencia: su perfección la había hecho estéril para la vida. Trabajaba de sol a sol, llevaba la casa, vigilaba las cuentas de los campos, incluso se entendía con los recaudadores de impuestos; en fin, que se mataba tanto en trabajos de hombre como en tareas de mujer, y en cambio la derrotaban en las lides del amor tres barraganas que sólo servían para calentar lechos.
 
Se lo contaba a la excelente dama Nofret, de quien _se decía que era prácticamente perfecta en todo, sin ser resabida en nada. Desde que la cesaron como Divina Adoratriz se quedó en consejera de vecinas y amiga de hacer favores.
 
Vivían muro contra muro y eran tan amigas que habían abierto una puerta para comunicar los jardines, de manera que estuviesen siempre en contacto. Y en ese constante ir y venir, las cuitas de la dama Kipa encontraron siempre consuelo, de modo que Nofret, más que vecina era su comadre absoluta.
 
Ella le aconsejó la solución que ninguna mujer debe desatender cuando el marido resulta botarate. Habló de jóvenes cortesanos que conocían el arte de complacer a damas de alcurnia, y de oficiales que hacían ver las estrellas en pleno día, y aun de sirvientes que tenían la lengua educada para las más sofisticadas prestaciones. Pero la Dama era altanera, tenía orgullo de linaje y afirmó que su torre era demasiado alta para abatirla con mandobles de amante furtivo.
 
Pero una noche de soledad más angustiosa que las demás —o acaso la culminación de muchas noches soli­tarias—, la torre protectora empezó a desmoronarse y la vecina aconsejadora comprendió que la Dama estaba dispuesta a contentarse con una cabaña de adobe.
 
 
Al mirarse en el espejo de bronce bruñido, la Dama de la Casa vio que en su rostro empezaban a insinuarse arrugas impertinentes y rompió a llorar porque notaba que algo se le estaba yendo. Y entonces, en la superficie del espejo, apareció una forma borrosa que hablaba con una voz sin sonido:
 
—Yo soy el Tiempo. No sólo el tuyo, sino el del mundo. Hasta ahora no me conocías porque eras joven, pero tu juventud debería haberte advertido contra mí, pues tengo la obligación de asesinarla. Yo soy el señor de todos los dioses, el único a quien nadie sustituirá jamás. Nací antes que yo mismo y he de morir después de todos vosotros. Y aun desde la eternidad diré: domino el mundo. Dominaba también tu juventud; por tanto, te la arrebaté cuando quise. Ahora, el espejo ya no te devuelve glorias, pero es gloria comparado con lo que te devolverá dentro de tres estaciones. Habré transcurrido, como suelo. Seguiré transcurriendo, como quiero. Y lo que me habré llevado nunca volverás a tenerlo, por más que avances hacia mejores días.
 
En el espejo apareció el rostro de Hator, contrapuesto al del Tiempo.
 
—¡Atiende! —gritaba la diosa—. Tienes en tus manos un último minuto. Estás en una última playa que ya nunca volverás a frecuentar. ¡Vívela, consúmete, hártate de ella!
 
Pero la voz del Tiempo dominaba a todas las demás.
 
—He recorrido muchos cielos y a todos los he anulado. ¿Dioses? No me hagas reír. He acabado con muchos, y acabaré con muchos más. Mi ley es acabar con todo, porque soy el único señor de la totalidad. Y a ti te digo: aprovéchame, porque sólo transcurro una vez por la vida de las gentes, y ésta es tu vez y no habrá otra.
 
Quiso el azar que el escriba Najt, el señor de la mansión de las tres palmeras, dedicase a la Dama algún requiebro cuando coincidían en las fiestas del rico Senotu. Y la digna Nofret aceptó rebajar su alcurnia a la categoría de las alcahuetas para mediar entre sus amigos y hasta prestarles una de las mejores estancias para que consumasen sus amores.
 
La Dama de la Casa vivió en casa ajena la resurrección de la carne sin necesidad de pasar antes por la muerte. Y no hubo insensatez ni ligereza en las veladas con su amante. La experiencia excusa el riesgo. Se conoce todo de antemano y tan bello es aceptarlo como rechazarlo. El señor Najt no era un joven cortesano avezado en los refinamientos del amor, luego no exigía pericias extremas. Tampoco era fornido como los guerreros de Horemheb, porque el oficio de escriba exige pasarse muchas horas sentado y cría bolsas en la barriga, pero sus espaldas eran anchas y sabían aplastar en el deleite. Este término medio tranquilizaba a la Dama de la Casa, porque no siendo él un dios no tenía ella que lucir como una diosa. Eran vinos maduros que coincidían en un odre propicio.
 
 
Mientras su mujer se satisfacía con un servidor de las palabras, Panufer culminaba en los campos su vida bucólica, si así puede llamarse a la pereza más absoluta y a la desidia ante cualquier acción y aun movimiento. Tendido a perpetuidad en lecho de plumas, se fue hinchando hasta adquirir las opulentas formas de la diosa hipopótama. Ya ni siquiera se molestaba en desplazarse para supervisar el trabajo de los obreros, como hacen quienes saben que ningún caballo engorda lejos del ojo de su amo. Sólo parecía encontrar algún regocijo cuando llegaban las horas de fornicación —que en el número no se mostraba vago—, pero como apenas podía moverse, las tres concubinas se veían obligadas a efectuar todos los trabajos y sentarse encima de su verga, parecida a una remolacha, para darle placer sin causarle fatiga. Porque es cierto que aquella parte de su anatomía no se resignó a la vagancia que dominaba al resto del cuerpo.
 
O corpachón. O mole inmunda. Pues en esto se había convertido, hasta tal punto que en su visita más reciente la Dama de la Casa no supo reconocerle. Llegó en la estación de la cosecha, dispuesta a encargarse de la dirección de los trabajos, ya que nadie lo hacía. Por consejo de su amante tomó a un escriba joven, que estaba deseoso de prosperar para comprarse una casa con jardín y granero en el centro de Tebas. Con su ayuda, la Dama de la Casa dirigió los trabajos y atendió personalmente al equipo de recaudadores que llegaban cada año para medir los campos, calcular el provecho obtenido y arramblar con las cantidades que debían enriquecer los graneros del Estado. O las arcas de sus funcionarios, pues nadie ignoraba que desde el apogeo de la Ciudad del Sol, la nueva burocracia se enriquecía a costa del pueblo, como en otro tiempo hicieran los sacerdotes de Amón.
 
En aquella ocasión, los impuestos subieron más que de costumbre y la Dama de la Casa se encaró con el oficial encargado de vigilar a los recaudadores y le llenó de improperios. El joven escriba, nuevo en la familia, temió lo peor, porque los oficiales del faraón saben hacerse respetar a golpes de vara, cuando no con castigos más duros. No tardó en comprender que la escena promovida por la dama Kipa era una variante de las que organizaba ante cualquier transacción comercial, desde el más humilde intercambio en el mercado hasta la cesión de una propiedad en los juzgados.
 
Aunque acostumbrados al regateo y las protestas, los funcionarios tenían que enfrentarse a una situación nueva. El continuo embellecimiento de la Ciudad del Sol estaba provocando una crisis sin precedentes. El gasto público aumentaba día a día y todos los que no tenían acceso a los privilegios del nuevo dios sentían que estaban enriqueciendo una causa que les era completamente ajena y aun hostil.
 
—Mantenemos con nuestro trabajo la corte de este faraón iluso —exclamó la Dama de la Casa, haciendo alas con los brazos—. Antes, por lo menos, mis tributos servían para embellecer Tebas. ¡Y no os digo lo que era Menfis! ¡Ay, aquellas avenidas! Ahora se derrumban nuestras ciudades, están sucios los templos, y los adoradores de Atón orinan en los altares de los otros dioses. ¿Y a quién van mis ganancias? A esa raza de funcionarios afeminados, con sus mujeres venidas a más y sus hijos educados como si fuesen príncipes, cuando deberían ir desnudos por las calles como los hijos del pueblo. Mis ganancias sirven para mantener a todos los parásitos de esta nueva religión, cuando manteniendo a los de Amón ya me sentía más que cumplida.
 
—En confianza —dijo el recaudador—: los que no somos parásitos de ningún trasero siempre estaremos manteniendo a alguien.
 
Las consideraciones que la Dama de la Casa profería a voz en grito ya no despertaban la ira y el castigo de los recaudadores, como habría ocurrido en otro tiempo. Éstos sentíanse tan ajenos a la Ciudad del Sol como el resto de los egipcios. Cumplían la misión de vigilar, pero ahora con la apatía propia de los sustitutos. Eran hombres de guerra que llevaban diez años inactivos, pese a que su jefe Hore­mheb intentaba convencer continuamente a Akenatón sobre la necesidad de abandonar la política pacifista que había despojado a Egipto de sus posesiones extranjeras. Las únicas batallas en las que ahora combatían los valerosos soldados de ayer eran las que se veían obligados a librar contra cualquier matrona quejosa de los impuestos. Su verborrea, en general irreverente, había sustituido a las espadas hititas y a las lanzas de los habiru.
 
La Dama de la Casa supo así del descontento que reinaba en el propio entorno del faraón, y para mejor informarse convidó a cerveza al oficial y a todos sus hombres.
 
El espíritu de la Ciudad del Sol íbase quedando cada vez más aislado. Todo cuanto bajaba de ella estaba obligado a navegar contra la corriente del Nilo; por tanto, todo llegaba con retraso.
 
En tales circunstancias, los tebanos no supieron que en el harén del faraón acababa de nacer un niño. ¿O acaso no era del faraón? Incluso en la Ciudad del Sol había dudas sobre aquel príncipe. ¿De dónde venía? ¿Quién lo había engendrado y en qué útero? Tantas cosas se dijeron que las vecinas andaban perdidas. Se dijo que era de la reina madre, la mustia Tiy, pero todos dudaban de que en su cuerpo yermo pudiera germinar la semilla de la vida. Si era hijo de Akenatón, la madre debería ser Nefertiti, que ya le había dado seis hijas. Pero las voces que llegaban de la Ciudad del Sol contaban que en los últimos tiempos la idílica relación de la real pareja iba a la deriva, que había habido separación física y, sobre todo, de intereses. Nefertiti se había trasladado a su palacio de la parte norte de la ciudad, por desavenencias que también llegaban a Tebas en mezcolanza desconcertante. Unos decían que Akenatón intentaba apartarse de la herejía mientras Nefertiti permanecía más aferrada a ella que nunca. Otros afirmaban lo contrario. Y en las fiestas de los notables quienes no entendían de religión ni de política se conformaban comentando, entre risas, que Nefertiti había sido sustituida en el favor real por una nueva favorita: se llamaba Kiya y estaba en la edad justa para darle al faraón su primer hijo varón.
 
A quien pusieron, por cierto, Tutankatón.  
 
 

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