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Asunto: Invenciones, mentiras y otras arqueopatrañas
Fecha:Martes, 9 de Diciembre, 2003  12:03:17 (+0100)
Autor:José Luis Santos <joseluis @..............com>


 

Invenciones, mentiras y otras arqueopatrañas. ¡Menudo fraude!

Fuente: El Mundo.es    

   

Nada está a salvo. Los maestros del engaño crean desde pinturas rupestres hasta pirámides mayas... Todo falso, pero capaz de embaucar a los expertos. Ya sea por dinero o por llamar la atención, los fraudes arrojan una sombra de duda sobre esta disciplina en la que no es oro todo lo que reluce. 

 

 Al ex vicepresidente del Instituto Paleolítico de Tohoku, Shinichi Fujimura, sus colegas le llamaban las manos de Dios. Y tenían buenas razones para hacerlo. Los revolucionarios descubrimientos de este arqueólogo japonés cambiaron para siempre la historia de su país, si bien de una forma que nadie podía sospechar. Allá donde Fujimura investigaba, en las excavaciones de Zazaragi, Badaban o Kamitakamori, surgían como por arte de magia preciosas piezas de inigualable valor. Todas ellas venían a confirmar que la humanidad se había asentado en Japón hacía cientos de miles de años, mucho antes de lo que la mayoría de los científicos se atrevían a proponer.

 

 Así las cosas, es comprensible la conmoción que causaron las declaraciones de este supuesto experto cuando atribulado y con la cabeza gacha admitió haber simulado  el descubrimiento de decenas de restos. Entre ellos, se contaban hasta 42 de la primera época de la Edad de Piedra. No sólo eso. A 300 kilómetros al norte de Tokio, en Kamitakamori, dijo haber hallado en octubre de 2000 incluso los rastros de antiguas estructuras prehistóricas. Hoy se sabe que al menos 27 de las 31 piezas descubiertas fueron colocadas fraudulentamente y que algunos restos valiosísimos desenterrados en Tsukidate y datados en un primer momento en 700.000 años de antigüedad han resultado no tener más de 42.000, lo que obligará a los investigadores a replantear buena parte de la historia japonesa.

 

 El vergonzoso suceso fue descubierto por unos periodistas que grabaron con todo lujo de detalles cómo Fujimura colocaba cuidadosamente los restos que después decía encontrar. Semejante escándalo no sólo ha dañado gravemente la imagen de la ciencia arqueológica japonesa y ha llevado al autor del fraude a un instituto psiquiátrico, sino que también demuestra que, como toda actividad humana, la arqueología no está exenta del engaño.

 

Tarde o temprano, los montajes arqueológicos salen a la luz

 

 "El sol lo ve todo. Si haces algo malo, algún día será descubierto", declaró Fujimura. Y no le falta razón. El montaje en arqueología no es, ni mucho menos, una moda nueva. Las ansias de notoriedad, las aspiraciones económicas o un perverso sentido del humor explican algunos de los casos más rocambolescos de este particular tipo de fraude, que José Ma. Bello, director del Museo Arqueológico e Histórico de La Coruña, engloba dentro de una disciplina a la que denomina Arqueología Patológica.

 

 En 1912, un paleontólogo aficionado llamado Charles Dawson protagonizó una de las mayores tomaduras de pelo de esta rama de la ciencia. Ante sus atónitos colegas dijo haber hallado cerca de la localidad de Piltdown (Inglaterra) varios fragmentos de un más que curioso cráneo. Arthur Smith Woodward, uno de los expertos del Departamento de Geología del Museo Británico se desplazó hasta Piltdown, donde junto a Dawson halló una enigmática mandíbula. La reconstrucción no se hizo esperar. Woodward presentó el cráneo de una criatura que, aunque debía haber vivido hacía más de 500.000 años, estaba indudablemente emparentada con el género humano. La configuración de la calavera era tan sorprendente que se empezó a hablar del hallazgo del eslabón perdido y el Hombre de Piltdown, como fue denominado, se convirtió en una celebridad.

 

 Hasta 1953, pocos dudaron de la autenticidad del espécimen. Pero entonces, un equipo de investigadores del Museo Británico dirigido por Kenneth Oakley, Wilfred Le Gros Clark y Joseph Weiner, anunciaron que se trataba de una falsificación. No sólo establecieron la edad del cráneo en 50.000 años, sino que descubrieron que la mandíbula era reciente y en absoluto humana. En realidad, pertenecía a un simio.

 

 Aún hoy no se sabe quién ejecutó tan sutil fraude. Las sospechas recaen tanto en el propio Dawson, al que sorprendieron falseando restos arqueológicos, como en el escritor Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes, que estuvo en contacto con la calavera. Un estudio de la revista Nature publicado en 1996 se decanta por el conservador del Museo de Historia Natural Martin A. V. Hinton, quien consideraba a Smith Woodward un pomposo y deseaba ridiculizarle.

 

 No se trata del único caso de fraude que consigue despistar a los expertos durante lustros. Recientemente, un equipo de investigadores británicos ha confirmado que el fantástico mapa de Vinlandia, un documento del siglo XV que parecía probar que los vikingos habían llegado a América antes que Colón, es precisamente eso, una fantasía.

 

 En realidad, el mapa, que constituyó toda una sensación cuando fue publicado en 1965, está realizado en parte con una tinta que no tiene más de 70 años de antigüedad. Eso sí, la falsificación es soberbia. El pergamino es auténtico e incluso las partes que no pertenecen a América (Vinlandia) fueron dibujadas hacia 1434. Hoy, la Universidad de Yale, poseedora del mapa, ha perdido uno de sus tesoros.

 

 Por alguna misteriosa razón, los vikingos están rodeados por un buen número de falsos mitos. Ni lucían cuernos en sus cascos, ni una roca que supuestamente grabaron y que fue hallada no hace mucho en Kensington (EE UU) es real. Dos investigadores de Minnesota han admitido que hicieron las inscripciones hace años para divertirse. Aún peor, no pocos expertos sospechan que otra piedra rúnica hallada en este mismo lugar hace más de un siglo por un granjero de origen sueco es igualmente un fraude.

 

A vueltas con las reliquias

 

 Un aspecto fundamental de la religiosidad popular ha sido la veneración de las reliquias de los santos, ya que sus restos, así como los objetos que usaban, tenían para los fieles virtudes milagrosas. Su posesión, especialmente las relacionadas con Cristo, desató en Occidente una verdadera fiebre y fue motivo de todo tipo de engaños. De hecho, se han contado más de 40 sudarios, 35 clavos de la pasión, al menos tres santos prepucios y varios cordones umbilicales del niño Jesús. Aún más. Cualquier personaje celestial podía ser fuente de sus propias reliquias, como San Juan Bautista, del que de momento se han contabilizado más de 60 dedos.

 

 Cuando los cruzados saquearon Constantinopla en 1204 se produjo un enorme aumento en el número de supuestos restos sagrados. Además, se sabe de la existencia de talleres especializados en la fabricación de semejantes fraudes. Cualquier método era válido para conseguir reliquias. Así, a pesar de los siglos transcurridos, San Luis de Francia consiguió en Tierra Santa nada menos que la corona de espinas. Otros, menos afortunados, "sólo" hallaron algunas plumas del arcángel Gabriel o, incluso, el suspiro de San José, del que hoy se enorgullece una iglesia de Blois. Los más cabales, como Guiberto de Nogent, ya denunciaba en su De pignoribus sanctorum, escrito a principios del siglo XII, el tráfico de falsas reliquias. El IV Concilio de Letrán, incluso, reguló el procedimiento de autentificación de los restos sagrados.

 

 La Sábana Santa de Turín es quizá el más conocido de estos objetos. En 1988, un equipo de científicos logró una autorización eclesiástica para estudiarla. Tres laboratorios, en Tucson, Oxford y Zurich, dataron la reliquia en el siglo XIV empleando Carbono 14, con lo que se demostraba su falsedad. Surgieron entonces todo tipo de iniciativas que trataron de tirar por tierra los resultados. Entre ellas, la más conocida fue la de Dimitri Kouznetsov. Éste proponía que el calor de un incendio en 1532, junto con el efecto catalizador de la plata de la caja en la que se guardada la sábana, había producido un aumento en el C14 de las fibras. Kouznetsov reprodujo tales condiciones sobre un trozo de tela del siglo I. El C14 reflejaba que era al menos 1300 años posterior, lo que ponía en evidencia los primeros análisis. Según indica José Ma. Bello, "todo habría estado muy bien, si no fuese porque el experimento de Kouznetsov resultó ser un fraude". Un engaño que, convenientemente publicitado, sigue expandiéndose pese a que numerosos investigadores han denunciado su falsedad.

 

¡Gane una fortuna exhibiendo su propio gigante petrificado!

 

 El engaño cobra dimensiones grotescas cuando lo que se persigue es un objetivo económico. En 1869, la noticia de que en una granja cercana a la aldea de Cardiff, en Nueva York, había sido desenterrada una colosal estatua de 3 metros de altura y más de una tonelada de peso conmocionó toda la región. Pero cuando los estudiosos certificaron que no podía tratarse de ninguna manera de una estatua, empezó a correrse el rumor de que en realidad se trataba de un gigante petrificado. No sólo eso, parecía que su antigüedad era prodigiosa. Nacía así la leyenda del Gigante de Cardiff.

 

 A pesar de la desconfianza de algunos expertos, otros argumentaron que el granjero que lo había descubierto no tenía conocimientos para realizar semejante talla y tomaron por buenas las palabras de la familia, que juraron no saber nada del tema ni haber escuchado ningún ruido sospechoso.

 

 Efectivamente, poco podían haber oído, ya que el gigante, que en realidad había sido tallado en un bloque de yeso muy lejos de allí e incluso había sufrido un accidente mientras era trasladado hasta Cardiff, fue enterrado cuando la familia del granjero se encontraba disfrutando de una excursión.

 

 Aunque el engaño fue descubierto al encontrarse en el gigante huellas recientes de herramientas para cincelar, el coloso de Cardiff generó una fortuna a sus descubridores, que cobraban por verlo. Antes de que todo estuviera perdido, Barnum, un organizador de espectáculos, trató infructuosamente de hacerse con él. Así que, en el colmo de lo ridículo, no dudó en copiarlo y presentar la copia como si fuera el original.

 

Entre copias y reproducciones

 

 La mayoría de las colecciones contienen falsificaciones adquiridas por error. Otras veces se trata de piezas falsas tan convincentes que despistan a los expertos, pues suelen ser fabricadas por personas con amplios conocimientos históricos o artísticos. En los museos pueden verse, además, piezas no originales, pero en absoluto falseadas. En una exposición sobre fraudes arqueológicos en el Museo de Kelsey se distinguía entre:

 

 Reproducción. Se trata de una réplica (o de un facsímil). A menudo, se hacen directamente de los originales, consiguiéndose así duplicados exactos. En ocasiones, se inserta en ellos una marca especial que los identifica como una copia directa, de forma que un particular puede tener un duplicado perfecto de una obra que sólo podría ver en un museo.

 

 Copia. En este caso, el original se utiliza sólo como guía, pero no se usa físicamente para conseguir réplicas directas. Por esta razón, las copias suelen ser menos fieles al original que las reproducciones.

 

 Fraude. No es más que una obra falsificada que se califica, a sabiendas, de verdadera. Los fraudes arqueológicos casi nunca tratan de conseguir réplicas de objetos concretos, sino que analizan el estilo de una obra para tratar de plasmarlo en otra que ellos mismos realizan, de forma que el resultado sea convincente. 

 

Cuando la arqueología se pone al servicio de intereses políticos

 

 Peor aún es cuando se recurre directamente a la alteración del patrimonio. La arqueología mexicana recibió el año pasado un duro golpe cuando en el Diario de Monterrey un artículo revelaba que según el arqueólogo Eduardo Matos, encargado de las excavaciones en Teotihuacan, la magnífica Pirámide del Sol "fue transformada de tal forma que su fisonomía actual no corresponde ni remotamente a la realidad". Matos señala que los arqueólogos llegaron incluso a colocar escaleras donde no las había. Parece ser que la pirámide fue deformada durante los trabajos realizados entre 1905 y 1910, cuando se destruyeron 7 metros de los vestigios de la edificación, y que la ciudadela de esta zona arqueológica es un "invento arquitectónico" al igual que el remate del templo de Quetzal Papalotl: un tablero que ni siquiera se ajusta a la arquitectura de esta cultura.

 

 Algunos investigadores denuncian que ciertos arqueólogos han llegado a inventar incluso complejos arqueológicos para complacer a quienes aportan los fondos, como ocurrió en Cholula, Puebla. El presidente Díaz Ordaz mandó explorar el lugar esperando encontrar una pirámide, pero tan sólo aparecieron algunos cacharros de barro. Como no estaban dispuestos a presentar restos de tan escaso valor, los arqueólogos llegaron a construir toda la pirámide de Cholula, que aunque resultó ser de muy buen gusto, no se adaptaba a las características arquitectónicas mesoamericanas.

 

 Aproximadamente al mismo tiempo que la opinión pública conocía los engaños arqueológicos en México, otro escándalo se apoderaba del Museo del Oro de Perú, una institución que atesora una fabulosa colección de piezas precolombinas en este metal. Se llegó a comentar, incluso, que de 4.349 objetos analizados, 4.237 podrían ser falsos. Inmediatamente se inició un proceso de depuración de los fondos que reveló la existencia de numerosas piezas falsas adquiridas por error en la última década. La crisis sirvió, sin embargo, para que una vez solventada esta situación, el museo se consolidara como un importante centro de conocimiento de las culturas indígenas.

 

 Y es que los investigadores son los primeros que quieren poner en evidencia la existencia de estos engaños. En la biblioteca Hodges de la Universidad de Tennessee puede contemplarse precisamente uno de los monumentos a los timos arqueológicos: la recreación del enterramiento de un centauro. En principio se trataba de analizar la figura de estas criaturas míticas, pero también de presentar cómo se podía elaborar un fraude. La realista reconstrucción del centauro, acompañada de una muestra de arte helenístico referido a estos seres, dota a la exposición de una enorme credibilidad. De hecho, el visitante sólo tiene una pista, además de su perspicacia, para dudar de ella, y es su título: "¿crees en centauros?". El engaño es tan perfecto que un estudiante de arte, tras negarlo a su profesor, visitó la exposición y afirmo dubitativo: "No estoy seguro... pero, desde luego, esto parece auténtico". Quizá el estudiante había olvidado que el escepticismo es fundamental en la investigación.

 

 


 

 

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