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Asunto:[TA] Usos y tratamiento de la arcilla en la antigüedad
Fecha:Martes, 2 de Marzo, 2004  16:48:57 (+0100)
Autor:José Luis Santos <joseluis @..............com>


 
 
USOS Y TRATAMIENTO DE LA ARCILLA EN LA ANTIGÜEDAD
 
Fernando Lozano Gómez. Departamento de Historia Antigua. Universidad de Sevilla.
 
Fuente: Revista de Aparejadores de Sevilla. nº 55.  http://www.coaat-se.es/revistaApa/lectura/numero_55/55_p72.html
 
 
 
El trabajo de la arcilla como realización humana consciente aparece por primera vez en el Paleolítico Superior (25000 a. C.) con las esculturas de barro secas. Desde este primer momento hasta la actualidad, las técnicas y métodos de fabricación han mejorado de forma considerable, a la par que aumentaba la demanda y la variedad de usos aplicados a los productos cerámicos. En el presente artículo se pretende ilustrar el uso y tratamiento de la arcilla en la antigüedad. Este tema ha despertado el interés de los investigadores desde época romana, siendo por ello muy abundante la bibliografía. Para una mayor claridad en la exposición será necesario realizar una síntesis en la cual se preste mayor atención a los temas afines al mundo de la construcción.
 
LA ARCILLA: USOS Y APLICACIONES MÁS FRECUENTES
 
La arcilla es un elemento que, al aplicársele agua, se convierte en dúctil y maleable. Las formas que se le confieren cuando está humeda se conservan tras la desaparición del agua, haciendo de este material el más versátil de los que el hombre tenía a su alcance.
 
La abundancia de la arcilla en la naturaleza, su relativa facilidad de tratamiento y la resistencia e impermeabilidad de este elemento lo convirtieron en un material profusamente utilizado por las sociedades antiguas. El papel que desempeñó en las grandes civilizaciones del mundo antiguo es crucial tanto para la comprensión de dichas sociedades como para el mejor conocimiento de nuestra propia cultura que, en gran parte, es heredera de aquellas comunidades. La importancia de la arcilla para estas primeras sociedades sedentarias llega incluso a reflejarse en la religión de dichos pueblos, así en el Génesis, Dios utilizó la arcilla para modelar al hombre.
 
 
Los usos más frecuentes de la arcilla en la antigüedad son (ver figura 1).
 
–La arcilla como material constructivo. Desde la utilización del barro a la cocción de ladrillos regulares, la arcilla pasó por un largo proceso evolutivo encaminado a me-jorar su calidad como material edilicio. En las civilizaciones antiguas del Próximo Oriente y el Mediterráneo, donde se podía obtener con facilidad, se convirtió en el elemento fundamental para la edificación, tanto de muros en forma de adobes y ladrillos como de cubrimientos y suelos.
 
–La arcilla como soporte para la escritura. El sistema de escritura cuneiforme utilizaba la arcilla como material escriptorio. De esta forma, se convirtió en el soporte de la primera literatura del mundo, la más antigua mitología escrita, los inicios del Derecho, los primeros análisis del mundo y el universo, así como la primera administración. Las tablillas de arcilla con escritura cuneiforme se encuentran en gran número por todo el Próximo Oriente, constituyendo el mejor ejemplo de esta abundancia la aparición en el palacio de Mari (Mesopotamia) de un conjunto de más de quince mil de estas tablillas.
 
–La arcilla para realizar exvotos y figurillas. Constituye una de las funcionalidades más antiguas que se conoce para este material. La plasticidad del barro permite obtener figuras y esculturas de gran calidad con menor esfuerzo y habilidad que si se emplease la piedra o la madera.
 
–La arcilla para fabricación de cacharrería doméstica y de transporte. Es uno de los usos más comunes que se le dio a la arcilla en la antigüedad. Prueba de ello es la abundancia de vasijas encontradas en las excavaciones arqueológicas realizadas en toda Europa. La cerámica de transporte es un elemento fundamental para el estudio de los intercambios comerciales en la antigüedad. La Andalucía Romana, la Bética, fue una gran productora de estas cerámicas de transporte denominadas ánforas, cuyo cometido era servir de recipiente para el comercio de mercancías líquidas y semilíquidas (vino, aceite, resina, conservas, ...) con Roma. El comercio de aceite de la Bética fue tan intenso que la producción de ánforas fue tan amplia que el vertedero romano donde fueron apilándose una vez vacías constituye actualmente un montículo ( el monte testaccio) en la capital italiana.
 
Muchos de los usos expuestos antes no son exclusivos de la antigüedad, pues en el campo artesanal perduraron a lo largo de la Historia, manteniéndose incluso hasta nuestros días.
 
TRATAMIENTO DE LA ARCILLA. LA FABRICACIÓN DE LADRILLOS
 
El largo proceso de la fabricación cerámica, desde la extracción de la arcilla hasta su ulterior cocción, es campo de estudio de numerosas ramas cientícas, entre las que cabe citar la Historia, la Arqueología, la Etnoar-queología y la Etnología. Los datos e informaciones con los que el arqueólogo y el historiador cuentan son insuficientes para estudiar en toda su extensión el proceso fabril y la organización interna de los alfares. Por ello, se impone un sistema de trabajo multidisciplinar, en el que se aunen los esfuerzos y conocimientos de todas las ciencias que estudian la fabricación de cerámica. Con respecto a la arcilla como material de construcción es necesario distinguir entre la arcilla sin cocer (tapial o ladrillo de adobe) y la arcilla cocida en su forma más habitual, el ladrillo, propiamente dicho.
 
Entre las ciencias que aportan mayor información se encuentran la Etnología y la Etnoarqueología, debido a que estudian el proceso de fabricación tradicional, lo que permite obtener testimonios de primera mano sobre la actividad alfarera en la antigüedad.
 
Sin embargo, las técnicas no industriales constituyen un conjunto poco estandarizado y las variaciones regionales e incluso locales son muy abundantes. Esto se debe ante todo al carácter artesanal e individual de las realizaciones y a los diferentes acabados finales que se pretendía conseguir.
 
A continuación se expone una breve síntesis del conjunto de actividades encaminadas a la obtención de piezas cerámicas. Muchas de las técnicas que se refieren siguen siendo empleadas hoy día por alfares de producción artesanal. 
 
 
Los pasos seguidos para la fabricación cerámica eran:
 
–Extracción: La obtención de arcilla podía realizarse de muy diversas formas, aunque dos eran los procedimientos fundamentales de extracción, en función de la situación de la pasta cerámica.
 
La arcilla que se hallaba en la orilla de los ríos y en superficie se conseguía cortándola en bloques. Resultaba un sistema sencillo y que permitía la obtención de la pasta en numerosas zonas. Este tipo es fácil de obtener pero tienen el inconveniente de portar gran cantidad de materia orgánica que deberá ser eliminada para la correcta cocción de la cerámica.
 
La arcilla enterrada debía extraerse de forma parecida a la que se utilizaba en las minas a cielo abierto. El procedimiento consistía en cavar hasta encontrar una veta arcillosa, que era expuesta completamente, separándola de las capas de tierra y vegetación. Se creaba de esta manera una mina a cielo abierto de la cual se obtenía la arcilla cortándola en bloques.
 
La situación geográfica del alfar estaba íntimamente relacionada con el lugar en el que se obtuviese la materia prima con el objetivo de facilitar su transporte o incluso eliminarlo completamente.
 
Depuración de la pasta: antes de ser modelada, la arcilla debía someterse a diversos procesos de depuración encaminados a reducir la cantidad de elementos extraños (piedras, vegetación, conchas...) que se encontraban en la pasta tras su extraccción. Se trataba de un conjunto de procedimientos de suma importancia, pues de ellos dependía en buena medida que la arcilla tuviera las características necesarias para ser modelada y resistir la cocción. La intensidad del proceso estaba determinada por la calidad del objeto que se pretendía obtener: así, la cerámica de lujo necesitaba una pasta muy depurada, mientras que los ladrillos y adobes requerían un menor esfuerzo de limpieza.
 
Existían diversos sistemas entre los que cabe señalar la limpieza a mano, la depuración por la acción de los agentes naturales y el filtrado en agua. Estos métodos se utilizaban para la fabricación de vasijas, que requerían una pasta más fina para su cocción; sin embargo, rara vez se incluían dentro del proceso fabril del ladrillo, cuya depuración era menor y se pasaba directamente de la extracción al amasado.
 
Amasado: Se realizaba para dotar de flexibilidad y homogeneidad a la arcilla. También tenía la función de dar uniformidad interna a la pasta, eliminando las pequeñas cámaras de aire que se formaban dentro de ella y que creaban zonas de menor resistencia.
 
La arcilla utilizada para fabricar ladrillos se sometía a un amasado específico que consistía en colocar pequeñas cantidades de materia prima humedecida sobre una superficie plana y espaciosa al aire libre, donde el alfarero la sometía a un amasado continuo con los pies. (Ver figura 2). La operación podía prolongarse varias horas, durante las cuales se eliminaban aquellos cuerpos extraños que eran detectados con el pie.
 
Durante el amasado se añadían elementos (conocidos con el nombre de desgrasantes) que conferían a la pasta una mayor resistencia y una menor contracción durante el secado.
 
En el caso concreto del ladrillo de adobe se trataba de arena y paja, mientras que los ladrillos cocidos no incluían el último elemento. El barro del río Nilo reduce su tamaño casi un 30 % cuando se seca; sólo la acción de los desgrasantes permitía que los adobes se mantuvieran compactos y sin quebrarse.
 
Modelado: Es el momento en el que la arcilla pasa de constituir una pasta amorfa a presentar un cuerpo definido, con personalidad propia. Durante la antigüedad se llevaron a cabo tres tipos de modelado para la obtención de vasijas: el modelado a mano, el modelado a torno y el modelado a molde.
 
El modelado de ladrillos tenía sus propios procedimientos que es posible reconstituir gracias a la información histórica (pinturas murales de tumbas egipcias y fuentes literarias romanas) y al estudio de los alfares actuales que producen con técnicas tradicionales. (Ver figura 3). La mezcla de arcilla y otros elementos (paja y arena), una vez se había constituido en una masa compacta y homogénea, se vertía en un molde paralelepípedo que podía estar recubierto con una fina capa de arena para evitar que se pegara. El alfarero eliminaba con la mano o con un trozo de madera la pasta sobrante y levantaba el molde intentando no deshacer el ladrillo. La operación se repetía tantas veces como fuera necesario, dejando entre uno y otro ladrillo el grosor de la pared del molde. En países como Egipto, la cercanía a campos con paja y la proximidad de una fuente inagotable de agua facilitaban de gran forma la rapidez en el modelado de ladrillos. Una cuadrilla de cuatro albañiles fabrica tres mil ladrillos diarios en el Egipto moderno siguiendo el procedimiento antiguo. Aun admitiendo que la velocidad de producción fuera menor en época faraónica, la cantidad total sería considerable.
 
Los ladrillos cocidos están a veces estampillados con diversos motivos como el nombre del fabricante, del comerciante, del emperador reinante, de los cónsules... Esta costumbre comienza en Mesopotamia, aunque también se llevará a cabo en Egipto y Roma.
 
El tamaño de los ladrillos, una vez se afianzó el proceso de fabricación, se fue estandarizando para facilitar la construcción de muros. Vitrubio y Plinio indican cuáles son las medidas más frecuentes para los ladrillos crudos (Lidio 29.6 x 14.8; tetradoron 29.6 x 29.6; pentadoron 37 x 37). A pesar de que los estudios del mismo tipo para el Próximo Oriente y Egipto no están tan avanzados, se cree que las dimensiones del ladrillo también serían homogéneas, cuando menos por regiones y alfares.
 
Secado: Durante este proceso, la pieza modelada perdía el agua contenida en su interior, produciéndose una disminución de tamaño que podía arruinar el trabajo realizado. El secado debía realizarse de forma gradual y lenta, en lugar fresco y aireado, alejado de las fuentes de calor y las corrientes de aire. Vitrubio en su obra "De Architectura" defiende que las épocas del año más satisfactorias para orear las piezas cerámicas eran la primavera y el otoño, pues en ellas el secado se producía lentamente y sin cambios fuertes de temperatura.
 
Los ladrillos se secaban en la misma superficie en la que se habían modelado; a los tres días se les debía dar la vuelta, de manera que era necesaria una semana aproximadamente para que estuvieran en condiciones de ser apilados en grandes bloques. El autor romano Vitrubio aconsejaba que el material constructivo se dejara almacenado durante dos años antes de ser utilizado para optimizar su resistencia.
 
Cocción: Constituye la última y definitiva etapa de la fabricación cerámica y se llevaba a cabo con la ayuda de hornos que podían ser abiertos o cerrados. Los hornos cerrados fueron los que se utilizaron para la cocción de ladrillos y su tipología es muy amplia. El horno cerrado romano supone la culminación del modelo tradicional y está compuesto por tres partes fundamentales: el praefurnium (zona donde ardía la materia vegetal); la cámara de fuego (espacio en el que la llama se expandía) y; la cámara de cocción (lugar donde se cargaba y cocía la arcilla). Como se indicó antes, las posibilidades tipológicas y los materiales constructivos podían variar, quedando constancia de ello a través de los numerosos hallazgos de hornos en excavaciones arqueológicas. El empleado para la cocción de ladrillos (ver figura 4), aunque del mismo tipo que el usado para las vasijas, permitía una carga mayor en la cámara de cocción. La cochura era muy larga, con una duración aproximada de tres días, aunque variaba en función del tamaño de la hornada, de las características del horno y del material de combustión empleado.
 
El empleo de hornos abiertos para cocer enormes cantidades de ladrillos de una sola vez (método todavía practicado en Grecia y Turquía) no está atestiguado en la antigüedad.
 
LA ARCILLA COMO MATERIAL CONSTRUCTIVO EN LA ANTIGÜEDAD
 
La arcilla como material constructivo forma parte del paisaje habitual de nuestras modernas urbes. Enormes edificios de viviendas, museos, estaciones de tren...: en todos aparece este material. Sin embargo, son pocos los que conocen la antigüedad de este elemento edilicio que ya era utilizado por las poblaciones de Mesopota-mia (llanura aluvial entre los rios Tigris y Eufrates) hacia el 6000 a. C. La deuda de nuestra sociedad con aquellas primeras civilizaciones no sólo queda patente por el continuo uso que hacemos de la arcilla, sino que se demuestra también en cuestiones más sutiles pero no por ello menos importantes. Así, la palabra actual que empleamos para designar el adobe proviene del término egipcio dbt "ladrillo de barro crudo".
 
El inicio de la construcción en materiales imperecederos se produce cuando el hombre abandona el nomadismo para adoptar unas pautas de vida sedentarias (proceso que comienza a partir del Neolítico). Desde el inicio de esta evolución, los hombres han construido con los materiales que le rodeaban, con aquello que tenían al alcance de la mano. Sólo los edificios con fines claramente propagandísticos, templos y palacios sobre todo, eran levantados utilizando otras materias de mayor coste y dificultad de trabajo, circunstancia ésta que les confería un carácter diferenciador y preeminente.
 
De esta forma, se comprende que al iniciarse el fenómeno de sedentarización en una llanura aluvial (Mesopotamia) casi todas las construcciones se realizaran en arcilla que era el material edilicio más asequible. Su uso en la construcción se difundió primero a Egipto y al lejano Oriente, pasando después a Europa a través de Grecia y Roma.
 
 
Los primeros núcleos de habitación en los que aparecen construcciones realizadas en material imperecedero se dan en Mesopotamia (Tell Mureybet y Ali Kosh) en el IX milenio a. C. Se trata de casas rectangulares construidas en tapial (mezcla de tierra, arcilla y elementos aglutinantes) de características muy primitivas. En el VIII milenio a. C. se detectan en Mureybet viviendas edificadas con bloques calcáreos unidos por mortero de arcilla. Simultáneamente en Ali Kosh aparecen los primeros ladrillos de adobe, aunque de muy pequeño tamaño y destinados a conformar depósitos y pequeños almacenes. Estos serán los sistemas de construcción hasta que durante el período de Samarra (c. 5500 a. C.) se comiencen a erigir edificios con ladrillos de adobe. En el c. 3000 a. C. aparece el ladrillo cocido (Palacio de Nippur en Mesopotamia), usándose como elemento decorativo y cubrimiento de muros realizados en adobe. Esta combinación, será muy frecuente tanto en Mesopotamia como en Egipto. El ladrillo cocido suponía una gran mejora con respecto al de adobe, pues era mucho más duro, además de resistir mejor el paso del tiempo y los agentes naturales (lluvias y viento). En zonas como Egipto y Mesopotamia donde los vientos están cargados de arena y suele llover de forma torrencial, las edificaciones levantadas con ladrillos de adobe, que eran la gran mayoría, han desaparecido casi en su totalidad (salvo cuando han permanecido soterradas por las dunas). En cambio los ladrillos cocidos se han conservado mejor.
 
Las sociedades afincadas entre el Tigris y el Eufrates aprendieron a usar este elemento edilicio y lo emplearon para crear sus grandes ciudades fortificadas que estaban constituidas por casas particulares, palacios y los conocidos zigurats, que son el origen de la torre de Babel bíblica. (Ver figura 5).
 
 
En Egipto su utilización es posterior y parece haber sido introducido desde la vecina Mesopotamia. En este país la roca también era muy abundante, lo que provocó que ambos materiales constructivos alternaran. En general, la piedra se reservó para conjuntos arquitectónicos de gran entidad y elevado costo como los templos.
 
Los primeros edificios construidos con ladrillos de adobe en Egipto son de la Primera Dinastía c. 3050 a. C. (Mastabas de Saqara y Naqada y tumbas de Abidos), si bien las paletas del Predinástico (IV milenio a. C.) parecen indicar que existieron construcciones anteriores que no han sido halladas. El ladrillo cocido se empleó en el Imperio Medio (c. 2040-1660 a. C.) para la pavimentación de una fortaleza egipcia en Nubia, aunque existen barras de arcilla cocida pertenecientes al Predinástico que se usaron para construir hornos. Su definitiva difusión tuvo lugar en el Imperio Nuevo (c. 1540-1070 a . C.) y sobre todo en la época greco-romana. Durante estos períodos ambos tipos de ladrillos convivieron en la edificación, siendo muy habitual la utilización en una misma construcción de ambos materiales: el cocido para las partes más expuestas al desgaste y a la humedad y el adobe para el resto del conjunto. Este panorama sólo cambiará en época romana cuando los edificios públicos se construyan con ladrillo cocido, quedando el adobe relegado al uso doméstico.
 
El mundo greco-romano fue más lento en la incorporación de la arcilla a sus edificaciones, ya que no utilizan el ladrillo cocido hasta aproximadamente el siglo I a. C. Las conexiones con el Próximo Oriente son claras, así uno de los monumentos en los que primero se aplicó fue el palacio helenístico de Nippur (Mesopotamia). El mundo heleno generaliza el uso del ladrillo por el Mediterráneo, siendo a través de sus colonias en la Magna Grecia como se da a conocer en Campania, etruria y con posterioridad en Roma. Una gran aportación de los griegos es la invención de la teja, que servía para cubrir los techos y proteger las estructuras de madera. Los romanos desarrollarán y perfeccionarán este sistema con el uso de tegulas e imbrices.
 
El mundo romano fue el gran difusor de la construcción en ladrillo que permitió la edificación de los vastos complejos monumentales del Imperio (ver figura 6), tarea difícil de completar con cualquier otro material. Las monumentos erigidos con ladrillo podían ser recubiertos con piedra y estuco para mejorar el acabado.
 
De esta forma, los romanos se convirtieron en los grandes difusores del uso del ladrillo, pues a su accesibilidad se añadía la posibilidad de producir grandes cantidades a corto plazo, con la consiguiente reducción de costos y de tiempo. Además, constituían un material muy resistente que podía conseguirse de diversas formas y tamaños.  
 
 
 

© 2001-2004   José Luis Santos Fernández   Editor
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