| Asunto: | [TA] Fuentes de la existencia de Jesus (2) | | Fecha: | 12 de Abril, 2004 19:07:33 (+0200) | | Autor: | Fruela <fruela2001 @.....com>
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1. LAS FUENTES
Varios factores hacen que confiemos en la evidencia histórica que nos ofrecen
las fuentes literarias tempranas que existen sobre Cristo y el cristianismo
primigenio; por empezar, el hecho de que tales fuentes las podamos dividir en
tres tipos: cristianas canónicas, cristianas apócrifas y no-cristianas. Esto,
como el “paraíso soviético” comunista y el “infierno soviético” anarquista que
confirman la existencia de Lenin y la Revolución Rusa, ratifica el ser histórico
de Jesús de Nazaret y del cristianismo primitivo. Los escritos canónicos y
apócrifos relatan los hechos de la vida de Jesús según la propia interpretación
teológica, y en casos agregando datos y hechos que –evidentemente– escapan a la
realidad histórica; los escritos no-cristianos, por su parte, se refieren a Jesús
o Cristo ya como el iniciador de un execrable movimiento supersticioso, ya como
un agitador judío, ya como un hombre sabio y prudente; e incluso como un
hechicero que desvió al pueblo de Israel. Repasaremos estos primeros escritos
no-cristianos sobre Cristo luego de analizar la evidencia propiamente cristiana.
1.1. Las fuentes cristianas: escritos canónicos
Sin dudas, la evidencia más rica, completa y fiable que poseemos acerca de la
vida de Jesús de Nazaret y de los inicios del cristianismo –aun a pesar del alto
contenido religioso y teológico– es la que conforman las obras canónicas –esto
es, las que han sido aceptadas por la Iglesia como “inspiradas por la divinidad”
desde el Concilio de Nicea del año 325, selección que dejó afuera a los escritos
apócrifos de los que trataremos más adelante.[2] Tales obras, escritas
originalmente en griego y hoy sólo conservadas a modo de copias, han sido
compiladas en el llamada Libro de la Nueva Alianza, o Nuevo Testamento, cuyas
ediciones más tempranas hoy conservadas datan del siglo IV; se trata de los
Códices Sinaítico y Vaticano, escritos en gran uncial griego. No obstante,
también poseemos copias más tempranas de los textos aislados que forman parte del
Nuevo Testamento, así como tenemos fragmentos de ellos y citas en los escritos de
los primeros Padres de la Iglesia. Pero, aun cuando debamos someter a juicio a
los Códices Sinaítico y Vaticano, descubriremos que, en razón de fechas, siendo,
tales Códices, copias 300 años más recientes que los escritos originales, dicho
espacio de tiempo es verdaderamente poca cosa comparado con el común de obras
antiguas hoy conservadas en copias muy posteriores al momento de creación del
manuscrito original. Así, la “Guerra de las Galias” de Julio César, escrita hacia
el 60 a.C., ha llegado a nosotros por copias de no antes del 850 d.C.; las
“Historias” de Publio Cornelio Tácito, escritas hacia el 100 d.C., han llegado a
nosotros por copias no anteriores al 850 d.C.; los manuscritos de Tucídides
(siglos V-IV a.C.) y de Heródoto (siglo V a.C.) nos han llegado por copias de,
por lo menos, el siglo X d.C. Luego, y recordando que tenemos textos y fragmentos
dispersos del Nuevo Testamento, que datan de mucho antes que los mencionados
Códices (v.g.: los fragmentos de San Marcos –7Q5– y, probablemente, Hechos,
Romanos, 1 Timoteo, Santiago y 2 Pedro hallados en las cuevas de Qumrán y que
datan de antes del año 80; el fragmento de fines del siglo I de la Epístola a los
Hebreos hallado en la Biblioteca Nacional de Viena; el fragmento Rylands del año
130 con partes de San Juan; el papiro Bodmer del año 200 con gran parte del
Evangelio de San Juan; los papiros Chester-Beattie de principios del siglo III
que contienen los cuatro Evangelios, los Hechos y las Epístolas de San Pablo;
etc.), llegamos a contar aproximados 5.400 manuscritos antiguos, entre obras y
fragmentos, del Nuevo Testamento; si lo comparamos con la “Guerra de las Galias”,
de tan sólo diez manuscritos, o con las “Historias” de Tácito, de apenas dos
manuscritos y cinco de los catorce libros por él escritos, o con la “Historia de
la guerra del Peloponeso” de Tucídides, de sólo ocho manuscritos, podremos
arriesgar que, de dudar de los acontecimientos “probables” y de los personajes
históricos mencionados en el Nuevo Testamento, deberemos, inmediatamente, negar
la historicidad de los personajes y hechos narrados por Julio César, Tácito,
Tucídides y Heródoto, e incluso cuestionar la hoy aceptada posición de que las
obras citadas (“Historias”, “Guerra de las Galias”, etc.) fueron escritas por sus
supuestos autores, pudiendo postular como “verdaderos escritores” a fanáticos
políticos de siglos posteriores o a contemporáneos plagiando los nombres de
personajes a la sazón reconocidos para firmar sus escritos y darles a éstos
legitimidad y prestigio. Son un hecho las contradicciones en que a veces caen los
historiadores griegos, hebreos y latinos, y es reconocible la tendencia política
particular con que Julio César –por ejemplo– colorea sus escritos; ahora
¿destruye, tal tendencia política, el relato histórico, o más bien nos sirve
para, además de los hechos, conocer la visión política del autor? Siendo César un
actor protagonista de los hechos que relata, con ideas y creencias particulares,
es esperable la contaminación política de su Historia. Pues bien; lo mismo sucede
con los Evangelios, Hechos y Epístolas canónicos, sólo que la tendencia, las
ideas y las creencias no son aquí políticas, sino religiosas. Y así, las
contradicciones eventuales en los escritos, son sólo reflejo de una “mala
costumbre” de la época. ¿Propaganda política y religiosa? Bueno, todos los
historiadores escriben con un propósito; pero, si Jesús no hubiese existido,
¿cómo y por qué se lo habría inventado? ¿Por qué depender de “un solo hombre”
para atribuirle lo que sólo serían doctrinas teológicas sin fundamento histórico?
Verdaderamente, hubiera sido más fácil, para personas de distintas ideas
religiosas, crearse a sus propios Cristos, sus propios Maestros; ¿por qué tantas
sectas, con sus respectivas interpretaciones, buscarían la identificación con un
solo hombre, si éste era tan sólo un invento?, ¿por qué luego insistir en ello,
cuando implicaría ser considerado “hereje”? Como señalaremos a continuación, los
escritos canónicos son apenas posteriores a la muerte de Jesús, y el doctor R. T.
France nos explica que “reconocer la enseñanza y el ejemplo de un gran hombre a
través de una antología selectiva ‘moralizadora’ de sus dichos y obras era un
acontecimiento o un método aceptado [en el mundo antiguo]. Muchos de esos
‘biógrafos’ lo fueron de héroes del pasado, y son mayoritariamente míticos y sin
valor como fuentes históricas. Pero en el caso de una figura reciente, no hay
razón a priori para que reminiscencias históricas auténticas no formaran la base
para dicha ‘vida’ o biografía.”[3] Esa base y los hechos “probables” –dejando
milagros y resurrecciones para el juicio de la fe– deben, en el caso del Nuevo
Testamento, aceptarse como hechos que corresponden al estudio de la Historia,
dejando en la categoría de “mito” o, mejor, narraciones extraordinarias, los
escritos apócrifos más tardíos, como los Evangelios árabe y armenio de la
Infancia, el Evangelio cátaro del Pseudo-Juan y las Historias copta y árabe de
José el Carpintero. Y no sólo sirven tales fuentes para el estudio de Jesús y del
cristianismo primigenio, sino que aportan, de hecho, datos importantísimos sobre
los tiempos de Jesús. (A menudo, podemos corroborar la exactitud histórica de los
escritos canónicos mediante comparaciones literarias y estudios arqueológicos;
esto nos permite aseverar que tales obras fueron escritas en temprana época –el
autor necesariamente debía conocer los factores políticos, territoriales,
rituales y burocráticos contemporáneos, así como a los personajes de la época,
para escribir con tal exactitud–, y nos lleva a considerar, en adelante, la
evidencia neotestamentaria de imposible confirmación etnohistórica y
arqueológica, como fidedigna o, al menos, “probable.”)[4] En definitiva, “si
aplicamos al Nuevo Testamento, como debemos, la misma clase de criterios que
aplicaríamos a otros escritos antiguos que contienen material histórico, no
podemos rechazar la existencia de Jesús como tampoco lo hacemos con la multitud
de personajes paganos cuya realidad como figuras históricas nunca ha sido
cuestionada.”[5]
Tenemos, pues, el Nuevo Testamento, el cual consta de cuatro Evangelios (San
Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan), los Hechos de los Apóstoles
(continuación del Evangelio de San Lucas), trece cartas atribuidas a San Pablo
(Romanos, 1 y 2 Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, 1 y 2
Tesalonicenses, 1 y 2 Timoteo, Tito y Filemón), una carta atribuida por algunos a
San Pablo y, por otros, simplemente catalogada de anónima (Hebreos), otras siete
cartas atribuidas a otros Apóstoles de Cristo (Santiago el Menor, 1 y 2 Pedro, 1,
2 y 3 Juan, y Judas) y el Apocalipsis de San Juan. Los escritos más antiguos son
algunas de las cartas de San Pablo, que llegan a datar del año 51
(aproximadamente veinte años después de la muerte de Cristo). Como afirma David
F. Burt, “en los escritos de Pablo encontramos el marco tradicional del evangelio
[la “buena nueva”] con todos los detalles más esenciales de la persona y la obra
de Jesucristo, ya establecidos en una fecha todavía más temprana que la de los
Evangelios.”[6] En efecto, no siendo dichas cartas “biografías” de Jesús –se
trata de consejos, instrucciones y respuestas dadas por el autor a las
respectivas iglesias o individuos, recurrentemente haciendo referencia a
palabras, hechos o creencias religiosas en torno a Jesús–, coinciden
perfectamente, en las referencias históricas, con los Evangelios –que, de hecho,
sí son biografías–; lo cual ayuda a comprender que, efectivamente, existe una
base histórica común en los relatos. Los Evangelios no se pudieron basar en las
Epístolas –que no eran biografías de Jesús–, ni las Epístolas pudieron basarse en
los Evangelios –que fueron escritos, respecto a la mayoría de las cartas, con
posterioridad–[7]; los hechos históricos y las creencias religiosas
verdaderamente tuvieron lugar en el mundo real y en el de las mentalidades de la
época, respectivamente.
Así es que tenemos cuatro Evangelios canónicos que son cuatro biografías de
Jesús de Nazaret escritas por distintos autores antiguos. La cuestión respecto a
los Evangelios nos advierte sobre su composición: por las fechas de creación
(entre el 65 y el 95), la meticulosidad en los detalles y los conocimientos
demostrados de los dichos, hechos, lugares, costumbres y personajes, podemos
aceptar que “fueron redactados en vida de muchos de los testigos oculares de los
hechos narrados.”[8] Es así que no nos parecerá arriesgado acordar en que los
Evangelios fueron escritos “por los apóstoles o por sus compañeros cercanos, y
que el espíritu que informa su narración es el de la veracidad testimonial de los
testigos oculares.”[9] (Este tipo de sentencia debemos aplicarlo también a los
Evangelios apócrifos más tempranos.) Pensemos en los Evangelios en sus formas
finales; los podemos suponer compilaciones de fuentes escritas originales y de
tradiciones orales, en casos calcadas y en casos narradas libremente e
interpretadas o reinterpretadas por el compilador, que se convierte en un
escritor legítimo. Esto no impide que las obras basadas en fuentes originales
fueran escritas por Apóstoles[10], o que el escritor, no siendo Apóstol, fuera un
directo receptor de las palabras de un Apóstol[11], o que tan sólo fuera un
testigo ocular y receptor de las tradiciones orales y de fuentes escritas
(escritas, quizás, por los mismos Apóstoles y sus discípulos[12]), estimulado a
escribir la historia de Jesús y firmando tal historia con el nombre de algún
Apóstol para darle legitimidad al relato (o tal firma pudo ser erróneamente
fijada por los copistas, en fechas posteriores a su creación).[13] Por otro lado,
si hubo fuentes originales, todo indicaría que fueron algunos Apóstoles sus
autores, o sus discípulos más cercanos; quizás, una obra iniciada por un Apóstol
recibía su forma final de parte de sus discípulos. En resumen: testigos oculares,
tradiciones orales, protagonistas, discípulos, recolección de anécdotas y dichos
e interpretación teológica. A esto le sumamos una profusa producción literaria
desde mediados del siglo I, como consta en las palabras de San Lucas en el
prólogo a su Evangelio (“Muchos han tratado de relatar ordenadamente los
acontecimientos que se cumplieron entre nosotros, tal como nos fueron
transmitidos por aquellos que han sido desde el comienzo testigos oculares y
servidores de la Palabra”, 1.1-2) y en la existencia de cantidad de Evangelios
tempranos considerados apócrifos; y junto a ello, el análisis y la búsqueda, en
las Antiguas Escrituras, de vaticinios y explicaciones adecuadas para determinar
teológicamente los hechos en torno a Jesús. De esta comunión, podemos suponer,
nacen los Evangelios canónicos –y muchos de los apócrifos– tal como hoy los
conocemos. “Lo que está fuera de dudas es que hay un consenso general entre los
Evangelios... Está claro que los escritores de los Evangelios no estaban urdiendo
ni inventando estas historias.”[14] ¿Y los milagros, resurrecciones, etcétera?
Ello escapa al interés del investigador; digamos, no obstante, que los conceptos
y profecías de las Antiguas Escrituras evidentemente jugaron un papel muy
importante en las creencias, conceptos y asimilaciones formados o adoptados
durante la vida de Cristo[15] y en aquellas explicaciones teológicas planteadas
por los escritores de las primeras obras sobre Jesús y de los primeros mensajes
cristianos. Pero volvamos al “consenso general”; tenemos una base histórica común
a todos los escritos, canónicos y apócrifos, pero el consenso teológico no
existe, razón por la cual tenemos obras en armonía (escritos canónicos) pero que
difieren de otras obras (escritos apócrifos), las cuales son muy variadas y hay
en ellas casos de consenso tanto como de discrepancia. Son evidentes, pues, desde
los comienzos del cristianismo, distintas posturas teológicas que desembocarían
en sectas diferenciadas, una de las cuales ganaría la hegemonía religiosa.[16]
¿Qué podemos decir, pues, de los Evangelios canónicos? Son cuatro biografías
teologizadas de carácter anecdótico y moralizador, cuya falta de precisión
cronológica, típica de las biografías antiguas pero compensada por los detalles
topográficos, políticos, culturales y sociales, destaca el interés en la persona
y sus hechos y palabras más que en la exactitud temporal; los Evangelios de San
Mateo (hacia el año 80), San Marcos (hacia 65-70), San Lucas (hacia el 80) y San
Juan (hacia el 95), escritos por los respectivos Apóstoles y discípulos de
Apóstoles –o aun por sus discípulos–, conforman –conjuntamente con los Hechos,
epístolas y el Apocalipsis canónicos– los libros que, ocupados de manifestar la
divinidad de Jesús y su mesiazgo basándose en hechos históricos e
interpretaciones teológicas, han sido aceptados como “inspirados” por la
corriente teológica dominante.
Ahora podemos ocuparnos de las escritos extrabíblicos.
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