| Asunto: | [TA] Fuentes de la existencia de Jesús (3) | | Fecha: | 12 de Abril, 2004 19:08:52 (+0200) | | Autor: | Fruela <fruela2001 @.....com>
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1.2. Las fuentes cristianas: escritos apócrifos
En una nota del apartado anterior, explicábamos cómo el triunfo de una tendencia
teológica particular del cristianismo, convertida en hegemónica en detrimento de
un sinnúmero de otras sectas cristianas primigenias, o bien la actitud de una
Iglesia ya consolidada, de establecer un riguroso orden a la profusa producción
literaria e ideológica cristiana, conllevó la selección de los cuatro Evangelios
de San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan –conjuntamente con las epístolas y
Hechos de Apóstoles que hoy conforman el Nuevo Testamento– como los escritos
sagrados o canónicos, haciendo del resto de escritos cristianos, libros
prohibidos o apócrifos.
Los Evangelios –y con ellos, cartas e historias– apócrifos, son escritos que
comenzaron a circular por los pueblos judío y gentil desde pocos años después de
la muerte de Jesucristo, al igual que los Evangelios canónicos (de hecho, tal
distinción no existía por aquel entonces en la misma forma en que se presentó
desde el Concilio de Nicea del año 325, sino que refería a una diferenciación
entre libros “ocultos” –es decir, apócrifos; aquellos cuya lectura era reservada
a los iniciados– y libros de conocimiento y lectura públicos). Dichos Evangelios
apócrifos –muchos de ellos, en clave gnóstica– tratan de la vida, infancia,
ministerio, pasión, muerte, resurrección y ascensión de Jesús de Nazaret, de sus
milagros y sentencias y de su entorno social y familiar. Sus fechas de redacción
varían desde mediados del siglo I hasta el siglo IV –y hasta hay casos de
escritos más recientes, ya nacidos como heréticos–, y sus autores son
generalmente desconocidos (las firmas de Apóstoles, en muchos de los Evangelios,
no responden más que al deseo de sus verdaderos autores de dar legitimidad a los
escritos, tomando como posible excepción a los Evangelios de San Pedro, de San
Felipe y de Tomás (sentencias de Jesús); algunos Evangelios, no obstante, han
sido firmados con sinceridad –se trata de los Evangelios del siglo II de los
gnósticos Marción, Taciano, Valentino, Ammomio–). Por otro lado, sabemos que los
Evangelios en su forma final, suelen ser “compilaciones de fuentes escritas
originales y de tradiciones orales, en casos calcadas y en casos narradas
libremente e interpretadas o reinterpretadas por el compilador, que se convierte
en un escritor legítimo.”[17] Edmundo González-Blanco sostiene que “no existiendo
todavía distinción alguna entre los canónicos y los apócrifos, todos eran
acogidos como buenos, y las preferencias por unos u otros dependían de la mayor o
menor afinidad de su contenido con los credos respectivos de cada una de las
innumerables sectas que componían el cristianismo primordial.”[18] Esto explica
que, de acuerdo a una cuestión de afinidad teológica, la Iglesia terminara
aprobando sólo los cuatro Evangelios hoy “canónicos”, descartando el resto de los
escritos evangélicos. Así, aun cuando “Evangelios canónicos y apócrifos se
completaban y se suponían mutuamente”[19], la Iglesia estableció en el año 325 la
limitación en el reconocimiento de los escritos cristianos, alegando que, salvo
los cuatro Evangelios inspirados divinamente, el resto carecía de valor religioso
y no respondía más que a farsas o invenciones, desvirtuaciones de la Palabra de
Dios y de los verdaderos hechos de la vida de Cristo. Y es que, efectivamente,
los Evangelios apócrifos en general dan una idea bastante distinta del Cristo
hombre y del Cristo divinidad, aunque siempre sobre una misma base histórica.
Gnósticos, católicos, judeocristianos, nestorianos...; no obstante las
variaciones fácticas y dogmáticas, el estudio de las fuentes demuestra que
Evangelios apócrifos y canónicos se completan entre sí, lo cual explica que,
antes de convertirse en heréticos, los apócrifos fueran citados y aceptados por
los Padres de la Iglesia (San Bernabé, San Clemente Romano, San Justino), hasta
que los canónicos concluyeran eclipsándolos desde la época de Clemente
Alejandrino (190) y el Concilio de Nicea del 325 estableciera formalmente el
rechazo de los apócrifos, como resultado de una selección teológica trabada por
el clero que ganó la hegemonía religiosa. Y si bien la redacción de muchos de los
apócrifos “obedeció al propósito de sus autores de satisfacer la ávida y piadosa
curiosidad de los fieles, contemporáneos suyos, sobre aquellas partes de la vida
de Jesús de que no hablan, y que dejan en la sombra, los Evangelios
canónicos”[20], no obstante, como afirmara Jorge Luis Borges en su prólogo a los
“Evangelios Apócrifos”: “este libro no contradice a los evangelios del canon.
Narra con extrañas variaciones la misma biografía.” Es una confirmación de la
existencia de Jesús de Nazaret.
Tantas interpretaciones en torno de una misma figura, de una misma vida y
muerte, e incluso tantas doctrinas (y fraudes) asociados por conveniencia a un
hombre que evidentemente vivió y adquirió en vida la importancia que, tras su
muerte, se vería exaltada de un modo impresionante; esto sólo nos sugiere que
Jesús sí existió. El consenso y la mutua compensación histórica de escritos
canónicos y apócrifos, a pesar de diferir teológicamente –y descartando las
fábulas novelescas que narran algunos Evangelios apócrifos de nula validez
histórica–, construyen un espacio, un tiempo y una biografía que van mucho más
allá de la religión, que representan hechos históricos tan sólo contaminados de
ideas religiosas que nada quitan –sino que agregan (el conocimiento de las
mentalidades de la época)– al estudio del investigador. Cuando cientos de
personas buscan atribuir sus doctrinas a Jesús, apoyándolas en palabras –ciertas
o supuestas– del Maestro para darles legitimidad, es porque aquel Maestro debió
haber existido. Cuando Stalin explotaba frases aisladas de Lenin para justificar
sus propias políticas, buscando la legitimidad en aquello de “Así habló Lenin”,
lo hacía porque Lenin había existido y había sido el principal rostro de la
Revolución Rusa, lo cual no hubiera tenido sentido de ser Lenin un personaje
inventado por Stalin; y si Lenin hubiese sido un invento de Stalin, Trotsky
seguro se hubiera creado su propio Maestro y no habría tomado prestado el Lenin
de Stalin para atribuirle otra esencia política, otras ideas, otra doctrina y
otras palabras. Un Jesucristo no pudo haber sido un mero invento teológico, sino
una persona de carne y hueso.
Nos queda un último punto: la evidencia no-cristiana.
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