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| Asunto: | [TA] Fuentes de la existencia de Jesus (1) | | Fecha: | 12 de Abril, 2004 19:05:39 (+0200) | | Autor: | Fruela <fruela2001 @.....com>
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De la revista Odiseo:
ANÁLISIS DEL RIGOR HISTÓRICO DE LAS FUENTES CRISTIANAS PRIMITIVAS Y DE LA
EXISTENCIA DE JESUCRISTO
Augusto Gayubas
Resumen: Lejos de tratarse de una vindicación religiosa o de un tratado
teológico, el presente trabajo intentará confirmar la frecuentemente cuestionada
figura histórica de un hombre: Jesús de Nazaret. El estudio de las fuentes
literarias cristianas –canónicas y apócrifas– y no-cristianas tempranas (siglos
I-II), nos ayudará a este propósito. Siempre desde una perspectiva histórica, sin
interés en milagros y resurrecciones y ayudándonos con los descubrimientos hechos
por filólogos, arqueólogos, paleógrafos y especialistas en historia y literatura
bíblica, podremos por fin deshacer el nocivo mito de la inexistencia de Jesús, el
rey sabio que se atrevió, como ningún filósofo de su época, a afirmar la igualdad
de los hombres.
Cuando leemos pasajes como los de la “Estela del sueño” del Faraón egipcio
Tutmosis IV o los referentes al nacimiento de la reina-Faraón Hatshepsut, o
cuando leemos ante los nombres de la mayor parte de los faraones el título “Hijo
de Ra”, no dudamos, no obstante, de la existencia histórica de dichos soberanos.
En efecto, si dijéramos que, los textos cuyo simbolismo religioso se impone al
relato histórico o biográfico, carecen de utilidad histórica, estaríamos
desechando todo lo que la historia, la arqueología y la paleografía han arrojado
sobre el antiguo Egipto. Sabemos, pues, que el simbolismo religioso es tan sólo
un agregado metafísico que no sólo no destruye la realidad histórica, sino que
nos permite reconocer, además, las creencias e interpretaciones de la época. No
creo que, sobre este punto, esté nadie en desacuerdo conmigo. Ahora bien, ¿qué es
lo que hace que cientos de investigadores, muchos de los cuales concuerdan acerca
del punto recién planteado, duden y hasta renieguen de la existencia histórica de
Jesús de Nazaret, el llamado “Hijo de Dios”? ¿A qué se debe que muchos de tales
autores no tengan empacho alguno –pues, de hecho, no hay razón para tenerlo– en
hablar de Ramsés II “Hijo de Ra” pero, a su vez, en caso de escribir sobre Jesús
de Nazaret, lo hagan en términos del “supuesto Hijo de Dios”, o del “personaje
mitológico” en que creen los cristianos?; ¿por qué el afán por hallar en todo
simbolismo histórico o prehistórico egipcio, una “clave” sobre la “verdad
fáctica” de la cultura estudiada, y la simultánea negación automática de la
validez histórica de los escritos evangélicos y patrísticos; aduciendo para lo
primero la necesidad de “penetrar las alusiones”, y para lo segundo, lo inútil de
estudiar textos cristianos que, por su carácter religioso, representan sólo una
“fantasía novelesca y fraudulenta”? ¿No nos encontramos frente a una
contradicción metodológica? Pues, quien piense –como quien escribe estas líneas–
que los egipcios no “creían” en sus dioses, sino que “tenían” sus dioses –pues,
existentes físicamente o no, de hecho regían la vida de los creyentes[1]–,
pensará igualmente que los cristianos (v.g., católicos) no “creen” en Dios Padre
y Dios Hijo, sino que “tienen” un Dios Padre y un Dios Hijo que son, a la vez,
una misma esencia, la esencia del Dios Único tripartito. Creo un error no pensar
con la misma lógica una y otra religión; sólo un religioso puede tomar partido.
¿Son religiosos, pues, quienes se abstienen de hablar del “Hijo de Dios” pero
hablan, en cambio, del “Hijo de Ra”? No en el caso general al que me refiero –o
sí lo son, si consideramos el ateísmo una religión, pues de hecho se sostiene
sobre la base religiosa de la “inexistencia de Dios.” Se trata de personas que
viven en un entorno cultural cristiano, y es este entorno “actual” el que los
afecta. Siendo la religión antiguoegipcia cosa del pasado, no habiendo en la
actualidad creyentes ni autoridades de tal religión –salvo las minúsculas sectas
europeas de adoradores de Isis y otras divinidades de origen egipcio–, no
constituye ella una amenaza, ni un actor social ni político activo;
contrariamente, el cristianismo es hoy día la religión con más peso y más adeptos
en todo el mundo, constituye la “ortodoxia” religiosa occidental (aun en muchas
de sus variantes), y su papel “espiritualmente” hegemónico lo lleva a intervenir
y ser un actor social con verdadero peso político. Los valores y costumbres
cristianos están muy arraigados en el seno de la cultura occidental (siquiera
superficialmente), y esto hace que a los investigadores sociales actuales les
cueste estudiarlo con la imparcialidad con que estudian, por ejemplo, la religión
y la historia antiguoegipcias. ¿Está mal, acaso, tomar partido por una tendencia
o en contra de ella, más cuando ésta convive con uno en un mismo tiempo y
espacio? Por supuesto que no. Pero no sé de nadie que, por ser no-marxista o
anti-marxista, niegue la existencia de Karl Marx; ni de nadie que, por ser
contrario al anarquismo, descrea del valor histórico de los relatos de Diego Abad
de Santillán o de Eduardo Gilimón. Se podrá desconfiar y estar en desacuerdo con
las interpretaciones marxistas, o con las conclusiones anarquistas; incluso se
podrán vislumbrar con claridad determinadas mentiras históricas u omisiones
deliberadas en unos y otros textos, o quizás errores de interpretación, pero
difícilmente podrá uno concluir que Simón Radowitzky no existió, que Buenaventura
Durruti no cayó herido de muerte en el frente de Madrid, que los relatos de
Agustín Souchy fueron escritos en realidad por un fanático anarquista de la
década de 1990. El hecho –por otro lado– de que un comunista escriba sobre el
“paraíso soviético” de Lenin, y un anarquista escriba sobre el “infierno
soviético” de Lenin, no sólo no conlleva –para un investigador ni comunista ni
anarquista– la no existencia de Lenin y la Revolución Rusa, sino que, de hecho,
la “doble fuente” la confirma. (Veremos cómo la “triple fuente” sobre Jesús
–escritos cristianos canónicos, apócrifos y no-cristianos– confirma la existencia
de dicho personaje histórico.) Quiero demostrar con esto que la parcialidad y el
alto contenido religioso –que sólo importa a la fe del creyente, y no al juicio
del investigador– que envuelven a los escritos neotestamentarios y patrísticos,
no niegan a los personajes históricos, a los hechos “probables”, a los discursos
o doctrinas, ni a la creencia sincera de la época en que fueron escritos ni a la
que se refieren. No obstante, los investigadores sociales, estudiando el
oscurantismo eclesiástico medieval y sufriendo la autoridad de la Iglesia
contemporánea (deberíamos decir “las Iglesias”), confunden la historia de Jesús y
de los inicios del cristianismo con las deformaciones y reinterpretaciones de
“las Iglesias”, confunden a la historia con la religión y la teología. Y en su
afán por mostrarse contrarios al cristianismo, en el temor a ser confundidos con
creyentes cristianos –temor que no experimentan al estudiar el antiguo Egipto y
su religión–, se muestran reacios a estudiar los textos de los seguidores de
Cristo –que son documentos genuinos, en tanto se refieren a los sentimientos del
público cristiano–, no comprendiendo que sólo estudiándolos podrían juzgar si
tales obras son o no históricas o biográficas, si son –siquiera en partes–
fidedignas, y hasta podrían hallar las razones por las cuales la Iglesia es –o
no– una institución completamente ajena a la verdadera doctrina cristiana. Sólo
así, sin un voto a priori en contra del valor histórico de los textos cristianos
primigenios y de la existencia real de Jesús de Nazaret, se podrá, como pretenden
los investigadores sociales, desarrollar la amplitud mental y juzgar con criterio
histórico serio la evidencia sobre la vida del “Hijo de Dios.”
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