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Asunto:Re: [TA] Mensaje en una botella: ¿América Latina?
Fecha:Sabado, 26 de Junio, 2004  21:34:53 (MET)
Autor:alicia.canto <alicia.canto @...es>


Estimado Davius:

A mi vez te agradezco cordialmente tus amables palabras. Vamos a la cuestión. 

Con esto de los vocabularios político-administrativos pasa un poco lo mismo que 
con la bandera: no se puede usar porque se corre el riesgo de ser tomado por un 
nostálgico franquista. O, si dices “País Vasco” o “Euskadi” en lugar 
de “Vascongadas”, lo mismo: puedes acabar considerado un etarra o muy poco 
menos. En este segundo caso la cosa tiene aún más gracia porque HB y similares 
nunca dicen “País Vasco”, sino precisamente “Vascongadas”, por “vasconicatae” 
(un ejemplo: http://www.ehj-navarre.org/navarre/navarre_eh9808esp.html: “La 
integración en la Unión Europea ha consagrado la división de Euskal Herria en 
tres regiones diferentes, Vascongadas, Iparralde y Nafarroa....” ) ... ¡Pero 
cualquiera le hace entender eso a la gente más de derechas!

Del mismo modo, parece que si uno usa “Hispanoamérica” o “Iberoamérica”, es más 
franquista y retrógrado que si le llama “América Latina”. Sin embargo, son 
aquellas dos las definiciones que más justicia hacen a la Historia, que es a lo 
que aquí nos dedicamos. He encontrado el artículo al que me referí hace dos o 
tres días, y será lo mejor que lo copie más abajo, ahí está bien explicado lo 
que pienso de este tema, y los astutos argumentos franceses. 

En general, no creo que ni Iberoamérica ni Hispanoamérica puedan ser 
considerados “per se” términos propios del periodo “Una-Grande-Libre” porque, 
aunque ellos los usaron mucho, en esto (como en los pantanos y en algunas otras 
cosillas) andaban acertados, aunque no fuera con idéntica intención, pues son 
ambos vocablos griego y romano. ¡Otra cosa sería “Españoamérica” :-)! 

En cuanto a las Antillas Holandesas, tampoco creo que sean un obstáculo. Fueron 
descubiertas por Colón y bien exploradas y habitadas por Alonso de Ojeda, y son 
un conjunto tan minúsculo, superficial y poblacionalmente, que sería lo mismo 
que no poder llamar “España” a “este país” porque tengamos allá abajo el 
forúnculo británico (para mí bien británico, por cierto...) de Gibraltar. La 
verdad es que a España nunca le interesaron esas islillas minúsculas y sin oro 
(he leído que las llamaban “las Inútiles”) y, de hecho, durante el nefasto 
reinado de Felipe IV, nos las dejamos quitar por Holanda sin pena ni gloria. 
Además, su “holandesidad” está oportunamente matizada incluso hoy mismo: Como 
te gusta tanto, y lo dominas muy bien, el mundo de las lenguas, sabrás que lo 
que más se habla allí es el “papiamento”, un curioso “pichingli” dialectal, 
compuesto de español, portugués, holandés e inglés aunque (y es de pura lógica) 
también se habla mucho en ellas el español puro y duro. Lo único bueno de que 
sean holandesas es que ahora podemos ir allí con sólo el DNI, y gastarnos 
nuestros euros...

Ya me dirás qué opinas del artículo (y algún otro colistero, si le interesara 
este debate). 

Lo que tengo claro es que, si digo “Latinoamérica”, estoy en cierto modo 
jugando contra la Historia y contra España y Portugal, y sirviendo a una 
estrategia manipuladora que en su día fue premeditada, y eso tampoco me gusta.
Un cordial saludo.

P.D.- Toda la razón a los mexicas, ellos son también “norteamericanos” si se 
atiende a los paralelos astronómicos. Por eso lo más correcto 
sería “estadounidenses”, aunque moleste por la longitud. “Usacos” no es mala 
alternativa [y para mi gusto ligeramente más descriptiva... :-)]. 

Nota previa: El artículo que sigue ha de entenderse en su contexto temporal: 
aquella riada de sobrecitos con polvillos blanco que invadió los USA en el 
otoño de 2001. No he sabido conservar las cursivas que llevaba originalmente 
(perdí las amables explicaciones para ello que algunos me dísteis tiempo ha). 

«LATINOAMÉRICA»: FORMA Y FONDO DE UN CRASO ERROR

Alicia Mª Canto
Universidad Autónoma de Madrid

La aceptación automática de la palabra inglesa «anthrax» en vez de la 
española «carbunco», para referirse a una dolencia que está desde tiempo 
inmemorial en nuestro poderoso vocabulario, acaba de mostrarnos bien a las 
claras la indefensión actual de nuestros media, y de nosotros mismos, ante las 
importaciones del léxico inglés. Pero ésta del ántrax no pasa de ser una 
anécdota temporal y sin mayor trascendencia: Hemos sido víctimas a lo largo del 
tiempo de adquisiciones terminológicas mucho más graves, por cuanto contenían 
cargas de profundidad ideológica o histórica contra las que en su momento no se 
luchó lo suficiente, acabando por prohijarlas en nuestra panoplia lingüística, 
incluso cuando supusieran el tirar piedras contra nuestro propio tejado. 

Tal es el caso evidente del término «Latinoamérica», con su construcción 
equivalente de «América Latina». Algunos no podemos evitar cierta conmoción 
cultural cuando vemos u oímos definir a una hermosa negra, vestida de colores y 
con su pañolón bien enrollado a la cabeza, cantando salsa y meneándose a lo 
afro, como «una intérprete latina»... Puede suponerse lo que opinarían de tan 
estulto parentesco, envueltos en sus inmaculadas togas, Catón, César, o el gran 
latinizador, Vespasiano. 

Visto desde la Historia, incluso sería inexacto describir hoy a la propia 
España, madre carnal de aquel enorme continente, como un país «latino», y mucho 
menos con las definiciones análogas de «Latinoespaña» o «España Latina». Aunque 
nuestra lengua, como romance que es, procede en lo esencial del latín, otros 
muchos elementos fundamentales de la cultura romana no se mantuvieron en este 
país. En efecto, en la dominación y aculturación de esta habitualmente 
indefensa península, los romanos fueron relevados durante tres siglos por 
varios pueblos centroeuropeos, que no eran ya propiamente pueblos latinos 
(sobre todo los visigodos, los más flojos al decir de Ortega y Gasset), y por 
diversos pueblos musulmanes (árabes de Siria, mauritanos, bereberes...) durante 
otros ochocientos años más, casi los mismos que Roma la dominó. A lo largo de 
estas sucesivas ocupaciones, excepto el idioma (que no obstante sufrió fuertes 
aportaciones), la mayor parte de las señas identificadoras de la vieja 
latinidad de España fueron olvidadas y borradas.

Así que, si improcedente sería extrapolar al mundo contemporáneo la realidad de 
una «España Latina» que empezó a dejar de existir en el año 509 d.C., no 
digamos nada de ese engendro conceptual que es «Latinoamérica». Los 
chichimecas, los toltecas o los incas nunca llegaron a hablar latín ni a 
regirse por el Derecho Romano, a administrarse como una colonia latina, o a 
sacrificar vacas blancas a Diana, la Cazadora. Al igual que los negros 
criminalmente trasladados desde África al otro lado del Océano, 
nuestros «indios» (otro vocablo insuperablemente erróneo) no llegaron a saber 
nada de esos romanos de los que –de dar fe al término en cuestión– 
supuestamente son ellos los últimos descendientes y herederos. Pero lo curioso 
es que pueda negarse lo mismo de los propios españoles que los conquistaron 
que, para empezar, ya no tenían ni siquiera aquella religión politeísta que 
fuera un rasgo tan característico de latinos y de romanos. Por tanto, si 
ni «América Latina» ni «Latinoamérica» corresponden a una verdad histórica y 
por tanto digna de ser perpetuada, ¿a qué se deben esos términos y su enorme 
popularidad en el uso hablado de la propia España?
 
Parece claro que ambos conceptos se acuñaron en la segunda mitad del siglo XIX 
para desfalcar y difuminar el incuestionable protagonismo de España y Portugal 
en la conquista y colonización de aquel nuevo y vasto territorio. Cuando se 
dice «Latinoamérica», se consigue eludir y falsear las definiciones que la 
Historia Moderna acredita como las más exactas, que son «Iberoamérica» 
e «Hispanoamérica», basadas éstas respectivamente en la terminología griega y 
romana para llamar a toda la Península Ibérica (en atención a Portugal y a su 
Brasil). En términos políticos, además, con ellos se expolia el protagonismo 
ibérico para transferirlo y repartirlo entre otras naciones, singularmente 
Francia e Italia, también «latinas», pero que nada o muy poco tuvieron que ver 
en el descubrimiento, la conquista, el repoblamiento y la aculturación del 
Nuevo Continente.
   
España, fiel al bautismo del propio Colón, siempre llamó a todo aquel 
territorio «las Indias», y así aparece en las orlas de los monarcas austrias y 
borbones, que son «Hispaniarum atque Indiarum rex». Miguel Rojas Mix escribió 
un interesante ensayo (Los cien nombres de América, Barcelona, 1991) donde se 
detiene en la cuestión: Los conceptos «raza latinoamericana» y «América Latina» 
se documentan por primera vez en una conferencia, pronunciada en París en junio 
de 1856 por el interesante pero olvidado pensador chileno Francisco Bilbao. 
Aquel mismo septiembre se las arrogó, abandonando su habitual de «América 
española», el colombiano José Mª Torres Caicedo, quien, como miembro del 
Instituto de Francia y de la Legión de Honor, estaba en una inmejorable 
posición para predicarlo y difundirlo en el vecino país. Ambas definiciones 
venían como anillo al dedo a la ideología del «panlatinismo», emergente desde 
algunos años antes entre la intelectualidad francesa (sobre todo Chevalier, 
Lamennais, Quinet o Tisserand), en cuanto que «en aquel continente se debía 
oponer al peso de la raza anglosajona el de la raza latina». La Revue des Races 
Latines fue así, desde 1857, el órgano ideal para desarrollar y expandir los 
nuevos términos.

El propio Bilbao, su creador, abandonó desilusionado los vocablos cuando 
comprobó que, al contrario de lo que él pretendía expresar, eran usados 
políticamente para dar una coartada ideológica a otro imperialismo y a otro 
colonialismo, en aquel caso franceses. Pues a su amparo se justificó mejor la 
invasión de México por Napoleón III, y la instauración allí, en 1864, de un 
trono y un emperador, basados en que había con nuestra América «une affinité de 
civilisations, de moeurs, de race, d’éducation...». Se afirmaba, en resumen, 
que España era débil y que no estaba en condiciones de enfrentarse a los 
Estados Unidos de América, pero que Francia sí era capaz de crear una barrera 
en el Río Grande y de ser, como dice Rojas, «la campeona del panlatinismo».
Hacia 1875 ambos términos estaban ya sólidamente implantados en favor de 
Francia y en contra de España, que de manera tan torpe había ido perdiendo 
todos sus antiguos territorios. Los propios «indoamericanos», decepcionados, 
acogieron como suyo aquello de «América Latina» y «latinoamericanos», como otro 
medio gráfico de romper definitivamente las amarras con una «madre» que había 
sido más bien una madrastra dura e imprevisora. Más tarde, estas palabras 
fueron útiles también, tanto a Estados Unidos como a las ideologías radicales 
de izquierdas, enterrando cada vez más la realidad histórica.
 
Hoy son multitud los españoles que, al decir «Latinoamérica», «América Latina» 
y «los pueblos latinos», siguen sirviendo, desde Babia, a aquel panlatinismo 
francés del XIX y a quienes acuñaron unos conceptos destinados a atacar y 
deslucir una parte tan sensible de la propia historia y de sus logros. Y, 
encima, lo hacen convencidos de que eso es lo más «progresista»... Si somos aún 
tan débiles como incapaces de recuperar para nuestro léxico 
cotidiano «Iberoamérica» e «Hispanoamérica», sin complejos y desde un renovado 
y fraterno sentimiento de igualdad hacia los países hispanos de América, esto 
significará que, con respecto a España, la Francia de Napoleón III sigue 
vigente y cargada de razón. 


> Bueno Alicia tu elogio sincero y cálido de Alberto, me va a producir
> cierta envidia sana :-) así que ni que sea un tanto off-topic me voy a
> meter en la conversación. He leído también eso que dices de que el
> término "América Latina" es una invención de los franceses, y
> hacía una crítica similar a la tuya, pero como leí eso en un
> material didáctico de la facultad de filología que suspiraba por sus
> tapas "España: una, grande y libre" me pareció una estupidez y
> desestimé esa opinión.
> 
> Pero ahora volviendo al término "América Latina" qué término
> opinas que debe usarse, las alternativas no son buenas, por ejemplo
> "Hispanoamérica" tiene tintes imperialistas-españolistas y sin duda
> cualquiera que en otro tiempo suspiró por el lema "una, grande y
> libre" es el término que prefiere. Luego está el término
> "Iberoamérica" que me suena a "nuestros hermanos los portugueses" y
> deja fuera a lugares como las Antillas Holandesas donde tenemos
> variedades criollas derivadas del español que gozan de cierto
> prestigio y uso entre la población. No sé qué parece más
> correcto: Latinoamérica, Hispanoamérica, Iberoamérica ... no veo
> como salir de la convencionalidad!
> 
> Davius S.
> 
> ---------------
> PD1: Me gustan mucho tus intervenciones Alicia, en realidad casi
> cualquier persona que viviendo en mi mismo país use el término
> semi-democracia como una vez escribiste tiene gran parte de mi
> simpatía ganada.
> PD2: ¿sabéis que en México consideran que Norteamérica incluye
> tres países: Canadá, USA y México y que para ellos centroamérica
> empieza en Guatemala y Belice? Pero para un español México es la
> parte principal de Centroamérica, lo que creo que muestra que incluso
> términos aparentemente geográficos pueden ser covencionales, así
> que lo de Latino-A, Hispano-A o Ibero-A me parece aún más dificil de
> resolver.
> 
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