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Asunto:[TA] La Historia como Falsificación (1): La inquisici ón y Juana de Arco
Fecha:Miercoles, 8 de Septiembre, 2004  20:06:27 (+0200)
Autor:Davius Sanctex <davius_sanctex @.....es>

Con frecuencia la “visión” histórica predominante de ciertos hechos tal como es explicada en los libros de texto e incluso en programas divulgativos difiere significativamente de lo que las propias fuentes primarias y testimonios convenientemente ignorados dejan traslucir. En una serie de mensajes anteriores se apuntó la conveniencia o no de enjuiciar a los personajes históricos. Creo poder probar con una serie de mensajes la necesidad de considerar siempre la opinión tanto de los imponedores de ciertos acontecimientos y de sus detractores, así como aclarar dentro de lo posible cuales fueron las consecuencias para unos y para otros (como se verá la propaganda estatal, la percepción selectiva, la mentira, la supresión de testimonios es algo no solamente propio de los tiempos de los mass media y por tanto nadie debería sentirse satisfecho sin una visión del lado “perdedor”).

 

 

EL USO DE LA TORTURA POR PARTE DE LA INQUISICIÓN

Consideremos cómo mantuvo sus archivos la Inquisición. Los inquisidores no sólo cometieron a sabiendas crímenes horribles contra cientos de miles de personas inocentes, sino que tuvieron buen cuidado en dejar ciertas cosas de sus registros [1] (lo cual en definitiva prueba su intención criminal o cuanto menos su deshonestidad).

La tortura fue fundamental en su modus operandi, sin embargo curiosamente las referencias a la tortura son curiosamente pocas (como prueban testimonios secundarios procedentes de la propia inquisición). Aunque se obtenían confesiones raramente se indicaba por qué medios. En seiscientos casos del archivo de Toulouse desde 1309 a 1323, sólo uno menciona que el acusado se había se retractado de una confesión hecha bajo tortura. Pero en el registro de su confesión original no se menciona para nada la tortura [2] (esto prueba que la tortura se usaba, pero que generalmente se silenciaba).

El testimonio de víctimas supervivientes y otros observadores nos dice que, a pesar de la ausencia de un registro oficial, la tortura era la forma usual de conseguir las confesiones de los desdichados inocentes. Charles Henry Lea observa que el jefe de la Inquisición en Toulouse “expresó enfáticamente su opinión sobre la utilidad de la tortura, tanto con los acusados como con los testigos, como para no poner en duda su utilización” [2]. Y como expresa Parenti “sin embargo, es interesante que las autoridades evitaran mencionar au práctica en los registros ofciales” [1].

 

 

EL CASO DE JUANA DE ARCO

Probablemente el caso más famoso de juicio político falsificado por la inquisición es el seguido contra Juana de Arco. Este caso es interesante precisamente porque su juicio, ejecución rebela cómo los vencedores distorsionan la historia. Pero además este caso es poco común en otro aspecto, porque muestra como su subsecuente rehabilitación realizada en una revisión del caso algunos años después de su ejecución permite una reconstrucción honesta de los hechos cuando los vencedores son a su vez vencidos (este ejemplo debería ser tenido en cuenta contra los que despotrican de cualquier criticismo moral o revisionismo histórico).

Juana de Arco, una campesina analfabeta que firmó todas las actas inquisitoriales con una X, había nacido en 1412 y empezó a tener visiones místicas durante su adolescencia. A los 17 años dirigió las tropas francesas que se levantaron en Orleáns. Después de cierto número de hechos de armas fue capturada en Rouen y puesta en manos del tribunal inquisitorial bajo el cargo de herejía por los intereses ingleses. Ni siquiera en ese tiempo se dudó de la naturaleza política del juicio, y aunque fue la Inquisición quien se hizo cargo, fueron los ingleses quienes pagaron los gastos del tribunal y contralaron los procedimientos. Y cualesquiera que fuesen los resultados del juicio se aseguraron de retener la custodia de la prisionera, a quien consideraban una seria amenaza para sus planes [3].

Al no tener la más ligera evidencia de su “herejía”, la acusación se basó en su atuendo masculino como prueba visible de su “falta de feminidad, su espíritu antinatural y su negativa a someterse a la autoridad de la iglesia”, lo que por tanto confirmaba su “herejía” [1]. Juana le dio una explicación más mundana: “ es más lícito y digno ursar ropas de hombre ya que estoy entre hombres, que ropas de mujer”. Hacia el final de su juicio, cuando se dio cuenta de que ni Dios ni los franceses iban a venir a rescatrarla, abjuró, aceptando firmar un documento de penitencia y usar ropas de mujer, declarando que prefería firmar a ser quemada: “Eh bien, je préfère signer plutôt qu’être brûlée”. Sin embargo se la consideró no arrepentida y culpable de herejía, siendo quemada en 1431.

Veinticinco años más tardes, la fuerzas francesas a las órdenes de Carlos VII liberaron Rouen haciendo posible aclarar como se llevó a cabo el juicio. Los documentos se conservaban en el arzobispado y ciwerto número de testigos estaba vivo todavía, incluyendo los notarios que habían transcrito “fielmente” el testimonio de Juana. En el juicio de rehabilitación se descubrió que los 12 artículos de la acusación contra Juana, incluyendo el cargo de que no se sometía a la autoridad de la iglesia, nunca le fueron leídos, incluyéndose testimonio que justo eran lo contrario de los que ella había dado [4].

El documento oficial de abjuración (cédule) que se encontró en los archivos del tribunal era una falsificación donde Juana se acusaba repetidamente de fingir revelaciones, blasfemar, incitación al cisma, derramamiento cruel de sangre, uso de atuendos disolutos contra la decencia, etc... Durante el juicio de rehabilitación apareció la verdadera cédule, muy diferente de la que se había incluido en los archivos oficiales, la cual estaba afirmada por la analfabeta Juana con una X, después de haberle sido leída. Como varios testigos recordaron, era una breve declaración en la que ella accedía a abandonar los atuendos masculinos y someterse a la autoridad de la iglesia, lo que ella creyó le libraría de la hoguera. Ese documento había desaparecido de los archivos del tribunal.

Un informe anterior al juicio sobre la vida previa de Juana, que había provocado la cólera del obispo porque era muy favorable para ella, pues la mostraba como una persona decente y bien considerada, tampoco se encontró. Respecto a la “reincidencia” en el uso de ropas masculinas, razón por la cual finalmente se la quemó, se descubrió que los carceleros habían escondido sus ropas de mujer entregándole sólo las de hombre, que se vio obligada a usar para salir de su celda. Si bien el examen físico previo al que Juana había accedido confirmaba que era virgen, más tarde un lord inglés la violó o intentó violarla, y se cometieron otra serie de actos violentos contra su persona. Con el juicio de rehabilitación los cargos de herejía imputados 25 años antes fueron revocados y sólo la toma de Rouen unos años más tarde permitió una reconstrucción honesta de esta historia, que ahora veríamos de modo muy diferente si los franceses no hubieran expulsado a los ingleses de Normandía.

 

[1] Michael Parenti, La Historia como Misterio, p. 163-167.

[2] Henry Charles Lea, The Inquisition of the Middle Ages: Its Organization and Operation (New York: Citadle Press, 1961), p. 119-120.

[3] R. Pernoud, Joan of Arc:  By Herself and Her Witness (New York: Stern and Day, 1982), p. 160-162.

[4] Régine Pernoud, Joan of Arc p. 212-214.