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Asunto:[TA] Volviendo a la decadencia de Roma...
Fecha:Martes, 28 de Septiembre, 2004  13:29:48 (MET)
Autor:alicia.canto <alicia.canto @...es>

A finales de julio y en agosto hubo aquí un interesante debate sobre las causas
de la decadencia de Roma. Hoy me he encontrado de casualidad un artículo en dos
partes de Francisco Javier Navarro, profesor de la Universidad de Navarra, donde
toca el tema a propósito de las similitudes que encuentra entre el imperio
romano y el proceso de la UE. Se publicó en dos números de la revista de
Historia "Aetas" (pongo los enlaces). Me ha parecido que podía ser de interés
para complementar aquel cruce de ideas. Aunque él no llega a formularlo (se
detiene más en las causas del éxito integrador), se sobreentiende que la
decadencia vino cuando cesaron de practicar la integración. Saludos.

http://www.unav.es/historia/aetas/boletin/ocho/textos/europa.html

Roma, modelo de integración para Europa (1)
Francisco Javier Navarro, Prof. agregado, Universidad de Navarra

Cuando en 1992 se constituyó la Unión Europea a través del tratado de Maastricht
no se estaba creando una nueva organización internacional de estados al estilo
de otros muchos existentes en ese momento. Lo que nació en la ciudad holandesa
fue el proceso de constitución de un marco legal que busca la unidad de los
habitantes de Europa; un reto cuya consecución no puede consistir en la mera
generación de un conjunto de leyes más o menos coherentes, sino en la creación
de una conciencia y de un modus vivendi que haga aceptable dicha idea entre sus
mismos habitantes.
El tratado de Maastricht supone un enorme beneficio, tanto económico como
político y social, para los países miembros; pero la realidad de la Unión
Europea no descansa ni puede descansar en unos simples criterios de
conveniencia. Europa no es sólo un espacio geográfico o un conjunto de fronteras
más o menos estables, sino que es una realidad cultural: una historia y
tradiciones comunes, un conjunto de valores aceptado por casi todos, un proyecto
de futuro capaz de suscitar ilusiones. En el fondo, ser europeo no es lo mismo
que ser español, italiano o ruso: no está restringido a unos límites geográficos
o a un conjunto concreto de razas; se puede ser europeo en cualquier parte del
mundo, como la historia de los últimos siglos ha sabido demostrar. Sólo la
percepción y aceptación de su realidad histórica y cultural permitirá levantar
sobre sólidos y duraderos cimientos ese incipiente edificio que hoy llamamos
Unión Europea.
Es por todos sabido que el gran reto de la unidad de Europa se llama
integración: proceso del que depende el feliz resultado del proyecto iniciado en
1992. Pero por integración hay que entender tanto la incorporación de los miles
de emigrantes que siguen llamando insistentemente a las puertas de Europa en
demanda de un espacio para vivir, como también la mayor cohesión de los que se
llaman y se reconocen a sí mismos europeos. 
Todos los países de Europa han visto cómo en los últimos años millones de
extranjeros se han asentado en sus ciudades en busca de unas mejores condiciones
de existencia, aportando así la necesaria mano de obra debida al preocupante
descenso de la natalidad. Debe ser una preocupación de todos que esas personas,
portadoras muchas veces de tradiciones culturales distintas, puedan sentirse
suficientemente integradas para no formar ghetos o microsociedades que les
aíslen de sus vecinos más próximos. Europa puede asumir ese problema, no sólo
facilitándoles unas buenas condiciones de vida e igualdad de oportunidades, sino
integrándolas en la cultura europea, que posee y conserva la suficiente
flexibilidad para ello. Como ya hemos dicho antes, ser europeo no depende del
color de la piel, ni de la lengua, ni del origen.
En segundo lugar es también necesaria la mayor integración de los países que
ahora forman la Unión Europea. Sin que se pierdan las peculiaridades y la
fisonomía de cada uno, habría que suscitar la conciencia de un denominador
común, de la posesión de lazos más sólidos que el disfrute de una moneda única.
El reconocimiento de una cultura y de unos orígenes comunes hará más sólida la
integración.
El tratado de Maastricht no ha sido el primer intento de crear y de integrar
Europa en un único fenómeno político, ya que un proceso semejante se inició hace
más de dos mil años. La necesidad que tiene Europa de mirar a su pasado romano
no se deriva únicamente del hecho de que la Unión Europea actual equivale en una
altísima proporción al espacio que gobernó directamente Roma, o a que la
totalidad de los países que la componen se sientan herederos de su cultura, sino
también por el hecho de que Roma, para lograr una unidad semejante, se encontró
con complejos problemas, muy similares a los que preocupan a nuestra sociedad y
los resolvió magníficamente.
El logro fundamental de Roma, reconocido por muchos a lo largo de la historia,
no consistió en sus éxitos militares, que le permitieron la conquista de toda la
cuenca del Mediterráneo y parte de la atlántica, sino en cómo supo gobernar y
dar estabilidad a un imperio plurilingüe y pluriracial, que por su misma
fisonomía repelía todo proyecto serio de unidad. La sabiduría de los políticos
romanos estuvo en entender que la única manera de consolidar y unir los
territorios conquistados era hacer partícipes a todos los súbditos de los
beneficios del conquistador, hasta tal punto que al final del proceso se lograba
la total identificación de unos y otros. Roma siempre recompensaba la paz, la
estabilidad y la colaboración, y lo hacía por la doble vía de respetar las
particularidades de cada pueblo y, en el caso de que éste aceptase su cultura y
sus ventajas civilizadoras, por la vía de la total incorporación e integración
en el corazón de su mismo sistema político y de su misma sociedad.
Pero hay que aclarar que la integración, o sea, la extensión de unos mismos
derechos públicos para todos, no fue fruto de una visión práctica o, incluso,
mezquina de los romanos que aceptaron compartir los beneficios de la conquista
con los conquistados, a fin de seguir disfrutando por más tiempo de ellos, sino
que fue el resultado de la propia mentalidad romana que llevaba necesariamente a
ello.
Uno de los méritos de Roma fue el de asumir en si toda la Antigüedad,
especialmente la cultura griega, y hacerla fructificar. El pueblo romano fue
siempre consciente de que lo habían aprendido todo de otros, de que habían
recibido los fundamentos de su civilización y de que nunca habían llegado a
desarrollar una cultura auténticamente original; además, también eran
conscientes de que habían surgido como fruto de una amalgama de culturas, de una
hibridación de procesos muy diversos que se habían operado en los orígenes de su
conciencia. La percepción de una especie de secundariedad cultural dotó a los
romanos de una flexibilidad intelectual de la que anteriormente no habían gozado
otros pueblos. Dicha peculiaridad permitió a Roma asumir el papel de puente
entre dos mundos que hasta ese momento se despreciaban: lo griego y lo bárbaro,
que serán vistos por Roma de una manera muy próxima. Así, los romanos asumieron
la selecta y exclusiva cultura griega, o lo que es lo mismo las ventajas de la
civilización, para extenderla a todos aquellos pueblos que no habían tenido la
suerte de disfrutar de ella. Roma convirtió el Mediterráneo de un espacio roto
en un Oriente civilizado, con tradiciones culturales milenarias y que apenas se
había difundido más allá de sus fronteras, y un Occidente atrasado y
desorganizado, en un espacio único e integrado, llevando la cultura de los
primeros como beneficio para los segundos. De ahí que en donde más hondamente se
dejó sentir la labor civilizadora e integradora de los romanos fue en el espacio
compren-dido entre la Península Ibérica y las cuencas del Rin y Danubio,
incluyendo, por supuesto, las islas Británicas; o sea buena parte del espacio
que ahora mismo integra la Unión Europea.

Parte 2ª:

http://www.unav.es/historia/aetas/boletin/nueve/textos/roma.html

Si se contemplara en su conjunto los estudios sobre la historia de Roma habría
que concluir que el aspecto más trabajado, el tema que ha interesado a mayor
número de especialistas es el de la decadencia de dicho sistema político, o lo
que es lo mismo, la llamada Caída del imperio romano. Pero a mi entender este
tema no tendría que haber ocupado más esfuerzos que la pregunta realmente
interesante y vital de cómo ese imperio llegó a durar tanto con una estabilidad
y consistencia inauditas.
Si tuviera que dar una respuesta rápida a dicha pregunta no dudaría en responder
que gracias a la creación de un consensus, de unos vínculos intensos en torno a
una cultura flexible que fue absorbiendo elementos de los pueblos que
conquistaba y cuyo orden social fue aceptado por todos. Los emperadores romanos
comprendieron que la pervivencia de su mundo no descasaba, como en la república,
en unas legiones exitosas que mantuvieran el orden y recaudaran impuestos para
beneficio de los conquistadores, sino que su solidez debía apoyarse en la
integración, en lograr que sus habitantes se encontraran razonablemente
satisfechos con sus gobernantes; con la dificultad añadida de que estos
gobernados ni hablaban la misma lengua, ni vestían de la misma manera, ni
disfrutaban del mismo clima, y ni siquiera tenían la misma comida.
La historiografía ha entendido mayoritariamente por integración el proceso de
homogeneidad jurídica consistente en la extensión progresiva de la ciudadanía
romana a los habitantes del imperio hasta la promulgación de la constitutio
Antoniniana del 212 que unificó prácticamente a toda la población en un mismo
esquema jurídico. Pero también muchos autores se han preguntado hasta qué punto
la atracción que en algunos supuso el estatuto de civis romanus pudo mantener
unido un imperio en donde coexistían gentes para las que Roma era una idea vaga
y lejana a sus vidas. Y, por supuesto, siempre quedará la duda de si, para la
mayor parte del mundo romano, la integración jurídica venía a ser lo mismo que
asimilación cultural.
El éxito del imperio romano descansó mucho más en conseguir, no la homogeneidad
jurídica, sino que el mantenimiento de las diferencias culturales de los pueblos
que lo integraban fuera el elemento más importante de unidad y de integración.
Cicerón, en diálogo con Ático (Leg., 2.5), afirmaba que todo hombre tiene dos
patrias: una, aquella en la que ha nacido, y otra la jurídica, la adquirida en
razón de la ciudadanía, la communis, la patria romana. Ambas dos son
compatibles, según el Arpinate, siempre y cuando la fidelidad a la patria romana
esté por encima del amor que se siente por la patria geográfica.
En esta visión tan de la Antigüedad se pueden encontrar claves para entender el
proceso integrador iniciado por Augusto: Roma supo concebir un conjunto de leyes
y una cultura flexible que creó de naciones muy distintas una única patria para
todos. Cada ciudadano podía pertenecer a muy diversas colectividades: a aquella
en la que había nacido y en donde su cultura ancestral se había desarrollado; a
la romana, que le aceptaba plenamente; o incluso a una tercera, como fue en
muchos casos la cultura griega para pueblos de origen oriental. Pero, eligiese
la que eligiese, no tenía por qué sentirse desgajado de las otras. Roma como
patria común era capaz de unir a todos aquellos grupos en su territorio,
asignándoles a cada uno su propio lugar. 
Pues bien, la cultura europea es heredera directa de este proceso. Ha recibido
de Roma tanto la civilización griega, presente siempre a través de múltiples
renacimientos, como ese talante integrador que nunca ha faltado en su historia.
Los europeos se han caracterizado por una ausencia de exclusivismo cultural que
les ha llevado a difundir las ventajas de su cultura a aquellos pueblos
dispuestos a aceptarla: tanto si éstos se encontraban dentro de sus fronteras
como en países y territorios muy lejanos. Y es por esto por lo que conviene
volver siempre a Roma y más en unos momentos como los actuales en los que la
integración de los europeos y de los inmigrantes es una cuestión esencial para
el futuro de Europa. De la comparación y de la experiencia anterior pueden
surgir múltiples iniciativas, útiles para todos.




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