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Asunto:Re: [TA] Volviendo a la decadencia de Roma...
Fecha:Jueves, 30 de Septiembre, 2004  09:19:53 (-0400)
Autor:Maria MilagrosRosas Tirado <mmrt779 @.....net>
En respuesta a:Mensaje 5433 (escrito por alicia.canto)

Alicia: luego de leer los artículos paso a hacer unos comentarios.

Francisco Javier Navarro nos dice a lo largo de su ensayo que el gran reto
del proyecto comunitario es la integración, tanto de nacionales como de
extranjeros a esa realidad cultural llamada Europa. Apunta asimismo al
Imperio Romano como un modelo exitoso de integración. Ni en el caso de
Europa - el tratado de Maastricht -, ni en el de Roma - Constitutio
Antoniniana - ve Navarro, aludiendo a la homogeneidad jurídica, la clave
para la integración. Para él, solo se trataría de algo si se quiere
adjetivo, portador de indudables mejoras en el estatus de los beneficiados,
pero sin la suficiente sinergia para crear un sentido de compromiso e
identificación con esa realidad supranacional.

Navarro emplea una y otra vez la palabra integración. Nos ha dicho lo que
quizás no sea, pero nada nos dice de lo que realmente es. Corre el vocablo
el mismo riesgo del término globalización, que ha acabado por parecer un
engendro de significados opuestos.

Intentaré dar una respuesta a esta interrogante, y así veremos si en efecto
Roma es el espejo de comunidades en que Europa debe mirarse.

La integración bien entendida está compuesta de tres elementos: tolerancia,
inclusión y participación. La tolerancia es ese reconocimiento de la
otredad, tan necesario para garantizar un mínimo de convivencia en
sociedades de creciente diversidad. Me parece que hay dos tipos de
tolerancia, una pasiva y otra activa. La primera más que tolerar, soporta al
otro porque no queda más remedio; es la fórmula de 'juntos pero no
revueltos', 'separados pero iguales'. La segunda requiere ir un poco más
allá en el conocimiento de ese extraño, tratar de comprender sus
peculiaridades aunque sigan sin gustarnos. Ejercicio de primera necesidad
porque donde no hay tolerancia solo hay espacio para el ghetto.

Incluso la tolerancia activa se queda en buenas intenciones, si no viene
acompañada de un esfuerzo por parte de los Estados para brindarle a sus
habitantes - tanto nacionales como inmigrantes - igualdad de oportunidades,
acceso a la educación, vivienda y salud. La inclusión social es el elemento
integrador que más se menciona en el ámbito de la política, y ciertamente es
importante elevar las condiciones de vida para que las gentes se sientan
agradecidas con determinado proyecto de gestión gubernamental, pero la
apatía mostrada por los ciudadanos europeos con respecto a la cosa pública y
los eventos electorales, nos dice otra cosa. ¿Cuántos han leído los
borradores del proyecto de Constitución Europea? Pocos.

La gente, ejercitada en la tolerancia y con un buen nivel de vida, solo se
sentirá comprometida con el proyecto si se siente partícipe del mismo, esto
es, si tiene acceso al proceso de toma de decisiones. Si a nivel de los
gobiernos que conforman la UE, hay miembros más privilegiados que otros,
miembros a los que no se aplican ciertas sanciones, miembros que se reservan
el decidir cuál será el peso específico de sus votos en las futuras
decisiones comunitarias, qué quedará para el resto de la pirámide, es decir,
la participación a nivel nacional, regional y local.

La integración no es un proceso fácil. Echemos una mirada a Latinoamérica.
Cumple con la premisa de Navarro de una "cultura y de unos orígenes
comunes". Los países del area son auténticas naciones de inmigrantes -
europeos, buena parte de ellos -, que han logrado integrarse con éxito a la
sociedad. Hay, sin embargo, índices intolerables de exclusión social que
afectan a la población nativa. Es decir, existen grandes asimetrías a nivel
de integración interna que hacen cuesta arriba los intentos de ir más allá
de los convenios comerciales y los experimentos de mercado común.

El caso de los Estados Unidos es más interesante, más paradójico o más
patético, como se prefiera. La nación aparece razonablemente bien integrada
en los tres aspectos mencionados, pero a pesar de que alguna corriente de
pensamiento la haya identificado con Roma, en su papel de superpotencia
militar y económica, el gobierno de turno ha fracasado en su política
exterior, y  capacidad integradora a nivel internacional es prácticamente
nula. La razón de este fracaso, pues el mismo presidente Bush se ha
encargado de repetirlo en sus discursos: política de cero tolerancia. Detrás
de dicha política - obviamente necesaria en el caso del terrorismo - se
escuda la admnistración para evadir temas importantes como las barreras
comerciales y el ambiente. Sencillamente no quieren ni escuchar, ni tolerar
ni comprender a nadie.

La tolerancia vista como hecho cultural contiene la clave, si se quiere
espiritual de todo el proceso integrador. Ella está hermanada con la genuina
curiosidad intelectual. En la Antigüedad, dicha curiosidad estuvo
personificada por Alejandro Magno. El macedonio, a pesar de ser un
conquistador implacable, sintió siempre la necesidad de ir un poco más allá
llevado por su afán de conocer. Esa misma hambre de conocimientos engendró
proyectos culturales como la Biblioteca de Alejandría, que reforzó entre
quienes hacían vida intelectual en ella, la fe en conceptos como la ecumene
y el cosmopolitismo.

Roma recoge este legado del helenismo. Estamos de acuerdo con Navarro, pero
dejando a un lado el trabajo de las legiones y sus logros, fijémonos más
bien en cómo Roma logra alianzas mucho más duraderas que sus eternos
rivales, los cartagineses.

Los púnicos eran excelentes comerciantes, establecieron colonias a lo largo
y ancho del Mediterráneo del que eran prácticamente dueños gracias a sus
conocimientos náuticos, y ciertamente practicaron la exploración de otros
mares, pero su curiosidad estaba dictada y limitada por sus intereses
pecuniarios. Quizás sea este el espejo donde se ve la Casa Blanca y Wall St.

Los romanos, en cambio, le daban valor agregado a sus relaciones: construían
caminos, acueductos, termas, "las ventajas civilizadoras" como apunta
Navarro, la inclusión en todo caso. Sus aliados eran "clientes" en el
sentido romano de la palabra. Aceptaban las peculiaridades de cada pueblo,
quizás con una tolerancia con unos más pasiva, con otros más activa hasta
llegar a la identificación y la asimilación. Me queda la incógnita de la
participación: hasta qué punto los habitantes del imperio tenían acceso a
los procesos de toma de decisiones, ya fuesen locales o regionales.

La Roma imperial es como una mente ecléctica capacitada para tomar de aquí y
de alla lo que sea más conveniente para alcanzar los objetivos de paz y
desarrollo. Estamos de acuerdo asimismo con Navarro en el puente entre la
cultura oriental y el occidente "bárbaro", pero el modelo romano puede
leerse, más allá del concepto de integración con su triada tolerancia,
inclusión, participación, como uno donde la diversidad le cede el mínimo de
espacio necesario a la homogeneidad traducida en el standard de obras
civiles, leyes y estamento político, pero no por obra de un pacto
definitivo, sino de un consenso contruido día a día, por los pueblos y sus
gobernantes. Cuando se perdió la capacidad para ese ejercicio, que es la
verdadera alma de la ciudadanía, el imperio romano entró en decadencia.

Milagros


----- Original Message -----
From: <alicia.canto@...>
To: <terraeantiqvae@...>
Sent: Tuesday, September 28, 2004 9:29 AM
Subject: [TA] Volviendo a la decadencia de Roma...


> A finales de julio y en agosto hubo aquí un interesante debate sobre las
causas
> de la decadencia de Roma. Hoy me he encontrado de casualidad un artículo
en dos
> partes de Francisco Javier Navarro, profesor de la Universidad de Navarra,
donde
> toca el tema a propósito de las similitudes que encuentra entre el imperio
> romano y el proceso de la UE. Se publicó en dos números de la revista de
> Historia "Aetas" (pongo los enlaces). Me ha parecido que podía ser de
interés
> para complementar aquel cruce de ideas. Aunque él no llega a formularlo
(se
> detiene más en las causas del éxito integrador), se sobreentiende que la
> decadencia vino cuando cesaron de practicar la integración. Saludos.
>
> http://www.unav.es/historia/aetas/boletin/ocho/textos/europa.html
>
> Roma, modelo de integración para Europa (1)
> Francisco Javier Navarro, Prof. agregado, Universidad de Navarra
>
> Cuando en 1992 se constituyó la Unión Europea a través del tratado de
Maastricht
> no se estaba creando una nueva organización internacional de estados al
estilo
> de otros muchos existentes en ese momento. Lo que nació en la ciudad
holandesa
> fue el proceso de constitución de un marco legal que busca la unidad de
los
> habitantes de Europa; un reto cuya consecución no puede consistir en la
mera
> generación de un conjunto de leyes más o menos coherentes, sino en la
creación
> de una conciencia y de un modus vivendi que haga aceptable dicha idea
entre sus
> mismos habitantes.
> El tratado de Maastricht supone un enorme beneficio, tanto económico como
> político y social, para los países miembros; pero la realidad de la Unión
> Europea no descansa ni puede descansar en unos simples criterios de
> conveniencia. Europa no es sólo un espacio geográfico o un conjunto de
fronteras
> más o menos estables, sino que es una realidad cultural: una historia y
> tradiciones comunes, un conjunto de valores aceptado por casi todos, un
proyecto
> de futuro capaz de suscitar ilusiones. En el fondo, ser europeo no es lo
mismo
> que ser español, italiano o ruso: no está restringido a unos límites
geográficos
> o a un conjunto concreto de razas; se puede ser europeo en cualquier parte
del
> mundo, como la historia de los últimos siglos ha sabido demostrar. Sólo la
> percepción y aceptación de su realidad histórica y cultural permitirá
levantar
> sobre sólidos y duraderos cimientos ese incipiente edificio que hoy
llamamos
> Unión Europea.
> Es por todos sabido que el gran reto de la unidad de Europa se llama
> integración: proceso del que depende el feliz resultado del proyecto
iniciado en
> 1992. Pero por integración hay que entender tanto la incorporación de los
miles
> de emigrantes que siguen llamando insistentemente a las puertas de Europa
en
> demanda de un espacio para vivir, como también la mayor cohesión de los
que se
> llaman y se reconocen a sí mismos europeos.
> Todos los países de Europa han visto cómo en los últimos años millones de
> extranjeros se han asentado en sus ciudades en busca de unas mejores
condiciones
> de existencia, aportando así la necesaria mano de obra debida al
preocupante
> descenso de la natalidad. Debe ser una preocupación de todos que esas
personas,
> portadoras muchas veces de tradiciones culturales distintas, puedan
sentirse
> suficientemente integradas para no formar ghetos o microsociedades que les
> aíslen de sus vecinos más próximos. Europa puede asumir ese problema, no
sólo
> facilitándoles unas buenas condiciones de vida e igualdad de
oportunidades, sino
> integrándolas en la cultura europea, que posee y conserva la suficiente
> flexibilidad para ello. Como ya hemos dicho antes, ser europeo no depende
del
> color de la piel, ni de la lengua, ni del origen.
> En segundo lugar es también necesaria la mayor integración de los países
que
> ahora forman la Unión Europea. Sin que se pierdan las peculiaridades y la
> fisonomía de cada uno, habría que suscitar la conciencia de un denominador
> común, de la posesión de lazos más sólidos que el disfrute de una moneda
única.
> El reconocimiento de una cultura y de unos orígenes comunes hará más
sólida la
> integración.
> El tratado de Maastricht no ha sido el primer intento de crear y de
integrar
> Europa en un único fenómeno político, ya que un proceso semejante se
inició hace
> más de dos mil años. La necesidad que tiene Europa de mirar a su pasado
romano
> no se deriva únicamente del hecho de que la Unión Europea actual equivale
en una
> altísima proporción al espacio que gobernó directamente Roma, o a que la
> totalidad de los países que la componen se sientan herederos de su
cultura, sino
> también por el hecho de que Roma, para lograr una unidad semejante, se
encontró
> con complejos problemas, muy similares a los que preocupan a nuestra
sociedad y
> los resolvió magníficamente.
> El logro fundamental de Roma, reconocido por muchos a lo largo de la
historia,
> no consistió en sus éxitos militares, que le permitieron la conquista de
toda la
> cuenca del Mediterráneo y parte de la atlántica, sino en cómo supo
gobernar y
> dar estabilidad a un imperio plurilingüe y pluriracial, que por su misma
> fisonomía repelía todo proyecto serio de unidad. La sabiduría de los
políticos
> romanos estuvo en entender que la única manera de consolidar y unir los
> territorios conquistados era hacer partícipes a todos los súbditos de los
> beneficios del conquistador, hasta tal punto que al final del proceso se
lograba
> la total identificación de unos y otros. Roma siempre recompensaba la paz,
la
> estabilidad y la colaboración, y lo hacía por la doble vía de respetar las
> particularidades de cada pueblo y, en el caso de que éste aceptase su
cultura y
> sus ventajas civilizadoras, por la vía de la total incorporación e
integración
> en el corazón de su mismo sistema político y de su misma sociedad.
> Pero hay que aclarar que la integración, o sea, la extensión de unos
mismos
> derechos públicos para todos, no fue fruto de una visión práctica o,
incluso,
> mezquina de los romanos que aceptaron compartir los beneficios de la
conquista
> con los conquistados, a fin de seguir disfrutando por más tiempo de ellos,
sino
> que fue el resultado de la propia mentalidad romana que llevaba
necesariamente a
> ello.
> Uno de los méritos de Roma fue el de asumir en si toda la Antigüedad,
> especialmente la cultura griega, y hacerla fructificar. El pueblo romano
fue
> siempre consciente de que lo habían aprendido todo de otros, de que habían
> recibido los fundamentos de su civilización y de que nunca habían llegado
a
> desarrollar una cultura auténticamente original; además, también eran
> conscientes de que habían surgido como fruto de una amalgama de culturas,
de una
> hibridación de procesos muy diversos que se habían operado en los orígenes
de su
> conciencia. La percepción de una especie de secundariedad cultural dotó a
los
> romanos de una flexibilidad intelectual de la que anteriormente no habían
gozado
> otros pueblos. Dicha peculiaridad permitió a Roma asumir el papel de
puente
> entre dos mundos que hasta ese momento se despreciaban: lo griego y lo
bárbaro,
> que serán vistos por Roma de una manera muy próxima. Así, los romanos
asumieron
> la selecta y exclusiva cultura griega, o lo que es lo mismo las ventajas
de la
> civilización, para extenderla a todos aquellos pueblos que no habían
tenido la
> suerte de disfrutar de ella. Roma convirtió el Mediterráneo de un espacio
roto
> en un Oriente civilizado, con tradiciones culturales milenarias y que
apenas se
> había difundido más allá de sus fronteras, y un Occidente atrasado y
> desorganizado, en un espacio único e integrado, llevando la cultura de los
> primeros como beneficio para los segundos. De ahí que en donde más
hondamente se
> dejó sentir la labor civilizadora e integradora de los romanos fue en el
espacio
> compren-dido entre la Península Ibérica y las cuencas del Rin y Danubio,
> incluyendo, por supuesto, las islas Británicas; o sea buena parte del
espacio
> que ahora mismo integra la Unión Europea.
>
> Parte 2ª:
>
> http://www.unav.es/historia/aetas/boletin/nueve/textos/roma.html
>
> Si se contemplara en su conjunto los estudios sobre la historia de Roma
habría
> que concluir que el aspecto más trabajado, el tema que ha interesado a
mayor
> número de especialistas es el de la decadencia de dicho sistema político,
o lo
> que es lo mismo, la llamada Caída del imperio romano. Pero a mi entender
este
> tema no tendría que haber ocupado más esfuerzos que la pregunta realmente
> interesante y vital de cómo ese imperio llegó a durar tanto con una
estabilidad
> y consistencia inauditas.
> Si tuviera que dar una respuesta rápida a dicha pregunta no dudaría en
responder
> que gracias a la creación de un consensus, de unos vínculos intensos en
torno a
> una cultura flexible que fue absorbiendo elementos de los pueblos que
> conquistaba y cuyo orden social fue aceptado por todos. Los emperadores
romanos
> comprendieron que la pervivencia de su mundo no descasaba, como en la
república,
> en unas legiones exitosas que mantuvieran el orden y recaudaran impuestos
para
> beneficio de los conquistadores, sino que su solidez debía apoyarse en la
> integración, en lograr que sus habitantes se encontraran razonablemente
> satisfechos con sus gobernantes; con la dificultad añadida de que estos
> gobernados ni hablaban la misma lengua, ni vestían de la misma manera, ni
> disfrutaban del mismo clima, y ni siquiera tenían la misma comida.
> La historiografía ha entendido mayoritariamente por integración el proceso
de
> homogeneidad jurídica consistente en la extensión progresiva de la
ciudadanía
> romana a los habitantes del imperio hasta la promulgación de la
constitutio
> Antoniniana del 212 que unificó prácticamente a toda la población en un
mismo
> esquema jurídico. Pero también muchos autores se han preguntado hasta qué
punto
> la atracción que en algunos supuso el estatuto de civis romanus pudo
mantener
> unido un imperio en donde coexistían gentes para las que Roma era una idea
vaga
> y lejana a sus vidas. Y, por supuesto, siempre quedará la duda de si, para
la
> mayor parte del mundo romano, la integración jurídica venía a ser lo mismo
que
> asimilación cultural.
> El éxito del imperio romano descansó mucho más en conseguir, no la
homogeneidad
> jurídica, sino que el mantenimiento de las diferencias culturales de los
pueblos
> que lo integraban fuera el elemento más importante de unidad y de
integración.
> Cicerón, en diálogo con Ático (Leg., 2.5), afirmaba que todo hombre tiene
dos
> patrias: una, aquella en la que ha nacido, y otra la jurídica, la
adquirida en
> razón de la ciudadanía, la communis, la patria romana. Ambas dos son
> compatibles, según el Arpinate, siempre y cuando la fidelidad a la patria
romana
> esté por encima del amor que se siente por la patria geográfica.
> En esta visión tan de la Antigüedad se pueden encontrar claves para
entender el
> proceso integrador iniciado por Augusto: Roma supo concebir un conjunto de
leyes
> y una cultura flexible que creó de naciones muy distintas una única patria
para
> todos. Cada ciudadano podía pertenecer a muy diversas colectividades: a
aquella
> en la que había nacido y en donde su cultura ancestral se había
desarrollado; a
> la romana, que le aceptaba plenamente; o incluso a una tercera, como fue
en
> muchos casos la cultura griega para pueblos de origen oriental. Pero,
eligiese
> la que eligiese, no tenía por qué sentirse desgajado de las otras. Roma
como
> patria común era capaz de unir a todos aquellos grupos en su territorio,
> asignándoles a cada uno su propio lugar.
> Pues bien, la cultura europea es heredera directa de este proceso. Ha
recibido
> de Roma tanto la civilización griega, presente siempre a través de
múltiples
> renacimientos, como ese talante integrador que nunca ha faltado en su
historia.
> Los europeos se han caracterizado por una ausencia de exclusivismo
cultural que
> les ha llevado a difundir las ventajas de su cultura a aquellos pueblos
> dispuestos a aceptarla: tanto si éstos se encontraban dentro de sus
fronteras
> como en países y territorios muy lejanos. Y es por esto por lo que
conviene
> volver siempre a Roma y más en unos momentos como los actuales en los que
la
> integración de los europeos y de los inmigrantes es una cuestión esencial
para
> el futuro de Europa. De la comparación y de la experiencia anterior pueden
> surgir múltiples iniciativas, útiles para todos.
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