NSTITUTO DEL LIBRO Y LA LECTURA DEL
PERÚ
12 DE
OCTUBRE
CELEBRACIÓN DE LA RESISTENCIA CULTURAL
Y VIGENCIA DE LA
UTOPÍA
MUNDO ANDINO
Y
HUELLAS
DE LA UTOPÍA
Danilo
Sánchez Lihón
DIÁLOGO CON
JOSE PABLO QUEVEDO
El 12 de octubre del año 1492, cerca a
las dos de la madrugada, a la luz de la luna, Rodrigo de Triana desde su
puesto de vigía de la carabela la “Pinta”, avizoró “una cabeza blanca de
arena” y dio el grito de “Tierra”, hecho que fue seguido por disparos de cañón
de las naves “Santa María”, comandada por el Almirante Cristóbal Colón, y la
“Niña” bajo el mando de Vicente Yáñez Pinzón. La expedición de tres carabelas,
que había partido del Puerto de Palos, España 75 días antes, llegaban así a lo
que hoy es América, tocando la isla de Guanahaní, del archipiélago de las
Bahamas, territorio que Colón denominó El Salvador.
El día anterior se
había avistado sobre las aguas del océano una caña, un palo labrado y,
después, una rama de espino cargado de frutos; vestigios que a la tripulación
les hizo abrigar la esperanza de que estaban próximos a alguna costa. Incluso
en la medianoche el Almirante pareció divisar una luz en el horizonte. Llamó a
sus tripulantes, rezaron una Salve y dieron gracias a Dios.
Después del
grito de Rodrigo de Triana –quien debía recibir por su anuncio una pensión
vitalicia de 10,000 maravedíes, fijada por los Reyes Católicos, pero que nunca
pudo cobrar ese estipendio porque Colón adujo haberla divisado primero– las
naves arriaron las velas y se quedaron al pairo esperando que amaneciera.
Dentro de ellas hubo fiesta y regocijo. Al alborear se acercaron en dos
lanchas a tierra a tomar posesión. Colón y algunos tripulantes iban en una y
los hermanos Pinzón en la otra, portando banderas españolas desplegadas.
Saltaron a tierra y cayeron de rodillas, besándola y llorando de alegría,
mientras una multitud de nativos de rostro bondadoso, completamente desnudos,
de piel cobriza, (“del color de los canarios”, anotó Colón en su Diario) altos
de estatura, cabellos lacios recortados a la altura de las orejas, con los
ojos extasiados por lo que veían, de facciones muy agraciadas, según anotó
Colón, los contemplaban con asombro. De este modo la aventura humana más
extraordinaria de todos los tiempos, sólo superada en su trascendencia por el
tránsito terrenal de Jesús de Nazareth, alcanzaba su punto
culminante.
Diversas denominaciones ha tenido la conmemoración de este
suceso. Desde la visión eurocentrista, de “Descubrimiento de América” o “Día
de la Hispanidad”, hasta la denominación conciliadora adoptada a partir del
Quinto Centenario de la efeméride, cual es “Encuentro de Dos Mundos y Dos
Culturas”. En Capulí, Vallejo y su Tierra hemos convenido en llamarlo
“Resistencia Cultural y vigencia de la utopía”.
En las líneas que siguen
reproduzco una de las cuatro conversaciones que he sostenido con José Pablo
Quevedo, poeta peruano quien hace 30 años reside en Alemania, donde ha
afianzado su identidad andina. Él ha sido profesor de filosofía de la
Universidad de Humboldt, casa de estudios de la cual fueron alumnos Karl Marx
y Albert Einstein, ha fundado el grupo de estudios y actividades culturales
Melopoefant y es autor de diversas obras, entra las cuales se incluyen varios
libros de poesía.
1.
VIGENCIA DEL MUNDO ANDINO
Danilo Sánchez
Lihón:
El
mundo andino existe no solo como presencia asombrosa en lo geográfico y
natural sino como una epopeya sobrecogedora en lo vital, cultural y ético, que
no se lo ha podido destruir, abolir ni exterminar pese a que ello fue
propósito e intención de la corona española poderosísima en la época de la
colonia, instituyendo como política de estado lo que denominó “destrucción de
idolatrías”. Pero tanto o más que ello es que ha sobrevivido a la actitud de
las sociedad criolla en la época republicana que la ha tratado con despiadada
crueldad, y sobrevive a las actuales políticas de dominación y enajenación de
identidades que ejercen las metrópolis de poder del mundo occidental, con
medios e instrumentos subliminales ya sea a través de la política económica
neoliberal, que agarrota y expolia a las poblaciones principalmente rurales,
ya sea a través de los medios de comunicación, o ya sea con la globalización
asfixiante en todo orden de cosas. La supervivencia del mundo andino ante
estos acosos solo puede ser explicada por la fortaleza de su inmensa
identidad, su consustanciación profunda con la naturaleza y por su consistente
escala de valores, tan enraizados y profundos, que por más que se ha intentado
arrancarla a pedazos dicho mundo pervive y seguirá existiendo, incluso a
pedacitos. El despojo y coerción infames con que se lo ha tratado, la horrenda
miseria de que es víctima, la inmisericorde explotación, no han podido hasta
ahora destruirla. Si ha sido así –como dice un huayno ayacuchano– “ya ni la
muerte podrá matarla”.
Sin embargo, hay algo que toca a la clase
intelectual y artística cual es que hace algunas décadas había una actitud de
adhesión y fervor plenos por dicho universo. Pero, de un tiempo a esta parte
hay una corriente de olvido, desestimación y desapego respecto al mundo
andino. Décadas atrás dicha realidad era valorada y tomada en cuenta sobre
manera; se apreciaba y cultivaba lo andino en el arte, al contrario de lo que
ocurre ahora en que se ha encumbrado y enquistado en los medios de
comunicación y en los organismos e instituciones que reciben los mejores
estipendios una corriente ostensible de rechazo de lo andino y ancestral
peruano.
Pero, refiriéndonos más bien a quienes trabajamos en el campo de
la cultura, ¿no debiéramos en el presente y futuro encontrar formas de hacer
valer más y mejor la presencia del mundo andino para iluminar y fortalecer
nuestras vidas a fin de que ellas alcancen mayor plenitud?
José Pablo
Quevedo:
Es una anotación precisa y profunda la que haces, que
saca el mismo lecho del río a la superficie. El mundo andino, por sí, ya es
trascendente porque es original y real dentro de los universos culturales
existentes. Y este mundo diverso ha permanecido históricamente independiente
de otros referentes, llámense Europa, Asia, África u Oceanía, que recién con
la llegada de los españoles, hace un poco más de 500 años, se entra en
relación. El mundo andino, desvinculado de todos esos otros ámbitos, ha hecho
y sigue haciendo grandes aportes a la humanidad, a la cual ha contribuido con
elementos positivos extraordinarios, los cuales ahora dentro de juicios
modernos se vienen investigando y valorando cada vez más. La conquista europea
en cambio le hizo daño y desmembró a este mundo, dejando como resultado que
muchos elementos materiales y espirituales se dispersaran y quedaran
inutilizados, como por ejemplo el empleo de los sistemas de terrazas en los
terrenos de gran pendiente o inclinación; o el cuidado y atención que se
dedicaba a las zonas ecológicas en donde tenían la posibilidad de sembrar
diferentes tipos de plantas; también la construcción de los reservorios y
formas de canalización de las aguas que constituían obras de ingeniería
verdaderamente maravillosas, las cuales admira el investigador acucioso. En
estos sistemas de ecología natural, se patentiza la capacidad del hombre
andino para hacer producir la tierra en calidades diferentes de plantas con
sabia orientación, muy distinta a la tecnología actual que manipula sobre una
serie de elementos pero con una intención comercial con la cual se envenena y
contamina el medio ambiente. Para poner un caso, es lo que ocurre con la papa
que utiliza ahora necroma, que actúa sobre su buena apariencia, presentándonos
a primera vista un producto muy bonito, el mismo que para ponerlo en el
mercado requiere la utilización de pesticidas que envenenan los diferentes
sembríos aledaños. Esa variedad de papa es como si se perfilara una dama de
nariz helénica, que se arroga despreciar a los otros tipos de papas, pero todo
ello por imagen y no por su contenido. El mundo andino privilegió más bien el
valor alimenticio y hasta ahora ha conservado dichos productos en una
excelente calidad nutritiva.
En la literatura también el mundo andino
alcanzó formas muy elaboradas, que abarcan no solo la lírica sino también la
épica, el teatro, la crónica histórica, fundamentando su quehacer en la
oralidad a través de los mitos, leyendas y cuentos populares que se han
conservado hasta el presente. Ahora se aduce que el lenguaje escrito es el de
la civilización más avanzada, frente al lenguaje oral, pero yo creo que no.
Reconocer que la escritura es un estadio avanzado para la humanidad es un
concepto occidental, y esto es relativo porque hay muchos textos escritos que
son puras mentiras y deformación donde no prevalece la verdad. Por eso, no
podemos decir que toda historia por estar escrita es una historia
verdadera.
2. UN MUNDO
CONSCIENTEMENTE CONSTRUIDO
Danilo Sánchez
Lihón
Ahora bien, el mundo andino es construido, cultivado y
decantado pacientemente hasta en su aparente primitivismo y naturalidad, como
ocurre en el aspecto que has señalado: el del lenguaje en el sentido de la
oralidad. Alcanzó en la mayoría de sus expresiones un refinamiento
aparentemente natural pero muy vasto y profundo en lo esencial, como ocurre en
el plano del lenguaje, que elaboró concientemente, con serenidad y armonía.
Quiero decir con esto que dicha cultura es el resultado de un proceso muy
arduo de elaboración, perfeccionamiento y sutileza; que no surgió por
generación espontánea ni casualmente, sino que es un producto cultural (que
abarca lo educativo, científico, artístico, religioso, moral) prolijo y sutil,
que supone una visión muy vasta, profunda, original y refinada de las cosas.
Quizá por eso pervive, porque no es endeble ni bárbara, no es su estado el de
una expresión ingenua ni silvestre. Su conformación y estructura se enraíza
totalmente con la realidad natural, geográfica, ambiental y hasta
cósmica.
Su aparente naturalidad es arte, producto de una elaborada
decantación, de una acumulación muy quintaesenciada de experiencia y
pensamiento, que por el hecho de no haber quedado registrada en escritura
pareciera no existir, ni tener valor; ello se debe a que tenemos el defecto
muy europeo de que si no existe registro en código de escritura entonces no
válido, es nulo, no existe, razón por la cual es muy importante esta especie
de revalorización de la oralidad que acabas de hacer. Observemos lo siguiente:
en la ciencia incaica no hay escritura, situación que ha motivado una injusta
apreciación que se resume en el prejuicio de creer que los antiguos peruanos
no tuvieron ciencia siendo dicho conocimiento, en manos de los incas, el más
avanzado del mundo en todo orden de cosas: en ingeniería hidráulica, agrícola,
construcción de edificios, industrialización de alimentos, medicinas,
ingeniería genética, a tal punto de haber procesado cromosómicamente frutos
como la papa, la cual a partir de ser un tubérculo venenoso lo trasformaron
científicamente en uno de los principales alimentos de la humanidad actual,
distinta a la ciencia occidental que como has referido más bien daña y
pervierte, en este caso la papa, quitándole sus valores nutritivos.
Además,
los Incas no es que desconocieran la escritura sino que, analizando el peligro
que ella encerraba, la descartaron por deformar la realidad, desligando las
ideas de la realidad y la vida natural, con el consecuente peligro de la
enajenación del conocimiento. Hay registros que ubican en la época del Inca
Túpac Cauri cuando ocurre este rechazo de la escritura a fin de evitar que la
ciencia se volviese oscura, críptica, no se confrontase con la vida y se
volviera propiedad de unos pocos, como ha ocurrido con la ciencia occidental.
Los Incas desestimaron la escritura en aras de la vida auténtica, para
mantenerla incorruptible y evitar lo que acontece ahora que se la antepone a
los problemas reales. Ahora bien, cabe señalar que al advertir estos hechos no
se trata de preconizar la vuelta al pasado, sino ser concientes de estos
hechos y encontrar una debida orientación a los diversos elementos culturales
a fin de solucionar los problemas del presente. El mundo andino viene a ser
pues una acumulación de experiencias, una manera de conceptuar la vida que
corrigió a tiempo deformaciones a fin de no perder espontaneidad y
correspondencia con la vida. Ese frescor, esa manera resuelta y coherente de
insertarse con el mundo natural, vendría a ser un gran aporte con el cual
cotejar nuestra realidad presente.
José Pablo
Quevedo:
Es una fascinación poder entender todos aquellos espacios
donde se mueve el poblador andino. Fascinación porque así yo puedo entender
los diferentes niveles de visión y percepción de la vida que tienen estos
hombres, la agudeza de recepción dimensional que tienen hasta perderse en los
increíbles horizontes, en los abismos y en las llanuras de los ignoto. Siento
como si yo mismo estuviera allí, condensando un pentagrama de voces y sonidos
diferentes que se juntan y se pierden, otras que bajan y se elevan. Me parece
que allí estuviera condensada la música de Johann Sebastian Bach introducida a
través de los diferentes sonidos de flautas, oigo la grandiosidad de los tonos
de esas flautas sobre la inmensidad de las montañas, y las veo llegar hasta
los rigores de las zonas frías donde el hombre andino ha llegado a dominar ese
medio arisco, desafiando a estos territorios inclementes con sabiduría y
entereza. Esto me da a entender que en el futuro, frente a cambios violentos
que puedan ocurrir en nuestro planeta, este hombre está adaptado a todos los
rigores, a todos los espacios, que tiene en sí una energía centrífuga. Me
enseña acerca de su resistencia no solamente espiritual, sino corporal, pues
ello demuestra la posibilidad de adaptación a lo diferente y difícil para lo
cual ideó e hizo práctica cotidiana una organización cuyo principio era la
solidaridad.
3. HIMNO DE LA
SOLIDARIDAD Y EL COLECTIVISMO
Danilo Sánchez
Lihón:
Precisamente, con ser tan estupendas y portentosas las
obras materiales que se hicieron aquí, es sin embargo la solidaridad el aporte
mas importante del mundo andino a la cultura universal, aquel sentido
colectivista del hombre en el Tahuantinsuyo, aquella hermosa epopeya que es la
comunidad humana, no solo la familiar, vecinal o regional, sino la del hombre
como totalidad, es decir la utopía ya realizada de desayunar un día todos los
hombre juntos ¡Qué extraordinario que nuestra cultura sea representativa de lo
que es la solidaridad como un valor supremo, porque aquí como en ningún otro
lugar del planeta se la practicó como política de estado y también como
actitud cívica, natural y cotidiana de la gente. No había hombres buenos y
otros malos. Unos bendecidos y otros condenados, unos ungidos y otros
rechazados. Esa utopía aquí ha sido pan del día. Sería interesante rastrear
¿cómo es que se ideó, implanto y cultivó aquello? ¿Qué fue lo que inspiró e
hizo posible para que surgiera, creciera y se estableciera aquí de manera tan
propia, fuerte y luminosa la reciprocidad y comunión humana? ¿Qué condiciones
se dieron para que prosperara aquella virtud tan difícil de brotar, crecer y
fructificar? Tanto es así que a los cronistas de la conquista lo que más les
impresionó en su encuentro con las diversas manifestaciones que veían a su
paso, son los bienes y edificios que tenían un fin social como fueron tambos,
puentes y caminos, los terrenos de cultivo y las obras de ingeniería dedicadas
al bienestar de la población, además de no encontrar aquí ni un solo mendigo,
ni un solo esclavo, ni una sola meretriz; nadie que se quedara un día de
hambre, desprotegido o en soledad, en el sentido de abandono o
desolación. Nadie aquí era un desposeído o un desheredado de la tierra.
Todo ellos fue gracias a una avanzada concepción filosófica, mística y
religiosa del mundo y de la vida, gracias a un hondo trabajo de reflexión y
praxis social bien conducidas. Porque, ¿cuánto costó a Europa, por ejemplo, la
concepción de los Derechos Humanos? Ríos de sangre, pues de ese color se
tiñó el rió Sena en los días de la Revolución Francesa. Aquí, ¿fue logro de
los amautas? ¿Qué características y claves secretas tenía entonces la
educación incaica para garantizar dicho orden? Valores como la solidaridad y
el actuar de manera colectiva, entre una y otra persona, entre uno y otro
grupo social, entre una y otra región, el reconocerse y ser hermanos en todo,
y ello hacerlo el eje de la organización social es un prodigio cultural sin
ningún parangón en la cultura universal. Surge entonces inatajable la
inquietud: ¿Como hacer ahora para recuperar un hecho tan significativo y
sorprendente como es el colectivismo andino? Dichas huellas que están en
nuestra propia genética ¿cómo hacer para continuarlas y darlas esplendor?
José Pablo
Quevedo:
En el mundo andino existían tres principios básicos, los
mismos que se repetían en la educación y la moral de los hombres de aquella
época, contenidos que eran fundamentales para la vida. En el mundo
moderno existen también principios, pero que son ambivalentes aunque
estén escritos. Y lo peor es que no se practican. Hay una profusión de leyes,
normas, cánones pero esos mandatos no son respetados ni siquiera por los que
los dictaminan. Estas historias escritas, en cierto sentido sucumben en el
pantano de su propia formalidad. Pero la tradición oral del mundo andino y su
moral sí tienen un valor permanente, porque su base son los vínculos
cotidianos, el trabajo, la tierra, y las relaciones sociales efectivas. En la
comunidad todos se respetan, se crea para todos la riqueza social y material y
ella es distribuida entre los comuneros. Entre ellos, incluso lo vemos ahora,
se hablan abiertamente, trazan objetivos para llegar a un convencimiento
general, tienen los ojos y los oídos atentos para los acuerdos, se discute de
una forma democrática lo que se va a impulsar en base a la participación, a la
cooperación solidaria para alcanzar los bienes que van a servir para el
conjunto social. Entonces con tal proceso el valor de la solidaridad existe,
es efectivo y vital.
La educación de la solidaridad es un principio básico
en el cual el primer precepto, después del trabajo, es que se tiene que
ayudarse en primer lugar a los débiles y esto constituye una práctica
ineludible en el mundo andino. Hay comunidades, incluso ahora en la selva
peruana, cuyos miembros y dirigentes primeramente ayudan a los
niños y las mujeres y los bienes que se producen se reparten por igual. Los
más débiles son los primeros que son alimentados y reciben la riqueza de lo
producido. Los más fuertes proveen a los niños, viudas y enfermos de una ayuda
necesaria.
También, cuando se trabaja en una comunidad, en una obra
colectiva, siempre se hacen las pausas necesarias, el descanso indispensable o
el tiempo de reposo. Y, como lo han investigado muchos antropólogos, allí se
mastica la coca que es un símbolo de amistad, de relación fraterna de los
seres humanos frente al trabajo y de identidad con la tierra y la naturaleza,
hechos que marcan el ritmo necesario de la obra que se viene cumpliendo.
Incluso, donde la coca sirve como ofrenda para impulsar algo bueno y útil. Es
saboreando la coca que se conversa, que se establece un diálogo cotidiano, que
se enlaza con la tradición y la historia, sirviendo y estando presente en la
construcción de un bien común.
Lo que podría resultar para muchos como un
“anacronismo”, el trabajo comunitario es un desafío para el mundo moderno en
proceso de “globalización”, que ha instaurado como doctrina el individualismo
egoísta y deshumanizador. Tampoco el mundo contemporáneo se puede explicar
cómo ese “anacronismo” todavía subsiste. Sin embargo lo admira. Y hay algunos
que se acercan a sus fuentes para extasiarse y sentir su energía y vitalidad.
El mundo andino con sus características elementales de vida, sigue siendo un
referente importante, una forma de existencia humana que permite a un grupo y
a una comunidad mantenerse en una situación digna frente a las adversidades y
el carácter deshumanizador que lamentablemente signa al mundo moderno.
4. EL MUNDO
NUEVO Y LA UTOPÍA IRRENUNCIABLE
Danilo Sánchez
Lihón:
Ahora bien, ¿cómo hacer para que dicha realidad, que se
mantiene en una situación innegable de pobreza material, y de riesgo incluso
de supervivencia, pueda revertir dicha situación? ¿Cómo hacerla una
alternativa viable en el marco de la globalización? ¿Cómo hacer para que las
desventajas del mundo andino, frente al sistema, se torne en algo que pudieran
ser más bien aspectos promisorios? No olvidemos, de otro lado, que el mundo
andino, además de ser cuna y ámbito de valores, es espacio y tiempo donde
vibra y es latente la utopía, ámbito esencial en nuestra cultura, que la guía
y orienta, utopía que aquí no es gratuita, no es delirio, éxtasis o
alucinación, evanescente o etérea, que flota dislocada en el aire, sin ninguna
relación con la realidad, sino que es consustancial al hombre, es de vida o
muerte; telúrica, terrígena e inherente a las relaciones efectivas de trabajo.
Incluso –como la papa– este es un aporte que le hemos dado a Europa: la
metáfora del mundo nuevo nació aquí, entre nosotros, de fundar algo distinto a
las calamidades, persecuciones y pestes que era lo mas frecuente que ocurriera
en el viejo continente, incluyendo el oscurantismo, la nigromancia, la
hechicería, que ahora tratan de endilgárnosla a nosotros. No creamos eso, el
nuestro ha sido siempre un mundo de alborada, de saludo matinal al sol, de
ofrenda a los apus. Los nativos eran seres sin taras ni dobleces, tanto que al
ver esto el europeo vuelve a soñar aquí en un mundo nuevo. Nos toca entonces
reivindicar la utopía y luchar porque sus valores sean vigentes y se forje con
ella un mundo mejor.
Como cultura estamos signados por el compromiso de
idear siempre un mundo mejor, elemento que está inserto en nuestra genética
histórica y biológica e implícito en nuestro ser cultural. Somos un sueño de
nosotros mismos que abarca a todos los demás, en donde incluimos a los
europeos, escépticos y decepcionados de ellos mismos, que aquí volvieron a
soñar en un mundo redimido. El nuestro es, por lo menos, el ámbito de la
ilusión y tierra del anhelo por forjar un mundo nuevo. Fuimos un mundo que
ahora parece un sueño, pero las huellas han quedado, están en nosotros mismos,
se trata de hacerlas evidentes y seguirlas; tenemos siquiera esa orla en la
frente de lo que fuimos en contraste a este mundo protervo que se ha instalado
ahora pero que es un deber volverlo a redimir. Por eso, es válido recordar
aquella esencia, el de la utopía, como comparación y reto frente a ese orden
actual inícuo y nefasto que ha instaurado el sistema de la usura, la
usurpación y el despojo, representada en la corrupción generalizada que brota
por doquier, como una pus no de un país determinado sino como característica
general del sistema capitalista.
José Pablo
Quevedo:
En ese sentido, la labor de las comunidades nativas de
costa, sierra y selva debe ser una lucha por su reconocimiento, por establecer
su soberanía y su propio desarrollo económico, descentralizado y evitando toda
contaminación burocrática. Este camino no debe estar fraccionado sino que debe
seguir un proceso de integración que no sea solamente la lucha de una
comunidad sino de un frente de regiones a fin de que la comunidades sean
reconocidas e impulsen planes de desarrollo, para que esos poderes locales
pasen a ser poderes regionales y tengan trascendencia en el plano nacional e
internacional. Tú conoces los problemas que emanan de la centralización, que
es como un pulpo económico que parasita sobre las regiones. Es necesario que
estas regiones vayan adquiriendo una determinada organización y poder, una
consistencia programática al mismo tiempo que favoreciendo su integración y de
esta manera su radio de acción ya no sea solamente a nivel local sino que se
adecue a un más alto nivel para que abarque zonas de mayor influencia e
irradie su vigor sobre todo el macizo andino con aquella cultura de la
esperanza. Creo en esa utopía, como una alternativa trazada entre sueño y
realidad, es que en las diversas regiones se vaya izando la bandera del arco
iris y que mediante ellas se pueda enseñar al hombre a ser más humanos y
solidarios. El mundo andino en tal sentido debe elevar su conciencia, su
impulso de lucha, hasta llegar a ser gobierno, cual sería un bello objetivo
que integre a muchos intelectuales, reviviendo un sueño que una vez fue
realidad y después vivió un tiempo de opresión pero que bajo nuevas
condiciones se vitaliza y se concreta en una nueva vida. Entonces, la lucha
por ese Estado social, por ese mundo de cooperación, es una tarea nuestra en
donde lo primero por hacer es aprender de ese mundo, de sus comuneros, de
apoyarlos en resolver sus problemas con el orden occidental. Y en la medida en
que nosotros mismos nos acerquemos a las comunidades fraternalmente para
conocer más de su pensamiento, de su obra, de su tradición, de su
literatura, en la medida que lo hagamos directamente recogeremos el legado
valioso de su historia y de su cultura. Tenemos que acercarnos a ellos, ya no
a la manera del conquistador, sino como el hermano que aprende y que aporta a
una obra que la reconocemos trascendental. Tenemos que trabajar y cooperar.
Esa es nuestra tarea en el tiempo presente y futuro, para forjarnos nosotros
mismos una patria que sea hermosa como una espada en el aire.
Texto que puede
reproducirse
y editarse citando autor y fuente.
INLEC DEL
PERÚ
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