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| Asunto: | [voxvirtual] N º 1 | | Fecha: | Sabado, 14 de Julio, 2001 00:29:49 (+0200) | | Autor: | VOX virtual <voxvirtual @.........ar>
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Después de un año de
intentar sin éxito la publicación en papel de la revista VOX, y
para no quedarnos mascullando la frase del Gordo Muñoz "que mal que le hace esto
al deporte", decidimos hacer circular parte del material y las ideas en esta VOX
virtual que llegará a su casilla todos los
meses. El aporte de la Fundación Antorchas para la
creación de un sitio en internet donde colocar nuestra página www.revistavox.org.ar fue vital para
el despegue, así como los recientes subsidios recibidos para continuar el
proyecto editorial y su vinculación en la red. Las
colaboraciones y aportes se esperan hasta el día 20 de cada mes
y deben ser enviados a senda@criba.edu.ar .
Sumario. Arte
El porvenir del arte
por Jorge Gumier Maier. Pintura existencial de Tulio De Sagastizabal por
Marina De Caro. La conexión Greco: de Palito a Duchamp por Rafael
Cippolini.
Reseñas
Mobile / Silvana Franzetti
por Mariana Bustello. Media Romana / Carlos Ríos por Mario Arteca. La
Historia de Asemal y sus lectores / Darío Cantón por Osvaldo Aguirre. El fin
del verano / Carlos Batilana por Anahí
Mallol. Textos
Vacaciones - vida de
hotel - otra ciudad / Laura Wittner. Té verde - Matilde y Cocó / Marina
Mariasch. La monaca di monza / Vanna
Andreini.
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VOX / Arte
| El porvenir del arte / Gumier Maier.
¿Cómo es o será el arte que se viene? Prever
el futuro resulta, amén de pretencioso, previsible. Lo previsible
es lo que ya es sabido antes de ser visto. Y éste es el gran
mal de lo más numeroso del arte actual. Un andamiaje cuya hegemonía
y circulación nos permiten suponer que durará por un
largo tiempo más. En este territorio otrora fantasioso y disparatado,
convulsionado y sorprendente, reinan ya el orden y la sensatez. Sólo
acontece lo anunciado.
La manera cómo se habla (y cómo se escribe) devela nuestras
ideas. Según toda suerte de reseña o ponencia, hoy los
artistas ya no "crean", mayoritariamente "trabajan"
(no ya sus materiales, ni sus sueños, ni sus caprichos; "trabajan
la idea de...", "el concepto de.."). Muy a menudo también
"reflexionan". Los más arriesgados nos "proponen",
los más rebeldes "cuestionan". Hay aquellos, desbordados
en su ansias bienhechoras, que "denuncian" y hasta nos "cuestionan"
y/o "advierten", o dirigen sus abnegados esfuerzos a "que
otros tomen conciencia".
Con inusitado aplomo y entusiasmo militante escuchamos que "la
fotografía y el video son las artes del siglo XXI", y
que "la pintura es reaccionaria frente a las instalaciones",
salvo "en los países que aún no desarrollaron su
modernidad, donde aún es viable". Todo así, con
ese sonido a Fondo Artístico Internacional que hoy nos audita.
Los entendidos en arte contemporáneo (incluyendo a un gran
número de artistas o aspirantes a tales en esta categoría)
gustan de aquellos "que tienen una idea detrás",
cuando no directamente un "fundamento teórico para sus
trabajos". Cuando reciben visitas en su taller son demandados
a proporcionar un "statement" claro y preciso. Si aún
no lo tenemos aprendido, hay en oferta un curso acerca de "cómo
entender el arte actual". Es curiosa esta urgencia por aquietar
las turbulencias de la imagen en la confiabilidad de las razones.
Los atributos del arte parecen haber mudado de hemisferio cerebral.
(¿Acaso no somos capaces de convenir en que un artista nos
resulta interesante o desatendible con sólo una sucinta información
por parte de un tercero?).
Un contingente cada vez más numeroso y emprendedor de curadores
"trabaja con hipótesis" y los artistas son convidados
a intentar su demostración como si de un teorema de geometría
euclidiana se tratase. Vendrán luego las reseñas periodísticas
donde se destacará, como en un cuadro de honor ejemplarizante,
a aquellos que mejor hayan "interpretado", "traducido"
o "ilustrado" la cuestión. Una curadora internacional
explicaba ante un entusiasta auditorio nativo que el tema de una bienal
había sido la identidad, y que "una vez que resolvimos
(sic) el problema de la identidad, eligimos el de la memoria para
la próxima edición". Otra curadora, la afamada
Catherine David de Documenta, no duda en señalar, ante una
pregunta sobre cuál sería su autocrítica, que
tal vez en Kassel las obras hayan estado de más. Hubiese bastado
con las jornadas de reflexión y su monumental catálogo-guía.
Esta banalización del arte como precioso documento, didáctico
y emblemático de los supuestos asuntos de la época,
conlleva una suerte de estrategia publicitaria. Para certificarnos
de su nobleza de "contenido", su carga "ideológica",
sus buenos propósitos, el arte debe ser comunicable, inteligible.
Tener algo para decir y saber cómo decirlo con claridad y precisión.
Ninguna zozobra, ¡basta de deambular por lo incierto y fútil!
Antaño, cuando yo era joven, sonaba a escandalosa la pueril
demanda "¿y ésto qué significa?". Pero
hoy público y crítica agradecen aliviados: ¡recorrer
muestras es una práctica tan consoladora y provechosa por tan
poco esfuerzo! Invirtiendo tan sólo escasos minutos nos informamos,
comprendemos, nos regodeamos en la confirmación de nuestras
creencias. Atrás quedaron la perplejidad y el asombro, lo misterioso
y la fascinación. ¡Ni qué hablar de las decadentes
nociones de gusto y belleza! ¡Qué importa toda esa mojigatería
cuando del compromiso de los artistas para con las vicisitudes del
mundo se trata! Con el viejo cuento de la profundidad se erosionan
las potencialidades de la obra, se obturan sus resonancias en aras
de la comunicación eficaz, se le exige un rédito, un
provechito para la humanidad informada. Es difícil extraviarse,
todo ronda básicamente en torno a 4 ítems prolijamente
pautados: identidad, memoria, cuerpo y género. La gente que
sabe y que para eso ha estudiado determina con firmeza la agenda de
nuestro mundo. ¡Para qué desesperar con el "no sé
qué hacer"! ¡Basta de perder el tiempo y la cabeza!
¡A trabajar!
La precariedad intelectual de estos "contenidos" exige
ser compensada con un packaging certero. Por sobre todo debe saberse
que eso es arte. Debe tener apariencia artística, un formato-arte
(pongamos por caso que una foto cualquiera no deja de ser per se una
foto cualquiera, pero si a esa foto cualquiera -máxime si es
algo casual, confusa-, la despachamos con un back-light, tenemos garantizada
su condición de obra de arte. Revolvé tu desván,
encontrarás miles de objetos propios o de tus antepasados que
ya no tienen ninguna utilidad. No los tires: convenientemente colocados
en cajas, o desparramados por el suelo, serán una interesante
instalación donde estarás reflexionando sobre el concepto
de memoria...). Esta voluntad de comprensión y comunicación
hace de una parte importantísima del arte contemporáneo
un sucedáneo, un simulacro inconsistente, un verdadero kitsch
de nuestra época. Fast-art, para un tiempo de vértigos.
Un sucedáneo de la experiencia estética.
Es que el arte, que es refractario a las especies que lo reclaman
como propio e inherente, aparece, con frecuencia, allí donde
no se lo nombra. Entonces el mundo del arte (una industria fenomenal
y enmarañada de papers, academias, directores, profesores,
publicaciones, subsidios, dineros turbios, etc., que todo lo torna
en espectáculo frívolo) reacciona con pánico
y se apropia de los despojos de una ciencia positivista para endurecer
su legislación; una operación de clausura verborrágica
sobre lo indecible. ¿Por qué esa desconfianza en lo
artístico que nos lleva a diluirlo con pesadas cargas y funciones
extrañas? ¿Por qué pretender del arte lo que
al mundo de las cosas atañe?
Pero mas allá de este aburrido y disciplinado paisaje -y aún
dentro del mismo- brillan, escasas, persistentes, imágenes
ingobernables. El arte -como todo lo humano- es inevitable. Claude
Levy-Strauss imaginaba, en una de sus últimas entrevistas,
un futuro próximo donde manadas de animales hoy domesticados
volverían a su natural estado salvaje. Nuestro dominio y administración
de los otros reinos, que hoy nos parece tan natural, sería
visto como un extraño episodio de nuestra historia. Muy probablemente
con el arte suceda lo mismo. Porque el arte, como la vida, no es un
problema -y menos aún un trabajo. Es un misterio.
La pintura existencial de Tulio de
Sagastizábal / Marina De Caro.
"Pintura Existencial" es el nombre de la muestra que presenta Tulio de
Sagastizábal, hasta el 28 de junio, en la Galería Diana Lowenstein Fine
Art, la última muestra que presentará esta galería antes de cerrar las
puertas de su sala en Buenos Aires .
En una época en el que el "producto artístico" está sobrestimado, Tulio
nos muestra sin ningún pudor ni retaceo hasta sus más sutiles pensamientos
y más mínimos actos en el arduo camino de la construcción un " pensamiento
visual". Inútil es la descripción de las obras como entes independientes .
Reclama nuestra atención sin embargo la relación que se establece entre
cada una de las obras
Un encuentro no es más que un nuevo comienzo y el desconcierto el lugar
de la significación. El ritmo de un constante ir y venir, forzando la
relación del artista con su propia obra, construye el sentido de la misma.
Normas estilísticas y compositivas explícitas intentan romper con las
propias limitaciones del lenguaje pictórico
Con la excusa de una trama diagonal, las pinturas dan cuerpo a vibraciones
sordas de color que eluden la percepción fácil. Un encuadre y una
composición de color + un encuadre y otra composición de color + un
encuadre y una nueva composición de color; un encuadre un cuadro y
un fuera de cuadro. Casi como el cine el espacio se activa en la superposición
de ventanas que marcan el límite entre un adentro y un afuera. Pareciera
interminable la sucesión de espacios, una secuencia que no deja fuera
al espectador. El intento de construir un texto a partir de un vocabulario
plástico no se remite solamente a la pintura. Tulio trabaja nuevos
signos en la construcción de una gramática.
La narración construida en un gran panel de dibujos describe un espacio
subjetivo cuya adjetivación dista de coincidir con la descripción de los
recursos trabajados en las pinturas. Los objetos tridimensionales ordenan
espacios geométricos, los dibujos espacios oníricos, dos sensibilidades
que conviven en la muestra; se complementan , se enfrentan y hasta se
contradicen en algunos momentos. La precisión es sacrificada para obtener
un grado mayor de sugestión.
Eludiendo obviedades sin borrar las huellas de las dudas, los
sinsentidos, las desorientaciones esta muestra de honestidad, excita
nuevamente nuestra curiosidad por el arte.
La conexión Greco: de Palito a Duchamp /
Rafael Cippolini
Los últimos meses del "Grequísimo –
Vivant"
Había regresado a Madrid, desde Ibiza, a principios de
setiembre de 1965; un mes después ya estaba en Barcelona. El día doce tomó
barbitúricos de muchos frascos y se dedicó a realizar pequeños dibujos y a
escribir sobre el envase de un tintero hasta perder definitivamente la
conciencia. Con esa misma tinta escribió FIN en su mano izquierda. Tres
meses después hubiera cumplido treinta y cinco años.
Se llamaba Alberto Tomás Greco, había nacido en la calle
Coronel Díaz en el barrio Norte de la Capital Federal y, siendo argentino,
fue uno de los primeros artistas conceptuales del mundo.
A pocos años de iniciada la década del sesenta, Greco se
declaró fan de Palito Ortega, por entonces máxima estrella del Club del
Clan, éxito televisivo – musical del momento.
Los presentaron en una fiesta en casa de Rodríguez
Larreta. Palito recuerda: "Él me dijo: me encantaría ver un poco tu
espectáculo y tal. Le dije, mira que donde yo canto son lugares populares,
muy grandes, donde de pronto no te vas a sentir muy cómodo. Me dijo, no,
no, es lo que yo quiero, ver que pasa, meterme entre la gente. Entonces le
dije: esta noche tengo un show, un concierto aquí cerca, si quieres venir.
Y él se arrastró a un grupo de amigos y llegaron al club, un club de esos
populares donde se juntan normalmente 10 – 15.000 personas y tengo
clarísima la imagen de Alberto metido entre el público, muy cerca del
escenario pero era una ola que iba y venía y Alberto en el medio, que lo
llevaban y lo traían. (...) me siguió muchísimas veces más. No quería
estar en el escenario, en un costado, él se metía en medio de esa masa de
gente que gritaba, que cantaba, que saltaban y que festejaban un poco esa
música de aquellos años 60 que yo cantaba".
A partir de 1962, Greco había comenzado a realizar
acciones, a las que llamaba "Vivo – Dito", y que consistían en firmar
personas y transformarlas así en obra, en un ready – made de carne y
hueso. Su primera muestra del estilo fue en París y la tituló,
precisamente, "Primera exposición de Arte Vivo". En esa ocasión, la obra
de arte fue el escultor Alberto Heredia.
Según supimos luego por Dalila Puzzovio, la idea de
Alberto Greco era exhibir a Palito Ortega en una galería comercial o un
museo, también como obra de arte. No pudo hacerlo (dicen que al cantante y
político le divertía la situación) aunque sí lo logró, no mucho después
con Jackie Kennedy, a quién transformó en un glamoroso Vivo – Dito en el
centro mismo de Manhattan, en la 5º Avenida, en 1965.
Antes de abandonar Argentina por última vez, Greco realizó
un retrato de su amigo Palito que éste colgó durante muchísimos años en la
cabecera de sus oficinas como "testimonio de una amistad".
A Nueva York llegó a fines de 1964.
Por esa época Marcel Duchamp estaba vinculado a la galería
de Ebson en Madison. Zulema Damianovich había decidido presentarlos, para
lo cual preparó una cita en una galería, la de Pierre Matisse, que quedaba
en el mismo edificio. Greco fue vestido con una larga toga de algodón, que
le daba aspecto de un buda tibetano y llegó media hora tarde al encuentro.
Enseguida, y según narra Claudio Badal, "sacó de entre las mangas de su
toga una arrugada hoja de papel en blanco con algunos dibujos y sin
excusarse por el retraso le ordenó a Duchamp: "Ecrivez ici, vive Greco y
signez". Duchamp obedeció sin inmutarse. Así consiguió Greco la portada
del catálogo para la exposición que preparaba".
Terminaron haciéndose amigos y jugando partidas de ajedrez
en la casa del francés, en el Village, en la calle catorce.
Al mejor estilo César Paladión,
presentado por Bustos Domecq en sus crónicas, el texto anterior no
es otra cosa que un batido y una reescritura del texto de Francisco
Rivas "Alberto Greco, 1931 – 1965, la novela de su vida y el
sentido de su muerte".
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VOX / Textos
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Laura Wittner
Vacaciones
Pienso que entrará un gato
raro raspándose contra el piso de golpe como si viniera de un
empujón. Pienso que entrarán insectos. Que los cascarudos chocarán
con insolencia contra las paredes. Y pienso que la canilla gotea
óxido, sarro óxido que dora el azulejo. Llueve, hay juncos, se
acercan. Las hojas húmedas amarillas, las hojas húmedas
verdes, las aves que muestran los dientes, los bichos con cuerpo
carnoso, los animales de cuatro patas, atreviéndose hasta el
porche, midiéndonos, como si tuviéramos el agua del que ellos
dependen en una sequía universal. Hay libros, hay diarios, trajimos
provisiones, pero se están amarronando, se enroscan como una flor
que cede al apretón de la humedad. Botellas de plástico
vacías salen rodando al unísono. Alguien viene. Pasos mullidos por
el pasto mojado, los árboles mojados, la leña, agua con cenizas.
Chillan. Todo el reino animal chilla, y sabiendo que no podemos
verlo nos observa con sus ojos claros.
Vida de hotel
Fruta pelada en platos blancos:
toronja rosa, naranja sosa,
melón ardiente, guayaba moza.
Plátano verde para tostones,
banana blanca, arrodajada,
deshecha a fuerza de cuchillo y tenedor.
Furioso chorro del café negro
que inunda la taza, mezcla
el sarro multilingüe,
la brisa tempranera,
marina punteada de nada, lisa.
De prisa, de prisa:
iremos corriendo al agua.
Líneas de sol en la guacaleta
que se vuelven redondeles y espirales
por andar confundidas con las hojas.
Quiero hablar, quiero cantar,
quiero cantar hablando
y hablar cantando pero no puedo:
me sale este runrún sureño,
asoberbiado. Soy sobria, soy tonta,
me enrollo el corpiño en una mano y nado.
Escucho mi respiración, él escucha la suya,
pero vamos juntos a ver peces.
Inspirar, exhalar, inspirar, exhalar,
me mira desde el visor y entre nosotros
se pasea el negro y amarillo pez a rayas.
Tras el pez, el pez viene tras nosotros,
frutas, pez y nadadores
enamorados: una disposición ikebanesca,
naturaleza viva, retrato a la acuarela,
modelos para una abigarrada
versión del origami vegetal.
Otra ciudad
Cuando levanto la vista veo nieve,
nieve refulgiendo desde el televisor.
Como siempre, titilan sobre el mapa
los lugares donde una no está.
Seguro extrañaría el mercado de flores
y despertar en este piso octavo
que se abre desafiando al viento.
La verdad es que hubo un solo día de nieve
y que hay una posible segunda versión
para las cosas conocidas.
Las valijas están hechas desde siempre
y además están sobre el sofá
en posición de espera.
Ese momento dura, se sostiene,
es una manera de estar:
estar a punto de ser abandonado.
El pozo negro de las valijas hechas,
reverso del desembarco:
el deseo humano por lo incompleto
que se refleja, dicen,
en la predilección por lo pequeño,
lo breve, el fragmento.
Marina Mariasch
Matilde y
Cocó
Dos amigas: Matilde y Cocó.
Infancia. Secreto en el pasillo dos tipos se dan besos
de lengua.
Adolescencia: Cocó conoce un pibe en la calle, a la
salida de la facu, llueve, caminan hasta un bar él la invita, ella se
escapa, él la invita a verlo tocar el sabado en un bar.
Cocó le cuenta a Mat. M. piensa en otra cosa. Van el
sábado, él no va, hay otro tipo tocando, a veces no va. Se olvidó, piensa
Cocó, seguro que cuando me iba me vio de perfil.
Matilde estudia pintura en un taller; el pibe de al
lado le gusta, a todos les dice buen día y a ella hola, se lo cuenta a
Cocó, se lo desprecia. Él le tira onda, no clara, extraña. Toman café
un día, a él lo saludan minitas, ella se va. Él la llama por teléfono.
Ella va a la pelu y se corta el flequillo -queda horrible, Cocó lo confirma,
ella deja el taller, no va a ir más hasta que le crezca el pelo. El pibe
la va a buscar a la casa después de unos días y Cocó le dice que Matilde
no lo puede atender, que la madre está enferma y que mañana se van de
viaje. El pibe dice que él también se va al interior, que lo llame hoy.
Ella lo llama unos días más tarde y ya se fue.
Esos dos son los amores más importantes de su adolescencia.
Veintes: Matilde expone, le va bien, tiene novio. Cocó
está medio perdida, anoréxica, histérica, se levanta a todos en el vernisagge,
se va temprano. Al tiempo -poco- consigue trabajo en un diario/revista,
frívola.
Matilde tiene un accidente y se corta la cara. Queda una cicatriz.
No conectan mucho. A Tite le rechazan los cuadros porque tienen mucho
negro, Cocó le da consejos superficiales. Ella sale con un pibe que se
instaló en su depto. de 1 amb. y que le oculta a la madre porque no trabaja
ni es profesional. Un día Cocó se encuentra con el director de la galería
con la que trata Matilde. Histeriquean, cojen. Empiezan a salir, Cocó
se lo cuenta a Matilde -que está enojada con el galerista que ahora no
le da más besos cuando va- y se pelean, en la pelea C. le dice que si
es mejor estar con un pibe al que se miente que lo ama por no estar sola
y estar de novia, etc., el pibe estaba y escuchó. La larga.
Se pelean y no se ven por años. Un día Mat. la ve por la calle
a Cocó y ve donde entra, a su casa. Otro día va y le toca el timbre, la
atiende una mucama y atrás hay objetos y decó de bebé. Se va sin dejar
mensaje. Cuando está saliendo, se cruza con Cocó, que viene con carrito
de bebe y aros de perla, le presenta a su hijita Matilde, Matilde la invita
a tomar un café, Cocó le dice que no puede -antes: breve intercambio,
ella se casó con el pibe anterior, no con el galerista- pero quedan seguro
para el sábado.
Matilde se pone contenta, se va a su casa empieza a
pintar de nuevo -últimamente sólo copiaba para vivir- pinta algo lindo,
con música. Cocó también está contenta, porque el marido la invita ese
fin de semana a esquiar y encima insiste. Más tarde: mensaje en el contestador
diciendo Cocó que el sábado no puede, que otro día la llama. Matilde agarra
una brocha y tapa todo con negro.
Té
verde
Estaban sentadas en la alfombra porque no
había muchos muebles. Lucrecia decía: Me imagino a mí corriendo por la
nieve, en botas y desnuda. La nieve sería para Teresa una forma de la
fantasía porque no se la imaginaba fría. Se batían con los besos
exagerados de las quinceañeras. Pero después, las venían a buscar: Está
listo el baybiscuit, señoritas.
Cuando Leopoldo invitó al baile a
Lucrecia se acabó la amistad. Teresa fue con Augusto, el primo.
Lucrecia se casó con Leopoldo -a quien la
famila política empezó a llamar Polo. En la fiesta usaron la vajilla de la
abuela de Lucrecia, que no era gran cosa. Durante la luna de miel tuvieron
un choque. El auto en el que volvían al hotel después de la cena al borde
de un río mordió la banquina y se dio vuelta. Teresa se acostaba todas las
tardes a las tres a dormir quince minutos de siesta bajo el sol que pasaba
a través de la ventana y su gato a los pies.
Aún con secuelas del accidente, Lucrecia
visitó a la que había sido su amiga. Le mostraba las fotos del viaje
mientras hablaba sin parar: En esa otra estoy yo, con la cámara en la mano
pero sin mirar por el agujerito, con los ojos amoratados así, como me
quedaron después. En otra, haciéndome la linda, en otra, haciéndome la
enojada. En otra, vos, el día de tu casamiento. En otra, las dos en el
sillón. En otra tu cadaver y en otra el sillón vacío. ¡Es un chiste! Le
hablaba a Teresa como si ésta no viera.
Volvieron a encontrarse en el bautismo
de Faustino, el primer hijo de Lucrecia. El festejo fue un té en un salón
oriental. Teresa había pasado el invierno cuidando una cabaña en Las cumbres.
Había conocido la nieve y la sintió demasiado fría. En la reunión había
variedad de tés y chocolatada para los más chiquitos. Estaba Augusto,
después de tantos años que lo habían favorecido. Teresa eligió un té,
el que le pareció más exótico. Era amargo y del mismo verde que la pileta
de la casa de Lucrecia aquel invierno, cuando jugaban tiradas en el suelo.
Vanna
Andreini
La
monaca di Monza
Los ojos hinchados escondidos en la
incoherencia del dolor una mano asoma amputada a su
mundo madre madre navidades pascuas cumpleaños el placer
de sonreír
¿ cuánto dura la eternidad? la tierra sobre los
pies un grito ahogado l´amore non salva non redime su piel
áspera y el cuello húmedo de cosquillas olores ágrios sobre la
cama niña juega incansable una monja no es madre se llama
madre esta pared incuba su muerte precoz. |
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VOX / Reseñas
Mobile
/ Silvana Franzetti,
Tierra Firme, 1999
por Mariana Bustello.
El libro de Franzetti, no sólo por la ilustración de
tapa, establece una relación con el universo de Calder y sus figuras
inestables. ¿Quién no se detuvo alguna vez a mirar figuras bailar
con el impulso de un soplido o una brisa? Este libro, a la vez que
juega con la forma del móvil, trabaja con los conceptos que éste sugiere:
la falta de certeza, la inestabilidad, la indagación del movimiento.
Pero certeza o movimiento de qué o frente a qué, cabe preguntarse.
A lo largo del libro se encuentran múltiples respuestas, lo que nos
deja una vez más con la idea de lo inestable o lo que nunca llega
a ser porque siempre está siendo. Las cosas mudan pero para volver
a una situación equivalente a la primera, como la sucesión de vendedores
ambulantes en el tren: cada uno es desplazado por el siguiente, pero
este desplazamiento es casi imperceptible porque en definitiva todos
ofrecen una mercancía. Las preguntas no tienen respuesta sino que
generan nuevas preguntas en el lector para comprender la lógica que
las realiza. "¿Qué hay/ entre un epitafio y un ex-libris?"
interroga una primera persona que escapa a una construcción autobiográfica.
El movimiento también está asociado a las formas de
la naturaleza. "Mañana va a ser domingo/ y los libros van a pertenecer/
a la memoria del agua." Así, se puede apreciar otro desplazamiento
que va de la naturaleza a la escritura, en referencias explícitas
(como en este caso) o más sutiles (como la referencia al mar y el
"efecto migratorio/ del sonido que no encalla", donde podemos
preguntarnos si es el sonido o el sentido lo que encalla). El libro
entero resulta una indagación imposible sobre el movimiento de las
cosas, del sentido, de la sociedad. Y en esta imposibilidad se diseña
el móvil tripartito de Franzetti: Equilibrio indiferente, Volátil,
Posición del movimiento.
Para Calder "cuando todo va bien un móvil es una pieza de
poesía que baila", descripción que se ajusta perfectamente a este
libro.
Media Romana / Carlos Ríos
Ediciones El Broche . La Plata 2001 .
45 pag.
por Mario Arteca
Un ritual de carne despedazada, después de pasar por
el matarife, rodea la circunstancia temática de "Media Romana",
primer libro de Carlos Ríos (Santa Teresita, 1967), cuarto libro de
Ediciones el broche, y que circuye la antesala de la muerte
vacuna bajo la mirada del poeta. Cortar, tajear el cuerpo retenido
de una ganchera, pronto a distribuirse entre los hogares argentinos.
La secuencia poética de "Media Romana" es la parálisis de ese
tiempo en donde la comercialización no se nombra, el asesino no se
conoce y la víctima se deja hacer a pesar suyo. Desde los comienzos
de nuestra literatura, en el punto donde puede citarse una vez más
a Echeverría, la enajenación corporal ha sido el sistema oculto de
una mecánica narrativa y también un posicionamiento estético, tras
la oportuna disección contemporánea efectuada de los críticos. Luego
"El Fiord", algún pasaje de "El frasquito", y desde
ya muchos momentos de los poemas de Néstor Perlongher, forman una
especie de arco voltaico por donde corría la "otra" literatura: el
riesgo, lo grotesco, la dispersión y una creciente torsión de la lengua,
ponían su pie de apoyo en una tierra infértil, en constante virginidad,
lejana a las morosidades en las que mucha poesía argentina reincide,
la mayoría de las veces previendo la firmeza de la caída.
El libro de Ríos recorre esos andariveles peligrosos, sin
red, no busca una escena momentánea donde puedan descansar las palabras en
la confianza de los tonos; al contrario, su escritura irrumpe ya crítica,
dentro de un corset formal impuesto por la necesidad de salirse cuanto
antes de él.
Las tres secciones del texto, "El matadero de Duisburgo",
"Media Romana" y "Exposición de Jiménez Morcillo", van desnaturalizando
el texto hasta convertirlo en un solo de revuelto, eludiendo al mismo
tiempo el origen de esas muertes y ocultando el disparador de su lengua.
Así, la poesía de Carlos Ríos traza una particular escenografía en
donde los puntos de contacto con cierta descendencia inflexible y
renovadora de la poesía argentina, no pueden leerse si no se provoca
el deterioro de esa fachada de cuerpos trozados, sabiduría carnicera,
que logra atravesar el texto exhibiendo su principio bestial, concentrado.
Las tres partes del texto alcanzan además ese sentido
proporcional a la elusión de las palabras puestas por Ríos; si la
primera sección de "Media Romana" nos atora con su violencia
controlada, la segunda sección es el remanso teórico, jamás pretencioso,
un intervalo del fárrago vacuno, y en donde la muerte (apenas mencionada
en el texto) pierde su fuerza de horror, al decirnos que sólo "...es/
una/ de las cosas/ que la naturaleza/ quiere". En ese control,
entonces, es donde asistimos a un final que alcanza a separar las
bambalinas y salen a escena final un profesor (Jiménez Morcillo) y
sus alumnos, a reproducir una versión criolla del célebre cuadro de
Rembandt, que no vale la pena recordar.
De esta manera, "Media Romana", una comida rápida
y exquisita, abre un sentido donde pareciera cerrarlo. La textura
del libro consigue corroer lo temático y lo distribuye con lo mejor
que puede ofrecer un libro de poesía: patear los sentidos hacia adelante,
y sin echar la mirada de sal a lo ya escrito.
La Historia de ASEMAL y sus lectores
/ Darío Cantón
Mondadori , 2000 [comprar]
Por Osvaldo Aguirre
Asemal fue una hoja de poesía editada por Darío Canton y
de la que salieron veinte números, entre mayo de 1975 y abril de 1979. La
publicación contenía exclusivamente textos del editor y circulaba por
correo, con una tirada que llegó a los 800 ejemplares. El libro aparecido
con el sello de Mondadori recopila ese material e incorpora una selección
de la correspondencia que Canton mantuvo con sus lectores y textos sobre
las circunstancias preliminares de la empresa.
La edición de Asemal aparece, por un lado, como una
respuesta no convencional a un obstáculo inevitable de las publicaciones
poéticas: el de su (falta de) circulación. La poesía está por afuera del
circuito de distribución de los libros y revistas y su espacio queda
reducido al mano a mano, a los colegas y al librero amigo que hace un poco
de lugar en la mesita del fondo. La hoja, cuenta Canton, surgió de la idea
de "intentar algo distinto" en ese sentido. Salir del cerco implicaba
asimismo apostar a nuevos destinatarios: "toda gente de la que me permito
suponer que en principio leería el material con interés y de la que,
eventualmente, podría tener algún eco". Por otra parte, Asemal surgió de
la necesidad del autor de publicar sus trabajos, algo que en el formato
del libro no parecía posible. La experiencia de Canton al respecto puede
ser la de cualquiera que escriba poesía: los textos se acumulaban, tenía
tres libros preparados y ninguna posibilidad cierta de sacarlos a la luz
en fecha inmediata. Asemal era entonces una manera de sacar los poemas de
los cajones, y una lectura de la propia obra inédita: "mi trabajo
consistió, entonces, en liberar los poemas de los tres libros y,
tomándolos uno por uno, clasificarlos en grandes rubros o secciones que
serían las que aparecerían en Asemal". Al movilizar ese material, la
publicación suponía asimismo una tentativa de acortar la distancia
temporal entre escritura y lectura.
Para Canton, como forma de publicación, la hoja superaba
al libro: en términos económicos implicaba un gasto similar, pero ofrecía
la ventaja de "una posibilidad de «presencia» y de «eco» como hasta ahora
no los he tenido". En el circuito tradicional, razonaba el poeta-editor,
las editoriales no tienen interés en publicar poesía; la poesía no se
vende y el autor nunca sabe cómo fue recibido lo que escribió. Por eso,
"mi experiencia ha sido la contraria del escritor más común, el que
ignora, aunque su libro se venda bien, las reacciones de sus
lectores".
La relación que Canton pudo entablar con los lectores es
quizá la característica extraordinaria de su trabajo. Según se observa en
los textos de preparación de la hoja, el propósito de plantear un
intercambio, de proponer la ruptura de la recepción pasiva y de abrir un
diálogo, se encontró en la base del proyecto. En el transcurso de la
publicación, además de la correspondencia, la continuidad de la idea se
verifica en el lanzamiento de los "pequeños concursos Asemal" o los
"problemas", especies de desafíos de escritura poética planteados a los
lectores.
"La cosa se dirige a personas no siempre lectoras
habituales de poesía", dice Canton en una de las cartas. Esa amplitud es
la que mide la riqueza del intercambio. Hay por ejemplo un ordenanza que
se identifica sólo como "Pucho" y cuya lectura de un poema es quizá la
mejor respuesta que puede recibir alguien que escribe: es testigo de un
fenómeno descripto en un poema, la escritura se lo ha revelado ("me ha
tocado muy de cerca –dice- pues trabajo a una cuadra y media de la vereda
sudeste de Federico Lacroze (...) me llegó tanto que espero ansioso la
hora del almuerzo para poder verlo"). En otros casos los destinatarios se
definen de manera sorpresiva: una adolescente lee el Asemal originalmente
enviado a su madre, una mujer se apropia del que se dirigía a su marido,
etc. Los lectores dan consejos, alientan, reflexionan: "cada día me
importa menos la letra impresa y me interesa más la poesía que se escribe
viviendo" (Raúl Gustavo Aguirre). El asombro que causaba la existencia y
el modo de circulación de la propia hoja, la extrañeza de haber sido
elegido para recibirla y las bromas por el nombre de la publicación son
algunos de los motivos insistentes de las cartas. "Asemal es «la mesa» al
revés –dice Canton, al revelar el "enigma"-; también una palabra cuyo
sonido me gusta; por último, una desmentida con respecto a tantas cosas
que, según la propaganda comercial o las versiones oficiales,
invariablemente nos hacen bien". Pero los lectores también hacen otras
interpretaciones igualmente logradas, como por ejemplo Rosa Dror Alacid:
"Fui saltando de la mesa al salame, de ahí a la melasa con un pequeño
error de ortografía...".
Canton establece dos grupos de corresponsales: los esporádicos
y los frecuentes. Entre estos últimos son notables los aportes de
Ernesto Voigtländer y sobre todo de Juan Carlos Moisés, entonces un
joven poeta en formación. La definición última de Asemal puede tomarse
de una frase de una lectora, Lilian Goligorski: fue un hecho poético
y un fenómeno de comunicación. Y el cauce de una obra singular. El
autor parece reflexionar al respecto en un texto del último número
de la publicación: "Humilde la poesía/ se dejaba/ -yo era joven-/
hacer/ entre mis manos inconcientes.// Hoy, maduro,/ paciente sé aguardarla:/
la admiro/ la cortejo/ reclamo/ con fervor su mano./ Ella sonríe/
inalcanzable/ lejana tras sus velos:/ me sabe fiel amante".
El fin del verano / Carlos Battilana.
Buenos Aires, Sello Siesta,
1999. 65 páginas. [comprar]
Por Anahí Mallol
Hay poetas que empiezan a escribir como si escribir fuera
palpar la consistencia del vacío, su plenitud. Cuando el padre-madre
ha muerto, se ha matado, o se sabe que nunca estuvo ahí. Entonces
el poema aparece como un gesto tardío de reconciliación. A partir
de la asunción de esa deflación primera parece escribir Carlos Battilana
(que ya había publicado Unos días, en 1992, Libros del Sicomoro).
Cuando el verano se ha ido y el viento sopla por una calle lateral,
la voz se alza para recoger los deshechos, para que el viento no los
disperse: este es el camino de sustracción que transita El fin del
verano (un título que es un homenaje y una filiación: un verso de
Defina Muschietti, en Enero). Una interrogación, una constatación,
una melancolía, de lo que queda cuando el calor se va: un ojo atento
a lo furtivo, desprotegido hasta de sí, que rescata escenas de la
memoria o presentes de pura percepción, que atesora, protege y se
protege ante lo inminente del desastre en la inmanencia del poema.
En el espacio breve, por momentos casi asfixiante, de
unos textos preciosistas en su atención al detalle, que alterna versos
también breves con pequeñas prosas, sostiene un intermedio efímero
en el que las evidencias se evaporan y lo que queda es un sujeto afectado
por su pérdida que se atrinchera en la insistencia de una percepción
irritada e irritante . "Cada vez resulta/ más de noche:/ las 6:30
en abril,/ las 6:30 en mayo,/ las 6:30 en junio". Desde allí,
mira lo que sucede, el cambio en las estaciones, la repetición hasta
de lo fugaz y transparente, y traza, con precisión y temblor, marcas
a las que minúsculas heridas, narradas con una distancia que las convierte
en pequeños cuadros, otorgan dignidad (otredad) y desarma la verdad,
la evidencia, con que la retórica instituye (domestica) palabras como
"hijo", "yo", "yo tuve un perro".
Si sólo se comprende lo que el ojo mira, los retazos de
las historias, los fragmentos de escenas, que huyen de lo real, huyen
hasta de la mera representación, comparecen, entre azar y búsqueda, en la
persecución de un sentido que también escapa. Ante la inminencia del
fluir, como un fluir de las estaciones, de las edades, de la memoria, del
sueño, el fluir de la identidad ensaya huellas, merodea en una espera, y
observa: un sujeto atravesado por el tiempo, por el mercado, por la propia
intimidad, por la familia y sus misterios.
Un sujeto -opaco- por vocación, a la deriva de todo su
poder y de toda su debilidad, que ubica a la escritura de Battilana más
allá o más acá de una división estereotipada entre lo que escriben las
chicas y lo que escriben los chicos de los noventa. Porque escribe para
que alguien, tal vez él mismo, pueda decir: yo estuve ahí, un
día.
"extraer objetos, materias,
ciertos fragmentos
que no completan
el cuadro, padecer
un raro sentimiento
de poder
y debilidad
siempre juntos
en eso
consiste
su extrañeza". ("Política del silencio", Carlos Battilana).
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